Jesús y la purificación del Templo

Seguimos con el libro de Mons. Robert barron, “Catolicismo”. Esta vez el autor nos habla de la segunda tarea que, según vimos, habían anunciado los profetas que realizaría el Mesías a su llegada: la purificación del Templo.

Según los Evangelios sinópticos[1], Jesús vino a Jerusalén en el momento culminante de su ministerio, entró en el recinto del Templo y haciendo un «látigo de cuerdas» expulsó a los cambistas, volcó sus mesas y anunció: «¿Acaso no está escrito: “Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos”? En cambio, vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones» (Mc 11, 17). En palabras de san Juan, al pedirle una señal que justificara esta acción tan indignante, Jesús respondió con calma: «Destruid este templo y lo levantaré en tres días» (Jn 2, 19).

Hacer y proclamar todo esto en el templo de Jerusalén suponía una ofensa enorme e insuperable para los judíos del momento. El templo era todo para un israelita del siglo I: era el centro de la vida política, cultural y religiosa, incluso se consideraba literalmente la morada de Dios en la tierra. Para atisbar lo que la provocadora acción de Jesús supondría, se podría comparar a la profanación de la Basílica de San Pedro en Roma. La purificación del templo por manos de Jesús le condujo muy probablemente a su crucifixión, tanto por ofender a los judíos como por alarmar a los romanos, muy sensibles a los disturbios en y alrededor del Templo.

¿Qué estaba haciendo Jesús y qué intentaba realmente decir al hablar de la destrucción y reconstrucción del Templo? Para responder a estas preguntas habría que alejarse un poco de esta escena e intentar entender el misterio del Templo.

Hay que remontarse al principio de todo, al relato de Adán y el paraíso. Los intérpretes rabínicos antiguos veían al primer ser humano como el prototipo del sacerdote y al Jardín del Edén como el primer templo. Es más, se usa el mismo vocablo hebreo para designar el cultivo del suelo por parte de Adán y, muy posteriormente en el relato bíblico, el ministerio sacerdotal en el templo de Jerusalén. Oímos que Adán caminaba en compañía de Dios en el fresco de la tarde y le hablaba como a un amigo. Esta ordenación de Adán a Dios significaba que nuestro primer padre se recogía sin esfuerzo en adoración, palabra procedente del latín adoratio, a su vez derivada de ad ora (“a la boca”). Adorar es, pues, mantenerse con Dios boca a boca, alineado con la fuente divina, respirando la vida de Dios. Cuando se está en adoración, la vida entera —mente, voluntad, emociones, imaginación y sexualidad— se ordena y armoniza sinfónicamente, como los componentes de un rosetón se armoniza alrededor del punto central.

El hermoso jardín en que vivía el primer sacerdote simboliza el orden cósmico que se deriva de la adoración. Por esto, según el relato bíblico, la ortodoxia, literalmente la «recta alabanza», es la clave del florecimiento; y la idolatría, el culto inapropiado, es caracterizada como el origen primario de la malicia y de la falta de armonía. La adoración de dioses falsos —poner otra cosa en el centro, en vez de al Dios verdadero- conduce a la desintegración personal y colectiva.

Otro modo de formular esta idea es el dicho de que “uno se convierte en lo que adora”. Cuando el Dios verdadero es nuestro último interés, nos conformamos a Él, nos convertimos en sus hijos e hijas. Cuando adoramos el dinero, nos convertimos en hombres de dinero; cuando adoramos el poder, nos convertimos en agentes de poder; cuando se trata de la popularidad, nos tornamos populares, y así sucesivamente. Con qué mordacidad expresó esta verdad el salmista al referirse a los idólatras y los ídolos esculpidos por ellos: «Tienen bocas y no hablan, ojos y no ven; orejas y no oyen; narices y no huelen; sus manos no palpan; sus pies no andan, no sale de sus gargantas un murmullo. Semejantes a ellos serán los que los hacen y todos los que en ellos confían» (Sal 115, 5-8).

Se ha mencionado anteriormente cómo la operación de rescate por parte de Dios requirió la formación de un pueblo, y ahora entendemos por qué razón este pueblo es denominado «sacerdotal», según el libro del Éxodo. El pueblo de Israel se conformó a partir de leyes que indicaban tanto la forma adecuada de adorar a Dios como el modo correcto de obrar, para así convertirse en modelo de adoración y de comportamiento para las demás naciones.

