Fijate en el burro

Cuando Jesús multiplicó los panes y los peces, los judíos quisieron hacerle rey. ¡Quién no desea tener un rey capaz de alimentar al pueblo sin hacerles pagar la barra de pan! Jesús huyó.

Mira a tu rey que viene a ti humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila. Su reinado no es sobre los vientres, sino sobre las almas. Por eso quiso cumplir el oráculo de Zacarías, y entró en Jerusalén montado sobre un pollino. A quien viaja así no le pides que te pague la hipoteca.

Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡”Hosanna” al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Los habitantes de Jerusalén no se fijaron en el burro. De haberlo hecho, hubieran acompañado al Señor cuando cambió el trono del pollino por el de la Cruz. Pero aquellos hombres sólo vieron al que había multiplicado los panes, y soñaron con un rey que les asegurase prosperidad terrena. Por eso, cuando lo vieron coronado de espinas, lo mandaron crucificar. ¿Qué bono social puedes pedirle a un condenado?

Tú no seas ciego. Mira que comienza hoy la Semana Santa. Fíjate en el burro. Así no le traicionarás.

2 comentarios sobre “Fijate en el burro

  1. No se conoce, en toda la historia de la humanidad, una exaltación mayor del humilde borrico que la de aquella mañana en Jerusalén hace algo más de dos mil años, en el primer Domingo de Ramos. Los que cuentan lo que pasó -Lucas, Mateo, Marcos y Juan- no se ponen de acuerdo en los detalles -suele pasar-, pero coinciden en lo sustancial. A Jesús de Nazareth le costaba ir a la ciudad. Siempre iba un poco a rastras. Prefería el campo, las aldeas y los caminos. Era verdaderamente un campesino. Se encontraba a gusto entre los pastores, entre las mieses, entre los pescadores y entre las viñas y los olivos. En la ciudad siempre tenía problemas. Era raro que no surgieran conflictos con los jerifaltes religiosos y con los políticos de turno. Pero, por una vez, quiso entrar triunfalmente, sabiendo que iba a ser su última pascua, para mostrar quién era y demostrar que aceptaba voluntariamente su destino. Podría parecer una provocación, pero necesitaba ese momento de gloria para reafirmarse en la aceptación del sacrificio. Lo pensó todo minuciosamente. Antes de llegar a la ciudad santa, se paró en Betania, una aldea a tres kilómetros, y cenó allí en casa de sus amigos, Lázaro, al que había sacado de la tumba no hacía mucho, y sus hermanas Marta y María. Solía pernoctar allí si andaba cerca. Esta vez quería despedirse de ellos sin decirselo. Madrugó, como era su costumbre. Era un día claro y caluroso. Llamó a dos de sus discípulos -lo dice Juan sin dar los nombres- y les mandó que salieran a la calle y buscaran en la aldea un burro, que nunca había sido montado por nadie. O sea, un borriquillo joven. Les dijo que lo encontrarían atado y les advirtió: “Si os preguntan, decidles que yo necesito el burro y que luego se lo devolveremos”. Debía de ser gente conocida. Otras versiones apuntan a que simplemente lo vio y les dijo que se lo pidieran al dueño.

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