Dos frutos del Espíritu Santo: fe y alegría

Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría.

Tras su Ascensión, el rostro del Señor se ocultó. Pero Él vuelve, en Pentecostés, por su Espíritu, porque Jesús no sabe, ni quiere, estar sin nosotros. Entra hasta el fondo del alma, se aposenta allí, y nos ve. Ve hasta lo más profundo de nosotros, nos sondea y nos conoce, nos mira complacido y se deleita en los tesoros que Él mismo ha dejado en nuestra alma.

También nosotros lo vemos. Surgen, en el alma, dos frutos del Espíritu: la fe y la alegría. Por la fe, lo vemos, y, al verlo, nos alegramos con un gozo sobrenatural que nadie nos puede arrebatar. Y así, por esa presencia del Paráclito en nosotros, vivimos, Cristo y yo, cara a cara.

15 comentarios sobre “Dos frutos del Espíritu Santo: fe y alegría

  1. El cristianismo siempre ha enseñado que le libertad se sustenta en el ser y en la verdad del hombre. En esa dimensión previa al propio conocimiento que el hombre está llamado a ir descubriendo y asimilando, a la par que construye su personalidad.
    La verdadera libertad es la característica preeminente de la humanidad; la fuente de donde brota la dignidad humana, el signo eminente de la imagen divina en el hombre. Solo cuando el hombre es coherente con la verdad inherente a su ser es realmente libre. Esa verdad le afirma como un ser grande y limitado. Una aparente contradicción sobre la que articula su complejidad. Una batalla que lidia durante toda su existencia terrena y que lleva implícita la huella de un futuro mejor, de una conquista última.

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  2. Pregunta:
    Algunos cristianos tienen miedo de seguir a Cristo “en serio”, por si los carga con dificultades y les complica la vida. ¿Dios tiene una cruz extra para el que decide seguirlo?

    Contestación:
    Esa es una tentación que el demonio usa mucho para asustarnos y apartarnos de Dios. Lo que el Señor nos pide es aceptar la realidad de la vida y confiar en Él. Cuando encontramos un sufrimiento, si lo aceptamos, deja de ser pesado. Es pesado cuando nos negamos a aceptarlo o si nos empeñamos en contar solo con nuestras fuerzas, sin la ayuda del Señor.

    Lo de “cargar con la cruz” no suena muy atractivo, la verdad…

    No digo que seguir a Cristo siempre sea fácil, pero la cruz es parte de la vida, y cuando la aceptamos, recibimos una gracia para llevarla. Hay que aprender a abandonarse en las manos de Dios como un niño. Eso no significa que tengamos que ser pasivos: si estoy enfermo, tengo que poner los medios para curarme, pero al mismo tiempo, tengo que aceptar mi situación. Al hacerlo así, el sufrimiento es una gracia que me lleva a Dios, me hace más humilde, me ayuda a reconocerme pobre, me acerca a los demás y me capacita para entender a los que sufren.

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  3. MuchÍsimas gracias Marisol. Me da alegría que entres en el blog y lo leas y compartas lo que piensas. Os echo mucho de menos. Sí. Estoy mejor Tu me ayudaste con tu entrada a recargar “pilas”.
    Un abrazo muy fuerte. ROSA

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  4. D. Rafael, perdóneme. Me he salido del contexto de su entrada. Necesitaba reflexionar y no me ha importado compartirlo con todos los que lo leen.

