La importancia de la vida de infancia espiritual

Santa Teresita  —como ella misma pidió, antes de morir, que la invocasen— nos legó un modo de tratar al Señor llamado camino de infancia espiritual. La doctrina de esta Doctora de la Iglesia supuso un gran avance en el ámbito de la espiritualidad cristiana.

  • En los manuales clásicos sobre la humildad, se decía que nuestra miseria nos ayuda a progresar en la vida espiritual, porque nos lleva a reconocer la necesidad de ser perdonados por un Dios que nos ama a pesar de nuestros defectos. Sin embargo, a partir de Santa Teresa del Niño Jesús, se introduce un nuevo matiz: Dios no nos ama sólo a pesar de, sino, de algún modo, también gracias a nuestra flaqueza. El Señor es muy generoso y desea volcarse con todos, pero tiene predilección por los más débiles, ya que si éstos no dejan de luchar y reconocen su debilidad, Él puede volcarse más con ellos.

San Pablo lo intuyó cuando el Señor le dijo: «Mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza»; por eso, añade el apóstol: «Por tanto, con sumo gusto me gloriaré todavía más en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las flaquezas». Comentando esas palabras, afirma San Josemaría: «Al barruntar en nuestra alma el amor, la comprensión, la ternura con que Cristo Jesús nos mira, comprenderemos en toda su hondura las palabras del Apóstol: virtus in infirmitate perficitur [mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza]; con fe en el Señor, a pesar de nuestras miserias —mejor, con nuestras miserias— seremos fieles a nuestro Padre Dios» Por tanto, también nosotros podemos alcanzar la santidad, y no sólo a pesar de nuestras miserias, sino contando con ellas. Gracias a ellas, amaremos más.

Nos conviene, pues, ser como niños que no se extrañan de su debilidad. Dios nos ayuda a comportarnos con fortaleza mientras permanecemos en esa flaqueza que atrae sus dones.

  • El pequeño es aquel a quien Él siempre puede dar. El grande es aquel que comienza a pensar que ya se las puede arreglar solo. Está perdido. Al menos, perdido para la santidad. Santa Teresita demostró con su vida que su pequeña vía es todo un atajo hacia esa alta meta. Nos cuenta que tenía un carácter muy inseguro, pero que cuando descubrió la gran ventaja de su debilidad, todo empezó a ir sobre ruedas: su espíritu, al fin liberado de escrúpulos, se expandió.

La infancia espiritual colorea la relación con nuestro Padre Dios: nos lleva a imitar la oración sencilla de los niños, la confianza ilimitada que tienen en sus padres, la espontaneidad y las pillerías que les son propias.

  • Como insiste Santa Teresita, «ser pequeño… es no desanimarse por las propias faltas. Pues los niños caen con frecuencia. Pues son demasiado pequeños para hacerse daño». Podemos aprender mucho observando a los niños. Tienen, por ejemplo, un peculiar sentido de la justicia. Acostumbrados como están a recibir todo gratis, cuando el padre les regala golosinas, cogen una y se la dan, en un alarde de generosidad.
  • Hacen también travesuras pero saben ir a lo esencial, como escuché una vez a una niña: «He pedido perdón a Jesús porque, a veces, le dejo de querer».
  • El comportamiento de los niños a la hora de pedir perdón es particularmente aleccionador. Santa Teresita rememoraba así una de esas escenas: «Fíjate en un niño que acaba de disgustar a su madre montando en cólera o desobedeciéndola. Si se mete en un rincón con aire enfurruñado y grita por miedo a ser castigado, lo más seguro es que su madre no le perdonará su falta; pero si va a tenderle sus brazos sonriéndole y diciéndole: “Dame un beso, no lo volveré a hacer”, ¿no lo estrechará su madre tiernamente contra su corazón, y olvidará sus travesuras infantiles…? Sin embargo, ella sabe muy bien que su pequeño volverá a las andadas en la siguiente ocasión, pero poco importa, si él vuelve a ganarla por el corazón, nunca será castigado…».

También San Josemaría describe escenas similares. Ha abierto una vía para hacer asequible esa vida de infancia espiritual a los cristianos corrientes nada familiarizados con los ambientes conventuales. Sus reflexiones se adaptan a todas las mentalidades; son siempre tiernas y firmes al mismo tiempo. Algunas de sus consideraciones son memorables, como la que sigue: «Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. Vivimos como si el Señor estuviera lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando. ¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré más! —Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo… —Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende…, a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien! Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos».

Un comentario sobre “La importancia de la vida de infancia espiritual

  1. Ciertamente, las palabras de santa Teresita, encuentran poca acogida en una época como la nuestra, en que la sociedad se rige por la competencia, el poder, el dinero, la fama y toda clase de seguridades materiales. Sin embargo, solamente apoyados en la confianza de hijos pequeños de Dios, abandonándonos en Él, podremos recuperar la alegría tan añorada de nuestros días de infancia. De hecho, gran parte de nuestra felicidad se basaba en que éramos dependientes de nuestros padres o de los adultos responsables de nosotros. Pues bien, volver a ser niños delante de Dio, no es otra cosa que volver a confiar en nuestro padre Dios y sabernos dependientes de Él. Después de todo, Jesús nos lo advierte como un requisito para entrar al Reino de los cielos.

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