Tres estadíos en la vida

Seguimos con este magnífico fragmento del libro “Amor y autoestima” de M. Esparza en el que se hace un recorrido en el tiempo de las etapas de la vida y el orgullo.

El itinerario para tomar conciencia de la propia valía lo trazan aquellas personas que valoramos de un modo singular. Son los interlocutores relevantes que, al juzgarnos, ejercen una influencia decisiva sobre la imagen que tenemos de nosotros mismos. Es relativamente fácil localizar este fenómeno, con las lógicas variantes, en las tres etapas de la vida: en la infancia, en la adolescencia y en la madurez.

En la infancia los interlocutores relevantes suelen ser los padres (de modo especial el padre para un hijo, y la madre para una hija). Cuando el niño llega al uso de razón, se percata de su propia indigencia y se acoge al parecer de sus padres para saber lo que vale. Algo más tarde, con la pubertad, comienza un período difícil pero necesario, el de la búsqueda de una identidad con independencia de la opinión de los padres. En los dos casos, entre los seis y doce años, la receptividad con los padres y educadores es plena. Es el mejor momento para sembrar.

La adolescencia es la segunda fase y se alarga, en rasgos generales, de los trece a los veinte años. La nota distintiva respecto al periodo anterior es la pérdida progresiva de la receptividad del niño, y se refleja en la formación de juicios propios al margen de la opinión de los padres y educadores. La tarea rectora de los padres se complica. Es el momento de ayudar a los hijos a construir un proyecto de vida propio respetando su libertad, acompañándolos de cerca pero fomentando su legítima independencia. De modo progresivo, la relación de autoridad debería dejar paso a una relación de amistad y confianza. En el otro extremo, una actitud de los padres demasiado protectora y posesiva impedirá con toda probabilidad la maduración de los hijos.

En la adolescencia, los interlocutores relevantes pasan a ser los amigos y la persona de la que uno se enamora. El adolescente se da cuenta de que tiene que saber por sí mismo lo que vale, pero no lo suele lograr y, para valorarse, sigue dependiendo del juicio de quienes más admira. Si aprende a vencer los respetos humanos, a defender sus propias opiniones, y sabe rodearse de buenos amigos —esto es, de personas que le valoran por lo que es y no por lo que les pueda aportar—, todo irá bien. Si toma el camino contrario, no se atreverá a mostrarse como es y se codeará con colegas desaprensivos. Las consecuencias de su mimetismo de adolescente pueden ser funestas. Si se mueve en ambientes escasos de valores, para no sentirse desplazado, imitará cualquier comportamiento que esté de moda. La promiscuidad sexual, la delincuencia o las drogas forman parte del largo elenco de posibilidades.

Dan especial pena esas chicas fáciles que se degradan a sí mismas entregando sus encantos al primer postor. Y la razón de fondo no es tanto el atractivo sexual como la vanidad. Para gustarse a sí mismas, necesitan experimentar que encantan a los chicos y alardear después de sus triunfos ante sus emancipadas amigas. Lewis se preguntaba «si no se habrá perdido en tiempos de promiscuidad más veces la virginidad por obedecer al señuelo de la camarilla política que por someterse a Venus. Cuando está de moda la promiscuidad, los castos quedan desplazados».

Entre los veinte y veinticinco años, en plena juventud, ya se espera que uno haya adoptado una actitud personal y estable en la vida. Durante la adolescencia, los hijos, para autoafirmarse, suelen adoptar posturas contrarias a las de sus padres. El despegue definitivo viene cuando aprenden a dialogar, cuando adquieren convicciones íntimas pero permanecen abiertos al efecto enriquecedor de escuchar otras opiniones. Tienen seguridad en sí mismos, pero no de modo cerril, pues son también capaces de dudar sanamente de sí mismos. Actúan siguiendo libremente su propio proyecto de vida, pero son sensatos y se dejan asesorar. Son, en definitiva, lo suficientemente maduros como para darse cuenta de que la vida es un aprendizaje que no termina nunca.

