Jesús, el Vencedor

Hoy veremos como Robert Barron en su libro “Catolicismo” tras haber explicado como Jesús reunió a las tribus y purificó el Templo, ahora desarrolla la idea del cumplimiento profético de la imagen del Dios Guerrero que lucha y libra a Israel de sus enemigos en Jesús:

Como hemos visto, una de las esperanzas escatológicas del antiguo Israel era que Dios se ocuparía definitivamente de los enemigos de la nación. El hecho de que a lo largo de la historia Israel había sido esclavizado por los egipcios, asediado por los filisteos y amalequitas, invadido por los asirios, exilado por los babilonios y dominado por griegos y romanos no era simplemente un problema militar o político, sino profundamente teológico. Si Israel era el pueblo elegido por Dios para atraer a todas las gentes al culto verdadero, su sometimiento era algo anómalo, frustrante y desconcertante. ¿Habían entendido mal la promesa, o es que Dios no era verdaderamente fiel?

Por eso los profetas anhelaban el día en que el Dios de Israel, que había luchado por su pueblo con brazo fuerte contra el Faraón y durante su entrada en la Tierra Prometida, arreglara cuentas con los Gentiles. Isaías había expresado dicha esperanza así: «El Señor ha desnudado su santo brazo a los ojos de todos los pueblos y todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios» (Is 52, 10). La acción de descubrirse el brazo del Señor significa el despliegue total de su poder conquistador.

Una enseñanza clara de los Evangelios es que Jesús era este guerrero divino, pero de un modo peculiar y sorprendente.

El primer atisbo de Jesús como guerrero es en Belén de Judá, la pequeña aldea en las afueras de Jerusalén, donde nació el mejor combatiente de Israel, el rey David. Los relatos de la Navidad que encontramos en los evangelios no son cuentos encantadores para niños, sino narraciones repletas de motivos de oposición y confrontación. C. S. Lewis, que lo advirtió con claridad, se preguntaba: «¿Por qué tomó Dios nuestra condición humana de una forma tan silenciosa, como un bebé nacido en la oscuridad?». Y su respuesta: «Porque tenía que introducirse clandestinamente tras las líneas enemigas».

Concentrémonos en el tono familiar con que Lucas nos cuenta esta historia. La narración comienza de la misma manera que se podía esperar de un poema o una historia en la antigüedad, es decir, invocando a personajes poderosos e importantes: «En esos días se publicó un decreto de César Augusto para que se empadronase todo el mundo. Esto tuvo lugar siendo Quirino gobernador de Siria» (Lc 2, 1-2). Se presenta a estas figuras ejerciendo paradigmáticamente su poder, pues el censo permitía una recolección más eficiente de los impuestos, agilizaba el reclutamiento del ejército y, en términos más generales, posibilitaba un control más eficaz.

Sin embargo, Lucas le da un giro al relato y enseguida nos damos cuenta de que esta historia no trata de Augusto o Quirino sino de una pareja desconocida desplazándose discretamente desde un enclave perdido del imperio de Augusto hacia el lugar del censo. La narración continuará desarrollándose como un relato de dos emperadores que rivalizan por el poder, uno de Roma y otro nacido de María, en Belén.

Cuando María y José llegan a la ciudad de David no había sitio, ni siquiera en una burda posada para caminantes. Así que el niño nace en una cueva, o quizá en el piso bajo de una vivienda, en la parte modesta reservada para que los animales pasen la noche, según el parecer reciente de algunos expertos. ¿Quién era la persona mejor protegida del mundo antiguo? Sin duda César Augusto, en su palacio de la colina Palatina de Roma. Sin embargo, el auténtico emperador, nos dice Lucas, aparece expuesto y vulnerable, porque la vida buena no tiene nada que ver con la protección del ego sino con la voluntad de abrirse amorosamente al otro.

Y oímos que el niño rey fue envuelto en pañales de arriba abajo, imagen de debilidad consumada. ¿Quién era la persona más libre y de más alcance del mundo antiguo? De nuevo, César Augusto, capaz de imponer su voluntad hasta los confines de la cuenca del Mediterráneo y de las tierras salvajes de Bretaña y Germania. Nos dice Lucas que la auténtica realeza no tiene nada que ver con este tipo de dominio, sino más bien con la disposición de dejarse someter en favor de otros.

