Como hijos pequeños

Seguimos con M. Esparza en Amor y autoestima

La filiación divina constituye el fundamento de la vida cristiana. Si nos sabemos hijos de tan buen Padre, le trataremos con familiaridad y nos abandonaremos confiadamente en Él. Se iluminan así todas y cada una de nuestras acciones. Ayuda a comprenderlo observar cómo un niño trata a su padre, con qué complicidad atrae su atención, despierta una sonrisa, goza en su presencia o busca una caricia. Así también nosotros podemos imaginar la inefable mirada de nuestro amantísimo Padre. Si lo hacemos con frecuencia, vivir en presencia de Dios se convertirá en una necesidad de nuestra alma. «El Señor —afirma San Josemaría—, al querernos como hijos, ha hecho que vivamos en su casa, en medio de este mundo, que seamos de su familia, que lo suyo sea lo nuestro y lo nuestro lo suyo, que tengamos esa familiaridad y confianza con Él que nos hace pedir, como el niño pequeño, ¡la luna!».

«Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles», dice uno de los salmos. La analogía con la paternidad humana nos ayuda a ahondar en la bondad divina. Cualquier anécdota en este sentido sirve para ilustrar esa realidad. El primer dibujo de un niño, por ejemplo, es mucho más que un garabato a los ojos de su padre, que lo mirará con atenta curiosidad y con más cariño. Del mismo modo, nada de lo que hacemos es insignificante a los ojos de Dios. No pondremos el acento tanto en el valor de nuestro dibujo, como en el amor misericordioso con que lo mira. Con toda razón, afirmaba San Bernardo: «Mi único mérito es la misericordia del Señor. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos»

El valor de nuestros pequeños obsequios se multiplica por lo mucho que Dios nos ama. Ocurre como esa ayuda que un niño pequeño insiste en prestar a su padre para trasladar la compra del supermercado. Es obvio que no tiene la fuerza suficiente para cargar con mucho peso, pero basta con darle una bolsa sin apenas contenido para hacerle creer que su colaboración ha sido tan decisiva como inestimable. El niño se siente importante y el padre se conmueve al comprobar su generosidad.

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