Las buenas relaciones personales nos hacen más felices y con mejor salud

Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando. No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad. Pensé que debía adentrarme en el misterio de tantas personas que quizá no nos buscan como el señor del hilillo, pero nos necesitan.

Nos cuenta Alfonso Aguiló que “The Grant Study” es parte de un gran estudio de investigación longitudinal desarrollado a lo largo de más de ochenta años por la Harvard Medical School. Comenzó en 1938 con un grupo de 268 universitarios de segundo año y otro grupo de 456 jóvenes procedentes de los distritos más desfavorecidos de Boston. Durante décadas todos fueron evaluados al menos cada dos años sobre su trabajo, su vida familiar y su salud física y mental. El objetivo era identificar predictores de envejecimiento saludable.

El primer investigador fue George Vaillant, que publicó un primer libro cuando esos dos grupos de personas tenían ya 47 años de edad, y un segundo libro cuando llegaron a los 70 años. Actualmente, ese estudio sigue adelante bajo la dirección del Robert Waldinger, que ha ampliado su investigación a los más de 2.000 hijos que tuvieron esas personas.

Muy pocos estudios se han realizado a lo largo de tanto tiempo, con tanta constancia en los cuestionarios, entrevistas y análisis médicos, indagando en su salud y sus sentimientos de felicidad y satisfacción personal, intentando saber qué es lo que nos mantiene sanos y felices conforme avanzamos en la vida.

¿Qué se ha podido aprender después de tan extensa e intensa investigación? Robert Waldinger lo resume en una famosa TED Talk con más de 27 millones de visualizaciones y traducida a 45 idiomas. “Si tuviéramos que invertir ahora en lo mejor para nuestro futuro, ¿dónde habría que poner nuestro tiempo y energía?”, se pregunta. La respuesta no parece tener relación con el dinero, la fama o trabajar mucho. La conclusión más clara de todos esos años de estudio es bastante sencilla: las buenas relaciones personales nos hacen más felices y con mejor salud.

Las relaciones humanas nos hacen bien y la soledad nos mata. Las personas con más vínculos con familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos… son más felices, más sanas y viven más. En cambio, las personas que están más aisladas se sienten menos felices, tienen peor salud, sus funciones cerebrales decaen antes y viven menos años. O sea, que la soledad es bastante tóxica, y lo malo es que, por ejemplo, en USA ya más de 1 de cada 5 personas viven solas.

Lógicamente, la clave no es solo el número de vínculos sino su calidad. Vivir en un entorno de buenas y cálidas relaciones resulta decisivo para la salud emocional, y también a largo plazo para la salud física. Cuando el grupo de personas del estudio llegaron a los ochenta y tantos años, los investigadores analizaron cómo fue su mediana edad, para ver si podía predecirse quién se convertiría en un octogenario feliz y saludable y quién no. Y no fueron los niveles de colesterol de la mediana edad los que predijeron cómo envejecerían. Fue sobre todo el grado de satisfacción que tenían en sus relaciones. Las personas más satisfechas en sus relaciones a los cincuenta años fueron las de mejor salud a los ochenta. Las relaciones cercanas parecen amortiguar bastantes achaques de nuestro envejecer, y además permiten sobrellevarlos mucho mejor.

Decir que las buenas relaciones personales son buenas para la salud y el bienestar, parece una obviedad. Pero, siendo tan obvio, ¿por qué es tan difícil de lograr y tan fácil de ignorar? Quizá porque no siempre son sencillas, porque cuidar a la familia y a los amigos no siempre es atractivo ni glamuroso, porque hace falta ser muy constante, porque hay que superar la propia comodidad.

Cuando esas personas eran adultos jóvenes creían que lo fundamental era el dinero, la fama y los logros profesionales, pero con el tiempo vieron que no era así. Por ejemplo, las personas más felices en la última etapa del estudio fueron las que al jubilarse supieron reemplazar compañeros de trabajo por nuevos compañeros de ocio.

