El maravilloso engranaje Miseria y Grandeza

Si nos arrepentimos, pedimos perdón a Dios e intentamos enmendar nuestra vida, la realidad de nuestra miseria queda en segundo lugar. El Amor de Cristo nos asegura incluso una visión positiva que se traduce en cultivar una actitud de humilde autoestima. Es aleccionador el ejemplo de los santos en ese sentido. «No valgo nada», suelen decir. No les produce inquietud saberlo y reconocerlo porque son conscientes de su dignidad de hijos de Dios y de las ventajas de la propia flaqueza ante un Amante misericordioso. Su humildad, perfectamente ubicada, no se identifica con «la modestia de quien no tiene un elevado concepto de sí mismo y por lo tanto permanece en un segundo plano en actitud resignada». Conocen con realismo su debilidad, algo que no les incomoda gracias a la bondad divina. San Josemaría, por ejemplo, se veía ante Dios «como un pobre pirulero, o como cuatro huesos ya sin fuerza física, lleno de costras y miserias, como un personaje bien feíllo. Pero, al mismo tiempo, ¡qué me importa todo esto si sé que Dios me quiere, si sé que Dios me espera, si sé que Dios se sirve de mí tal y como soy, y no desea darme nada más aquí en la tierra! ¡Soy feliz, porque así me quiere Él!».

El santo sabe conjugar miseria y grandeza. Conoce su flaqueza, pero también lo mucho que el Señor le ama. «No soy una santa —decía Santa Teresita—. Soy un alma muy pequeña a la que el buen Dios ha colmado de gracias…». La conciencia de ser amado por Dios conlleva incluso un santo orgullo, como si la modestia estuviese fuera de lugar. «La humildad perfecta —observa Lewis— prescinde de la modestia. Si Dios está satisfecho de su obra, la obra puede estar satisfecha consigo misma». La conciencia de nuestras limitaciones, si no falta buena voluntad, ya no es un peso que aplasta. La humildad no proviene de la temeraria presunción de creernos invulnerables, sino de la madurez de vivir establemente en paz con nosotros mismos.

Nadie es tan consciente de su pequeñez como los santos. Y no sólo porque advierten sus defectos, sino sobre todo por el gran contraste que vislumbran entre su limitada capacidad de amar y la insondable bondad divina. Cuenta André Frossard que, de modo totalmente inmerecido e inesperado, le fue concedido contemplar la esencia divina como al más santo de los místicos. El resultado de aquella teofanía fue una «deslumbrante consternación» al darse cuenta «del barro en que estaba, sin saberlo, hundido». Su indignidad era patente ante «la suave violencia de esa luz» que le inundaba. El famoso periodista francés aclara así esa «especie de abrumadora confusión» que sentía: «En mi alegría, me sentía verdaderamente desolado de no tener otra cosa que ofrecer —a cambio de tanta belleza— sino una insignificante condensación de la nada». Para explicar por qué Dios no se manifiesta más a menudo en esta vida, dice que lo más sobrecogedor en Él no es su omnipotencia, sino «su dulzura. Lo que la caridad oculta a nuestra visión es la fulguración nuclear del infinito, que se contrae en una humildad inconcebible. Es la eterna y pura inocencia de Dios la que rompe los corazones. Dios no puede aparecerse sin que, enseguida, nos juzguemos y nos condenemos nosotros mismos sin apelación ni remisión. Y eso es lo que Dios no quiere. En Él todas las cosas tienen su razón de caridad». El Señor, en su designio amoroso, nos ilumina en la medida en que seremos capaces de procesar esa mezcla explosiva de alegría y confusión.

Los santos son también más conscientes de la dignidad de ser amados por Dios. Su santo orgullo puede causar perplejidad si se confunde su firmeza de ánimo con una soberbia camuflada. Sin embargo no es así. Como apunta San Pablo, su «seguridad proviene de Dios». Conscientes de su flaqueza, se apoyan más en Dios y son capaces de afrontar las iniciativas más audaces. «Todo lo puedo en Aquel que me conforta», decía el apóstol. Los santos, en suma, sorprenden porque se han revestido de esa «fortaleza que se consuma en la debilidad». San Josemaría resume este sentir cuando afirma: «Nuestra sabiduría y nuestra fuerza están precisamente en tener la convicción de nuestra pequeñez, de nuestra nada delante de los ojos de Dios; pero es Él quien nos estimula para que nos movamos, al mismo tiempo, con una segura confianza y prediquemos a Jesucristo, su Hijo Unigénito, a pesar de nuestros errores y de nuestras miserias personales, siempre y cuando, junto a la flaqueza, no falte la lucha con el fin de superarla».

2 comentarios sobre “El maravilloso engranaje Miseria y Grandeza

  1. Todos los días tenemos infinidad de oportunidades para aprovechar un nuevo comienzo. Generalmente los nuevos comienzos se inician cuando alguna otra cosa termina.
    Y otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, que subió y creció: y llevó uno a treinta, y otro a sesenta, y otro á ciento.

    Para abrir nuevos caminos, hay que inventar; experimentar; crecer, correr riesgos, romper las reglas, equivocarse… y divertirse.

    El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos caminos sino en tener nuevos ojos.

    Cada día es una oportunidad para cerrar la puerta al pasado y experimentar un nuevo comienzo. Aún el hecho de que Dios dividió los días en segmentos de 24 horas es una evidencia de que nosotros necesitamos comenzar vez tras vez de manera regular. Siempre hay un nuevo día, un nuevo mes y un año nuevo. Pero el fin es que nosotros podamos hacer un buen uso de estos nuevos comienzos, nosotros debemos precisamente decidir eso.

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  2. “La oración” es la humildad del hombre que reconoce su profunda miseria y la grandeza de Dios, a quien se dirige y adora, de manera que todo lo espera de El y nada de sí mismo.

    “La fe” es la humildad de la razón, que renuncia a su propio criterio y se postra ante los juicios y la autoridad de la Iglesia.

    “La obediencia” es la humildad de la voluntad, que se sujeta al querer ajeno, por Dios.

    “La castidad” es la humildad de la carne, que se somete al espíritu.

    “La mortificación” exterior es la humildad de los sentidos.

    “La penitencia” es la humildad de todas las pasiones, inmoladas al Señor.
    —La humildad es la verdad en el camino de la lucha ascética.

    Son frases de S. Josemaría y nosotros vamos a recomenzar una vez mas a trabajar en ello

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