El “recto amor a uno mismo” y el falso “amor propio”.

Seguimos con el libro de M. Esparza, Amor y autoestima. El autor nos ha prevenido contra el autoengaño y la despersonalización, a la vez que nos anima a tener una clara personalidad, y al olvido de sí y la paz interior. Ahora, al indagar en la relación entre el amor que recibimos, tenemos y damos, introduce dos nuevos términos que están emparentados con el pensamiento de los autores clásicos: recto amor a uno mismo” y “amor propio”.

En efecto, ya los autores antiguos hablaban de estas cuestiones, aunque no con los mismos términos. San Agustín, por ejemplo, señala que «si no sabes amarte a ti mismo, tampoco sabrás amar de verdad a los demás». El amor a uno mismo es un baremo que está a caballo entre el amor que recibimos y el amor que damos. Cuanto más y mejor amor recibimos, más y mejor nos amamos a nosotros mismos y a los demás. En cambio, cuando el amor recibido mengua es más posible que se genere una situación problemática en el plano personal y conflictiva con los demás.

Es preciso acotar primero en qué consiste el recto amor a uno mismo, para saber diferenciarlo después de su polo opuesto: el amor propio o desordenado. La filosofía y la teología se han ocupado de esta cuestión. «La tradición filosófica ha enseñado que en todo hombre existe un amor natural de sí mismo: un afán, ineludible e irrenunciable, de conservar el propio ser y de desplegarlo perfectivamente hasta conseguir su apogeo terminal; un anhelo, por decirlo de otro modo, de ser feliz». Santo Tomás de Aquino explica, en esta línea, la conveniencia de que el hombre ame su propio bien, ya que está hecho por naturaleza para amar todo bien, incluido el suyo. El amor al propio bien orienta la vida hasta la muerte, sin olvidar que se enriquece o perfecciona a través del amor desinteresado a los demás. Por eso, afirma el Aquinate, el amor que uno siente por otro «procede del amor que uno siente por la propia persona». El amor es el marco ideal para desplegar todas las potencialidades personales, entre las que está la aspiración contagiosa de ser feliz haciendo felices a los demás. Todo esto presupone que hablamos de un amor a uno mismo rectamente ordenado, acorde con la verdad del bien y de la jerarquía de bienes. No amarse rectamente a sí mismo consiste, por ese motivo, en apartarse de lo que nos hace esencialmente felices, equivocando ese fin con señuelos pasajeros como el alcohol, el hedonismo, la ambición de poder o las drogas o, en su proyección a los demás, con las mil formas de egoísmo que encubren la búsqueda del provecho propio en perjuicio de otros. La correlación entre el amor a uno mismo y a los demás, con razón de bien en ambos casos, es clara.

La teología también se ha ocupado del amor a uno mismo desde el prisma de la caridad. La realidad de que Dios ama a sus criaturas implica que las criaturas también deben amarse a sí mismas. El precepto cristiano «amarás a tu prójimo como a ti mismo» enmarca esa estrecha relación entre la caridad hacia los demás y la caridad hacia uno mismo. Ese pensamiento ha calado en la sabiduría popular con refranes como el de «la caridad bien ordenada empieza por uno mismo», antes de desplegarse sobre los demás. Santo Tomás de Aquino da un paso más argumentando que en el amor perfecto «uno ama a alguien de la misma manera que se ama a sí mismo». Así lo retrata un diablo en el libro de Lewis: Dios «quiere que cada hombre, a la larga, sea capaz de reconocer a todas las criaturas (incluso a sí mismo) como cosas gloriosas y excelentes. Él quiere matar su amor propio animal tan pronto como sea posible; pero Su política a largo plazo es, me temo, devolverles una nueva especie de amor propio: una caridad y gratitud a todos los seres, incluidos ellos mismos; cuando hayan aprendido realmente a amar a sus prójimos como a sí mismos, les será permitido amarse a sí mismos como a sus prójimos».

