«Anoche, soñando, he visto a Dios llorando, jamás lo olvidaré»…

«Anoche, soñando, he visto a Dios llorando, jamás lo olvidaré»… Recuerdo esta canción desde mi niñez, cuando la escuché en una de aquellas cintas de casete que mi padre llevaba en el coche. Las palabras «Dios» y «llorando», al chocar entre sí en mi cabeza, hacían saltar chispas. ¿Dios llora?

¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento.

La fiesta del sagrado corazón de Jesús celebra a un Dios que llora y ríe. A este Dios pastor, cuando se le descarrió el hombre, se le salió el corazón del pecho en busca de su oveja perdida. El Hijo, inflamado por el Espíritu, es el corazón de Dios. Y, habiendo salido del pecho de la Trinidad, se hizo hombre, y adoptó un corazón humano, capaz de reír y llorar.

No tengo que soñar para ver a Dios llorando; yo le hice llorar. Sus lágrimas me han redimido. Por el mismo motivo, también sé que le puedo consolar. A esa tarea quisiera dedicar el resto de mis días.

7 comentarios sobre “«Anoche, soñando, he visto a Dios llorando, jamás lo olvidaré»…

  1. Yo vi llorar a Dios

    Anoche, soñando,

    he visto a Dios llorando;

    jamás lo olvidaré.

    Ahora que estoy despierto,

    aún me parece cierto,

    yo quiero contarle al mundo

    lo que soñé.

    Anoche, soñando,

    he visto a Dios llorando;

    jamás lo olvidaré.

    Yo vi llorar a Dios

    y al preguntar por qué lloraba,

    me respondió el Señor

    que por nosotros se apenaba;

    porque ya no guardamos

    sus santos mandamientos

    y nuestros pensamientos

    se alejan de su amor.

    Me habló con triste voz

    de tantos niño abandonados,

    de la miseria atroz

    de muchos pueblos destrozados.

    ¿Por qué, si lo queremos

    y lo necesitamos,

    por qué ya no dejamos

    de hacer llorar a Dios?

    ~ ~

    Yo vi llorar a Dios

    y al preguntar por qué lloraba,

    me respondió el Señor

    que por nosotros se apenaba;

    porque ya no guardamos

    sus santos mandamientos

    y nuestros pensamientos

    se alejan de su amor.

    Me habló con triste voz

    de tanto niños abandonados,

    de la miseria atroz

    de muchos pueblos destrozados.

    ¿Por qué, si lo queremos

    y lo necesitamos,

    por qué ya no dejamos

    de hacer llorar a Dios?

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  2. Yo soné con Jesús ese sueño lo tengo gravado…pero no estaba llorando y tampoco tenía cicatrices.estaba detrás de una puerta esperando abrirla por sí me decídia entrar .cosas de la imaginación .supongo. …Saludos D Rafael

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  3. Reflexión del Papa Francisco
    PAPA FRANCISCO: SOBRE EL EVANGELIO DE HOY
    En este pequeño relato aparece cuatro veces la palabra alegría. “Y ustedes – como si dijese – y ustedes se escandalizan por esto, pero mi Padre se alegra”.

    Ese es el mensaje más profundo: la alegría de Dios que es un Dios que no le gusta perder, no es un buen perdedor, y por eso, para no perder, sale de sí y va, busca. Es un Dios que busca: busca a todos aquellos que están lejos de Él, como el pastor, que va en busca de la oveja perdida

    El trabajo de Dios es ir a buscar para invitar a todos a la fiesta, a los buenos y los malos.

    La debilidad de Dios

    Él no tolera perder a uno de los suyos. Ésta será también la oración de Jesús, el Jueves Santo: “Padre, que no se pierda a ninguno de los que me has dado”. Es un Dios que camina buscándonos y tiene una cierta debilidad de amor por los que están más alejados, que se han perdido …va y los busca ¿y cómo busca?

    Dios busca hasta el final, como ese pastor que va en la oscuridad, buscando hasta que encuentra a la oveja; o como la mujer, que cuando pierde aquella moneda enciende la lámpara, barre la casa y la busca con cuidado. Así busca Dios.