Escuchamos constantemente que hay que trabajar mucho, que debemos esforzarnos más para lograr más. Pero quizá también debemos esforzarnos en tener más cercanía con las personas, recuperar amistades, dedicar tiempo a amigos y parientes, aprender a gestionar mejor los conflictos que hay en cualquier familia o ambiente profesional, y a olvidar los rencores. Todo eso es sabiduría práctica ancestral sobre cómo construir una vida larga y plena. Autor Alfonso Aguiló


6 comentarios sobre “Las buenas relaciones personales nos hacen más felices y con mejor salud

  1. ¿Qué nos mantiene saludables y felices? ¿Cuál es la receta para vivir más y con mejor calidad de vida? Poco podemos hacer, de momento, sobre el fuerte componente genético que condiciona este asunto, quizá en más de un 60%. Pero podemos actuar sobre el porcentaje restante. En una reciente encuesta realizada a individuos de la generación denominada “millennial” (nacidos entre 1981 y 1995), se les preguntó cuáles eran sus objetivos principales en la vida. El 80% respondió que hacerse rico. Otro porcentaje importante mencionó entre sus prioridades hacerse famoso y en cuanto a trabajar duro y hacerse a sí mismos, poco a poco…

    Los que vamos estando rodados sabemos que se equivocan, pero ¿cómo convencer a tan abultada cohorte de su error? Para argumentar en contra de una encuesta tan desasosegadora, habría que tener informes científicos que mostraran el nefasto resultado de poner estos y otros objetivos como principales en la vida. Necesitaríamos disponer de datos que estudiaran trayectorias vitales completas. En general, lo que sabemos sobre la vida humana lo sabemos de lo que le pedimos a la gente que nos cuente sobre su pasado. Pero la mayoría de lo que nos pasa en la vida lo olvidamos y, además, la memoria es muy creativa y selectiva en sus recuerdos. Si fuéramos capaces de observar vidas enteras, si pudiéramos estudiar personas desde que son muy jóvenes hasta que llegan al final de su vida, podríamos saber mejor qué es lo que les mantiene saludables y felices.

    Si fuéramos capaces de observar vidas enteras, si pudiéramos estudiar personas desde que son muy jóvenes hasta que llegan al final de su vida, podríamos saber mejor qué es lo que les mantiene saludables y felices

    Tal estudio existe y constituye uno de los proyectos científicos de más largo plazo que se han hecho jamás. Se trata del estudio sobre vida adulta realizado por la Universidad de Harvard. En los años 30 del siglo pasado, se reclutó a 724 hombres pertenecientes a dos grupos: por un lado, estudiantes de segundo curso de la Universidad de Harvard llamados a ser la élite de la sociedad y los futuros dirigentes del mundo; por otro, un grupo el doble de numeroso de chicos de los barrios bajos de Boston, pertenecientes a familias desestructuradas y sin recursos. Durante 75 años, se ha seguido la vida de estos hombres año tras año. Se les ha preguntado por su trabajo y su vida privada. Se han recogido todo tipo de datos sobre su salud. Los proyectos de este tipo, como mucho, duran una década, porque los investigadores se van o se jubilan y nadie sigue con ello. En este caso, varias generaciones de investigadores han conseguido que este estudio sobreviva y, además, no se han buscado titulares impactantes como resultado. Actualmente, 60 de los 724 hombres iniciales siguen vivos, todos con más de 90 años. El estudio sigue con ellos y sus más de 2.000 hijos, capitaneado por Robert J. Waldinger, que es su cuarto director.

    La ciencia pone a prueba los límites mortales

    Esperanza de vida

    Según Nature, la edad máxima alcanzable por el ser humano se sitúa en torno a los 125 años. Ha aumentado el número de personas con 70, 80 y 90 años. Sin embargo, no ha subido la cifra de personas de más de 100 años desde la década de los 90.

