La venida del Reino como llamada

Seguimos con “Catolicismo” de Robert Barron. El autor tras afirmar que Jesús en la encarnación de Yahvé, el Dios de Israel, y de las 4 cosas que habían sido anunciadas por los profetas y se esperaba su cumplimiento, empieza ahora por describir cómo Jesús dio cumplimiento de un modo inesperado a la primera de estas esperanzas: la congregación de las desperdigadas tribus de Israel por medio de la llamada al Reino

Cuando Jesús hace su primera aparición para predicar en las aldeas de alrededor del Mar de Galilea, su mensaje era sencillo: «El reino de Dios está cerca. Arrepentíos, haced penitencia y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15). Se han derramado ríos de tinta a lo largo de los siglos intentando explicar el significado de «Reino de Dios», pero vale la pena preguntarse cómo lo interpretarían los primeros oyentes de Jesús. N. T. Wright sostiene que entenderían «las tribus se están congregando». Según la narración básica del Antiguo Testamento, la respuesta de Dios ante la división humana había sido conformar un pueblo acorde al deseo de su corazón. Yahvé escogió a Abrahán y a sus descendientes para ser «particularmente suyos» y los formó por medio de la ley divina para ser un pueblo sacerdotal.

La intención de Dios era que un Israel unificado y vibrante funcionara como imán para el resto de la humanidad, acercando a todos a Dios por medio de su modo verdaderamente atrayente de vivir. El profeta Isaías expresó esta esperanza cuando se imaginaba el monte Sion, elevado sobre todos los montes del mundo, como punto de encuentro de «todas las tribus de la tierra».

Sin embargo, la tragedia era que frecuentemente, Israel era infiel a su llamada y entonces se disgregaba como nación. Uno de los nombres bíblicos típicos para el diablo es ho diabalos, derivado del vocablo diabalein (dividir). Así como Dios es una gran fuerza unificadora, el pecado lo es disgregadora. Esta división de Israel se realizó plenamente en el siglo VIII antes de Cristo, cuando muchas de las tribus del norte fueron llevadas prisioneras por los invasores asirios, y aún más dos siglos después, cuando los babilonios destruyeron Jerusalén y deportaron a muchas tribus del sur. Un Israel dividido jamás podría cumplir su vocación, pero los profetas seguían soñando y esperando. Ezequiel se había referido a Israel como ovejas vagando sin sentido por los montes, pero luego profetizaría que un día Yahvé mismo vendría y reuniría a su pueblo.

Ahora podemos empezar a comprender el comportamiento del que se denominaría a sí mismo «el buen pastor» (Jn 10, 11). Como tantos expertos contemporáneos han apuntado, Jesús vivió un espíritu comunitario de apertura y sirvió a muchos que habitualmente habían quedado excluidos de la alta sociedad: el pecador público, la prostituta, los minusválidos, el recaudador de impuestos.

En un lugar y en una época en la que, al igual que la nuestra, las estratificaciones y divisiones de la sociedad eran manifiestas, Él iba abriendo un espacio social nuevo, marcado por la compasión y el perdón. Es importante notar que no estaba simplemente ejemplificando la virtud genérica de la «inclusividad», tan valorada hoy en día, sino que actuaba en el nombre mismo de Yahvé reuniendo a sus hijos dispersos, lo que ayuda a comprender por qué curaba a tantos.

En la sociedad del tiempo de Jesús, el mal físico se concebía como maldición y, en muchos casos, la enfermedad o la deformidad impedían la participación en la vida de la comunidad, especialmente en el culto. Al curar a los ciegos, sordos, cojos y leprosos, Jesús era Yahvé mismo vendando las heridas de su pueblo y devolviéndolos a la comunión total. Un ejemplo particularmente bueno de esta labor es la curación de la mujer que llevaba encorvada muchos años. Jesús le restauró la salud en el sentido físico, permitiéndole así recuperar la postura apropiada para alabar a Dios.

Jesús dio un vuelco a las convenciones sociales de su tiempo y lugar precisamente por estar interesado en hacer sitio al reino de Dios primeramente en la mente de sus seguidores. Para los judíos del siglo I la familia era de absoluta importancia cultural y social. La existencia personal dependía mayoritariamente de la afiliación tribal y de las obligaciones familiares. Un entusiasta seguidor de Jesús lo dio por supuesto cuando gritó: «Bendito el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron» (Lc 11, 27), aunque Jesús contestó relativizando dramáticamente la importancia última de la familia: «Benditos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11, 28).

