Las características esenciales del buen amor

Esta vez el autor de “Amor y autoestima” nos va aclarar algo importante. Y es que, como hemos visto ya, sin humilde autoestima se compromete la capacidad de recibir amor, pero también sin rectitud de intención y sin libertad interior a la hora de darlo, el amor ideal queda muy comprometido. Aunque las consideraciones que hace el autor se sitúan ante todo en el contexto de una relación amorosa entre un hombre y una mujer, pueden ser también aplicadas a otras relaciones de amor: con Dios, con familiares y con amigos.

Como es un poco larga la explicación la vamos a dividir en varias entradas:

Los comienzos de una relación de amor entre un hombre y una mujer —los preparativos de ese viaje— son muy atractivos (hay quienes se hacen adictos a ellos), pero no aseguran el éxito del trayecto. Es sabido que el enamoramiento es un sentimiento que no dura. Es un buen punto de partida que hay que superar gracias a un amor más maduro. «Si el amor es entendido como un mero sentimiento, tarde o temprano se concluirá que no se ama». A medida que el amor progresa, lo interior se hace más importante que lo exterior. Ridiculizando el amor meramente sentimental, escribe Albert Cohen: «Si al pobre Romeo le hubiera quedado tronchada de repente la nariz por algún accidente, Julieta habría huido horrorizada al verlo. Treinta gramos menos de carne, y el alma de Julieta deja de experimentar nobles emociones. Treinta gramos menos y se acabaron los sublimes gargarismos al claro de la luna».

Las películas de los últimos años nos han acostumbrado a pensar que la atracción físico-romántica es el colmo del amor. Pero se olvidan de recordar (no sería dramáticamente correcto) que cuando eso ocurre, desgraciadamente, el amor se esfuma con la misma facilidad con que nos deslumbró. Recuerdo un filme reciente, entre tantos, rodado con ese formato. Hay un momento en el que el protagonista se ve obligado a explicar a sus hijos las razones de su divorcio alegando que ya sus sentimientos han cambiado, pero no espera la réplica, expresada con temor y curiosidad, del más pequeño de ellos: «¿Y podrías desenamorarte también de tus hijos?». Refleja con realismo la decepción frecuente a la que se llega cuando se confunde amor con pasión de amor. «Por desgracia —escribe Cronin— la idea del atractivo sexual como base fundamental del matrimonio, empapada en un dulzón romanticismo y almibarada con la falsa promesa de una eterna luna de miel, se ha convertido en parte integrante del sueño moderno».

Para que el amor sea estable y duradero, es preciso pasar del amor como atracción al amor como donación, pues nada une tanto a dos personas como la voluntad recíproca de querer el bien para el otro. En el amor maduro desaparecen las razones egocéntricas y se hace hincapié en las posibilidades de aportar felicidad. «Es posible que todo empezara con alguna razón —apunta Josef Pieper—, pero cuando el amor se ha encendido no necesita razones». Ya no se ama tanto por lo atractivo que tenga la persona amada, cuanto por lo que es en sí misma. Ya no se ama tanto su «mero ropaje físico», cuanto el núcleo de su persona, « incomparable e insustituible». Este amor sólido y maduro es imperecedero. Quienes lo experimentan entienden la célebre y repetida exclamación de Gabriel Marcel: «amar a un ser es decirle: tú no morirás». Más allá de los límites de la muerte, la persona amada sigue viviendo en el amante.

Si bien la pasión no es lo más importante, no se trata de excluirla, porque el amor también se nutre de ella. Sin embargo, a medida que los amantes progresan en el amor, su relación se convierte en «una profunda unidad, mantenida por la voluntad y deliberadamente reforzada por el hábito». Se trata de asumir la pasión y, a la vez, de ponerla al servicio de la entrega. El amor es comparable a un avión con dos motores: un motor principal (la voluntad) y un motor auxiliar (la pasión). El motor auxiliar se puede apagar aunque no queramos, por enfermedad o cansancio; pero el motor principal no se apaga sin nuestro consentimiento. Si falta el motor de la voluntad, observa Thibon, «basta la menor prueba física o moral para sumergir en su soledad esencial a los enamorados que sólo están unidos por la carne o por el sueño».

Es posible distinguir tres tipos de amor humano: gustar (que apela a lo físico, al cuerpo), querer (algo más emocional, afectivo, propio del corazón) y amar (definitivamente volcado a la esfera más espiritual del hombre, al alma). Lo ideal sería que los amantes se gusten, se quieran y sean buenos amigos. También, en sentido inverso, se pueden encontrar tres tipos de egoísmo: físico (acaparamiento sexual), afectivo (afán posesivo) y espiritual (orgullo). Esas tres esferas se corresponden también con tres tipos de felicidad y de infelicidad: buena comida o dolor de muelas, alegría o desencuentro afectivo, paz interior o remordimientos. Cuanto más profunda es la felicidad o la infelicidad, menos se ve desde fuera. Un dolor de muelas es difícil de disimular, pero la soledad que atenaza al alma suele pasar inadvertida. Quien busca una felicidad únicamente sensorial, si tiene éxito, no es infeliz, pero se pierde la mejor felicidad, la que está ligada al amor. En francés “infeliz” se dice “malheureux”, que literalmente significa “malfeliz”.

El amante ideal pone esas tres esferas al servicio de la felicidad de la persona amada. La atracción física y el enamoramiento son, en efecto, de gran ayuda como antesala a la entrega de lo más íntimo del alma, que llegará con el tiempo. Por eso reclaman una purificación que los sitúe en el lugar que les corresponde. Según las disposiciones del alma, se combate o se acrecienta el egoísmo sexual y afectivo. Una buena relación con uno mismo, con el siempre gratificante balance de una humilde autoestima, ayuda a purificar las intenciones sexuales y afectivas, mientras que una mala relación con uno mismo, viciada por el orgullo, pervierte la pasión. A lo largo de este capítulo, quedará más aclarada la relación entre orgullo y egoísmo afectivo.

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