    Hoy se habla poco de esa llamada a la santidad. ¿De verdad podemos ser santos? ¿Cómo?
    Sigo con mi oración de esta mañana. Necesito profundizar mas.
    Sí, sí, podemos ser santos. Pero primero hay que saber que la santidad no consiste en la perfección absoluta ni en adquirir unas capacidades superiores. La santidad es la capacidad de recibir todo el amor de Dios y compartirlo. Es ser capaz de amar como Dios ama: con fidelidad, pureza y generosidad. Eso no consiste en ser una persona más fuerte o perfecta. El secreto de la santidad es lo que decía santa Teresita: dejar que la gracia de Dios actúe en nuestra vida. Es un don que tenemos que recibir, no un logro que tenemos que alcanzar. El secreto es descubrir las actitudes que nos hacen receptivos al amor de Dios y los medios que nos permiten encontrar esta gracia.
    Los medios son: La oración, los sacramentos, una confianza absoluta en Dios, la humildad de reconocer nuestra debilidad, vivir el instante presente, saber agradecer, la generosidad en el servicio, un verdadero deseo de seguir a Cristo, aceptar las cosas como son, la alegría… Todo esto nos permite estar contentos y en presencia de Dios. Pero lo más importante, al final, es la confianza absoluta en el amor de Dios… que es justo lo que nos falta muchas veces.

    En los sacramentos tenemos un encuentro con Cristo como nuestro médico. En la Eucaristía es Cristo mismo quien viene a habitar en nosotros para purificarnos y darnos su paz, su fortaleza, su luz. La confesión es también un sacramento de curación: nuestros pecados nos hieren, y el perdón de Dios nos cura. Es un sacramento muy importante para experimentar la paternidad de Dios, su amor incondicional. Cuando recibimos un sacramento y tenemos un deseo verdadero de que nuestro corazón se transforme, vemos los frutos.

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  5. Vivir la fe en lo ordinario

    “En aquel tiempo, entró Jesús de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: «Levántate ahí en medio». Y les dice: «¿es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?». Pero ellos callaban. Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: «extiende la mano». Él la extendió y quedó restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle” (Mc 3,1-6).

    I. El Evangelio nos habla del hombre que tenía una mano seca (Marcos 3, 1-6), a quien Jesús cura; solamente le dijo: extiende tu mano. La extendió, y su mano quedó curada. Todo es posible con Jesús. La fe nos permite lograr metas que siempre habíamos creído inalcanzables, resolver viejos problemas personales o de una tarea apostólica que parecían insolubles, echar fuera defectos que estaban arraigados. La fe es para vivirla, y debe informar las grandes y pequeñas decisiones; y, a la vez, se manifiesta de ordinario en la manera de enfrentarse con los deberes de cada día. No basta con asentir a las grandes verdades del Credo, tener una buena formación quizá; es necesario vivirla, practicarla, ejercerla, debe generar una “vida de fe” que sea, a la vez, fruto y manifestación de lo que se cree. Dios nos pide servirle con la vida, con las obras, con todas las fuerzas del cuerpo y del alma.

    II. El ejercicio de la virtud de la fe en la vida cotidiana se traduce en lo que comúnmente se conoce como “visión sobrenatural”, que consiste en ver las cosas, incluso las más corrientes, lo que parece intrascendente, en relación con el plan de Dios sobre cada criatura en orden a su salvación y a la de otros muchos. La vida cristiana, la santidad, no es un revestimiento externo que recubre al cristiano, ignorando lo propiamente humano. De ahí que las virtudes sobrenaturales influyan en las humanas y hagan del cristiano un hombre honrado, ejemplar en su trabajo y en su familia, lleno de sentido del honor y de la justicia. La fe está continuamente en ejercicio, y la esperanza, y la caridad… Ante problemas y obstáculos, el Señor nos dice: extiende tu mano. Examinemos hoy cómo vamos de “visión sobrenatural” ante los acontecimientos diarios.

    III. La fe nos llevará a imitar a Jesucristo, que fue “perfecto Dios y perfecto hombre” (Symbolo Quicumque), a ser hombres y mujeres de temple, sin complejos, sin respetos humanos, veraces, honrados, justos en los juicios, en los negocios, en la conversación… La vida cristiana se expresa a través del actuar humano, al que dignifica y eleva al plano sobrenatural. Por otra parte, lo humano sustenta y hace posibles las virtudes sobrenaturales. En San José encontramos un modelo espléndido de varón justo, vir iustus (Mateo 1, 19), que vivió de fe en todas las circunstancias de su vida. Pidámosle que sepamos ser lo que Cristo espera de cada uno en el propio ambiente y circunstancias.

