Toda una vida buscando Amor

Esta es la última entrada de la semana dedicada al libro “Amor y autoestima” de M. Esparza.

El amor que recibimos juega un papel decisivo en el camino hacia la madurez. El orgullo hunde sus raíces en una necesidad de estima con la que todos nacemos. Y, paralelamente, lo que más aplaca el hambre de estima es el amor. Nada nos dignifica tanto como sentirnos —o sabernos— amados. Si palpamos el amor de alguien, pensamos: «Eso significa que hay algo en mí que le atrae, algo que es digno de ser amado». Aparte del amor, también influyen otros aspectos, como el éxito en el trabajo o en las diversas aficiones, pero estas fuentes de autoestima no son tan sanas y eficaces como el amor que damos y recibimos. Si tareas en principio tan nobles como las destrezas laborales y deportivas no están orientadas hacia el amor, acabarán al servicio del orgullo y seguiremos insatisfechos, al margen de los triunfos que cosechemos en la vida. La gloria profesional y social es gratificante, pero pasajera. En épocas exitosas de nuestra vida, advertimos menos el vacío interior, pero tarde o temprano resurge esa profunda sed de amor que llevamos dentro. Si somos sinceros con nosotros mismos, nos sucede como a Henri Nouwen que, al describir su estado interior antes de su conversión, reconoce: «Seguía esclavo de mi corazón, hambriento de amor en busca de caminos falsos para conseguir mi propia autoestima».

Tampoco terminan los problemas derivados del orgullo cuando nos decidimos a buscar la felicidad únicamente a través del amor, dejando atrás, gracias a una madurez tejida de tropiezos y avances, el falso eclipse de los pasajeros éxitos profesionales y sociales. Hace falta algo más. Como veremos más adelante, sólo el Amor de Dios es capaz de colmar plenamente nuestros más profundos anhelos. Para resolver establemente los problemas de orgullo, es preciso descubrir que la única fuente segura de autoestima está en el Amor incondicional de Dios. El amor que recibimos de familiares y amigos no nos reconcilia definitivamente con nosotros mismos. Este amor humano, aparte de ser condicional, naufraga en muchas ocasiones entre la decepción y la búsqueda de soluciones de recambio. Veámoslo en las distintas etapas de la vida.

La infancia es fascinante desde este punto de vista. El niño palpa inconscientemente lo más parecido al amor incondicional. El amor de una madre, en concreto, es lo que más se asemeja al amor sin condiciones de Dios. Sin embargo, ese estado de gracia que se divisa a tan temprana edad no dura siempre. Es ley de vida. «Con la muerte de mi madre —cuenta Lewis— desapareció de mi vida toda felicidad estable, todo lo que era tranquilo y seguro. Iba a tener mucha diversión, muchos placeres, muchas ráfagas de alegría; pero nunca más tendría la antigua seguridad. Sólo habría mar e islas; el gran continente se había hundido, como la Atlántida».

En la adolescencia tomamos conciencia de que el amor de los padres no es tan incondicional como parecía; entendemos por primera vez que el camino hacia la independencia es saludable y comenzamos a saber por nosotros mismos lo que valemos. Como primera solución de recambio, si no intentamos colmar el vacío a través de éxitos académicos, esperamos encontrar en la amistadese amor incondicional que tuvimos siendo niños. A la larga, sin embargo, el problema no queda resuelto establemente, ya que incluso nuestros mejores amigos tienen sus limitaciones.

Carmen Martín Gaite recoge en una de sus novelas el reencuentro, después de treinta años, de dos amigas de adolescencia. Una de ellas escribe después en una carta: «Hemos crecido. Crecer es empezar a separarse de los demás, claro, reconocer esa distancia y aceptarla. El entusiasmo de aquellos encuentros juveniles con personas que despertaban nuestro interés se basaba en que dábamos por supuesta una permeabilidad continua entre nuestra vida y la de ellos, entre nuestros problemas y los de ellos, parecía posible la anexión. Es cierto que aún se dan momentos en que surge esa ilusión de permeabilidad, pero son momentos extraordinarios y fugaces, a los que no se puede pedir continuidad, vigencia permanente. Yo de jovencita —y a ti te pasaba lo mismo— estaba segura de que las gentes que me querían nunca se iban a desentender de mí, que mi vida era indispensable para la suya. Pero en el fondo, lo que quería es que no me dejaran nunca de necesitar. Pues no. Luego ves que no, y además, es mejor que nadie te necesite mucho».

El amor entre hombre y mujer tiene una gran capacidad de satisfacer nuestra hambre de estima. Por eso, con ocasión del primer éxito amoroso, suelen desaparecer bastantes problemas de inseguridad. Sucede a menudo que quienes durante su adolescencia tuvieron desvaríos de autoestima, se curen de golpe cuando se enamoran y se ven correspondidos. Es lógico, ya que el enamoramiento suscita una especie de encantamiento que a uno le hace pensar que vive un amor incondicional, divino, sin mezquinos cálculos de conveniencia. El enamorado vive como fuera de sí mismo, como enajenado, pensando de continuo en el objeto de su amor. En el fondo, lo que atrae a los enamorados es un pálido destello de lo divino. Ya Platón decía que este tipo de amor es un reflejo de la divinidad. Lo que se escriben los novios podría ser puesto en boca de Dios mismo, con la diferencia de que, a Dios, el amor no le ciega. En cambio, el espejismo del enamoramiento provoca que apenas veamos los defectos del otro, nos lleva a pensar que no hay nadie mejor. No es de extrañar que las personas enamoradas se digan «te adoro», algo que en sentido estricto sólo corresponde a Dios. Como expresa Bécquer en uno de sus poemas: «Lo que el salvaje que con torpe mano / Hace de un tronco a su capricho un dios, / Y luego ante su obra se arrodilla, eso hicimos tú y yo».

Sólo el Amor de Dios puede colmar plenamente la necesidad de estima, pero eso no quita que también el amor de nuestros semejantes nos ayude a cimentar la autoestima. Al fin y al cabo, todo amor humano es reflejo del Amor divino, y ese reflejo se intensifica a medida que aumenta la calidad de ese amor humano. La relación entre calidad de amor y humilde autoestima va en dos direcciones. Por un lado, el amor que recibimos, más aún si es de alta calidad, mejora nuestra autoestima; por otro lado, como veremos a lo largo del siguiente capítulo, una actitud de humilde autoestima resulta imprescindible para mejorar la calidad del amor que damos.

El amor humano, en suma, es un buen punto de partida, aunque necesita ser completado por el Amor divino, único capaz de fundamentar establemente la calidad de nuestra autoestima y de nuestros amores. A esa misma conclusión llegó un psiquiatra que, tras sufrir un accidente de tráfico, palpó el cariño de sus familiares y amigos. «Has aprendido al fin —se dice a sí mismo— […] que si no se tiene la experiencia de haber sido querido es muy difícil que se pueda querer. Pero esa experiencia no es suficiente. No basta con ese cariño horizontal entre padres e hijos, marido y mujer. Es necesaria, además, la experiencia vertical, la de la persona con Dios. Entre otras cosas, porque el amor humano por sí solo es insuficiente. El amor humano sólo se esclarece y adquiere su sentido y pleno significado en el amor divino».

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