La tercera y definitiva toma de conciencia de la propia dignidad debería llegar en la edad adulta, pero, por desgracia, muchas personas supuestamente adultas se rigen por los mismos mecanismos de autoafirmación que observamos en la infancia y en la adolescencia. Si fuesen personas realmente maduras, en vez de permitir que otros dictaminen su valía, sabrían por sí mismas lo que valen. Sin embargo, siguen jugando toda la vida una especie de comedia, con el agravante de que su afán de hacerse valer suele ser más enmarañado que en los niños.

Muchos supuestamente adultos siguen dependiendo de la opinión ajena. Con tal de quedar bien, son capaces de sacrificar cualquier cosa. Y, en el fondo, regirse por estos respetos humanos no vale la pena, porque la gente nos suele juzgar según criterios superficiales: si somos simpáticos, si tenemos un coche grande, etc. Sólo las personas que nos quieren de verdad, se fijarán más en lo que somos que en lo que tenemossabemos o podemos.

Los respetos humanos comprometen seriamente la autenticidad de nuestras relaciones. En una sencilla novela encuentro esta aguda observación: «En cuanto nos reunimos unos cuantos, no nos atrevemos a ser como somos en realidad, porque tememos ser distintos a como creemos que son nuestros semejantes, y nuestros semejantes temen ser distintos a como creen que somos nosotros. Y, en consecuencia, todos pretenden ser menos piadosos, menos virtuosos y menos honrados de lo que realmente son. […] Es lo que yo llamo la nueva hipocresía […]. Antes, la gente pretendía hacerse pasar por mejor de lo que era, pero ahora todos pretenden parecer peores. Antes, un hombre decía que iba a misa los domingos aunque no fuese, pero ahora dice que va a jugar al golf y le fastidiaría mucho que sus amigos descubriesen que en realidad va a la iglesia. En otras palabras: la hipocresía, que antes era lo que un escritor francés llamaba el tributoque el vicio paga a la virtud, ahora es el tributo que la virtud paga al vicio».

Unos son inseguros y van mendigando aprecio; suelen ser personas que tienden a verse a sí mismas a través de los ojos de los demás. Otros parece que han vencido los respetos humanos; son personas independientes a quienes ya no les importa el qué dirán, pero lo logran a base de autosuficiencia: no les importa lo que piensen los demás simplemente porque pasan de ellos. Es posible que, en el fondo, se trate de un mecanismo de defensa. A veces, esos que presumen de independientes, aunque no lo reconozcan, se encierran en sí mismos precisamente por miedo a ser rechazados. En una novela de Susana Tamaro, el protagonista, que siempre ha alardeado de ser un espíritu independiente, reconoce al final de su vida que, en el fondo, es el miedo a no ser apreciado el que ha guiado sus pasos. En la carta de despedida a su hija, escribe: «Puedo decirte que ha sido el miedo lo que ha determinado mi vida, lo que yo llamaba audacia era en realidad pánico. Miedo a que las cosas no fueran como yo había decidido, miedo de superar un límite que no era de la mente sino del corazón, miedo de amar y de no ser correspondido. Al final es, en realidad, sólo éste el terror del hombre y es por lo que cae en la mediocridad. El amor es como un puente suspendido sobre el vacío… Por miedo complicamos las cosas simples, con tal de perseguir los fantasmas de nuestra mente, transformamos un camino recto en un laberinto del que no sabemos salir. Es tan difícil aceptar el rigor de la simplicidad, la humildad de la entrega».

¿Qué podemos hacer para evitar la esclavitud de los respetos humanos? Es conocido que los chinos suelen sentirse muy avergonzados si cometen un error en público. Lo llaman “perder la cara”. Decía Confucio que el hombre necesita su cara como el árbol necesita su corteza. Ese miedo a perder la cara desaparece ante quienes nos quieren de verdad. De ahí la importancia de conocer a Aquel ante quien es imposible perder la cara. Tenemos tendencia a reflejarnos en los demás como en un espejo, y no hay espejo más adulador que los ojos del enamorado. Por eso, deberíamos aprender a vernos a nosotros mismos a través de los ojos de Dios. Sólo quien toma a Dios como su más relevante Interlocutor, va por la vida sin ningún tipo de complejos. Los niños dependen de la estima que reciben de sus padres. Los adolescentes dependen del aprecio de sus amigos y de la persona de la que se han enamorado. Pero la persona verdaderamente madura se hace sanamente independiente de todos porque se ve a sí misma como la ve su Padre Dios.

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