Las diferencias entre saber, sentir y palpar a Dios

En estas entradas que dedicaremos al libro de M. Esparza, Amor y autoestima, el autor se centrará en la importancia del conocimiento experiencial del amor de Dios.

Se preguntaba un artista holandés: «Sabiendo que existe un Dios todopoderoso que me ama y que se compadece de mí, ¿cómo es posible que me preocupe o me inquiete?». Quizá nos suceda algo similar. Si no cambiamos radicalmente es quizá porque nuestro conocimiento del Amor de Dios es sólo teórico. No es igual que nos digan que nos han transferido cien millones de euros a una cuenta bancaria en Suiza, que nos entreguen contantes y sonantes dos millones de billetes de cincuenta euros. Es fácil querer con locura al Señor si nos percatamos de la hondura de su amor. «Que Cristo nos ama es el gran secreto —escribe Dietrich von Hildebrand—, el secreto más íntimo de cada alma. Es la realidad más inconcebible; es una realidad que cambiaría la vida de cualquiera que se diera cuenta de ello plenamente. Pero para darse cuenta de ello no basta un mero conocimiento teórico, sino una vivencia de ese amor similar a la que se tiene del amor de la persona amada». Con palabras de Benedicto XVI, cada uno de nosotros necesita, en definitiva, la «experiencia de ser amado por Jesucristo de una manera totalmente personal».

Para que el Amor de Dios cale en nuestras vidas, no basta con conocerlo o sentirlo. «Poco a poco —decía San Josemaría— el amor de Dios se palpa —aunque no es cosa de sentimientos—, como un zarpazo en el alma». Palpar es mucho más hondo que sentir y saber. Un refrán japonés ilustra bien la diferencia. Dice así: «Cuando muere un niño, los conocidos sufren con la cabeza; los amigos, con el corazón; la madre, con toda la profundidad de sus entrañas». Como enseña Benedicto XVI, debemos penetrar progresivamente en el Corazón de Cristo: «Así podremos comprender mejor lo que significa conocer en Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo teniendo puesta nuestra mirada en Él, hasta vivir completamente de la experiencia de ese amor, para poderlo testimoniar a los demás».Esa honda conciencia del Amor de Dios se va fraguando poco a poco a lo largo de la vida. Es el misterioso resultado de la acción de la gracia y de nuestra correspondencia. Esa colaboración se concreta, ante todo, en un intento de mejorar las disposiciones interiores, ya que, como advierte Benedicto XVI, «un auténtico conocimiento del amor de Dios sólo es posible en el contexto de una actitud de oración humilde y de generosa disponibilidad». Nuestra correspondencia a la gracia se traduce también en un empeño cotidiano por buscar, tratar y amar al Señor. Con el tiempo, su compañía se convierte en una necesidad. Si no descuidamos los ratos de oración, el Señor nos va robando el corazón y, como refiere San Josemaría, «se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto».

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