    “¡Este hijo no lo pierdo, es mío! No quiero perderlo”.

    Este es nuestro Padre, siempre nos busca.

    Dios sana y se alegra

    Luego, cuando ha encontrado a la oveja y la ha traído al redil poniéndola junto a las demás, ninguna debe decir: “tú estabas perdida”, sino “tú eres una de nosotras”, porque le vuelve a dar toda la dignidad.

    No hay diferencia porque Dios sana a todos aquellos que ha encontrado. Y cuando hace esto es un Dios que se alegra.

    El gozo de Dios no es la muerte del pecador, sino su vida: es la alegría. ¡Tan lejos estaba esa gente que murmuraba contra Jesús, tan lejos del corazón de Dios! No lo conocían. Creían que ser religiosos, que ser personas buenas significase estar siempre bien, ser educados y tantas veces aparentar ser educados, ¿no? Esta es la hipocresía de la murmuración.

    En cambio, la alegría del Padre, Dios, es aquella del amor: nos ama.

    “¡Pero, yo soy un pecador, he hecho esto, esto, esto!”… “Yo te amo lo mismo y voy a buscarte y te traigo de regreso a casa”.

    Este es nuestro Padre. Pensemos. (Homilía en Santa Marta, 08 de noviembre de 2013)

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  4. EN LA CUMBRE

    ANTROPOLOGÍA Y VALORES
    Llegar a la persona en su integridad: el papel de los afectos

    Algunas personas, cuando piensan en la formación, tienden a considerarla como un ‘saber’…

    Sin embargo, no basta un concepto de ese estilo: llegar a la integridad de la persona requiere pensar en la formación como un ‘ser’. Se trata de un objetivo mucho más alto: sumergirse en el misterio de Cristo y dejar que la gracia nos vaya transformando progresivamente para configurarnos con Él.

    Jesucristo es, sin duda, el amor de nuestra vida: no el mayor entre otros, sino aquel que da sentido a todos los demás amores y a los intereses, ilusiones, ambiciones, trabajos, iniciativas que llenan nuestros días y nuestro corazón. De aquí, que sea fundamental mantener en nuestra vida espiritual «la centralidad de la persona de Jesucristo»: Él es el camino para entrar en comunión con el Padre en el Espíritu Santo.

    En Él, se devela el misterio de quién es el hombre, a qué está llamado. Caminar con Cristo implica crecer en conocimiento propio, ahondar también en el propio misterio personal. Por eso, dejar que Jesús sea el centro de nuestra vida lleva, entre otras cosas, a «redescubrir con luces nuevas el valor antropológico y cristiano de los diferentes medios ascéticos; llegar a la persona en su integridad: inteligencia, voluntad, corazón, relaciones con los demás (…)».

    Caminar con Cristo implica crecer en conocimiento propio, ahondar también en el propio misterio personal.

    Esa persona a la que hay que llegar somos nosotros mismos, son todos aquellos a los que alcanzamos con nuestra amistad, con nuestro apostolado. La formación que recibimos e impartimos, ha de llegar a la inteligencia, a la voluntad y a los afectos, sin que ninguno de estos elementos quede descuidado o simplemente sometido a los otros. Aquí nos centraremos sobre todo en la formación de la afectividad, dando por supuesta la enorme relevancia de que se apoye en una buena formación intelectual. Considerar la importancia de la formación integral nos permitirá redescubrir la gran verdad que encierra la identificación que san Josemaría establecía entre fidelidad y felicidad.

    Formarse para entrar en sintonía con Cristo

    Algunas personas, cuando piensan en la formación, tienden a considerarla como un saber. Así, tendría buena formación quien a lo largo de su vida ha recibido buenos contenidos doctrinales, ascéticos, profesionales, etc. Sin embargo, no basta un concepto de ese estilo: llegar a la integridad de la persona requiere pensar en la formación como un ser. Un buen profesional conoce la ciencia y la técnica que requiere su profesión, pero tiene algo más: ha desarrollado hábitos −modos de ser− que le disponen a aplicar bien esa ciencia y esa técnica que posee: hábitos de atención a los demás, de concentración en el trabajo, de puntualidad, de digerir éxitos y fracasos, de perseverancia, etc.