Algunos lectores del Éxodo y del Levítico valoran las enseñanzas morales de esos libros, pero les desconciertan las prolongadas digresiones sobre las prácticas y rituales arcanos del Templo que ahí se encuentran. Sin embargo, esta aproximación es diametralmente opuesta a la perspectiva bíblica, pues la creencia verdadera es condición necesaria para la recta conducta, no al revés. Una vez que se sabe a quién adorar, aprendemos cómo comportarnos. En el corazón de la auténtica adoración judía estaba el culto formal y explícito de Dios, primero en el tabernáculo del desierto durante el Éxodo, luego en lugares provisionales de culto en Hebrón y Siloé, cuando los israelitas se establecieron en la Tierra Prometida, y finalmente en el gran Templo de Jerusalén construido por Salomón, el hijo de David.

Cuando Isaías soñaba en todas las tribus de las naciones llegando en masa al Monte Sion, pensaba primero en la sede del Templo. Tenía la esperanza de que la ortodoxia de Israel empujaría al resto de las naciones para que algún día todo el mundo acudiera al Templo, el auténtico lugar de culto. El Templo de Jerusalén fue construido para evocar el Jardín del Edén. Estaba adornado por dentro y por fuera con símbolos del cosmos —planetas, estrellas, plantas, animales, etc.— porque, tal como hemos visto, el fin último del auténtico culto es ordenar el universo mismo. Además, el velo que protegía el santo de los santos estaba tejido en cuatro colores —púrpura por el mar, azul por el cielo, verde por la tierra y rojo por el fuego—, pues representaban la totalidad del reino material que el Dios inmaterial había formado.

En el culto del templo, Israel se veía a sí mismo cumpliendo la vocación sacerdotal de Adán de hacer un Edén de toda la naturaleza y de todas las culturas.

Todo esto era así, en principio. Pero a lo largo de su historia Israel sucumbió al culto de dioses falsos: unas veces fueron las deidades de las naciones vecinas, pero otras veces los dioses de la riqueza, el poder, el nacionalismo y el placer. Cuando leemos a los grandes profetas, desde Oseas y Amós hasta Isaías, Jeremías y Ezequiel, oímos una y otra vez la llamada a la conversión y al abandono de los ídolos y perversidades: «¡Cómo has llegado, ciudad fiel, a ser lo mismo que una prostituta! Antes toda tu gente actuaba con justicia y vivía rectamente, pero ahora no hay más que asesinos… Tus gobernantes son rebeldes y amigos de bandidos… No hacen justicia al huérfano ni les importan los derechos de la viuda» (Is 1, 21-23); «Pues mi pueblo ha cambiado su gloria por lo que nada vale… Pues un doble mal ha cometido mi pueblo: dejarme a mí, la fuente de aguas vivas, para excavarse cisternas agrietadas, incapaces de retener agua» (Jer 2, 11-13); y «Mi pueblo pregunta al leño, y su bastón le hace revelaciones…. y fornicaron, alejándose de su Dios» (Os 4, 12).

Para los profetas, el foco simbólico de la maldad lo constituía la corrupción del Templo de Jerusalén, la conversión del lugar del culto verdadero en un lugar de adoración de ídolos. Isaías lo expresa imaginándose a Dios mismo disgustado con los sacrificios del Templo: «Harto estoy de holocaustos de carneros, del sebo de vuestros bueyes cebados. No quiero sangre de toros, ni de ovejas, ni de machos cabríos… Cuando alzáis vuestras manos, yo aparto mis ojos de vosotros» (Is 1, 11-15).

Todavía Ezequiel lo visiona más dramáticamente, al imaginar que, debido al culto corrupto de Israel, la gloria de Yahvé ha dejado el Templo, abandonando así su morada terrena acostumbrada. Sin embargo, profetiza que un día Yahvé mismo volverá al Templo y lo purificará de su corrupción, y en ese día brotará agua del costado del Templo para renovar la tierra. Es decir, aparece de nuevo la vocación edénica de Israel.