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  6. Conviene destacar la presencia, en la enseñanza de san Josemaría, de una fuerte conciencia de la dimensión eclesial de la fe,manifestada también en ese contexto, especialmente importante y delicado, que es el constituido por la tentación y la duda. En toda su vida y en los grandes acontecimientos que la caracterizaron, san Josemaría reafirmó siempre su filiación a la Iglesia (cfr. la homilía Lealtad a la Iglesia, en AIG, pp. 13-38), de modo que esa filiación se traducía en una respuesta clara y decidida para alejar la tentación y reforzar la propia fe: “¡Con qué infame lucidez arguye Satanás contra nuestra Fe Católica! Pero, digámosle siempre, sin entrar en discusiones: yo soy hijo de la Iglesia” (C, 576). Heredada probablemente de santa Teresa de Ávila (cfr. CECH, p. 728), esta expresión “soy hijo de la Iglesia” se encuentra repetida muchas veces en sus Apuntes íntimos (cfr. nn. 1621 y 1668: CECH, pp. 727-728). Los diversos contextos evidencian que no se trata de una frase que meramente repite, o a la que acude para cualificar algunos especiales momentos de su concreta lucha ascética, sino que expresa más bien la conciencia de que la virtud de la fe no se sitúa al nivel de los estados de ánimo personales, sino que se recibe y se profesa en la Iglesia, se nutre de la tradición de los santos y de los mártires, y es sostenida por la vida del Cuerpo Místico.

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  7. Señor mío, necesito que me llenes de todas tus fuerzas. Que mis palabras puedan transmitir a otros la esencia de tu amor. Ayúdame a ser luz para los demás y a ser capaz de acompañar con ternura al que lo necesite. Amén.

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  8. Los dones del Espíritu Santo perfeccionan las virtudes sobrenaturales al permitirnos practicarlas con mayor docilidad a la inspiración divina.

    A medida que crecemos en el conocimiento y en el amor de Dios, bajo la dirección del Espíritu Santo, nuestro servicio se vuelve más sincero y generoso y la práctica de las virtudes mucho más perfecta.

    Tales actos de virtudes dejan el corazón lleno de alegría y consuelo y son conocidos como los Frutos del Espíritu Santo.

    Estos frutos, a su vez, hacen más activa la práctica de las virtudes y se convierten en un poderoso incentivo para esfuerzos aun mayores en el servicio de Dios, para servir a quien es reinar.

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  9. Ascensión del Señor; ciclo A

    El don de sabiduría

    “En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: -Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28,16-20).