Después se colocó al niño en un pesebre, un abrevadero para animales. ¿Quién era la persona mejor alimentada del mundo antiguo? Una vez más, el César de Roma, quien con un chasquido de sus dedos podría saborear cualquier placer sensual. Sin embargo, el auténtico emperador, insiste Lucas, no es quien se alimenta a sí mismo, sino el que está dispuesto a ofrecer su vida por otros. En el momento culminante de su vida, este niño, ya adulto, dirá a sus amigos: «Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros; haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19).

Todavía hay otro detalle revelador de la narración de la infancia de Lucas, sobre el que quiero llamar la atención. Nos dicen que un ángel se apareció a unos pastores que cuidaban sus rebaños en las colinas cercanas a Belén. No nos pongamos románticos o sentimentales al pensar en los ángeles, porque en los relatos bíblicos la reacción típica ante sus apariciones es de pavor. Si una realidad de otra dimensión más alta se muestra repentinamente en nuestro mundo, el miedo sería la reacción inmediata y esperada. El ángel anunció la buena nueva del nacimiento de Jesús y después, nos informa Lucas, apareció con él una entera stratia de ángeles. El término griego es traducido a veces como «multitud», pero su sentido más básico es el de «ejército», y de ahí proceden nuestras palabras «estrategia» y «estratégico».

Nos informa así Lucas de que un ejército de sobrecogedoras realidades celestiales apareció en el firmamento, con el fin de solidarizarse con el rey niño. ¿Quién poseía el mayor ejército del mundo antiguo? César Augusto en Roma, y por eso pudo dominar el mundo. No obstante, su ejército no es nada comparado con esta stratia de ángeles que sigue al nuevo emperador. Volvemos a recordar ahora la profecía de Isaías sobre Yahvé desnudando su poderoso brazo ante todas las naciones. N. T. Wright ha observado magníficamente que la profecía encuentra su cumplimiento en el pequeño brazo del niño Jesús asomando de su cuna-pesebre.

La batalla comenzada en Belén, el alineamiento de dos personificaciones del poder radicalmente distintas se realizará en la vida y el ministerio de Jesús. John Courtneay Murray comentaba que, conforme se despliegan los relatos evangélicos, contemplamos este crecienteagon o contienda, entre Jesús y los poderes antagonistas. Desde el momento de su llegada a la escena pública los demonios gritaban y los escribas y fariseos intrigaban. Muchos grandes fragmentos de los evangelios terminan con frases ominosas como «[el demonio] se retiró de él durante un tiempo» (Lc 4, 13); o «los príncipes de los sacerdotes y los Fariseos habían dado órdenes de que si alguien sabía dónde estaba [Jesús] debía informarles para poder arrestarlo» (Jn 11, 57); y «Así que agarraron piedras para arrojárselas» (Jn 8, 59).

No nos debería sorprender todo esto pues Jesús, el Dios hecho carne, vino a un mundo deformado por el pecado, oposición arraigada a Dios. De hecho, la misma intensidad de la divina presencia en Jesús exponía completamente los poderes de las tinieblas, del mismo modo que una luz particularmente intensa arroja las mayores sombras. La contienda alcanzaría su culminación en Jerusalén, sobre el monte Sion, donde el guerrero davídico se enfrentaría definitivamente a los enemigos de Israel.

La batalla se daría no en campo abierto sino en un terrible instrumento de tortura.

En el día conocido ahora como Domingo de Ramos, llegó Jesús a la ciudad santa, aclamado como hijo de David. Y, nada más llegar, entró en el Templo a buscar pelea. Como hemos visto, su provocadora acción en el Templo prácticamente garantizaba la oposición tanto de los judíos como de los oficiales romanos, pero en esa última semana de su vida Jesús no intentó enfrentarse a esos poderes de un modo convencional. Prefirió que arremetieran y se emplearan totalmente contra él y que la oscuridad del mundo lo envolviera.

En las densas narraciones de la pasión de los evangelios vemos todo un despliegue de distintas miserias humanas. Jesús encuentra traición, negación, corrupción institucional, violencia, estupidez, profunda injusticia e incomparable crueldad. Y no responde con la misma moneda sino que, como chivo expiatorio sobre el que se echaban simbólicamente todos los pecados de Israel en el Día de la Expiación, Jesús tomó sobre sí los pecados del mundo. Colgado de la cruz se hizo pecado, como lo expresaría luego san Pablo, y cargando con todo el peso de tal desorden exclamó: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

Jesús en la cruz ahogó todos los pecados del mundo en el océano infinito de la misericordia divina, y así es como combatió. De ahí la importancia de afirmar la divinidad de Jesús, pues si fuera solamente un ser humano, su muerte en la cruz sería, como mucho, un ejemplo inspirador de entrega y coraje, pero, como Hijo de Dios, murió con una muerte que transfiguró al mundo.