    El voluntarismo es una visión errada de la virtud, que la considera un simple suplemento de fuerza en la voluntad.

    Del mismo modo, ser un buen cristiano no es simplemente conocer −al nivel adecuado a la propia situación en la Iglesia y en la sociedad− la doctrina sobre los sacramentos, o sobre la oración, o sobre las normas morales generales y profesionales. Se trata de un objetivo mucho más alto: sumergirse en el misterio de Cristo para conocer su anchura, su profundidad (cfr. Ef 3,18), dejar que su Vida entre en la nuestra, y poder repetir con san Pablo que «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,20). Es decir, ser «alter Christus, ipse Christus», dejar que la gracia nos vaya transformando progresivamente para configurarnos con Él.

    Ese dejar actuar a la gracia, no es meramente pasivo, no consiste sólo en evitar poner obstáculos, ya que el Espíritu Santo no nos transforma en Cristo sin nuestra cooperación libre, voluntaria. Pero tampoco esto basta: entregarnos al Señor, darle nuestra vida, no es solamente darle nuestras decisiones, nuestros actos; es también darle nuestro corazón, nuestros afectos, incluso nuestra espontaneidad. Para esto es imprescindible una buena formación intelectual y doctrinal que configure la cabeza, que incida en nuestras decisiones, pero es también necesario que esa doctrina cale y llegue al corazón de la persona. Y esto requiere lucha… y requiere tiempo. Dicho de otro modo, es necesario adquirir virtudes, y precisamente en eso consiste la formación.

    No es raro encontrarse con personas que temen que la insistencia en las virtudes acabe conduciendo al voluntarismo. Nada más lejos de la realidad. Quizá, en la raíz de esta confusión, se encuentre una visión errada de la virtud, que la considera un simple suplemento de fuerza en la voluntad, que hace a quien la posee capaz de cumplir la norma moral, incluso cuando esta se opone a la propia inclinación. Se trata de una idea bastante difundida y, efectivamente, de origen voluntarista.

    En definitiva, la virtud consistiría en la capacidad de ir contra la corriente de las propias inclinaciones cuando la norma moral así lo requiere. Naturalmente, hay algo de verdad en esto, pero se trata de algo incompleto que transforma las virtudes en cualidades frías, que llevarían a la negación práctica de las propias inclinaciones, intereses y afectos y que, sin querer, acaban convirtiendo la indiferencia en un ideal: como si la vida interior y la entrega consistieran en llegar a no sentirse atraído por nada que pudiera obstaculizar las propias decisiones futuras.

    Plantear la formación de este modo, impediría llegar a la persona en su integridad: inteligencia, voluntad y afectos no estarían creciendo juntos, llevándose de la mano, ayudándose mutuamente, sino que alguna de esas facultades estaría aplastando a alguna de las otras. El desarrollo de la vida interior, en cambio, requiere esa integración y, desde luego, no lleva a empequeñecerse, a perder intereses y afectos; no tiene como objetivo que no nos afecten las cosas, que no nos importe lo importante, no nos duela lo doloroso, no nos preocupe lo preocupante o no nos atraiga lo atractivo.

    Al contrario, conduce a expandir el corazón, que se llena de un amor grande, desde el que mira a todos esos sentimientos y consigue, por eso, verlos en un contexto más amplio que da recursos para afrontar aquellos que plantean una dificultad, y ayuda a captar el sentido positivo y trascendente de los que resultan agradables.

    El Evangelio nos muestra el interés sincero del Señor por el descanso de los suyos: «venid vosotros solos a un lugar apartado y descansad un poco» (Mc 6,31), o también la reacción de su corazón ante el sufrimiento de sus amigos, como Marta y María (cfr. Jn 11,1-44). No podemos imaginar que en esos momentos Jesucristo estuviera actuando, como si, en el fondo, por su unión con su Padre, lo que sucedía a su alrededor le resultara indiferente. San Josemaría hablaba de amar al mundo y de hacerlo apasionadamente, impulsaba a poner el corazón en Dios y, por Él, en los demás, en el trabajo que nos ocupa, en la labor apostólica, porque «el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una materia inerte».