    I. Existe un conocimiento de Dios y de lo que a Él se refiere al que sólo se llega con santidad. El Espíritu Santo, mediante el don de sabiduría, lo pone al alcance de las almas sencillas que aman al Señor: Yo te glorifico, Padre, Señor del Cielo y de la tierra ‑exclamó Jesús delante de unos niños-, porque has tenido encubiertas estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Es un saber que no se aprende en libros sino que es comunicado por Dios mismo al alma, iluminando y llenando de amor a un tiempo la mente y el corazón, el entendimiento y la voluntad. Mediante la luz que da el amor, el cristiano tiene un conocimiento más íntimo y gustoso de Dios y de sus misterios.
    «Cuando tenemos en nuestra boca una fruta, apreciamos entonces su sabor mucho mejor que si leyéramos las descripciones que de ella hacen todos los tratados de Botánica. ¿Qué descripción podría ser comparable al sabor que experimentamos cuando probamos una fruta? Así, cuando estamos unidos a Dios y gustamos de Él por la íntima experiencia, esto nos hace conocer mucho mejor las cosas divinas que todas las descripciones que puedan hacer los eruditos y los libros de los hombres más sabios». Este conocimiento se experimenta de manera particular en el don de la sabiduría.
    De manera semejante a como una madre conoce a su hijo a través del amor que le tiene, así el alma, mediante la caridad, llega a un conocimiento profundo de Dios que saca del amor su luz y su poder de penetración en los misterios. Es un don del Espíritu Santo porque es fruto de la caridad infundida por Él en el alma y nace de la participación de su sabiduría infinita. San Pablo oraba por los primeros cristianos, para que fuesen fortalecidos por la acción de su Espíritu (…), para que (…), arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. Comprender, estando cimentados en el amor…, dice el Apóstol. Es un conocimiento profundo y amoroso.
    Santo Tomás de Aquino enseña que el objeto de este don es Dios mismo y las cosas divinas, en primer lugar y de modo principal, pero también lo son las cosas de este mundo en cuanto se ordenan a Dios y de Él proceden.
    A ningún conocimiento más alto de Dios podemos aspirar que a este saber gustoso, que enriquece y facilita nuestra oración y toda nuestra vida de servicio a Dios y a los hombres por Dios: La sabiduría -dice la Sagrada Escritura- vale más que las piedras preciosas, y cuanto hay de codiciable no puede comparársele. La preferí a los cetros y a los tronos, y en comparación con ella tuve en nada la riqueza (…). Todo el oro ante ella es un grano de arena, y como el lodo es la plata ante ella. La amé más que a la salud y a la hermosura y antepuse a la luz su posesión, porque el resplandor que de ella brota es inextinguible. Todos los bienes me vinieron juntamente con ella (…), porque la sabiduría es quien los trae, pero yo ignoraba que fuese ella la madre de todos (…), Es para los hombres un tesoro inagotable, y los que de él se aprovechan se hacen partícipes de la amistad de Dios.
    El don de sabiduría está íntimamente unido a la virtud teologal de la caridad, que da un especial conocimiento de Dios y de las personas, que dispone al alma para poseer «una cierta experiencia de la dulzura de Dios», en Sí mismo y en las cosas creadas, en cuanto se relacionan con Él.
    Por estar este don tan hondamente ligado a la caridad, estaremos mejor dispuestos para que se manifieste en nosotros en la medida en que nos ejercitemos en esta virtud. Cada día son incontables las oportunidades que tenemos a nuestro alcance de ayudar y servir a los demás. Pensemos hoy en nuestra oración si son abundantes estos pequeños servicios, si realmente nos esforzamos por hacer la vida más amable a quienes están junto a nosotros.

    II. «Entre los dones del Espíritu Santo, diría que hay uno del que tenemos especial necesidad todos los cristianos: el don de sabiduría que, al hacernos conocer a Dios y gustar de Dios, nos coloca en condiciones de poder juzgar con verdad sobre las situaciones y las cosas de esta vida». Con la visión profunda que da al alma este don, el cristiano que sigue de cerca al Señor contempla la realidad creada con una mirada más alta, pues participa de algún modo de la visión que Dios tiene en Sí mismo de todo lo creado. Todo lo juzga con la claridad de este don.
    Los demás son entonces una ocasión continua para ejercer la misericordia, para hacer un apostolado eficaz acercándolos al Señor. El cristiano comprende mejor la inmensa necesidad que tienen los hombres de que se les ayude en su caminar hacia Cristo. Se ve a los demás como a personas muy necesitadas de Dios, como Jesús las veía.
    Los santos, iluminados por este don, han entendido en su verdadero sentido los sucesos de esta vida: los que consideramos como grandes e importantes y los de apariencia pequeña. Por eso, no llaman desgracia a la enfermedad, a las tribulaciones que han debido padecer, porque comprendieron que Dios bendice de muchas maneras, y frecuentemente con la Cruz; saben que todas las cosas, también lo humanamente inexplicable, coopera al bien de los que aman a Dios.
    «Las inspiraciones del Espíritu Santo, a las que este don hace que seamos dóciles, nos aclaran poco a poco el orden admirable del plan providencial, aun y precisamente en aquellas cosas que antes nos dejaban desconcertados, en los casos dolorosos e imprevistos, permitidos por Dios en vista de un bien superior».
    Las mociones de la gracia a través del don de sabiduría nos traen una gran paz, no sólo para nosotros, sino también para el prójimo; nos ayudan a llevar la alegría allí donde vamos, y a encontrar esa palabra oportuna que ayuda a reconciliar a quienes están desunidos. Por eso a este don corresponde la bienaventuranza de los pacíficos, aquellos que, teniendo paz en sí mismos, pueden comunicarla a los demás. Esta paz, que el mundo no puede dar, es el resultado de ver los acontecimientos dentro del plan providente de Dios, que no se olvida en ningún momento de sus hijos.