    Los participantes en el estudio lucharon en la Segunda Guerra Mundial, luego regresaron, unos para trabajar en fábricas, como abogados y médicos, uno fue presidente de los Estados Unidos. Hubo quien cayó en el alcoholismo y quien tuvo enfermedades mentales, algunos subieron la escalera social desde lo más bajo hasta lo más alto y otros hicieron el mismo camino pero en dirección contraria. Por cierto, que el alcoholismo es citado como la más eficaz causa de destrucción personal. Los que proceden de Boston se preguntan por qué su vida sigue interesando, cosa que nunca preguntan los de Harvard… Después de tantos años recogiendo datos médicos y antropométricos, así como acerca del tejido social de cada participante, el estudio ha producido millones de páginas de resultados y algunas conclusiones generales. Se ha buscado especialmente obtener resultados acerca de la felicidad, la satisfacción y el bienestar de las personas.

    Y, después de todo el tiempo transcurrido, ¿qué conclusiones han sacado? Si el lector espera encontrar sorpresas absolutas, nuevos paradigmas de vida y conceptos que nunca antes escuchó, quizá se decepcione. Lo que el estudio ha determinado es de puro y mero sentido común. Son cosas que hemos escuchado toda nuestra vida, pero a las que no les viene mal un respaldo científico. La respuesta es: las relaciones humanas. Pero no vale cualquier relación humana. Se trata de hacer relaciones humanas de calidad.

    Los participantes en el estudio lucharon en la Segunda Guerra Mundial, luego regresaron, unos para trabajar en fábricas, como abogados y médicos, uno fue presidente de los Estados Unidos. Hubo quien cayó en el alcoholismo y quien tuvo enfermedades mentales

    No tiene que ver con el trabajo duro ni con la fama ni con el dinero. El principal mensaje que han aprendido es: las buenas relaciones humanas nos mantienen más felices y más sanos. Esta conclusión general se puede desgajar en tres grandes lecciones. En primer lugar, las conexiones sociales son muy buenas para todos y la soledad mata. Las personas que son más sociables están más conectadas a su familia, a sus amigos y eso les hace más felices, más sanos y viven mucho más que los más solitarios. La soledad es tóxica, la gente más aislada es menos feliz, su salud decae antes y sus funciones cerebrales también se deterioran antes. Sus vidas son más cortas y este mensaje nos llega cuando el número de personas que declaran reconocerse solitarias está en aumento, superando el veinte por ciento entre los americanos. La segunda lección es que esto no tiene que ver con la cantidad de gente que nos rodea, porque se puede sentir uno solitario en un matrimonio y se puede uno sentir solitario aunque tenga muchos amigos. Es la calidad de las relaciones humanas lo que importa. Un matrimonio permanentemente conflictivo puede ser perjudicial para la salud. Las personas que tienen buenas relaciones humanas dicen que en los días de mayor dolor físico sus buenas relaciones les hacen mantener el buen humor y ser capaces de sobrellevarlo. Las que las tienen malas dicen que el dolor se amplifica con un dolor emocional adicional.

    La tercera lección es que las buenas relaciones humanas no solo protegen nuestro cuerpo sino nuestro cerebro. Las personas con una relación de pareja satisfactoria, que se sienten unidas a otra persona en edades avanzadas, tienen en general mejor conservación de su memoria y capacidades cognitivas. Estadísticamente, la memoria de las personas solitarias decae antes. No se trata de que tengamos relaciones perfectas, sino simplemente saber que hay una persona con la que puedes contar.

    No tiene que ver con el trabajo duro ni con la fama ni con el dinero. El principal mensaje que han aprendido es: las buenas relaciones humanas nos mantienen más felices y más sanos

    Los resultados de este estudio no constituyen ideas ni complicadas ni nuevas. Pero en una sociedad cada vez más volcada en el individualismo, la vida sana y un egoísmo rampante, es bueno contar con datos plenamente científicos y con rigurosidad estadística como los que se desprenden del estudio de
    Harvard. Muchos participantes en el estudio cuando eran jóvenes también pensaban lo mismo que los millennials de ahora, pero con el tiempo los que fueron más sabios y depositaron sus esfuerzos
    en las relaciones humanas satisfactorias han llegado a ser ancianos más felices y sanos. Sería bueno
    que los que venimos detrás escarmentáramos en cabeza ajena y aprendiéramos de nuestros mayores.