    La disponibilidad, por ejemplo, no es la disposición de aquél a quien le es indiferente una cosa que otra, porque ha conseguido perder todo interés, quizá para evitar sufrir cuando se le pida algo que le contraría; sino la disposición grandiosa de quien sabe prescindir en un momento de algo bueno y atractivo para concentrarse en otra cosa en la que Dios le espera, porque vivir para Dios es lo que profundamente desea. Se trata de alguien, en definitiva, con corazón grande, con intereses, con ambiciones buenas que sabe superar cuando conviene, no porque las niegue o porque intente que no le afecten, sino porque su interés en amar y servir a Dios es mucho más grande aún. Y no sólo es más grande, sino que es −se ha ido convirtiendo en− lo que da sentido y contiene en sí todos los otros intereses.

    Gozar con la práctica de las virtudes

    La formación de las virtudes requiere lucha, vencer la propia inclinación cuando se opone a los actos buenos. Esta es la parte de verdad que contiene el concepto reductivo –voluntarista– de virtud, al que nos referíamos antes. Pero la virtud no consiste en esa capacidad de oponerse a la inclinación, sino más bien en la formación de la inclinación. El objetivo no es, pues, ser capaces de dejar habitualmente a un lado la afectividad para poder guiarse por una regla externa, sino más bien formar la afectividad de modo que seamos capaces de gozar en el bien realizado. La virtud consiste precisamente en ese gozo en el bien, en la formación –digámoslo así– del buen gusto: «[Dichoso el hombre] que se complace en la Ley del Señor, y noche y día medita su Ley» (Sal 1,2) En definitiva, la virtud es la formación de la afectividad y no el hábito de oponerse sistemáticamente a ella.

    Mientras la virtud no está formada, la afectividad puede plantear una resistencia al acto bueno, que habrá que vencer. Pero el objetivo no es simplemente conseguir vencerla, sino más bien desarrollar el gusto por ese comportamiento. Cuando se posee la virtud, el acto bueno puede seguir costando, pero se hace con alegría. Pongamos algún ejemplo. Levantarnos puntualmente por la mañana −el minuto heroico− probablemente nos cueste siempre: quizá no llegará el día en que al sonar el despertador no nos apetezca permanecer un rato más en la cama.

    Pero si nos esforzamos habitualmente en vencer la pereza por amor a Dios, llega el momento en que hacerlo nos alegra, mientras que ceder a la comodidad nos desagrada, nos deja un mal sabor de boca. Paralelamente, a una persona justa, llevarse un producto del supermercado sin pagar, no sólo le resultaría prohibido, sino también feo, desagradable, discordante con sus disposiciones, con su corazón. Esta configuración de la afectividad que genera esa alegría ante el bien y ese disgusto ante el mal, no es una consecuencia colateral de la virtud, sino que es un componente esencial de ella. Por eso la virtud nos hace capaces de disfrutar del bien.

    No es esta una idea meramente teórica. Al contrario, tiene una gran incidencia práctica saber que cuando luchamos no estamos acostumbrándonos a fastidiarnos, sino aprendiendo a disfrutar del bien, aunque de momento eso exija ir contra corriente.

    La formación de las virtudes hace que las facultades y los afectos aprendan a centrarse en lo que verdaderamente puede satisfacer las aspiraciones más profundas, y otorguen lugares secundarios −siempre subordinados a los principales− a lo que simplemente está en el orden de los medios. En última instancia, formarse en las virtudes es aprender a ser feliz, a gozar de y con lo grandioso, es, en definitiva, prepararse para el Cielo.

    Una afectividad ordenada ayuda a actuar bien. Del mismo modo, actuar bien nos ayuda a ordenar la afectividad.