    III. El don de sabiduría nos da una fe amorosa, penetrante, una claridad y seguridad en el misterio inabarcable de Dios, que nunca pudimos sospechar. Puede ser en relación a la presencia y cercanía de Dios, o a la presencia real de Jesucristo en el Sagrario, que nos produce una felicidad inexplicable por encontrarnos delante de Dios. «Permanece allí, sin decir nada o simplemente repitiendo algunas palabras de amor, en contemplación profunda, con los ojos fijos en la Hostia Santa, sin cansarse de mirarle. Le parece que Jesús penetra por sus ojos hasta lo más profundo de ella misma…».
    Lo ordinario, sin embargo, será que encontremos a Dios en la vida corriente, sin particulares manifestaciones, pero con la íntima seguridad de que nos contempla, que ve nuestros quehaceres, que nos mira como hijos suyos… En medio de nuestro trabajo, en la familia, el Espíritu Santo nos enseña, si somos fieles a sus gracias, que todo aquello es el medio normal que Dios ha puesto a nuestro alcance para servirle aquí y contemplarle luego por toda la eternidad.
    En la medida en que vamos purificando nuestro corazón, entendemos mejor la verdadera realidad del mundo, de las personas (a quienes vemos como hijos de Dios) y de los acontecimientos, participando en la visión misma de Dios sobre lo creado, siempre según nuestra condición de creaturas.
    El don de sabiduría ilumina nuestro entendimiento y enciende nuestra voluntad para poder descubrir a Dios en lo corriente de todos los días, en la santificación del trabajo, en el amor que ponemos por acabar con perfección la tarea, en el esfuerzo que supone estar siempre dispuestos a servir a los demás.
    Esta acción amorosa del Espíritu Santo sobre nuestra vida sólo será posible si cuidamos con esmero los tiempos que tenemos especialmente dedicados a Dios: la Santa Misa, los ratos de meditación personal, la Visita al Santísimo… Y esto en las temporadas normales y en las que tenemos un trabajo que parece superar nuestra capacidad de sacarlo adelante; cuando tenemos una devoción más fácil y sencilla y cuando llega la aridez; en los viajes, en el descanso, en la enfermedad… Y junto al cuidado de estos momentos más particularmente dedicados a Dios, no ha de faltarnos el interés para que en el trasfondo de nuestro día se encuentre siempre el Señor. Presencia de Dios alimentada con jaculatorias, acciones de gracias, petición de ayuda, actos de desagravio, pequeñas mortificaciones que nacen con ocasión de nuestra labor o que buscamos libremente…
    «Que la Madre de Dios y Madre nuestra nos proteja, con el fin de que cada uno de nosotros pueda servir a la Iglesia en la plenitud de la fe, con los dones del Espíritu Santo y con la vida contemplativa. Cada uno realizando los deberes personales, que le son propios; cada uno en su oficio y profesión, y en el cumplimiento de las obligaciones de su estado, honre gozosamente al Señor».

    Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal

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  10. LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR:
    “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” Jesús contestó: “No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo.” Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.”.
    Ella inicia la memoria de Jesús, ella está presente en todos los hogares donde se transmite la fe, de padres a hijos, en familia para que se irradie desde ese foco ardiente a todo el mundo, pues no en vano recibe el título de Reina de los Apóstoles.
    ¿Me apoyo en MARÍA para amar y entregarme con todo mi ser al querer de DIOS? ¿La recibo como Madre en mi propia vida para seguir a Jesús? ¿Me ayuda su ejemplo a verme como apóstol en medio de mis ocupaciones corrientes?.

