Hemos de procurar sintonizar con los sentimientos de Cristo

Seguimos con el libro de M. Esparza: Amor y autoestima

Es fácil amar a Cristo si, conscientes de «la hondura de la Encarnación», nos percatamos de los sentimientos que inflaman su Corazón. «En Cristo —recuerda Juan Pablo II—, Dios ha asumido verdaderamente […] un corazón humano, capaz de todas las expresiones de afecto». Conviene meditar el Evangelio para hacernos una idea de «la santa afectividad de la Santísima Humanidad de Cristo». Su extraordinaria capacidad afectiva se manifiesta en un sinfín de detalles: abraza a niños, quiere a sus amigos y se conmueve profundamente cuando muere Lázaro, mira con cariño al joven rico, se preocupa de que sus discípulos puedan descansar en un ambiente familiar. Llama especialmente la atención su compasión hacia los que sufren. Recordemos, como botón de muestra, cómo se hace cargo del dolor de la viuda de Naín, que está enterrando a su único hijo. «Al verla —cuenta San Lucas—, el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: “No llores”». Movido por una de esas «razones del corazón que la razón no entiende», Jesús hace una excepción: resucita al hijo sin pedir un signo de fe a la madre. El milagro, comenta San Josemaría, fue una «manifestación del poder de Cristo Dios. Pero antes fue la conmoción de su alma, manifestación evidente de la ternura del Corazón de Cristo Hombre».

La reflexión también nos ayuda a hacernos cargo de cuánto y cómo siente Jesús. Entre los sentimientos de Cristo Resucitado y los nuestros hay, en efecto, una diferencia de intensidad y de calidad. Nuestras acciones le afectan con una intensidad proporcional a su amor. Cuanto más perfecto es un hombre, mayor es su capacidad afectiva, aunque ningún sentimiento humano es infinito. Por tanto, el cariño de Jesús será, como mínimo, decenas de veces más intenso que el del hombre más santo que jamás haya existido. Pongamos números para hacerlo más tangible. Si el Corazón de Jesús fuese cien veces más grande que el nuestro, lo que nos suceda, para bien o para mal, le influirá cien veces más. También existe una diferencia cualitativa entre los sentimientos de Cristo y los nuestros. Ya vimos que, en nosotros, las alegrías y las penas están ligadas tanto al corazón como al orgullo. En Él, en cambio, no hay egoísmo alguno. Sus alegrías están exentas de vanidad, y sus penas nada tienen que ver con orgullo herido. Goza y sufre únicamente porque nos ama. Ningún sentimiento de alegría y de dolor es tan hermoso como en el Corazón de Jesús.

Si sintonizamos con su Corazón, nos sentiremos urgidos a darle muchas alegrías, tanto a través de nuestra entrega generosa, como a través de nuestra humilde contrición. «Permaneced en mí, como yo en vosotros», nos dijo Jesús. Él nunca deja de amarnos. De ahí que nos sintamos apremiados a aportarle alegrías y a consolarle por el dolor que le causan los pecados, tanto los propios como los ajenos. Si nos hacemos cargo de la magnitud de ese dolor, sentiremos una gran pena. Comentando la Pasión, exclama José Pedro Manglano: «¡Cómo me gustas así!, ¡necesitado de consuelos! […] Creo que no hay nada más grande que un Dios que da pena… si la pena es de amor». Esa pena es un eficaz acicate para nuestra generosidad. ¡Es tan hermoso enjugar las lágrimas de una persona que llora! Arrancar una sonrisa a un semblante triste es como si, en medio de un cielo nublado, de pronto, entre esa bruma, resplandeciese un sol brillante.

  • Lope de Vega condensa en uno de sus más conocidos sonetos las apremiantes expectativas amorosas de Jesucristo:
  • ¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
  • ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
  • Que a mi puerta cubierto de rocío,
  • Pasas las noches de invierno oscuras?
  • ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras
  • Pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
  • Si de mi ingratitud el hielo frío
  • Secó las llagas de tus plantas puras!
  • ¡Cuántas veces el ángel me decía:
  • Alma, asómate agora a la ventana
  • Verás con cuánto amor llamar porfía!
  • Y ¡Cuántas, hermosura soberana,
  • «Mañana le abriremos», respondía,
  • Para lo mismo responder mañana!

Un comentario sobre “Hemos de procurar sintonizar con los sentimientos de Cristo

  1. ¡Señor, creo en Ti, creo en tu capacidad de amar, creo que eres la luz que cada día ilumina mi caminar, creo en la lógica de la caridad aunque tantas veces me cueste darme a los demás y amar con el corazón! ¡Señor, soy plenamente consciente de que no siempre escojo el camino correcto y me alejo de Ti! ¡Padre Dios, soy consciente del amor que sientes por mí y quiero corresponder a este amor con el testimonio de mi fidelidad en los momentos de prueba y de lucha interior! ¡Soy testigo, Padre, de tu enorme misericordia, compasión y gracia fruto de tu amor! ¡Quiero amarte, Señor, con lo que soy y lo que tengo! ¡Quiero amarte a Ti a través del prójimo! ¡Quiero amarte con toda mi alma para hacer de ti toda motivación para mi buen obrar sabiendo que todo lo hago por Ti! ¡Quiero amarte con toda mi alma porque quiero ofrecértelo todo a Ti, Señor! ¡Quiero amarte con toda mi alma, Señor, porque quiero darle un valor sagrado a todo lo que soy y quiero hacerlo en ofrecimiento a tu amor!

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