    Si formarse es crecer en virtudes y las virtudes consisten en un cierto orden en los afectos, se puede concluir que toda formación es formación de la afectividad. Quizá, al leer esto, alguien podría objetar que, en el esfuerzo por adquirir virtudes, su intento era más operativo que afectivo, e incluso añadir que llamamos virtudes a unos hábitos operativos. Es verdad. Pero si las virtudes nos ayudan a hacer el bien es porque nos ayudan a sentir correctamente. El ser humano siempre se mueve hacia el bien. El problema moral es, en última instancia, por qué lo que no es bueno, se nos aparece –se presenta a nuestros ojos– como bueno en una situación concreta.

    Que esto suceda se debe a que el desorden de las tendencias lleva a exagerar el valor del bien al que se dirige alguna de ellas, de modo que se considera más deseable en esa situación que otro bien con el que ha entrado en conflicto, que, sin embargo, posee mayor valor objetivo porque responde al bien global de la persona. Por ejemplo: en una cierta situación podemos encontrarnos ante la tesitura de decir o no la verdad. La tendencia natural que tenemos a la verdad, nos la presentará como un bien. Pero también tenemos una tendencia natural al aprecio de los demás que, en ese caso concreto, si nos parece que la verdad nos haría quedar mal, nos presentará la mentira como conveniente. Esas dos tendencias entran en conflicto.

    ¿Cuál de ellas prevalecerá? Dependerá de cuál de los dos bienes es más importante para nosotros y en esta valoración la afectividad juega un papel decisivo. Si está bien ordenada, ayudará a la razón a percibir que la verdad es muy valiosa y que el aprecio de los demás no es deseable si exige renunciar a ella. Ese amor a la verdad por encima de otros bienes que también nos atraen, es precisamente lo que denominamos sinceridad. Pero si el afán por quedar bien es más fuerte que la atracción de la verdad, es fácil que la razón se engañe, y aun sabiendo que eso no es bueno, juzgue conveniente mentir. Aunque sepamos perfectamente que no se debe mentir, consideramos que en este caso nos conviene hacerlo.

    La afectividad ordenada ayuda a hacer el bien porque ayuda antes a percibirlo. Interesa mucho formarla. ¿Cómo conseguirlo? Ahora nos limitaremos a señalar algo que conviene saber antes de afrontar ese tema.

    La voluntad y los sentimientos

    Acabamos de afirmar que una afectividad ordenada ayuda a actuar bien. Lo mismo se puede decir en el sentido contrario: actuar bien nos ayuda a ordenar la afectividad.

    Sabemos por experiencia −y conviene no olvidarlo si no queremos caer fácilmente en frustraciones y desánimos− que no podemos controlar directamente nuestros sentimientos: si nos envuelve el desánimo, no podemos resolver el problema decidiendo sin más sentirnos alegres. Lo mismo sucede si queremos en un cierto momento sentirnos más audaces, o menos tímidos, o si deseamos no tener miedo o vergüenza, o no sentir la atracción sensible de algo que juzgamos desordenado.

    Otras veces, quizá desearíamos tratar con soltura a una persona ante la que sentimos un cierto rechazo involuntario por razones que reconocemos nimias, pero no conseguimos superar y nos damos cuenta de que proponerse sin más tratarla con sencillez no resuelve la dificultad. En definitiva, no basta una decisión voluntaria para que los sentimientos se ajusten a nuestros deseos. Sin embargo, que la voluntad no controle directamente los sentimientos no significa que no tenga ningún influjo sobre ellos.

    En ética, el control que la voluntad puede ejercer sobre los sentimientos se califica de político, porque es semejante al que un gobernante tiene sobre las decisiones de sus súbditos: no puede controlarlas directamente, ya que ellos son libres; pero puede tomar ciertas medidas −por ejemplo, disminuir los impuestos− esperando que produzcan ciertos resultados −por ejemplo, un aumento del consumo o de la inversión− a través de la voluntad libre de los ciudadanos.

