El sabor y el brillo de la vida

Seguimos con este librito de Jacques Philippe sobre La felicidad donde no se espera. Esta vez el autor nos ofrece, antes de entrar en cada Bienaventuranza, un enfoque general o mirada de conjunto:

Antes de entrar en cada una de las Bienaventuranzas, quisiera hacer algunas reflexiones sobre el conjunto. Este pasaje evangélico no es fácil de comprender, es paradójico, e incluso chocante (cuando era joven sacerdote, tenía cierta dificultad para predicar sobre las Bienaventuranzas); pero poco a poco se da uno cuenta de que es un texto extraordinario, que contiene toda la novedad del Evangelio, toda su sabiduría y su fuerza para transformar en profundidad el corazón del hombre y renovar el mundo. Es evidente que debemos leer estas palabras de Jesús en su contexto. El pasaje de las Bienaventuranzas se sitúa a continuación de los versículos de Mateo que nos describen la llegada de las multitudes que acuden de todas partes para escuchar a Jesús (…) Al ver estas multitudes, subió Jesús al monte, se sentó, se le acercaron sus discípulos y comenzó a enseñarles proclamando las Bienaventuranzas. Las multitudes que acuden a Jesús tienen sed de curación, de luz, de felicidad. Él responde a esa sed; da a estas personas sufrientes una magnífica respuesta de felicidad, nueve veces repetida, pero en un lenguaje muy diferente del que se podría esperar. Lo que les propone no es una felicidad humana, según la imagen que se presenta habitualmente, sino una felicidad inesperada, encontrada en situaciones y actitudes que no van espontáneamente unidas a la idea de felicidad. Una dicha que no es una realización humana, sino una «sorpresa de Dios», concedida precisamente allí donde se la considera ausente o imposible…

Ahora el autor de libro, hace una reflexión con la que ilumina y destaca la intención del Señor al proponernos las bienaventuranza: son una ventana de esperanza para el mundo:

las primeras palabras de Jesús que siguen a las Bienaventuranzas son esas en que, mediante la imagen de la sal y la luz, evoca la gracia singular que reciben sus discípulos y a la que deberán ser fieles: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos». Jesús es bien consciente de las limitaciones humanas de sus discípulos y de sus defectos, que los relatos evangélicos no hacen nada por disimular, más bien al contrario. Sin embargo, no duda en afirmar que, sin el testimonio de sus vidas, la existencia humana no tendría ya sabor ni sentido, y el mundo caería en espesas tinieblas. Es claro que justamente viviendo las Bienaventuranzas es como podrán cumplir esta vocación al servicio del mundo. Solo el evangelio de las Bienaventuranzas da todo su sentido y su verdad a la existencia humana.

5 comentarios sobre “El sabor y el brillo de la vida

  1. Pienso que verdaderamente, es feliz el que sabe ser pobre y vivir desprendido de las cosas de la tierra, libre de las ataduras del deseo y del ansia de posesión.
    Es feliz el que al llorar, recibe el consuelo de saber que sus sufrimientos no son inútiles y sin sentido, sino que se pueden convertir en un sacrificio que ayude a salvar a otros hombres con una comunión espiritual.
    Es feliz quien tiene dominio interior de sus pasiones, en una mansedumbre, que es poder sereno, lejos de la violencia.
    Es feliz el que sabe que todos los deseos de justicia y amor serán saciados con abundancia.
    Es feliz quien tiene buen corazón con el que sufre, en el alma o en el cuerpo, y es tratado con una misericordia que, unas veces es perdón y otras caricia.
    Es feliz quien mira al mundo, las personas o a Dios, con mirada limpia, y entiende las cosas con visión sobrenatural.
    Es feliz quien siembra paz y concordia entre las personas, para que aprendan a amarse, también cuando son poco amables.

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