¿Qué pasa cuando hay problemas con el amor humano?

Amor y autoestima de Michel Esparza

¿Qué pasa cuando el amor no es correspondido o resulta imposible?

Por otra parte, la fidelidad con que Dios nos ama contrasta con las incertidumbres e inseguridades propias del amor humano, donde, según la respuesta de la persona amada, cabe distinguir tres posibilidades: amor correspondido, amor no correspondido y amor imposible. En el segundo caso, cuando falta reciprocidad, la situación es desagradable pero cabe al menos el consuelo de aportar algo a la persona amada. Sin embargo, en el tercer caso, cuando la persona amada ni siquiera se deja querer, sólo podemos seguir amándola y ser felices si amamos a Dios en esa persona. Ofreciendo al Señor el dolor que nos causa ese rechazo, le damos una alegría y, a través de Él, contribuimos al bien de la persona que no acepta nuestro amor.

¿Qué pasa cuando absolutizamos un amor humano?

¿Qué pasa cuando el amor de una criatura se convierte en la razón última que da sentido a nuestra vida? Que la decepción es posible, la felicidad sólo probable y el futuro, incierto. En el amor humano, a diferencia del Amor de Dios, caben el desamor y la traición, y el inevitable dolor de ausencia que deja tras de sí la muerte de la persona querida.

El protagonista de una novela de Sándor Márai expresa así su malestar tras la muerte de su mujer: «Existen la paciencia, el servicio a los demás, el mundo infinito… Sin embargo, ya ves, todo eso está vacío, misteriosamente vacío si tus intereses no están motivados por ninguna corriente. Esa corriente extraña que hay entre tu persona y la otra… La vida se reduce a eso. Por supuesto, hay otras cosas que nos permiten pasar por la vida. Pero la maquinaria va funcionando sin sentido, sin servir para nada».

En la misma línea, aunque con distinto desenlace, discurre una de las novelas de Susana Tamaro. La protagonista tiene la valentía de afrontar un proceso interior, tras la inesperada muerte del hombre que más ama (Ernesto), que le devuelva la confianza en sí misma y le desvele las verdaderas bases sobre las que cimentar la existencia. «Tras la muerte de Ernesto —recuerda ella— me hundí en un profundísimo agotamiento. De golpe me había dado cuenta de que la luz con que había brillado durante los últimos años no provenía de mi interior, sino que era solamente una luz reflejada. La felicidad, el amor a la vida que había experimentado, en realidad no me pertenecían verdaderamente, sólo había funcionado como un espejo. Ernesto emanaba luz y yo la reflejaba. Una vez desaparecido él, todo volvía a ser opaco». La protagonista del relato no opta por buscar el mismo refugio en alguien que sustituya al difunto, sino por encararse a sí misma y aceptar que la fuente de su infelicidad está en ella, en su falta de autoestima. «Por un momento —relata— pensé en aferrarme a un bastón cualquiera […]. Fue una idea que tuvo brevísima duración. Casi en seguida comprendí que se iba a tratar del enésimo error. A los cuarenta años ya no hay lugar para los errores. Si de pronto nos encontramos desnudos, es necesario tener el coraje de contemplarse en el espejo tal como uno es. Tenía que empezarlo todo desde el principio». Desde esa consideración, emprende un cambio radical para conquistar la felicidad perdida. Entiende, primero, que una buena relación consigo misma es la mejor base para reedificar su existencia y descubre, después, el Amor de Dios que, al consolidar su autoestima, le permite dedicarse de modo desinteresado a hacer felices a los demás.

La vida lograda, plena, no tiene por qué estar condicionada por las circunstancias que no dominamos. En situaciones difíciles, la autocompasión es estéril y sólo sirve para empeorar las cosas. Se trata más bien de vincular la felicidad a una actitud, que saque provecho hasta de la adversidad. Un buen navegante aprende de sus fallos. Si su velero se va a pique por una tormenta, no echa la culpa sólo a la climatología, sino que saca experiencia para capear con más destreza los futuros temporales. Con esa misma actitud debemos afrontar los infortunios. Si nos hundimos porque alguien nos ha calumniado, tomamos nota para ser más independientes de la opinión ajena; si sufrimos un desengaño amoroso, en lugar de lamentarnos, revisamos nuestras fuentes de autoestima para que nuestra felicidad no dependa sólo del amor de una criatura.

En definitiva, seremos verdaderamente felices si vivimos del Amor de Dios. De otro modo, no experimentaremos esa dicha que, mientras tengamos buena voluntad, nada ni nadie nos puede quitar. La mejor felicidad es independiente de cualquier eventualidad futura. Muchos la hacen depender de eventualidades futuras; se dicen: «ahora no estoy del todo satisfecho, pero cuando obtenga ese diploma, o cuando se arregle mi situación matrimonial, o cuando desaparezcan mis problemas económicos, etcétera, entonces sí que me sentiré realizado». Pero con esa actitud la ansiada felicidad nunca llega. En vez de ambicionar éxitos pasajeros, nos conviene acudir directamente a la fuente de mayor dignidad: la maravillosa realidad de ser amados con locura por Dios. Puesto que nuestro orgullo está hambriento de estima, la mejor forma de que no moleste consistirá en proporcionarle una comida que le pueda satisfacer plenamente. No vale la pena poner nuestra esperanza en inciertas expectativas venideras cuando, ya ahora, el Señor nos ama tal como somos, tal como estamos y con lo que tenemos. Sería una lástima pasarnos la vida buscando un Amor que ya tenemos: si no somos felices hoy y ahora, quizá no lo seremos nunca [tengo un amor, para que quiero más… canción antigua].

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