La importancia de establecer una recíproca relación de amor con Dios

Ya vimos, al tratar del libro Amor y autoestima de M. Esparza, que el amor exige reciprocidad. Podemos amar a quien no nos ama, pero entonces no es posible establecer una relación de amor. Sucede como en la amistad: no podemos ser amigos de quien no quiere ser nuestro amigo. Por eso, establecer con Dios una recíproca relación de amor tiene una importancia decisiva en la vida cristiana. Como afirmó Juan Pablo II al comienzo del milenio, «esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana». Vemos qué nos propone M. Esparza en su libro.

Quienes no han aprendido a conectar con las expectativas amorosas de Dios están abocados a una vida cristiana superficial. Tratarían mejor al Señor, como los dos hijos de la parábola, si conocieran su amorosa vulnerabilidad. A menudo, quienes ignoran esta misteriosa realidad, se dirigen al Señor sólo cuando tienen algo que pedirle, olvidando lo mucho que pueden ofrecerle. Hay otros que ni siquiera rezan: no practican su fe y terminan reduciendo el cristianismo a una cuestión meramente ética. Se adhieren vagamente a ciertos valores morales, sin darse cuenta de que el primer mandamiento es: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». Y no se trata sólo de un imperativo moral. La principal razón de nuestro empeño debe inspirarse en el amoroso deseo de agradar a nuestro Padre Dios, de no hacerle sufrir a causa del daño que nos causamos a nosotros mismos cuando pecamos. Comentando la conversión de San Pablo, afirma con acierto André Frossard: «El cristianismo no es una concepción del mundo, y ni tan siquiera una regla de vida; es la historia de un amor que recomienza con cada alma. Para el más grande de los apóstoles, fascinado hasta el final por la belleza de un rostro entrevisto en el camino de Damasco, la verdad no es una idea a la que haya que servir, sino una persona a la que hay que amar».

Conectar con las expectativas divinas es también una gran ayuda para los cristianos coherentes, los que queriendo amar al Señor con todo su corazón, se afanan por avanzar en la vida de oración. Todos los bautizados estamos llamados a la santidad: a amar lo más y lo mejor posible al Señor y a los demás. Pero si desconocemos el dolor y gozo que procuramos al Señor, podemos caer en dos posibles extremos: [1] en la tibieza de no querer complicarnos la vida o [2] en la entrega voluntarista. Imaginemos una persona que se esfuerza por cumplir fielmente todos sus deberes religiosos y todos sus deberes de estado. Cada domingo asiste puntualmente a la Santa Misa, se confiesa con regularidad, no hace daño a nadie, intenta incluso comportarse lo mejor posible con los demás, tiene un trabajo absorbente pero no descuida a su familia… Si le decimos que con eso no basta y le animamos a que intensifique el trato con el Señor o a que encuentre tiempo para asistir a medios de formación cristiana, a retiros espirituales…, quizá nos diga, si no es inseguro y perfeccionista, que no ve la razón para complicarse tanto la existencia. Pero quizá cambie de actitud si, aparte de explicarle que la cercanía del Señor mejora la calidad y, por tanto, también la felicidad en todos sus amores, le hacemos ver la urgencia que inspira el ardiente Amor de Dios.

Como observa San Juan Crisóstomo, «nada hay que mueva tanto a amar como el pensamiento, por parte de la persona amada, de que aquel que la ama desea en gran manera verse correspondido». Las necesidades ajenas espolean nuestra generosidad. Si vemos llorar a un ser querido, nos apresuramos a consolarle, del mismo modo que una madre acude a aliviar la pena de un hijo sin escatimar esfuerzos. Me contaba un padre de familia de difícil despertar el sacrificio paradójico que le hubiera supuesto no levantarse por la noche cuando oía el llanto de alguno de sus hijos pequeños. Por contraste, ¡qué arduo es amar a quien no se deja querer! Nada nos desanima tanto a la hora del sacrificio como la imposibilidad de aportar algo a la persona que amamos. «¿Quién sabe hasta qué punto el amor puede anular todas nuestras fuerzas cuando de pronto perdemos la posibilidad de ayudar a quien más amamos?».

