Jesús, el Señor

Terminamos esta sección dedicada a Jesús del libro “Catolicismo” de Robert Barron. Como hemos visto, los escritores del Antiguo Testamento ya anticiparon que Yahvé unificaría las tribus, purificaría el Templo, combatiría la última batalla, y finalmente , como veremos en esta entrada reinaría como Señor de todas las naciones.

A la luz de la resurrección, los primeros cristianos entendieron que esta gran obra ya se había cumplido, y que Yahvé reinaría precisamente en la persona de Jesús. Y concibieron que su tarea consistía en anunciar al mundo el nuevo estado de cosas.

Por eso Pablo se lanzó por toda Asia Menor, Chipre y Grecia y deseaba ir a España, lo que para un judío del siglo I significaba ir a los confines de la tierra. Si alguien hoy día pretendiera extender un mensaje a lo largo y ancho de este mundo, se iría a los grandes centros de cultura y comunicación, a Nueva York, Los Ángeles o Londres. Muchos de los primeros seguidores de Jesús —incluidos Pedro y Pablo— acudieron con esa misma esperanza a Roma.

En los foros romanos se levanta el Arco de Tito, edificado en conmemoración de la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70 de nuestra era. En el interior del arco hay una representación de los soldados vencedores sacando la Menorah del Templo, el candelero de seis velas. Se podría decir que los soldados participantes en la conquista, al igual que los que diseñaron el Arco de Tito, seguramente pensarían que esta derrota humillante marcaba el final de la religión judía, así como la desaparición del Dios de Israel.

La suprema ironía es que justo antes de la destrucción del Templo, Pedro, Pablo y sus compañeros cristianos llegaron a Roma y, al proclamar a Jesús resucitado, trajeron con ellos al Dios de Israel hasta Roma, y, desde Roma, a todo el mundo. En las cartas que escribió a las pequeñas comunidades fundadas por él, Pablo hablaba a menudo de Iesous Kyrios (Jesús el Señor). Esto podría sonarnos anodinamente «espiritual», pero en tiempos de Pablo eran palabras guerreras: las palabras Kaiser Kyrios(César el Señor) constituían una consigna en aquella época, ya que con ellas uno señalaba su lealtad al emperador romano, y la convicción de que se le debía un vasallaje total. El mensaje revolucionario de Pablo era que el depositario de dicho vasallaje era el Mesías crucificado, el Señor, y no el César. ¡Por eso se entiende que Pablo pasara tanto tiempo en la cárcel!

En las laderas de la colina Capitolina de Roma, en la segunda mitad del siglo I, vivía un cristiano llamado Marcos. Había sido secretario, traductor y compañero de san Pedro, y hacia el año 70 compuso el primero de los que vendrían a llamarse “Evangelios”. Esta es la primera línea del texto: «Comienzo del evangelio de Jesucristo [el Hijo de Dios]» (Mc 1, 1). Puede sonarnos, de nuevo, piadoso y anodino. Pero eran palabras guerreras, pues el vocablo griego que Marcos utiliza, euanggelion, que traducimos por «buena noticia», era una palabra típicamente usada para describir una victoria del imperio. Cuando el emperador ganaba una batalla o sofocaba una rebelión, enviaba evangelistas por delante con la buena noticia.

¿Se ve ahora lo subversivo de las palabras de Marcos? Escribía desde Roma, desde el vientre de la bestia, desde el corazón de un imperio cuyos líderes habían sacrificado a sus amigos Pedro y Pablo pocos años antes, y declaraba que la auténtica victoria no tenía nada que ver con César, sino con alguien a quien César había matado y Dios había resucitado.

En abril de 2005 el recién elegido papa Benedicto XVI se presentó en la logia central de la basílica de San Pedro para bendecir a la muchedumbre. Alrededor de él, en los balcones contiguos, aparecieron todos los cardenales que acababan de escogerlo. Las cámaras de las agencias de noticias captaron la pensativa expresión en la cara del cardenal Francis George de Chicago. Cuando el cardenal volvió a casa, los reporteros le preguntaron qué pensaba en ese momento. Esto es lo que declaró: «Miraba hacia el circo Máximo, la colina Palatina, donde los emperadores romanos residían y reinaban y desde donde contemplaban la persecución de los cristianos. Y pensé, ¿dónde están sus sucesores? ¿Qué ha sido del sucesor de César Augusto? ¿Y del de Marco Aurelio? Y en último término, ¿a quién le importa? Pero si se quiere ver al sucesor de Pedro, ahí está cerca de mí, sonriendo y saludando a la multitud».

Jesucristo es el Señor, lo que quiere decir que ni César ni ninguno de sus sucesores es Señor. Jesucristo, el Dios-hombre resucitado de entre los muertos, el que reunió a las tribus, purificó el Templo y combatió a los enemigos de la raza humana. A Él es a quien se debe total lealtad, y los cristianos son aquellos que se someten a su Señorío.

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