Frente a este fondo complejo de teología del Templo y expectación profética, se pueden entender mejor muchas palabras y actos de Jesús. En una ocasión dijo Jesús en referencia a sí mismo: «Os digo que aquí hay algo más grande que el templo» (Mt 12, 6). Este es, desde luego, otro ejemplo del carácter escandaloso de Jesús, pues la única realidad superior al Templo que el público judío del siglo I podría pensar sería Yahvé mismo. Pero esta afirmación sirve bien como lente interpretativa del ministerio de Jesús. La gente iba al Templo para instruirse en la Torá, curarse de una enfermedad y recibir el perdón de los pecados por medio del sacrificio. Si Jesús es, en persona, el Templo verdadero, tendría que ser también la fuente definitiva de enseñanza, curación y perdón, y esto es precisamente lo que nos revelan los Evangelios.

Las grandes muchedumbres que se reunían en las laderas de las montañas galileas, o en la playa, o en el recinto del Templo, no lo hacían para escuchar a los eruditos oficiales de la ley; en cambio absorbían como esponjas la enseñanza de Jesús. La mujer de la hemorragia, el hombre ciego de nacimiento, el de la mano seca, el ciego Bartimeo, todos ellos encuentran curación, no por parte de los sacerdotes del Templo sino de Jesús, el que es más grande que el Templo.

Y la mujer sorprendida en adulterio, la mujer del pozo, María Magdalena, y Mateo el recaudador de impuestos, todos encuentran el perdón divino, y no por medio del sacrificio del Templo. Lo experimentan por medio de Jesús, quien no tenía intención de eliminar el Templo sino de redefinirlo, reorientándolo hacia su propia persona.

En este contexto, es fascinante considerar el ministerio de Juan el Bautista, el predecesor de Jesús. Cuando un fiel entraba en el Templo de Jerusalén a ofrecer sacrificio o a rezar, se solía purificar en un baño ritual llamado “mikvah”. Juan, hijo de sacerdote del Templo, conocía bien este rito y ofrecía un nuevo mikvah, un baño en el Jordán, en preparación para un nuevo sacerdote, un nuevo Templo y un nuevo sacrificio. Cuando divisó a Jesús, pronunció estas palabras: «Mirad el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Este era lenguaje del Templo, la expresión con que se refería al cordero que sería ritualmente sacrificado para obtener el perdón de los pecados. Juan expresaba así a los que habían recibido su bautismo que el verdadero Cordero ya había llegado.

Ahora podemos entender más adecuadamente lo que Jesús hacía en la colina del Templo cuando volcó las mesas y anunció la destrucción del Templo. No era una especie de radical al estilo de los años 60, que protestaba contra el orden establecido. Reiteraba los juicios proféticos de Isaías y Ezequiel contra la corrupción del culto israelita; pero, sobre todo, actuaba en persona de Yahvé, que había venido a purificar el templo y convertirlo en lugar de auténtica adoración.

Hasta los más enérgicos de los profetas buscaban únicamente reformar el Templo, pero Jesús declaró que lo destruiría y lo re-establecería en su propio cuerpo: «En tres días lo levantaré» (Jn 2, 19). Con estas palabras extrae una implicación lógica de algo que ya había declarado: «Aquí hay algo mayor que el Templo» (Mt 12, 6), afirmando así que el propósito de aquel Templo iba a quedar transfigurado en Él, que iba a pasar, por así decirlo, a una nueva escala. Él mismo sería el lugar donde los fieles de Israel y los fieles de Yahvé se reunirían.

Esta provocativa declaración quedaría ratificada, por supuesto, con la resurrección de Jesús de entre los muertos pero también, aunque indirectamente, con un curioso sucedido justo después de su muerte. Se nos cuenta en el Evangelio de Juan que un soldado romano, para comprobar que Jesús estaba muerto, clavó la lanza en el costado de Cristo crucificado, «e inmediatamente brotaron sangre y agua» (Jn 19, 34). Explican los médicos que es algo verosímil, pues la lanza habría atravesado el pericardio, la membrana que rodea al corazón, llena de una sustancia acuosa; los teólogos especulan que el agua y la sangre tienen un sentido simbólico al evocar los sacramentos del Bautismo y la Eucaristía. Sin embargo, los judíos del siglo I no cayeron en la cuenta de una interpretación mucho más familiar y cercana a ellos: se había cumplido la profecía de Ezequiel, quien había anunciado que cuando Yahvé purificara su Templo, brotaría agua de su costado para la renovación de la tierra.

[seguiremos]

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