La vida de infancia espiritual nos inmuniza contra el orgullo

Ya terminamos con el libro de Amor y autoestima que nos a acompañado durante un recorrido de vuelo de este blog.

La vida de infancia espiritual nos inmuniza contra las actitudes de corte voluntarista. Nos ayuda a entender que la santidad consiste en una perfección de amor, y no en hacer esfuerzos titánicos para compensar la negativa visión que podemos tener sobre nosotros mismos. En su oración, San Josemaría llega incluso a decir: «Jesús: nunca te pagaré, aunque muriera de Amor, la gracia que has derrochado para hacerme pequeño». No se trata de luchar menos. Santa Teresa de Lisieux cuenta que desde que tenía tres años, no recordaba haber negado algo a Dios. Pero saberse hija pequeña y predilecta le ayudó a purificar la intención que inspiraba su lucha espiritual. Escribe en una de sus cartas: «Jesús no me enseña a contabilizar mis actos, me enseña más bien a hacerlo todo por amor, a no negarle nada, a estar contenta cuando me proporciona una ocasión de probarle que le amo. Pero todo eso se realiza con paz, ¡con abandono!».

Ser como los niños consiste ante todo en abandonarse en las manos de Dios. Este abandono significa en primer lugar rendimiento amoroso: dejarnos querer, poner toda nuestra vida en sus manos, permitirle que haga con nosotros lo que quiera. Ser como niños requiere también fe y humildad. Confiar en Dios significa no preocuparse por el futuro: tener plena confianza en su providencia omnipotente y amorosa. Significa también no sobrevalorar las propias fuerzas, no desanimarse por los defectos, pues el Señor tiene predilección por quien reconoce sus incapacidades. Se trata, pues, de dejar en manos del Señor la propia valía y estima. «Nunca se tiene suficiente confianza en el buen Dios, tan poderoso y misericordioso», afirma Santa Teresita.

Hay quienes no ven el atractivo de la infancia espiritual por pensar que se trata de «niñerías y puerilidades». No entienden que «todo esto no es una bobería, sino una fuerte y sólida vida cristiana». A otros, les incomoda, porque les cuesta admitir lo mucho que la necesitan. Aunque no se puede imponer a nadie este camino, conviene señalar que el Espíritu Santo descubre a todas las almas de oración, tarde o temprano, la maravilla de esta vida de infancia espiritual.

Puesto que la conciencia del Amor de Dios no elimina del todo el orgullo, la infancia espiritual es el mejor medio para neutralizarlo. Hay que estar en guardia porque a veces el amor propio impera en nosotros de modo imperceptible. Sucede cuando en vez de apoyarnos en el Señor como niños conscientes de su pequeñez, empezamos a apoyarnos en nuestras propias fuerzas como adultos autosuficientes. Está claro que nos pasaremos toda la vida haciendo el papel del hijo pródigo. Ser como niños nos facilitará vivir en permanente estado de conversión. Como enseña Juan Pablo II, el auténtico conocimiento de Dios «es una constante e inagotable fuente de conversión, no sólo como momentáneo acto interior, sino como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes lo “ven” así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a Él».

Quizá Dios no nos libera definitivamente del orgullo para que podamos seguir siendo como los niños. Parece como si la Redención fuera imperfecta. San Pablo llegó a esta conclusión:«Para que no me engría, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, para que me abofetee, y no me envanezca. Por esto, rogué tres veces al Señor que lo apartase de mí; pero Él me dijo: “Te basta mi gracia, porque la fuerza se perfecciona en la flaqueza”. Por eso, con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las flaquezas». De algún modo, nos conviene que el orgullo no desaparezca del todo, pues nos proporciona mucha materia de lucha interior y sirve de indicador que nos advierte que nos estamos alejando de Dios. En cuanto dejamos de ser como niños y nos tomamos demasiado en serio, el orgullo hace que nos sintamos mal. Cerca del Señor respiramos aire puro. En cuanto nos separamos de Él, el aire se torna enrarecido. Gracias a lo mal que nos sentimos cada vez que fallamos y le damos la espalda, sentimos la necesidad de refugiarnos en sus brazos misericordiosos, volvemos a su intimidad y nos llenamos de gozo.

De los niños aprendemos, por último, a no darnos importancia. El Amor misericordioso nos permite vivir la humildad ya en la tierra como se vive en el Cielo. Allí, como afirma Lewis, «no habrá lugar para la vanidad. El alma estará libre de la miserable ilusión de creer que es mérito suyo. Sin el menor rastro de mancha de lo que ahora podríamos llamar autocomplacencia, se alegrará inocentemente de que Dios le haya dado el ser, curará para siempre su viejo complejo de inferioridad cuando entierre su orgullo más profundamente que el libro de Próspero».

Un comentario sobre “La vida de infancia espiritual nos inmuniza contra el orgullo

  1. Tenemos que tratar de dejarnos guiar por Dios en todo momento, pues como los niños buenos y temerosos no dan un paso si no es acompañado por sus padres, así tampoco nosotros debemos dar un paso en la vida espiritual si no es guiados por Dios, con su aprobación y ayuda. Ojalá tengamos un buen director espiritual que nos aclare la voluntad de Dios cuando no la vemos clara, pero debemos saber que Dios no dejará librado a la incertidumbre a quien ama y antes o después le mostrará su Voluntad. Pero para que esto sea lo más pronto posible y también lo más claro para nosotros, es necesario que oremos incesantemente para conocer lo que Dios va queriendo y seguirlo sin miedo y sin perplejidades. La oración lo es todo, y para lograr la infancia espiritual, tanto más la lograremos, cuanto más oremos a Dios y a su Madre, porque Dios revela sus secretos a los humildes y a los que oran, que son siempre los pequeños. Recemos mucho el Rosario, que es oración tan humilde y sencilla y nos forma en la pequeñez.

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