    También nosotros podemos realizar ciertos actos que esperamos que susciten unos sentimientos concretos: podemos detenernos a considerar el bien que hará una labor apostólica para la que buscamos ayuda, como medio para sentirnos más audaces al solicitar un donativo para su puesta en marcha. Podemos considerar nuestra filiación divina esperando también que nos afecte menos a nivel sensible un revés profesional. También sabemos que ingerir una cierta dosis de alcohol puede provocar un estado transitorio de euforia; y que si voluntariamente damos vueltas en nuestra cabeza a un mal trato recibido, provocaremos reacciones de ira. Estos serían algunos ejemplos del influjo, siempre indirecto, que la voluntad puede ejercer a corto plazo sobre los sentimientos.

    Mucho más importante, sin embargo, es el influjo que la voluntad ejerce a largo plazo sobre la afectividad, porque es precisamente ese influjo lo que le permite darle forma, formarla. Al reflexionar sobre ese proceso se percibe claramente que la persona es una y que la formación sólo logra su objetivo si alcanza a la inteligencia, a la voluntad, a los afectos.

    Julio Diéguez

    Fuente: opusdei.org.
    Juan Ramón Domínguez Palacios / http://enlacumbre2028.blogspot.com.

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    CINE

    4 claves sobre el sentido de la vida ocultas en Toy Story 4
    TOY STORY 4
    Disney Pixar

    Paul Asay | Jun 28, 2019
    La nueva película de Pixar es otra historia con mensajes para toda la familia

    Toy Story fue un punto de inflexión.

    Antes del estreno de la original Toy Story de Pixar en 1995, los dibujos y la animación eran para niños. En el mejor de los casos, podían ser preciosos e intensos e incluso enseñar algunas lecciones buenas. ¡Eres hermoso tal y como eres!, decían. ¡Puedes hacer lo que te propongas!

    Sin embargo, Toy Story cogió esos esquemas y les dio un giro de tuerca para aportar más peso y complejidad. ¿Y si yo no me siento hermoso? , planteaba la película original. ¿Qué pasa cuando conoces a alguien que te hace sentir feo y celoso, como cuando Woody conoció a Buzz? ¿Y si no puedes hacer todo lo que te propongas, como cuando Buzz se dio cuenta de que no podía volar realmente?

    Estos temas hicieron que los adultos se ajustaran mejor en sus asientos y escucharan con más atención. Claro está, a los niños les encantaban Woody y Buzz. Aprendían igualmente grandes lecciones sobre la amistad y el sacrificio. Pero no nos equivoquemos: esta película también se hizo para las mamás y los papás.

    Desde entonces, Pixar (ahora oficialmente un ala del castillo corporativo de Disney) ha estrenado un montón de películas, la mayoría éxitos comerciales y de crítica, y la capacidad narrativa del estudio ha crecido en sofisticación con el tiempo. Toy Story 4 quizás no sea la mejor entrega de Toy Story, según algunos, pero sin duda es la más ambiciosa narrativamente y reparte píldoras de moralejas que otras películas más precavidas ni siquiera osarían abordar.

    Lo curioso es que la mayor parte de la narración gira en torno al concepto de propósito. Echemos un vistazo a cuatro de esas lecciones…

    La dificultad del cambio
    A todo el mundo le resulta duro el cambio. Y cuando a Bonnie —la niñita propietaria de Woody, Buzz y la pandilla actual— le toca ir al colegio, la pobre actúa como si la hubieran enviado al frente de batalla. Le aterroriza ir a una nueva escuela con nuevas personas. Así que, a pesar de las órdenes de la escuela de no traer ningún juguete a clase, Woody se infiltra en la mochila de Bonnie. Le podría venir bien un amigo, piensa Woody. Y tiene razón.

    Pero Woody tiene otro motivo. Lo cierto es que su vida está cambiando también y esta buena acción es, en cierto modo, un poco egoísta: es una forma de reintegrarse en el universo de juguetes favoritos de Bonnie.

    A estas alturas, Woody es solo un recurso casual en el mundo de Bonnie, confinado al armario más tiempo del que quisiera. Y cuando Woody habla de su sino, nosotros escuchamos ecos de nuestras propias dificultades con los cambios. A veces suena como un padre con síndrome del nido vacío cuyos hijos ya parecen no necesitarle. A veces suena como un viejo caballo de tiro empresarial adelantado por los nuevos entornos tecnológicos.

