La importancia de la reconciliación con la propia miseria

Vamos a pasar por alto algunos fragmento del libro que estamos viendo en el blog> Amor y autoestima de M. Esparza. Para ir terminando nos centraremos en el aspecto centrífugo que tiene el amor de alta calidad, como lo denomina .

El amor de alta calidad requiere salir de uno mismo, olvidando las necesidades propias y abriéndose a las ajenas. El amor lleva a prestar atención: implica estar pendiente de la persona amada. Eso se logra en la medida en que uno supera lo egocéntrico y descubre las necesidades del otro. Es, pues, el resultado de rebajar lo centrípeto y de aumentar lo centrífugo. El Amor de Dios potencia ambos aspectos. Por un lado, hemos comprobado que la Pasión de Cristo facilita ese vivir fuera de uno mismo, ya que la llaga abierta de su Corazón, como dice San Bernardo, reclama atención y alivio. Por otro lado, como veremos enseguida, nada ayuda tanto al olvido de sí como esa reconciliación con la propia miseria que el Amor misericordioso hace posible.

Esta faceta del Amor de Dios guarda una estrecha relación con la filiación divina y es, al mismo tiempo, una garantía de paz interior. Sabernos hijos de un Padre misericordioso es incompatible con el agobio ante nuestras faltas. Desde ese prisma comprendemos mejor lo mucho que duelen al Señor nuestros pecados, pero también la inmensa alegría que experimenta cada vez que acudimos contritos y confiados al tribunal de la divina misericordia. Compartimos a partes iguales su dolor por el pecado y su gozo por la reconciliación. Prometemos enmendarnos y, cada vez que no lo logramos, volvemos a la casa del Padre con la alegría de saber que «nada hay tan grato y querido por Dios como el hecho de que los hombres se conviertan a él con sincero arrepentimiento».

El sacramento de la reconciliación es muy de agradecer. «Es hermoso poder confesar nuestros pecados, y sentir como un bálsamo la palabra que nos inunda de misericordia y nos vuelve a poner en camino». Quien no se alegra después de la confesión, es quizá porque no se perdona a sí mismo o porque no se percata de la alegría que procura al Padre. Dios no ama el pecado, pero sí al pecador. Recordemos la ternura con la que el padre de la parábola abraza al hijo pródigo: «Se echó a su cuello —dice— y le besó efusivamente». Y no nos perdona de buen grado una sola vez. Si estamos arrepentidos, nos perdona con el mismo gozo la misma falta incluso mil veces al día. El sacramento de la confesión y los actos de contrición —«con los que no se pierden ni siquiera las batallas perdida —devuelven la paz al alma. Cada vez que pedimos perdón al Señor, con palabras de la liturgia pascual, podemos exclamar: «¡Feliz culpa!».

Lo que sentimos cuando nos reconciliamos con las personas queridas nos ayuda a imaginar la alegría del Señor cuando le pedimos perdón.

  • Santa Teresita dijo a una religiosa que le pidió disculpas: «Nunca he sentido tan vivamente con qué amor Jesús nos recibe cuando le pedimos perdón después de haberle ofendido. Si yo, pobre criatura, he sentido tanto amor por usted, en el momento en que ha venido a mí, ¿qué no sucederá en el corazón del Buen Dios cuando volvemos a Él?». El arrepentimiento es siempre una prueba de amor.
  • Una señora lo comprendió tras experimentar sentimientos encontrados con su despistado e impuntual marido. En una ocasión, como en tantas otras, había servido de poco que insistiera con todo su empeño en la necesidad de que llegara a una hora concreta para atender una cita importante. Su marido, una vez más, llegó tarde, pero, a diferencia de otras, con un ramo de flores bajo el brazo. Su reacción inicial fue de cólera, pero al indagar algo más en el gesto de las flores se dio cuenta de la delgada línea que une el arrepentimiento, el perdón y la calidad del amor. Comprendió después que el Amor de Dios es tan perfecto, que nuestra contrición significa para Él mucho más que todas las flores del mundo.

Un comentario sobre “La importancia de la reconciliación con la propia miseria

  1. El mandamiento nuevo, el resumen magno de toda la ley y los profetas, la condición sine qua non del ser y ejercer como cristiano, su barómetro más preciso, es el trato a los demás, a todos los demás.

    Por ser Iglesia, todos los bautizados desde el Papa Francisco al último monaguillo, tenemos la misma dignidad –somos hijos de Dios- la misma misión –que todos los demás tengan Vida y Vida abundante- y la misma responsabilidad de vivir en Gracia de Dios como miembros vivos de la Iglesia.

    Predicar y dar trigo, serlo y parecerlo, dar y darse.

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