La rectitud y la libertad interior necesarios para el buen amor

Terminamos ya con las cualidades del buen amor. Michel Esparza, el autor del libro “Amor y autoestima”, se centra ahora en las cualidades constituyentes del buen amor y que él denomina como el alma del amor ideal.

Veamos ahora la primera de las cualidades invisibles del amor ideal: la rectitud de intención. Un mismo acto puede estar motivado por intenciones diversas. Éstas son rectas cuando no se antepone el propio provecho al bien de la persona amada. Amar es lo contrario de utilizar. El utilitarista se aprovecha de la persona que ama en la medida en que da con el único fin de recibir. Conviene hacer algunos matices para evitar posibles quebraderos de cabeza en ese aspecto. «No se trata —afirma Carlos Cardona— de perseguir desaforadamente y escrupulosamente la ausencia de todo interés. Se trata de tenerlo todo debidamente jerarquizado». Los seres humanos no somos capaces de un amor plenamente desinteresado, entre otras cosas porque necesitamos amar para poder perfeccionarnos. Sólo Dios, que no carece de nada, es capaz de un amor del todo gratuito. Lo que sí se nos puede pedir son intenciones sinceras, esto es, que de modo consciente no escondamos motivos egoístas, que, a sabiendas, no demos gato por liebre.

La rectitud de intención no indica sólo una voluntad actual para no buscar el propio provecho, es también una capacidad que adquirimos poco a poco a medida que progresamos en la virtud. Aparte de esos claros motivos egoístas que llevan a utilizar a los demás, existen otros motivos egocéntricos más profundos y, por tanto, menos conscientes, que también enturbian la rectitud de nuestras acciones. Piénsese, por ejemplo, en la vanidad y en el amor propio. No es fácil controlar con la voluntad esos defectos de fondo. Para poder asegurar, también a ese nivel, la rectitud de intención, se precisa toda una purificación interior, de modo que el grado de desinterés en nuestras acciones puede aumentar indefinidamente en la medida en que nos perfeccionamos.

La segunda cualidad invisible del amor es la libertad interior.

La libertad, más que un ámbito, es una capacidad de autodeterminación. No soy libre sólo porque nadie me obligue, sino sobre todo porque soy capaz de hacer las cosas porque me da la gana. En otras palabras, la libertad apela tanto a la inexistencia de coacción externa, como a la ausencia de cierta coacción interna. Unos, por falta de generosidad, no saben decir que sí, mientras que otros, desprovistos de una personalidad firme, no saben decir que no. Éstos, a veces, se quejan de que otros no respeten su libertad, cuando, en el fondo, el problema consiste en que ellos mismos no saben ser libres.

La persona madura no se deja avasallar pero, por amor, es capaz de entregar con señorío su propia libertad. Sabe siempre ser ella misma: se siente libre por dentro, al margen de las presiones externas, de otras personas o circunstancias. No es que haga lo que le da la gana, sino que hace el bien porque le da la gana. La libertad es capacidad de autodeterminación, en el mejor de los casos hacia el bien, y más cuando arranca del amor, no de la obligación. Por eso la persona verdaderamente libre interioriza la virtud y no se guía por un obsesivo sentido del deber. Por amor, identifica su voluntad con la voluntad de la persona amada. El amor es, en efecto, uno de los campos que mejor visualizan la libertad interior. Somos capaces de entregarnos libremente a los demás en la medida en que somos dueños de nosotros mismos. Amar es pertenecer libremente a otro. El amante egoísta busca poseer a la persona amada; en cambio, el amante ideal desea ante todo pertenecerle. Amar consiste en «no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena… y a la vez propia». Pero para que esa voluntad ajena sea a la vez propia, antes de pertenecer a otro, es preciso primero que el amante se autoposea. Si por falta de libertad interior no es soberano y señor de sí mismo, se entrega de modo servil, y eso, a la larga, no le satisface ni a él ni a la persona amada. Sólo las personas verdaderamente maduras son capaces de contraer vínculos amorosos con plena libertad interior.

La libertad interior arranca de la madurez, pero la principal fuente que la alimenta es el amor, en cuanto que implica una sintonía con los deseos de la persona amada. Las personas que se aman identifican sus voluntades en un horizonte compartido. Esa libertad del amor ayuda a entender aquel «ama y haz lo que quieras» de San Agustín. Quien desea ardientemente el bien de la persona amada, se decide libre y gustosamente a no escatimar esfuerzos para hacerla feliz.

En conclusión, el amor es entrega recíproca, libre y desinteresada de lo más íntimo entre un yo y un . He aquí una de las mejores definiciones acerca del amor: «Amar significa dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente» [san Juan Pablo II].

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