El informe de Pensilvania, revisado

Según un artículo editado en Aceprensa, en agosto de 2018 se publicó el informe del Gran Jurado de Pensilvania sobre abusos sexuales a menores cometidos por sacerdotes católicos en seis diócesis del estado. El informe concluía que en los últimos 70 años más de 300 sacerdotes habían abusado de unos 1.000 menores.

El Gran Jurado, institución dirigida por el fiscal, acusaba a los obispos de las diócesis de haber ignorado a las víctimas y de haberse dedicado a ocultar los hechos y a proteger a los abusadores para no dañar el buen nombre de la institución.

El informe tuvo una gran repercusión mediática. El informe daba los nombres de los curas acusados a lo largo de siete décadas y dedicaba la mayor parte del texto a describir con mucho detalle los abusos cometidos y a subrayar la inacción de los obispos. Sin embargo, apenas hacía referencias numéricas ni análisis de tendencias estadísticas sobre la evolución de los casos de abusos.

Un 94% del clero de las diócesis de Pensilvania nunca tuvo acusaciones de abusos

Como puso de manifiesto un artículo publicado en la revista Commonweal por Peter Steinfels, no se calculaba cuántos sacerdotes habían prestado sus servicios en esas diócesis, para poder sacar conclusiones sobre la prevalencia de los abusos sexuales entre el clero; tampoco se hablaba de la evolución del número de abusos a lo largo del tiempo; ni se distinguía entre lo que se hizo en un diócesis y en otra, sino que trataba los siete decenios desde 1945 como un solo bloque. Steinfels concluía que, aunque el informe documentaba pruebas sobre abusos reales, sin embargo era “inexacto, injusto y fundamentalmente sesgado” al no tener en cuenta significativas diferencias en el modo en que los obispos de distintas diócesis y periodos habían respondido a las acusaciones de abusos.

Cuando se analizan los datos

Ese análisis que el informe del Gran Jurado no hacía, lo ha realizado John P. Nelson, psiquiatra formado en la Harvard Medical School, profesor en la Universidad de Pittsburgh durante doce años, y que en 1992 fue llamado a formar parte de un comité formado en la diócesis de Pittsburgh con el fin de ayudar a formular políticas para afrontar los abusos. El trabajo de Nelson (“PA Gran Jury Report on Clergy Sexual Abuse”) se basa en datos recogidos por el informe, pero no analizados en él, completados por otros proporcionados por las diócesis.

Sus conclusiones son resumidas en un artículo del periodista Russell Shaw, publicado en Our Sunday Visitor.

Al analizar la evolución de los casos de abusos a lo largo de ese periodo de setenta años, se ve que comienzan en la década de los 40 y van creciendo gradualmente, desde unos pocos al año a unos 15 anuales en los 60 y a casi 30 en los años 70. Después de alcanzar un máximo de 58 en 1980, empiezan a caer rápidamente desde inicios de los 90 y llegan a ser menos de cinco al año desde 2000.

Después de un máximo en 1980, los casos de abusos empiezan a caer rápidamente desde inicios de los 90 y llegan a ser menos de cinco al año desde 2000

Las víctimas fueron “en su mayor parte chicos” y los abusadores habían nacido en su mayoría antes de 1950.

El 94% del clero, limpio

Un dato muy significativo para calcular la prevalencia de los abusos es que un máximo del 1,1% de todos los sacerdotes de las seis diócesis fue acusado de abusos en un año dado, y en muchos años el porcentaje fue la mitad de esa cifra. “Para expresarlo en positivo –escribe Nelson–, en un año dado el 99% de los sacerdotes no cometió un abuso, y un 94% nunca fue acusado de abusos a lo largo de su carrera”. La cifra es consistente con las de otras diócesis de EE.UU., de acuerdo con los datos recogidos en el John Jay Report de 2004.

Cerca de un tercio de los abusadores tuvo una sola acusación. Desde 1990, pocos sacerdotes (11 en total en 6 diócesis y ninguno de 112 en la de Pittsburgh) fueron supuestos culpables de abusos. El rápido declive de nuevos casos de abusos posteriores a 1990 se ha mantenido hasta 2018. Las nuevas acusaciones se refieren a hechos ocurridos en el periodo álgido de los años 70 y 80. Las denuncias sobre abusos más recientes se han hecho con más prontitud, por lo que es improbable que se hayan producido abusos recientes no denunciados.

