La puerta del corazón se abre desde dentro

Un hombre había pintado un bonito cuadro. El día de la presentación al público, asistieron las autoridades locales, fotógrafos, periodistas, y mucha gente, pues se trataba de un famoso y reconocido artista. Llegado el momento, se tiró el paño que revelaba el cuadro. Hubo un caluroso aplauso. Era una impresionante figura de Jesús tocando suavemente la puerta de una casa. Jesús parecía vivo. Con el oído junto a la puerta, parecía querer oír si dentro de la casa alguien le respondía. Hubo discursos y elogios. Todos admiraban aquella preciosa obra de arte. Un observador muy curioso, encontró un fallo en el cuadro. La puerta no tenía cerradura. Y fue a preguntar al artista: “Su puerta no tiene cerradura. ¿Cómo se hace para abrirla?”. El pintor respondió: “No tiene cerradura porque esa es la puerta del corazón del hombre. Sólo se abre por el lado de adentro”.

Es verdad que enocasiones en que se presentan circunstancias externas objetivas que nos oprimen, y que queremos y debemos procurar cambiar, pero hay otras ocasiones en que nos engañamos y echamos la culpa a lo que nos rodea cuando el problema (y la solución) están dentro de nosotros. Es nuestro corazón quien está prisionero de sus egoísmos y sus miedos, el que debe cambiar, el que debe afrontar la dureza de la vida, el que debe conquistar su libertad interior y no consentirse huir de la realidad para refugiarse en la fantasía o en el victimismo.

Una de las paradojas de la libertad interior es –en expresión de Jacques Philippe– que ser libre es también aceptar lo que no se ha elegido. El hombre manifiesta la grandeza de su libertad cuando transforma la realidad, pero también cuando sabe aceptar la realidad que día tras día le viene dada. Aceptar las limitaciones personales, la propia fragilidad, las situaciones y frustraciones que la vida nos impone, son modos de hacer crecer nuestra propia libertad interior, pues en ese ámbito personal podemos llegar a ser mucho más dueños de nuestras reacciones, y por tanto más libres.

Cuanto más dependamos de sentirnos listos o poderosos o atractivos, como ese gran genio de la televisión, o como ese multimillonario de moda, o como la última top-model del momento, más difícil nos resultará esa necesaria aceptación distendida de nuestra realidad, que ha de ir unida a una firme determinación de mejorarla. La verdadera libertad interior tiene mucho que ver con superar las numerosas “creencias limitadoras” que puedan haberse instalado en nuestra mente (jamás saldré de esto, no valgo para aquello, siempre seré así, soy incapaz de hacer tal cosa…), que no son aceptación de nuestra limitación sino más bien fruto de nuestras heridas, de nuestros temores y de nuestra falta de confianza en nosotros mismos.

Yo soy el camino, la verdad y la vida…

Cuando nos escondemos en refugios virtuales para eludir la realidad que nos cuesta afrontar, nos estamos engañando. La libertad está indefectiblemente ligada a la verdad. Por eso hay que perder el miedo a ponerse cara a cara frente a la verdad y aceptar sus mensajes y sus envites, siempre perceptibles en el corazón del hombre que la desea y la busca… No tengas miedo y ¡déjale entrar!

2 comentarios sobre “La puerta del corazón se abre desde dentro

  1. Hola. me pongo a pensar…y reflexionando hay otro término que quizás sea más equitativo,paradójico a los ojos comunes, profundos a los del alma… el de “ofrecer”…..(al cielo, al Universo, al Amor, llámalo como desees…) y como bien dices, no es resignar. Uno ofrece por “caridad”, aquello que no puede cambiar, pero, cuidado!, no significa dejar de intentar “transformar” lo que sí podemos, porque justamente hace honor a nuestra libertad.
    y me llama la atención sabes por qué?, pues lo que se expone es en la práctica, encontrar la oblación del sacrificio. Dicen los que saben que solo personas con alma especial y humildad pueden, porque pudiendo no hacerlo, lo “elijen”, porque así les dicta el ♥.
    Somos libres de vivir aquello que deseamos, y optar el cómo…. pero magnánimo es más, quien inmolando el propio ego, la soberbia, el ser auto-suficiente, busca el bien propio, sin despreciar el bien común.
    Es todo un tema para charlar largo y tendido, pues tiene sutiles niveles de interpretación y cualquier postura extrema, puede ser errónea.
    Ojalá haya podido expresar lo que intento… sino es así… gracias por leerlo.

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  2. Romano Guardini: la aceptación de sí mismo

    La vuelta a la vida ordinaria es para mí la vuelta a la vida académica y uno de los elementos que la compone es este blog. Así que, aquí estamos de nuevo. El tema que quisiera abordar las próximas semanas es el papel de la creación, como ya anunciamos, en el pensamiento de Romano Guardini. Voy a empezar por un ensayo muy querido para mí que lleva por título La aceptación de sí mismo (Lumen, Buenos Aires, 1960).