    Me gusta

  2. Viernes de la semana 11 de tiempo ordinario; año impar

    Donde está tu corazón

    «No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el Cielo, donde ni polilla ni herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tinieblas, cuán grande será la oscuridad» (Mateo 6, 19-23)

    I. Nos aconseja el Señor que no amontonemos tesoros en la tierra, porque duran poco y son inseguros y frágiles: la polilla y la herrumbre los corroen, o bien los ladrones socavan y los roban. Por mucho que lográramos acumular durante una vida, no vale la pena. Ninguna cosa de la tierra merece que pongamos en ella el corazón de un modo absoluto. El corazón está hecho para Dios y, en Dios, para todas las cosas nobles de la tierra. A todos nos es muy útil preguntarnos con cierta frecuencia: ¿en qué tengo yo puesto el corazón?, ¿cuál es mi tesoro?, ¿en qué pienso de modo habitual?, ¿cuál es el centro de mis preocupaciones más íntimas?… ¿Es Dios, presente en el Sagrario quizá a poca distancia de donde vivo o de la oficina en la que trabajo? O, por el contrario, ¿son los negocios, el estudio, el trabajo, lo que ocupa el primer plano…, o los egoísmos insatisfechos, el afán de tener más? Muchos hombres y mujeres, si se respondieran con sinceridad, quizá encontrarían una respuesta muy dura: pienso en mí, sólo en mí, y en las cosas y personas en cuanto hacen referencia a mis propios intereses. Pero nosotros queremos tener puesto el corazón en Dios, en la misión que de Él hemos recibido, y en las personas y cosas por Dios. Jesús, con una sabiduría infinita, nos dice: Amontonad tesoros en el Cielo, donde ni la polilla ni la herrumbe corro en, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón.

    Nuestro corazón está puesto en el Señor, porque Él es el tesoro, de modo absoluto y real. Y no lo es la salud, ni el prestigio, ni el bienestar… Sólo Cristo. Y por Él, de modo ordenado, los demás quehaceres nobles de un cristiano corriente que está vocacionalmente metido en el mundo. De modo particular, el Señor quiere que pongamos el corazón en las personas de la familia humana o sobrenatural que tengamos, que son, de ordinario, a quienes en primer lugar hemos de llevar a Dios, y la primera realidad que debemos santificar.

    La preocupación por los demás ayuda al hombre a salir de su egoísmo, a ganar en generosidad, a encontrar la alegría verdadera. El que se sabe llamado por el Señor a seguirle de cerca no se considera ya a sí mismo como el centro del universo, porque ha encontrado a muchos a quienes servir, en los que ve a Cristo necesitado.

    El ejemplo de los padres en el hogar, o de los hermanos, es en muchas ocasiones definitivo para los demás miembros, que aprenden a ver el mundo desde un entorno cristiano. Es de tal importancia la familia, por voluntad divina, que en ella «tiene su principio la acción evangelizadora de la Iglesia». Ella «es el primer ambiente apto para sembrar la semilla del Evangelio y donde padres e hijos, como células vivas, van asimilando el ideal cristiano del servicio a Dios y a los hermanos». Es un lugar espléndido de apostolado. Examinemos hoy si es así nuestra familia, si somos levadura que día a día va transformando, poco a poco, a quienes viven con nosotros. Si pedimos frecuentemente al Señor la vocación de los hijos o de los hermanos -o incluso de nuestros padres- a una entrega plena a Dios: la gracia más grande que el Señor les puede dar, el verdadero tesoro que muchos pueden encontrar.

    II. Donde está el propio tesoro, allí están el amor, la entrega, los mejores sacrificios. Por eso debemos valorar mucho la particular llamada que cada uno ha recibido, y las personas con las que convivimos, que son beneficiarias inmediatas de ese tesoro nuestro, porque difícilmente se quiere lo que consideramos de escaso valor. Y el Señor no querría una caridad que no cuidara en primer lugar a quienes Él ha puesto -por lazos de sangre o por un vínculo sobrenatural- a nuestro cuidado, porque no sería ordenada y verdadera.

