El difícil engranaje entre Justicia y Misericordia

Como observa San Josemaría, Cristo «se sujeta heroicamente al deber, y se conduce por la misericordia». Un mismo amor inspira su sacrificio heroico de la cruz y su piedad ilimitada hacia nuestra miseria. Si le imitamos, aprenderemos a conjugar exigencia y comprensión, tanto hacia nosotros mismos como hacia los demás. La santidad se «reconoce por este doble signo: esfuerzo heroico hacia la pureza absoluta y piedad ilimitada respecto a la impureza». Esas palabras de Gustave Thibon condensan toda la sabiduría cristiana. Se trata de dos aspectos inseparables de un mismo y único amor: generosidad y humildad, lucha ascética y misericordia, exigencia y comprensión, hacia nosotros mismos y hacia nuestros semejantes.

Es difícil conjugar esos dos aspectos. La conocida plegaria de los alcohólicos anónimos lo refleja: «Dame, Señor, la serenidad de aceptar lo que no puedo cambiar, la valentía para afrontar lo que puedo cambiar y la sabiduría para poder distinguir entre ambas». Análogamente, ante los defectos propios y ajenos, la consigna podría ser ésta: en primer lugar, siempre, comprensión; en segundo lugar, a veces, en lo mejorable, exigencia; en tercer lugar, prudencia para discernir. Cada elemento corrige al anterior. Sería un desamor y una cobardía si, aparte de ser comprensivos con los defectos de los demás, no les ayudáramos a mejorar. Sin embargo, de nada serviría corregirles en aspectos que no pueden cambiar; sería como decirles que no los amamos tal como son.

Tampoco hay contradicción entre la justicia y la misericordia divinas. No sólo no se oponen, sino que se reclaman mutuamente. Santa Teresita afirmó incluso que cuando se presentara ante Dios, no se acogería a su misericordia sino a su justicia, ya que Él no exige lo que supera la capacidad de una niña débil. Alega que «ser justo no es sólo ejercer la severidad para castigar a los culpables, es también reconocer las intenciones rectas y recompensar la virtud».

De todos modos, no es fácil conciliar estos dos aspectos al impartir una catequesis cristiana. El amable sentido de la misericordia no debería excluir el exigente sentido de la justicia. Conocer el Amor misericordioso es de gran ayuda para personas con tendencia al escrúpulo, pero conviene recordar la justicia a quienes creen poder abusar impunemente de la bondad divina. Si al explicar los misterios de la fe se pone un acento excesivo en la responsabilidad personal ante la justicia de Dios, se corre el riesgo de desfigurar su bondad y de desanimar a los oyentes. Pero es igualmente cierto que insistir unilateralmente en la misericordia puede fomentar la irresponsabilidad y la presunción. Thibon muestra ese difícil equilibrio cuando afirma: «Yo quisiera que mi pensamiento tuviera la suficiente fuerza como para no inducir a los justos al pecado, y la suficiente ternura como para no llevar nunca a los pecadores a la desesperación; que no presentara a los puros un Dios menos exigente, ni mostrara a los impuros un Dios demasiado inaccesible».

Puesto que estamos haciendo hincapié en la misericordia de Dios, conviene señalar también las implicaciones de su justicia. Ocurre con frecuencia que muchos se desentienden de Dios y de la vida futura quizá porque sólo piensan en cómo disfrutar más de sus efímeros días en la tierra. Pero se equivocan si creen tener asegurado el Cielo amparándose sólo en la bondad divina: prueba que no han entendido ni el Cielo ni el amor verdadero. Dios quiere que todos nos salvemos porque desea nuestro bien y anhela unirse amorosamente con cada uno de nosotros, pero esta unión requiere que le amemos. El Cielo es la consumación eterna de un amor recíproco ya incoado en la tierra, al que sólo acceden quienes libremente aceptan la invitación divina. Jesús lo dejó muy claro en sus múltiples llamadas a la conversión: «No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial».

A quienes de modo ingenuo sostienen que no necesitan convertirse, habría que recordarles lo injusto que sería que Dios no recompensase las buenas acciones o que dejara impunes las malas. «La caridad —observa Messori— no es tal si ignora o se salta la verdad: la de nuestro pecado, cuya presente realidad debe de tener un peso si la Justicia divina es tal». La actitud de confiar en Dios sin poner los medios para enmendarse no es nueva. Ya el Antiguo Testamento previene contra esa presunción: «No digas: “Grande es su misericordia, él perdonará mis muchos pecados”. Porque en Él hay misericordia y cólera y sobre los pecadores desahogará su furor». Con Dios no se juega (non irridetur Deus), aunque tampoco hay que fomentar el temor servil… Sólo deberíamos temernos a nosotros mismos en la medida en que podemos hacer mal uso de nuestra libertad. Los santos nos enseñan que el mejor de los temores consiste en detestar el pecado porque entristece a un Padre que nos ama inmensamente. Por tanto, en la catequesis habría que imitar la pedagogía empleada por Dios al revelarse progresivamente a los hombres: enseñar, primero, las verdades básicas, contenidas en la Antigua Alianza, y completarlas, después, con la verdad plena revelada por Cristo que radica en el amor.

[seguiremos]

5 comentarios sobre “El difícil engranaje entre Justicia y Misericordia

  1. Todo cambio es doloroso o estresante; si no entendemos esta realidad podemos frustrarnos, estancarnos o fosilizarnos. Es indispensable entender los principios básicos, los fundamentos, la antesala y los resultados de las transiciones.

    La vida es transición. Cuando una puerta se cierra, otra se abre, pero a menudo empleamos tanto tiempo mirando la puerta que se cerró que no vemos la puerta que está abierta delante de nosotros.

    Es necesario la renovación total. El deseo del Señor es nuestra renovación. Dios quiere tomarnos de la mano, llevarnos a un renuevo. Si no entendemos que Dios nos hizo, nos llamó y nos formó como un ser único, detendremos la transición del Espíritu.

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  2. Muchas veces seguimos lo que otros hacen incluso cuando tenemos buenos referentes en nuestra vida como padres, amigos o mentores que pueden guiarnos; pero se nos olvida que la decisión de cómo encarar la vida al final es un acto personal y es importante saber cómo podemos ser felices para no terminar con un camino hecho pero sintiendo un gran vacío.

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