    Como espectadores, podemos ver que el propósito que Woody asimiló durante tanto tiempo —su vocación, por así decirlo— ha cambiado. Creo que a veces todos nosotros tenemos dificultades con los cambios en el trabajo o en el hogar, pero nos cuesta especialmente cuando sentimos que nuestra vocación —aquello que sentimos que es por lo que nos hizo Dios, el propósito que nos esforzamos por cumplir— parece irrelevante. Y cuando eso sucede, nos sentimos irrelevantes.

    El camino de Woody hacia la redención no es fácil y adentrarnos en ese camino nos llevaría a unos spoilers en los que no me quiero meter. Sin embargo, nos enseña que incluso cuando nuestro propósito deja de ser el que una vez fuera (o el que imaginábamos que era), todavía podemos encontrar sentido a nuestras vidas. Solamente, quizás, tengamos que mirar en lugares inesperados para encontrarlo.

    El misterio de la creación
    En la escuela, Woody permanece escondido. Pero cuando Bonnie parece estar en su momento más bajo, Woody se escapa sigilosamente de la mochila, se sumerge en una papelera y encuentra… bueno, un puñado de basura: limpiapipas, algunas ceras de colores, un viejo tenedor-cuchara de plástico… Bonnie se entusiasma al ver todo estos materiales y se pone manos a la obra, hasta que crea un nuevo compañero de juegos: Forky. Pero a Forky no le gusta su nueva situación ni un pelo.

    En otro lugar entré con gran detalle en este asunto, pero, básicamente, Forky está turbado por su recién descubierta consciencia. Quiere ser, literalmente, basura. Volver a la papelera que es su origen. Él también tiene problemas con el sentido de su propósito. Finalmente, Woody le ayuda a encontrar un propósito. El de amar a Bonnie —amar a su creador, digamos— y recibir también su amor.

    En palabras sencillas, ese es también nuestro propósito: amar y ser amados por el Dios que nos creó. Y aun así, esa respuesta apenas roza la belleza y el misterio de la creación. Aún quedan muchas otras preguntas que apuntan a la belleza y al misterio del porqué de nuestras vidas. Amar y ser amados suena a tarea en un plan empresarial, mientras que nuestras vidas son novelas en expansión o poemas épicos. Y, de forma reveladora, los hacedores reconocen el misterio de la creación en las ultimísimas líneas de la película.

    La belleza de la imperfección
    Después de huir incontables veces hacia la basura, Forki por fin logra aceptar su nueva vida como juguete querido. Entiende su propósito. Gabby Gabby —la muñeca de anticuario que es la principal antagonista de la película— entiende cuál debería ser su propósito también. A diferencia de Forky, ella sabe que es un juguete. Sabe que debería estar aportando a los niños amor y alegría. Es lo que desea por encima de todo.

    Pero Gabby Gabby se desespera en su incapacidad para lograrlo: el mecanismo de su voz está roto. Así fue desde el momento de su creación. Y debido a ese defecto, Gabby Gabby se siente incapaz de ser amada y haría lo que fuera —cualquier cosa— por sentirse “apta” de nuevo.

    Presenta un fuerte contraste con la situación de Forky, quien, después de todo, es técnicamente un mero montón de basura recompuesta. A través de estos dos personajes nuevos recordamos algo verdaderamente importante: no somos dignos de amor por ser perfectos. Somos dignos de amor por ser… nosotros.

    La importancia de servir a los demás
    La vida de un juguete es, en definitiva, una vida de servidumbre. Todas las películas de Toy Story regresan sobre este tema básico una vez y otra. Woody y Buzz viven y trabajan por sus niños. Pero, como todos sabemos, los niños terminan por pasar página. Maduran y dejan de amar y necesitar sus cosas favoritas. ¿Qué pasa entonces?

    En un flashback, vemos que Bo Peep, una lámpara de porcelana que durante años dio consuelo a Andy y a su hermanita Molly, fue empaquetada y donada. Mucho tiempo después, encontramos a una Bo Peep muy diferente en la calle, una aventurera todoterreno que enseña que la vida existe más allá de la puerta del dormitorio de un niño.