La cultura de la época

Nelson sugiere que el crecimiento de los abusos de clérigos antes de 1980 puede explicarse en gran parte por los cambios en los estilos de vida en la cultura de la época, junto con la “confusión doctrinal y moral” dentro de la Iglesia. A partir de los años 60, escribe, “todas las restricciones legales sobre material sexualmente explícito fueron abandonadas, también cuando se referían a ‘amor entre un hombre y un niño’ y a otras formas de abuso sexual… La cultura general estaba saturada de imágenes y de ideas sobre la sexualidad, generalmente presentadas como sofisticadas, liberadas y liberadoras”.

Los fallos de las autoridades civiles y de la Iglesia deben ser evaluados en el contexto de la extendida ignorancia de entonces sobre este problema

Nelson también advierte que los fallos de las autoridades de la Iglesia y de otros ámbitos para abordar eficazmente los abusos deben ser evaluados en el contexto de la extendida ignorancia de entonces sobre este problema.

“Cuando los casos de abusos a principios de los 80 fueron conocidos –escribe–, algunos obispos y otros clérigos trataron de hacer lo correcto, como ocurrió en Pittsburgh, pero también estaban condicionados por la ignorancia que prevalecía entre la profesión médica y las confusas relaciones entre las autoridades eclesiásticas y civiles. Así que no es sorprendente que los primeros intentos de rectificar la situación no fueran ni coherentes ni sistemáticos”.

Nelson atribuye el marcado declive en los casos de abusos en las dos últimas décadas al esfuerzo educativo de la Iglesia dirigido a clérigos y laicos, a los cambios legales y de procedimientos, al temor a las sanciones penales y a las presiones para que los abusadores dejen el ministerio.

Fuente: Aceprensa

6 comentarios sobre “El informe de Pensilvania, revisado

  1. Como ya es habitual ante las noticias de escándalos pederastas de esta institución, el daño era sistemático en el seno eclesial, conocido por todos, y el encubrimiento por parte de toda la Iglesia, llegando hasta el Vaticano, continuado. Pero la cosa va más allá: según el informe hubo fiscales que cancelaron investigaciones de curas acusados “para prevenir publicidad desfavorable” hacia la Iglesia, cosa que servía como favor político para que estos funcionarios hiciesen después carrera en la zona.

    Qué tiene de especial el informe de Pensilvania: el alcance descriptivo de la connivencia entre el sistema religioso y político del estado y, sobre todo, lo escabroso de las descripciones de los abusos. Se habla de redes de curas realizándole prácticas sadomasoquistas a varios niños, otros que se “intercambiaban” pornografía de las víctimas y a las mismas víctimas entre sí; niños de nueve años obligados a realizar sexo oral para después lavarle la boca con agua bendita “para purificarlo”. Sacerdotes sancionados por pedofilia entre los suyos que son después trasladados a Disney World. Sistemas de marcaje de los niños abusados (cadenitas de oro) para que el resto de religiosos supiesen de qué menores de la provincia podían seguir abusando… Y así, hasta mil casos. Muchos de los culpables están ya muertos, los delitos han prescrito o ambas.

    Rendición de cuentas pública: en ello se encuentra la opinión pública estadounidense, que tiene muy recientes un par de hechos. Aunque los abusos y la cobertura de la Iglesia de sus propios escándalos lleva en la agenda informativa desde los años 80, el escándalo de los 86 niños que descubrió el periódico The Boston Globe (y visto en el cine en Spotlight) sigue un patrón idéntico a este, con lo que se teme que los abusos de los sacerdotes de estas dos regiones no sean más que la punta del iceberg de unos crímenes sistemáticos y un encubrimiento organizado de magnitud mundial.

    McCarrick: los seguidores católicos estadounidenses también recuerdan el caso del cardenal Theodore McCarrick, poderosísimo arzobispo en Washington a la espera de un juicio canónico según el Vaticano pero del que, investigando, se ha visto que los altos mandos eclesiásticos lo habían todo desde hacía décadas. Con el informe de Pensilvania se ha llegado a un momento crítico. El temor es si es ya una cuestión irreversible de daño a la institución católica. Los conservadores, muchos de ellos protestantes, han aprovechado este escándalo para atizar mediáticamente al Papa, con el recuerdo de que hace poco Francisco condenó la pena de muerte (práctica que los republicanos defienden). En los últimos días hemos visto cómo hasta los evangelistas normalmente favorables al Papa han dicho que “el silencio del Vaticano acerca de este asunto es inquietante”.

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