El recto amor a uno mismo se traduce en un sentimiento de armonía personal, sin narcisismo, vanidad o envidias, que son manifestaciones propias de su polo opuesto: el amor propio. Luchin, un personaje secundario de Crimen y castigo, ilustra bien «esa confianza en sí mismo que mejor sería denominar amor propio». Dostoyevski lo retrata en estos términos: «Salido de la nada, se amaba morbosamente a sí mismo, tenía en gran estima su talento y aptitudes, y hasta a veces, a solas, se enamoraba de su cara en el espejo». Por lo demás, con un punto de sorpresa, observamos que esas dos actitudes contrarias son inversamente proporcionales; esto es, que el amor propio retrocede cuando el amor a uno mismo avanza y, a la inversa, que el amor propio se acrecienta en la medida en que se deteriora la relación con uno mismo. Por un lado, a medida en que se progresa en la conciencia de la propia dignidad, aumenta la paz interior y se disipan las insatisfacciones que genera el amor propio. Por otro lado, detrás de un amor propio en alza, encontramos una autoestima deficiente. En la práctica, puesto que al nacer ya estamos afectados por el amor propio, se trata de compensarlo progresivamente mediante una creciente conciencia de la propia dignidad. Como veremos38, se trata de una tarea difícil y de largo alcance.

La interrelación entre amor a uno mismo y amor propio permite entender por qué el egoísmo no procede únicamente de la mala voluntad del sujeto, sino también de su actitud negativa hacia sí mismo que, a su vez, genera todo tipo de fricciones con los demás. El egoísta, en el fondo, más que amarse demasiado a sí mismo, se ama poco o se ama mal. «Lo peor del egoísta es que no se quiere nada a él mismo […] y es por eso incapaz de querer a los otros, porque de donde no hay no se puede sacar». Nadie da lo que no tiene. Quien no es indulgente y benigno consigo mismo, difícilmente podrá serlo con los demás. Del mismo modo que la no aceptación de los defectos propios conduce a la intolerancia con los fallos ajenos. Cuando menos soportamos nuestras limitaciones más criticamos las de los demás. El orgulloso distorsiona la realidad y proyecta su degradación hacia los otros. La actitud humilde y paciente con las propias flaquezas, sin embargo, facilita la comprensión de las carencias de los demás.

Estas consideraciones pueden ser útiles a la hora de examinar nuestros desasosiegos. Así, por ejemplo, si alguien nos cae mal o nos irrita, es quizá simplemente porque estamos cansados, pero si ahondamos con valentía y sinceridad en el conocimiento propio, a veces descubrimos motivos más turbios. Si alguien nos resulta molesto, es quizá por una de estas tres razones: [1] porque le envidiamos a causa de una virtud que no tenemos, [2] porque compartimos con él un defecto que, por falta de humildad, nos cuesta reconocer, o [3] porque hemos superado ese defecto y pensamos que también él debería hacerlo. Quizá se explique así, por ejemplo, [1] la animadversión, e incluso la hostilidad, hacia matrimonios con más hijos, [2] hacia el hijo que más encarna los defectos del progenitor, o [3] hacia el fumador que no tiene intención de abandonar su adicción. Asumir humildemente la verdad, aunque duela, es requisito imprescindible para resolver un conflicto.

4 comentarios sobre “El “recto amor a uno mismo” y el falso “amor propio”.

  1. ¿QUIERES VER A DIOS?
    ¡LEE ESTO!
    Las tres cosas que te alejan y
    Las tres que te acercan a Dios
    – El exceso de alcohol te aleja de Dios
    – El exceso de drogas te aleja de Dios
    – El exceso de sexo sin amor también te aleja de Dios
    Las tres que te acercan a Dios
    – Ama a tu prójimo como a ti mismo
    – Aprende a perdonar y
    – A ser humilde
    Eternamente
    Joaquín Gorreta Martínez 62 años

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