Toda una vida madurando

Seguimos con este interesante y profundo libro: Amor y autoestima de M. Esparza.

Cultivar una humilde autoestima es una tarea para toda la vida. Aunque no nos concierne a todos por igual, nadie está exento de esa tarea de maduración. Esta aspiración tropieza, sin embargo, con muchos factores que dependen de la genética, de la educación o del uso que hagamos de nuestra libertad. Todos nacemos con carencias que eventualmente pueden agravarse por motivos vitales adversos y por errores personales. Es preciso por ello hacer una breve incursión en el campo de la pedagogía, ya que las circunstancias desfavorables más nocivas se sitúan en el periodo en el que más vulnerables somos: la infancia y la adolescencia.

Cuando el niño da los primeros pasos, comienza a percatarse de su propia indigencia, pero es incapaz de racionalizarla: no es consciente de la inalienable dignidad que le corresponde como persona. Tiende a llamar la atención en una espiral que sólo pueden mitigar sus padres, enseñándole que lo vale todo a los ojos de Dios. Si los padres no aciertan en este sentido es muy posible que sean los testigos mudos de muchas de las inseguridades y dramas que emergerán con el tiempo. Los adultos, muchas veces, no son conscientes de las heridas que pueden provocar en sus hijos. En ocasiones esa huella profunda aflora al cabo de los años. Ayuda a entenderlo, por ejemplo, el siempre desconcertante enfrentamiento entre hermanos por una herencia. La explicación hay que buscarla a menudo en una larga y antigua historia de orgullo herido.

Acertar en la educación es siempre un difícil e inquietante desafío. Porque es frecuente que los padres, lejos de una intuitiva labor que tiene tanto de ciencia como de arte, transmitan inconscientemente a sus hijos sus propios defectos. La pedagogía sana compatibiliza tanto el llamamiento a un comportamiento correcto como a asumir y amar las propias limitaciones. Hay que mostrar a los hijos que se los quiere de modo incondicional, y no por lo que tengan, sepan o consigan realizar: ¡que se los ama tal como son! El chantaje afectivo es tan corriente como peligroso. Es un error educar a un niño, haciéndole creer que el cariño que recibirá depende de cómo se ajuste a los gustos de los mayores, en lugar de enseñarle a hacer el bien libremente y por una razón de amor, no porque necesite granjearse el aprecio ajeno.

Educar a alguien en el deseo de perfección podría alimentar un falso yo irreal, si esa meta no va en paralelo a enseñar la importancia de aceptarse como uno es. De lo contrario, las tensiones están servidas. Si el sujeto en cuestión no se acepta a sí mismo como es, tratará de satisfacer las imposibles exigencias que le impone su falso yo idealizado. Intentará imitar a un personaje ideal, que no es, mientras reprime su verdadera y legítima forma de ser.

Si no se aprende algo tan importante en el ambiente familiar, será mucho más difícil percibirlo fuera del hogar. Lo pone de manifiesto el salto a la etapa escolar. Lo que un niño encuentra en ese nuevo escenario, muchas veces, es lo más parecido a la ley de la jungla: puede más, no el que más cualidades tiene, sino el que más grita o más intrépido es. A partir de ahí, según los modos de ser, unos acentuarán su arrogancia y se autoafirmarán humillando a los demás, y otros serán víctimas de una timidez creciente, que funciona como mecanismo de autodefensa, buscando la autoestima a través de los éxitos escolares. Los introvertidos se aíslan y tienen pocos amigos; los arrogantes, en cambio, llevan la voz cantante y, para no perder su prestigio, se ven obligados a comportarse de modo cada vez más excéntrico. En ambos casos el detonante es el mismo, la falta de aceptación, aunque las consecuencias lleven a unos a la exageración y a otros al retraimiento.

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