En otro momento un joven deseoso de seguir a Jesús le pidió permiso para ir primero a enterrar a su padre. Tanto entonces como ahora sería difícil imaginar un deber familiar más urgente que el de acudir al funeral de su padre. Sin duda, tal obligación justificaría al menos un ligero retraso en entregarse al trabajo del Reino, pero Jesús, pasando por encima de esta circunstancia, respondió de un modo que sin duda le escandalizaría: «Deja que los muertos entierren a sus muertos» (Lc 9, 60). No es que fuera arbitrariamente insensible al duelo de un hijo, simplemente insistía en que la reunificación de las tribus en la familia de Dios era de suma importancia.

Vuelve a insistir más tarde, en una de las escenas más desconcertantes del Evangelio: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No he venido a traer paz sino espada, porque he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra la suegra» (Mt 10, 34-36). Estaría dispuesto a romper la institución religiosa y social más venerada si estuviera por encima de la nueva comunidad del Reino.

Verdaderamente, cuando se le da a la familia una importancia desproporcionada enseguida se acaba desestructurando, como se puede ver en el hecho de que gran parte de la violencia en el mundo es doméstica.

En la Palestina del siglo I se suponía que los hombres no debían hablar con las mujeres en público, los judíos no se relacionaban con los samaritanos y la gente virtuosa no quería tener nada que ver con los pecadores. Sin embargo, Jesús se dirigió abierta y respetuosamente a la mujer del pozo, quien, como tal mujer, samaritana y pecadora pública, era triplemente reprobable.

Aunque a los hombres nos encante inventarnos estructuras de dominación y exclusión, el Dios reunificador juega con reglas distintas. Jesús le pide a la samaritana que le ofrezca algo de beber, lo que da pie a un magnífico comentario de san Agustín: tenía sed de su fe. Un judío piadoso de ese tiempo se hubiera convertido en ritualmente impuro al tocar un cuerpo muerto, pero Jesús tocó el cuerpo muerto de la hija de Jairo para resucitarla. Todos los ritos, liturgias y prácticas de los judíos, insinuaba así, se han de subordinar y poner al servicio de la gran tarea de resucitar a Israel. Es maravilloso que el evangelio haya conservado las palabras arameas de Jesús en ese momento,Talitha koum, que significan: «Pequeña, a ti te lo digo, levántate» (Mc 5, 41). Es el mismo Yahvé quien dirige estas palabras íntimas a su pueblo, que se ha sumido en la muerte espiritual.

Una y otra vez se muestra a Jesús violando el mandamiento sagrado de descansar el día séptimo. Sus discípulos recogen grano y Él realiza curaciones a menudo en el Sabath (sábado), para consternación de los protectores de la ley judía. Cuando se le reta, se declara a sí mismo Señor del Sabath (de nuevo otra afirmación asombrosa para un judío, puesto que el mismo Yahvé era el depositario del título) y deja claro que el Sabath se hizo para el hombre y no el hombre para el Sabath. Con esta declaración relativizó el significado de la práctica más propia de los judíos piadosos, dejando ver que era una prerrogativa divina, y que por tanto estaba subordinada al Reino de Dios.

Uno de los hechos que hasta el más escéptico de los expertos en el Nuevo Testamento sostiene, es que Jesús escogió a doce hombres como discípulos íntimos. El número no podía ser menos casual si estaba formando alrededor de su propia persona un pequeño cosmos de un Israel reunido, de las doce tribus unidas en oración e intención. Y a este grupo nuclear lo envió a proclamar y propagar el Reino: «Id y anunciad que el Reino de los Cielos está cerca. Sanad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad de su enfermedad a los leprosos y expulsad a los demonios. Gratis habéis recibido este poder: dadlo gratis» (Mt 10, 7-8). Al regresar de su misión exultaban: «Los setenta y dos regresaron muy contentos, diciendo: ¡Señor, hasta los demonios nos obedecen en tu nombre!» (Lc 10, 17).

Más tarde encargaría a otros setenta y dos (seis veces doce) a predicar, sanar y congregar. Animó a este grupo a viajar ligero de equipaje, a hacer su obra confiando enteramente en la providencia de Dios. Estos primeros apóstoles y misioneros eran el nuevo Israel y constituían así el núcleo de lo que sería la Iglesia, que aún tiene la misión de atraer a todas las tribus a la comunión con Jesús.

[seguiremos}

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