El secreto trinitario que esconden las Bienaventuranzas

Esta vez el autor de La felicidad donde no se espera, nos descubre el secreto trinitario que esconden las Bienaventuranzas. Cómo por medio de ellas podemos conocer mejor a Dios:

Es importante destacar la presencia del misterio trinitario en el evangelio de las Bienaventuranzas. Antes de ser algo que concierne a la conducta humana, es ante todo una revelación nueva, más profunda, inesperada y sorprendente, del misterio mismo de Dios. En una primera lectura, se advierte claramente que las ocho Bienaventuranzas (ya que la novena no hace más que retomar y ampliar la octava) son en primer lugar un retrato del mismo Jesús. «Las Bienaventuranzas no son solo el mapa de la vida cristiana, son el secreto del corazón del mismo Jesús» . Se podría explicar largamente y meditar cómo Cristo, durante toda su vida y especialmente en su Pasión, es el único verdadero pobre de espíritu y el único que ha vivido íntegramente cada una de las Bienaventuranzas. Todas se cumplen plenamente en la Cruz. (…)

Nos revelan el secreto del corazón de Jesús, pero también nos revelan a Padre:

Jesús afirma en el evangelio de san Juan: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre». Las Bienaventuranzas nos muestran por tanto también el verdadero rostro del Padre. Son la revelación de un nuevo rostro de Dios, un rostro que no tiene ya nada que ver con todas las invenciones y proyecciones humanas. Las Bienaventuranzas nos revelan la increíble humildad y la infinita misericordia de Dios. Aunque el Padre sea infinitamente rico y todopoderoso, hay también en el Ser divino un misterio de pobreza, pues no es más que amor y misericordia; es enteramente don, desprendimiento de sí para hacer existir al otro; no vive para sí mismo, sino para sus hijos, como manifiesta la actitud del padre en la parábola del hijo pródigo del evangelio según san Lucas. Es preciso notar la importancia de la figura del Padre en el Sermón de la Montaña. Es allí donde Jesús enseña la oración del Padre Nuestro y nos dirige esta invitación tan clara: «Tú […], cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará» . Es también allí donde nos invita a abandonarnos con confianza en la providencia del Padre, sin inquietarnos por el mañana, pues «bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados» . Hacia el final del Sermón, como ya hemos mencionado, Jesús nos pide poner en práctica sus palabras, pues ellas expresan «la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» .

Por último, el autor, hace una referencia al Espíritu Santo:

Se puede concluir que el Sermón de la Montaña, y en particular las Bienaventuranzas, es un don de la misericordia del Padre, la promesa de una gracia, de una transformación interior, de un corazón nuevo. La Ley nueva que promulga Jesús es mucho más exigente que la antigua, no se contenta con un comportamiento exterior correcto, sino que pide una verdad, una pureza, una sinceridad que comprometen la profundidad del corazón humano. «Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos» , y Jesús mostrará en una serie de exhortaciones, precedidas por la fórmula: «Habéis oído que se dijo… pero yo os digo…» , en qué puntos concretos pide una profunda conversión interior, que alcanza a las disposiciones más íntimas y secretas del corazón. Con todo, es esencial afirmar una cosa, pues de otro modo no se comprende nada de la Ley nueva instaurada por Jesús: si esa Ley se permite ser más exigente para el hombre –exigencia inaudita que llega hasta a la imitación del mismo Dios: «Sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» – es porque la Ley nueva no es solo una ley exterior al hombre, una obligación; es mucho más un don del Padre misericordioso, una promesa extraordinaria de transformación interior por la gracia del Espíritu Santo. La exigencia más fuerte no es más que la señal de una promesa mayor. Dios da lo que pide. Si Jesús nos llama a una justicia que supera la de la Ley antigua, es porque en la Ley nueva hay un don mayor que hace posible esa superación: la revelación de la ternura del Padre, el ejemplo de Jesús, la efusión del Espíritu Santo.

Un comentario sobre “El secreto trinitario que esconden las Bienaventuranzas

  1. Las bienaventuranzas describen la misericordia de Jesucristo. Son promesas paradójicas que iluminan las acciones y sostienen la esperanza en las dificultades.
    El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que “las bienaventuranzas” están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos.

    Así, las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las dificultades; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.

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