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  11. Evangelio (Jn 14,15-21)

    Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre: el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis porque permanece a vuestro lado y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros. Todavía un poco más y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis porque yo vivo y también vosotros viviréis. Ese día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él.

    Comentario

    Estas palabras nos introducen en ese clima de intimidad con el que Jesús abría su corazón a los Apóstoles durante la última cena.

    Comienza diciendo algo claro y exigente: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (v. 15). Dios no es veleidoso, ni sus mandamientos son ocurrencias arbitrarias para imponer su autoridad. Al contrario, son expresión del amor con el que un buen Padre enseña a sus hijos cómo comportarse para ser felices. Ciertamente, en algunas situaciones ajustarse a lo que Dios manda resulta costoso. De hecho, “en las discusiones sobre los nuevos y complejos problemas morales, puede parecer como si la moral cristiana fuese en sí misma demasiado difícil: ardua para ser comprendida y casi imposible de practicarse. Esto es falso –respondía San Juan Pablo II–, porque –en términos de sencillez evangélica– consiste fundamentalmente en el seguimiento de Jesucristo, en el abandonarse a él, en el dejarse transformar por su gracia y ser renovados por su misericordia (…). El seguimiento de Cristo clarificará progresivamente las características de la auténtica moralidad cristiana y dará, al mismo tiempo, la fuerza vital para su realización. (…) Quien ama a Cristo observa sus mandamientos”[1]. La justa correspondencia al amor que recibimos de Dios reclama dejarse querer, y eso no consiste en otra cosa que en guardar fielmente todo lo que ha mandado. Así lo dice Jesús confidencialmente a sus discípulos: “el que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama” (v. 21).

    Jesús es consciente del esfuerzo que supone guardar sus mandamientos, pero nos asegura que contaremos con una ayuda inestimable: “yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre” (v. 16). La palabra Paráclito viene del griego parakletós, un término que significa uno llamado al lado para ayudar – un consolador, defensor o abogado. Es alguien invitado a caminar junto a nosotros, que nos acompaña, nos advierte de los obstáculos, nos defiende, pero, a la vez, va hablándonos suavemente, confortando, sugiriendo, animando… El Paráclito es un fiel compañero inseparable.

    Jesús mismo no dejará nunca de ser nuestro parakletós, como lo prometió a los discípulos: “no os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros” (v. 18). Pero, además de él, promete “otro Paráclito para que esté con vosotros siempre” (v. 16). Se refiere al Espíritu Santo. “En efecto, el primer Paráclito -son palabras de Benedicto XVI- es el Hijo encarnado, que vino para defender al hombre del acusador por antonomasia, que es satanás. En el momento en que Cristo, cumplida su misión, vuelve al Padre, el Padre envía al Espíritu como Defensor y Consolador, para que permanezca para siempre con los creyentes, habitando dentro de ellos. Así, entre Dios Padre y los discípulos se entabla, gracias a la mediación del Hijo y del Espíritu Santo, una relación íntima de reciprocidad: ‘yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros’, dice Jesús (v. 20)[2]”.

    “Meditando estas palabras de Jesús –nos dice el Papa Francisco–, nosotros hoy percibimos ser el Pueblo de Dios en comunión con el Padre y con Jesús mediante el Espíritu Santo. (…) El Señor hoy nos llama a corresponder generosamente a la llamada evangélica, al amor, poniendo a Dios en el centro de nuestra vida y dedicándonos al servicio de los hermanos, especialmente a los más necesitados de apoyo y consuelo”[3].

    [1] S. Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, n. 119.

    [2] Benedicto XVI, Homilía, 27 abril de 2008.

    [3] Papa Francisco, Regina coeli, 21 de mayo de 2017.

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  12. El Papa ha compuesto una oración para este año especial:

    Dios amoroso,
    creador del cielo, la tierra y todo lo que contienen.
    Abre nuestras mentes y toca nuestros corazones,
    para que podamos ser parte de la creación, tu regalo.

