¿Quién dice la gente que soy yo?

Seguimos con el libro Catolicismo de Robert Barron, en esta sección que dedica a la figura de Jesucristo. En esta entrada veremos como el autor plantea claramente la naturaleza divina de Jesucristo y el rechazo que puede causar a la mentalidad moderna y de aquella época tal afirmación:

Hacia la mitad de su ministerio público, Jesús se aventuró con sus discípulos hacia los confines septentrionales de la Tierra Prometida, a la región de Cesarea de Filipo, cerca de los actuales Altos del Golán, y allí planteó la siguiente pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” (Mc 8, 27). Estamos tan acostumbrados a oír esta pregunta en los evangelios que hemos perdido el sentido de su excepcionalidad. No les preguntaba cuál era la opinión de la gente sobre sus enseñanzas, qué impresión producía o cómo interpretaban sus acciones —cuestiones perfectamente razonables—. Quería saber lo que pensaban sobre su identidad, su ser. Y esta pregunta —reiterada por teólogos cristianos a lo largo de los siglos— sitúa a Jesús aparte del resto de los grandes fundadores religiosos. Buda disuadía a sus seguidores de concentrarse en su persona, urgiéndolos más bien a tomar el camino espiritual que tanto bien le había hecho a él mismo. Mahoma era un hombre corriente que afirmaba haber recibido una revelación definitiva de Alá. No se le hubiera pasado por la cabeza atraer la atención a su propia persona; lo que verdaderamente buscaba era que el mundo leyera y guardara lo contenido en el Corán, que él había recibido. Confucio era un filósofo moral que, con particular agudeza, formuló toda una serie de recomendaciones éticas que constituían un modo equilibrado de vivir en el mundo. La cuestión sobre la identidad de estos personajes nunca fue algo que inquietara ni a sus seguidores ni a ellos mismos.

En cambio, Jesús, a pesar de impartir instrucción moral y de enseñar con gran entusiasmo, no atrajo la atención de sus seguidores primariamente hacia sus palabras sino hacia él mismo. Cuando Juan Bautista indicó a dos de sus discípulos que siguieran a Jesús, ellos le preguntaron: «¿Dónde vives?» (Jn 1, 38); y él les contestó: «Venid y veréis» (Jn 1, 39). Este sencillo diálogo es enormemente aleccionador porque muestra que la intimidad con Jesús —estar con Él— es la esencia del discipulado cristiano.

Esta centralidad de Jesús deriva —como ya se ha apuntado- del hecho sorprendente de que hablaba y actuaba en nombre de Dios. «El cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán» (Mt 24, 35). Los filósofos y académicos sensatos siempre recalcan la naturaleza provisional de lo que publican; sin embargo, Jesús afirma que sus palabras durarán más que la creación misma. ¿Quién podría razonablemente afirmar algo así sino quien es la Palabra misma por quien se hicieron todas las cosas? «Quien ame a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí» (Mt10, 37). Podríamos fácilmente imaginarnos un profeta, maestro o fundador religioso que dijera: «Debéis amar a Dios más que a vuestra propia vida»; o, como mucho: «Debéis amar mi enseñanza más que a vuestro padre o vuestra madre». Pero «¿a mí?». Se ha dicho que las personas espirituales más cuerdas son aquellas que tienen más clara la diferencia entre ellas mismas y Dios. Por consiguiente, ¿quién haría sensata y responsablemente la afirmación de Jesús sino quien es, en su propia persona, el mayor bien?

Sin duda, puede que Jesús fuera un loco o un fanático iluso; al fin y al cabo, los manicomios están llenos de personas que piensan que son Dios. Y esto es precisamente lo que algunos de los contemporáneos de Jesús pensaban: «Por esto los judíos intentaban matarlo, porque… llamaba a Dios su propio padre y se hacía a sí mismo igual a Dios» (Jn 5, 18).

Lo que hay que desechar —y C. S. Lewis así lo percibió con particular clarividencia— es la ñoña postura intermedia adoptada por muchos teólogos y personas religiosas de hoy en día, de que Jesús no era divino sino un estimulante maestro moral, o un gran filósofo religioso. Sin embargo, una lectura atenta del Evangelio descarta tal interpretación. Tal como hablaba y actuaba repetidamente en nombre de Dios, o era quien pretendía ser o era un hombre malvado. Por esto Jesús plantea una elección radicalmente distinta a cualquier otro líder religioso. Como Él mismo declaró: «Quien no está conmigo está contra mí» (Lc 11, 23), y «quien no recoge conmigo desparrama» (Lc 11, 23). Comprendo que esto repugne nuestra sensibilidad actual, pero la evangelización cristiana consiste en el planteamiento de dichas alternativas.

2 comentarios sobre “¿Quién dice la gente que soy yo?

  1. El primer “ñoño“ y en España tenemos jn dicho en este sentido: “Se formó la de Dios es Cristo”… Cómo que Cristo no es Dios? España fue contra los arrianos. Arrio quiso negar la divinidad de Cristo, y así le fue. Porque si Cristo no es Dios, no hace falta la Iglesia. La convertimos en una ONG y ya está… En fin tofo está inventado, nada nuevo bajo el sol.

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