Nos conviene, pues, meditar sobre la repercusión de nuestros actos morales en el dolor y en el gozo de Dios. El dolor que siente el padre de la parábola, imagen del divino, es puro, y el gozo, intenso. Ante las ofensas, no guarda una lista de agravios. Sólo le preocupa la felicidad de sus hijos. Sufre cuando se alejan y goza cuando vuelven. Tras el retorno del más joven, alecciona al mayor diciendo: «Era preciso hacer fiesta y alegrarse, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado». Se alegra en la medida en que ama y Dios siempre nos ama infinitamente. Lo somos todo para Él: nos ama como se ama a sí mismo.

Hay quienes, al oír hablar del dolor de Dios, objetan que no puede sufrir ya que uno de sus atributos esenciales es la impasibilidad. Urge, por ello, desarrollar la teología del Dolor de Dios. Ciertamente, el Ser Divino no está sujeto a las pasiones, porque, como afirma San Ireneo, «es rico, perfecto y sin indigencia alguna», y carece de necesidades. Pero al crearnos por Amor, se diría que lo único que le falta es nuestro amor. Como afirma el Catecismo, «Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él». Desea nuestra felicidad, que sólo es posible si le correspondemos. Surge así una misteriosa indigencia, que no implica imperfección alguna. En un mismo acto creador y amoroso, Dios elige dar el ser al hombre porque le ama. Se trata, según Lewis, de una «elección por la que el hombre es sacado de la nada para convertirse en un ser amado por Dios, necesitado y deseado de algún modo por el Ser que, fuera de este acto, no necesita nada, pues tiene y es eternamente plenitud de bondad».

La perfección divina no está mermada por esa misteriosa indigencia amorosa. Lo uno no quita lo otro. El amor conduce a identificarse con las alegrías y penas de la persona amada. En Dios, esa identificación es infinita. Quien ama se expone a experimentar gozo y dolor. El amor, según sea correspondido o no correspondido, siempre trae consigo agradecimiento o decepción. También Dios, al crearnos por Amor, «se ha hecho accesible y, por ello, también vulnerable». Como veremos, la Pasión de Cristo es la máxima revelación del inmenso dolor de Dios Padre por el daño que el hombre se inflige a sí mismo cuando peca. «A menudo el Libro Sagrado —afirma Juan Pablo II— nos habla de un Padre, que siente compasión por el hombre, como compartiendo su dolor. En definitiva, ese inescrutable e indecible dolor de padre engendrará sobre todo la admirable economía del amor redentor en Jesucristo […] en cuya humanidad se verifica el sufrimiento de Dios». La impasibilidad divina, en suma, no significa indiferencia. Como recuerda Benedicto XVI, «la fe cristiana nos ha enseñado que Dios —la Verdad y el Amor en persona— ha querido sufrir por nosotros y con nosotros. Bernardo de Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis, Dios no puede padecer, pero puede compadecerse».

Estamos, pues, ante un gran misterio. Dios es a la vez impasible y compasivo, trascendente e implicado, absoluto (a nadie ligado) y libremente unido a todos con lazos de amor. Nuestra inteligencia no alcanza a entender cómo coexisten en Dios ambas realidades. De todos modos, lo divino es inimaginable, pero no por ello menos real. Lo cierto es que todo asombro se queda pequeño ante esta inefable realidad. «Si Dios nos necesita, se trata de una necesidad elegida por Él. La causa de que el inmutable corazón divino se pueda afligir por los títeres salidos de sus manos es el libre sometimiento —sólo él— de la divina omnipotencia, realizado con una humildad superior a nuestra capacidad de comprensión». Como le sucedió a la Virgen María al entonar el Magnificat, tampoco nosotros salimos de nuestro asombro si nos percatamos de que, valiendo tan poco, a Dios le importemos tanto.

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