    Ya ni siquiera añora realmente el amor de los niños. No lo admite, al menos. Pero aun así, ella, Woody y un grupo de nuevos amigos colaboran para emparejar juguetes hambrientos de amor con niños, cumpliendo indirectamente su vocación central.

    Una vez más, Toy Story enfatiza que el propósito —nuestro propósito real dado por Dios— se encuentra en servir a los demás. En nuestra vida todos tenemos oportunidades en las que servir al prójimo: en casa, en el trabajo, como voluntarios, incluso en mitad de la calle.

    A veces nuestra capacidad para servir cambia. A veces difiere de lo que queríamos o soñábamos que fuera. Pero la oportunidad siempre está ahí. Y cuando nos hacemos humildes para servir, encontramos que cumplimos el propósito para el que nos diseñó Dios.

    Los temas y las lecciones que aborda la película no se detienen aquí necesariamente. Sí, Toy Story 4 es una historia entretenida, divertida y encantadora tanto para niños como para sus padres. Sin embargo, si escarbas un poco más hondo, quizás encuentres algunos tesoros que se aferrarán a tu corazón mucho después de que terminen los créditos.

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  6. 28 de junio de 2019 12:59 am

    Hoy es la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes

    Redacción ACI Prensa

    En la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, la Iglesia también celebra la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes, convocada por el Santo Padre a través de la Congregación para el Clero.

    “Pidamos también sacerdotes santos, formados ‘según el Sagrado Corazón de Cristo’”, decía San Juan Pablo II, quien estableció que esta jornada de oración se realice en el día del Corazón de Jesús.

    Oración por la Santificación de los Sacerdotes (de Santa Teresita del Niño Jesús)

    Oh Jesús que has instituido el sacerdocio para continuar en la tierra
    la obra divina de salvar a las almas
    protege a tus sacerdotes (especialmente a: …………..)
    en el refugio de tu SAGRADO CORAZÓN.
    Guarda sin mancha sus MANOS CONSAGRADAS,
    que a diario tocan tu SAGRADO CUERPO,
    y conserva puros sus labios teñidos con tu PRECIOSA SANGRE.
    Haz que se preserven puros sus Corazones,
    marcados con el sello sublime del SACERDOCIO,
    y no permitas que el espíritu del mundo los contamine.
    Aumenta el número de tus apóstoles,
    y que tu Santo Amor los proteja de todo peligro.
    Bendice Sus trabajos y fatigas,
    y que como fruto de Su apostolado obtenga la salvación de muchas almas
    que sean su consuelo aquí en la tierra y su corona eterna en el Cielo. Amén.

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  7. Como todos los días el papa Francisco no predica una homilía en santa Marta hemos pensado enviar unas palabras suyas los días que quedan en blanco. Los días con homilía la colocaremos en la web y la enviaremos a los suscriptores.

    Palabras del Papa Francisco
    Viernes, 28 de junio de 2019

    Es bueno, en este día de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, recordar el fundamento de nuestra misión. Se trata de una misión de compasión por el mundo, podríamos decir un “camino del corazón”, un itinerario orante que transforma la vida de las personas. El Corazón de Cristo es tan grande que desea acogernos a todos en la revolución de la ternura. La cercanía al Corazón del Señor pide a nuestro corazón acercarse con amor al hermano, y ayuda a entrar en esa compasión por el mundo. Estamos llamados a ser testigos y mensajeros de la misericordia de Dios, para ofrecer al mundo una perspectiva de luz donde hay tinieblas, de esperanza donde reina la desesperación, de salvación donde abunda el pecado. Entrar en oración es entrar con mi corazón en el Corazón de Jesús, hacer una senda dentro del Corazón de Jesús —lo que Jesús siente, los sentimientos de compasión de Jesús—, y también hacer un viaje dentro de mi corazón para cambiarlo en ese trato con el Corazón de Jesús.

    Tomado del Discurso del Santo Padre al Encuentro Internacional de la Red Mundial de
    Oración del Papa (Apostolado de la Oración) en el 175º aniversario

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