La tradición teológica ha repetido que Dios Padre se complació en el sacrificio de su Hijo, pero no cabe aquí una interpretación sádica, como si Dios necesitara contemplar el sufrimiento de su Hijo para calmar su ira infinita. El Padre amaba la disposición del Hijo de llegar hasta el límite del abandono —hasta el fondo del pecado— para manifestar la divina misericordia. Amaba el coraje de su Hijo, el guerrero no violento.

Jesús reclamaba para sí la divinidad, como se lleva defendiendo a lo largo de este capítulo. Pero, ¿qué nos impide en último término decir que Jesús crucificado no era simplemente un revolucionario fracasado, un admirable idealista que, por desgracia, fue molido en la rueda de la historia? Nada más que el hecho innegable e inquietante sobre el que se funda toda la fe cristiana: la resurrección de Jesús de entre los muertos.

N. T. Wright nos recuerda que desde un punto de vista estrictamente histórico es prácticamente imposible explicar el surgimiento del cristianismo simplemente como movimiento mesiánico, sin tener en cuenta la resurrección. En el contexto del judaísmo del siglo I, la indicación más clara posible de que alguien no era el Mesías sería su muerte a manos de los enemigos de Israel pues, como se ha visto, una de las tareas propias del Mesías sería combatir a esos enemigos con éxito, y unificar la nación.

En el año 132 un judío de nombre Bar Kochba lideró una revolución contra los romanos, y muchos de sus seguidores lo proclamaron Mesías. e incluso acuñaron monedas con la inscripción “Año primero de Bar Kochba”. La rebelión fue reprimida, los romanos lo ejecutaron y nadie más volvió a pensar que era el Mesías. En cambio, los primeros cristianos proclamaban Mesías a Jesús, de modo obstinado y continuo.

Pablo se refiere una y otra vez en sus cartas aIesous Christos, traducción griega del hebreo Ieshoua Maschiach (Jesús el Mesías). Los primeros discípulos llegaron a los confines del mundo y murieron confesando el mesianismo de Jesús. ¿Cómo podríamos explicarlo con objetividad sin considerar la realidad de la resurrección de Jesús de los muertos?

Muchos estudiosos contemporáneos pretenden desacreditar la resurrección, convirtiéndola en un mito, una leyenda o símbolo, un signo gracias al cual la causa de Jesús sigue en pie. Pero este tipo de reflexiones surgen en foros eruditos, y pocas personas en el siglo I habrían quedado convencidas con este discurso. ¿Nos imaginamos a Pablo llegando a Corinto, Atenas o Filipo predicando acerca de un inspirador hombre muerto que simbolizaba la presencia de Dios? Nadie lo hubiera tomado en serio. Lo que predicó más bien en todas esas ciudades era la anastasis(resurrección). Lo que le empujó a él y a sus compañeros a recorrer todo el mundo mediterráneo (y su energía se puede apreciar en cada página del Nuevo Testamento) era la asombrosa novedad de la resurrección de un hombre muerto, por el poder del Espíritu Santo.

Según los relatos evangélicos, Jesús resucitado solía hacer dos cosas: mostrar sus llagas y pronunciar una palabra de paz. Las llagas eran un continuo y saludable recuerdo de nuestro pecado. El autor de la vida apareció en medio de nosotros y lo asesinamos, lo que impide todo intento de justificación o exculpación propia.

A la vez, el Señor resucitado nunca nos mantiene desasosegados en medio de nuestra culpa sino que se dirige a nosotros con las palabras «Que la paz esté con vosotros» (Jn 20, 19), el saludo judío Shalom. Esta es la paz que el mundo no puede dar, pues es la que proviene del corazón de Dios. En su carta a los Romanos dice Pablo: «Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni los poderes, ni la altura, ni la profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rom 8, 38-39). ¿Cómo puede estar Pablo tan seguro de esto? Lo sabe porque matamos a Dios, pero Dios regresó lleno del amor que perdona. Lo sabe porque los enemigos de Israel han sido derrotados.

[seguiremos]

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