    Esté allí para los necesitados en estos tiempos difíciles,
    especialmente los más pobres y vulnerables.
    Ayúdenos a mostrar solidaridad creativa frente a las consecuencias de esta pandemia global.
    Haznos valientes para aceptar los cambios realizados
    en pos del bien común.
    Ahora más que nunca, ¿qué podemos sentir todos que estamos
    interconectados e interdependientes?

    Haznos escuchar y responder
    al grito de la tierra y al grito de los pobres.
    Que los sufrimientos actuales sean los dolores de parto de
    un mundo más fraterno y más sostenible.

    Bajo la mirada amorosa de María Auxiliadora,
    te rezamos a través de Cristo nuestro Señor.
    Amén.

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  13. (zenit – 24 mayo 2020).- Las tres recomendaciones del Papa Francisco para una “ecología integral” y “un mundo más fraterno y más sostenible”, se resumen en un tweet, en este Día de Oración Laudato si’. El Papa anunció un Año Laudato si´ del 24 de mayo de 2020 al 24 de mayo de 2021 después de la oración de Regina Coeli, en el quinto aniversario de la publicación de su encíclica social y ecológica.

    “Una ecología integral implica dedicar un poco de tiempo a redescubrir la serena armonía con la creación”, dijo el Papa en primer lugar.

    Luego invitó a “reflexionar sobre nuestro estilo de vida y nuestros ideales”.

    Finalmente, el Papa pidió “contemplar al Creador, que vive entre nosotros y en lo que nos rodea. # LaudatoSi5”

    En una oración, el Papa desea invitar “a escuchar y responder al clamor de la tierra y al grito de los pobres”, y expresa el deseo de que “los sufrimientos actuales son los dolores del nacimiento de un mundo más fraterno y duradero”.

    Al evocar este quinto aniversario de la encíclica Laudato si’, después del Regina Coeli, el Papa enfatizó su objetivo: “llamar la atención sobre el clamor de la Tierra y de los pobres”.

    El Papa anunció un “año Laudato si’«: “Gracias a la iniciativa del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, la Semana Laudato si’ «, que acabamos de celebrar, florecerá en un año especial de aniversario de Laudato si´, un año especial para reflexionar sobre la encíclica, desde el 24 de mayo de este año hasta el 24 de mayo del próximo”.

    Insistió en la hermandad humana: “invito a todas las personas de buena voluntad a unirse a nosotros para cuidar nuestro casa común y nuestros hermanos y hermanas más frágiles. La oración dedicada a este año se publicará en el sitio web. Será bueno rezarla”.

    En otro tweet, el Papa expresa este extracto de su oración: “Dios del amor, muéstranos nuestro lugar en este mundo como instrumentos de tu afecto por todos los seres en esta tierra, porque ninguno de ellos está olvidado dante ti. Alabado seas. # LaudatoSi5 ″

    El Papa ha compuesto una oración para este año especial:

    Dios amoroso,
    creador del cielo, la tierra y todo lo que contienen.
    Abre nuestras mentes y toca nuestros corazones,
    para que podamos ser parte de la creación, tu regalo.

    Esté allí para los necesitados en estos tiempos difíciles,
    especialmente los más pobres y vulnerables.
    Ayúdenos a mostrar solidaridad creativa frente a las consecuencias de esta pandemia global.
    Haznos valientes para aceptar los cambios realizados
    en pos del bien común.
    Ahora más que nunca, ¿qué podemos sentir todos que estamos
    interconectados e interdependientes?

    Haznos escuchar y responder
    al grito de la tierra y al grito de los pobres.
    Que los sufrimientos actuales sean los dolores de parto de
    un mundo más fraterno y más sostenible.

    Bajo la mirada amorosa de María Auxiliadora,
    te rezamos a través de Cristo nuestro Señor.
    Amén.

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  14. Ahora te hago la pregunta de san Josemaría:

    ”¿Cómo te prepararías para recibir al Señor, si se pudiera comulgar una sola vez en la vida?”

    Cuando vuelvas a comulgar, hazlo con el alma limpia, el corazón ilusionado y el propósito de amar cada día más al buen Jesús.Y dile una y otra vez: “Jesús te amo”.

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