    Quisiera empezar con una intuición personal que se podría expresar con la siguiente afirmación: El hombre de hoy no está en paz consigo mismo. Hay una una rebeldía que no consiste ciertamente en un legítimo deseo de superación personal, es decir, en responder de la mejor forma posible a la vocación a la que uno se siente llamado en lo personal, en lo familiar o en lo profesional . Se trata más bien de una rebeldía que se origina en el individuo al no aceptarse a sí mismo. El occidental del siglo XXI, es una opinión personal, no quiere ser lo que es. Pero ¿qué significa aceptarse a sí mismo?

    Intentemos responder a este interrogante yendo a las raíces. Aceptarse a sí mismo significa en primer lugar reconocer que yo no he decidido existir sino que me he encontrado existiendo. Que esta decisión por mi existencia no se encuentra ni siquiera en mis padres, pues ellos no me pensaron ni me diseñaron, no determinaron mi personalidad ni corporalidad, sino que se dispusieron generosamente a recibir una existencia que les fue confiada a su responsabilidad. No sabían de mí, fueron descubriendo quien era a la par que crecía junto a ellos. Aceptarse a sí mismo significa pues “(…) que en el inicio de mi existencia hay una iniciativa, alguien que me ha dado a mí” (La aceptación de sí mismo, 20) . Esta decisión por mi existencia no es genérica, como un individuo más de la especie humana, ” (…) sino como este hombre: perteneciendo a este pueblo, a este tiempo, a este tipo y a estas condiciones. Hasta esas últimas determinaciones que no existen en absoluto más que una vez, esto es, en mí: esa última peculiaridad que hace que me vuelva a reconocer a mí mismo en todo lo que hago, y que se expresa en mi nombre” (La aceptación de sí mismo, 20). Alguien, más allá de la voluntad de mis progenitores, ha querido que existiera yo aquí en este lugar, y ahora, en este tiempo.

    Aceptar esto no es fácil. En otro momento nos detendremos en el rechazo cultural y filosófico ante esta concepción. Bastenos señalar ahora que la aceptación de sí mismo resulta problemática por supone un deber, una tarea: “debo querer ser yo realmente, y sólo yo. Debeo ponerme en mi yo, tal como es, asumiendo la tarea que con eso me está propuesta en el mundo” (La aceptación de sí mismo, 20). Esta es la primera vocación, es decir, aceptar e intentar realizar todo aquello que estoy llamado a ser aquí y ahora. Cuando al inicio de esta entrada decía que el hombre de hoy no está en paz quería signifcar que huye de sí mismo, que intenta evadirse de su realidad, y no sólo la circunstancial, sino de sí en cuanto tal, de su finitud y de sus límites, que quiere re-crearse, re-invertarse cuando quizás debiera recibirse.

    Jean Paul Sartre

    El existencialimo filosófico del siglo XX ha afrontado este problema antropológico subrayando de alguna manera la finitud de la existencia humana. Ha afirmado que la muerte la amenaza con la nada. De esta conciencia surge la angustia de la que dice Guardini lo siguiente: “La filosofía de las últimas décadas ve en ella (la angustia) la autopercepción del ser finito en cuanto tal, que se siente acosado por la nada. Es inseparable de la conciencia de ser, más aún, idéntica con ella; ser significa estar en la angustia” (La aceptación de sí mismo, 28). Todo esto nos recuerda al pensamiento de Martín Heidegger y a los escritos de Jean Paul Sartre. En la estela de estos filósofos Albert Camus en El mito de Sísifo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. Sin embargo esta finitud puede ser aceptada y vivida de otro modo: desde la fe. Y desde esa actitud escribe Guardini en relación al suicidio: “La auténtica valentía significa saber que se está puesto en un lugar, no por el pequeño o gran jefe de cada caso, sino por el Señor de la vida, Dios; y por eso no cabe apartarse hasta que El mismo le llama a uno a retirarse. Esto es lo que empieza a dar su seriedad a toda acción y riesgo” (La aceptación de sí mismo, 21).

    Hay que terminar, en un blog uno no puede extenderse tanto. Cuanto quería decir es que aceptarse a sí mismo es aceptarse como creatura de Dios:

    “(…) darse cuenta religiosamente de que mi principio está en Dios. Digámoslo mejor: en la voluntad de Dios, dirigida hacia mí, de que he de ser, y ser el que soy. Y a su vez, la piedad significa recibirse constantemente desde esa voluntad de Dios. Ese es el principio y fin de toda sabiduría. La fidelidad a lo real. La limpieza y decision de ser uno mismo, y por tanto, la raíz del carácter. La valentía que se sitúa ante la existencia y precisamente así se alegra de esta existencia. Es bueno volver siempre a tomar nueva conciencia de esa Carta Magna del existir” (La aceptación de sí mismo, 27).

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