    La familia es la pieza más importante de la sociedad, donde Dios tiene su más firme apoyo. Y, quizá, la más atacada desde todos los frentes: sistemas de impuestos que ignoran el valor de la familia, determinadas políticas educativas, materialismo y hedonismo que tratan de fomentar una concepción familiar antinatalista, falso sentido de la libertad y de independencia, programas sociales que no favorecen que las madres puedan dedicar el tiempo necesario a los hijos… En numerosos lugares, principios tan elementales como el derecho de los padres a la educación de los hijos han sido olvidados por muchos ciudadanos que, ante el poder del Estado, acaban por acustumbrarse a su intervencionismo excesivo, renunciando al deber de ejercer un derecho que es irrenunciable. A veces, y debido en parte a esas inhibiciones, se imponen tipos de enseñanza orientados por una visión materialista del hombre: líneas pedagógicas y didácticas, textos, esquemas, programas y material escolar que orillan intencionadamente la naturaleza espiritual del alma humana.

    Los padres han de ser conscientes de que ningún poder terreno puede eximirles de esta responsabilidad, que les ha sido dada por Dios en relación con los hijos. Y todos hemos recibido del Señor, de distintas formas, el cuidado de otros: el sacerdote, las almas que tiene encomendadas; el maestro, sus alumnos; y lo mismo tantas otras personas sobre quienes haya recaído una tarea de formación espiritual. Nadie responderá por nosotros ante Dios cuando nos dirija la pregunta: ¿Dónde están los que te di? Que cada uno podamos responder: No he perdido a ninguno de los que me diste, porque supimos poner, Señor, con tu gracia, medios ordinarios y extraordinarios para que ninguno se extraviara.

    Todos debemos poder decir en relación a quienes se nos han confiado: Cor meum vigilat: Mi corazón está vigilante. Es la inscripción ante una de las muchas imágenes de la Virgen de la ciudad de Roma. Vigilantes nos quiere el Señor ante todos, pero en primer lugar ante los nuestros, ante los que Él nos confió.

    Dios pide un amor atento, un amor capaz de percibir que quizá uno descuida sus deberes para con Dios, y entonces se le ayuda con cariño; o que está triste y aislado de los demás, y se tienen con él más atenciones; o se facilita a otro acercarse al confesonario, con cariño, amablemente, insistiendo cuando sea oportuno… Un corazón vigilante para percibir si en el ambiente familiar se van introduciendo modos de proceder que desdicen de un hogar cristiano, si en la televisión se ven programas sin seleccionar o con demasiada frecuencia, si se habla poco de temas comunes, si no hay un clima de laboriosidad o falta preocupación por los otros… Y sin enfados, dando ejemplo, con oración, con más detalles de cariño, pidiendo a San José vivir la fortaleza y la constancia, llenas de caridad y de cariño humano. Y si uno cae enfermo todos se desviven, porque hemos aprendido que los enfermos son los predilectos de Dios, y en ese momento la persona que sufre es el tesoro de la casa, y se le ayuda a ofrecer su enfermedad, a rezar alguna oración, y se procura que padezca lo menos posible, porque el cariño quita el dolor o lo alivia; al menos, es un dolor distinto.

    III. Pensemos hoy en nuestra oración si la familia y las personas a nuestro cargo y cuidado ocupan el lugar querido por Dios, si el nuestro es para ellos un corazón que vigila. ¡Ése, junto a la propia vocación, sí que es tesoro que dura hasta la vida eterna! Otros tesoros que nos parecieron importantes quizá encontremos un día que la falta de rectitud de intención los convirtió en herrumbre y en orín, o que eran falsos tesoros, o de menor cuantía.

    Vida familiar significa en muchos casos tener tiempo los unos para los otros: celebrar fiestas de familia, hablar, escuchar, comprender, rezar juntos… No basta con tener un cariño latente y genérico, sino que hay que hacerlo crecer: es necesario empeño y oración, ejercicio de las virtudes humanas y olvido de uno mismo. No es ocioso que nos preguntemos: ¿para qué -o para quién- vivo yo?, ¿qué intereses llenan mi corazón? Ahora, cuando parece que los ataques a la familia se han multiplicado, el mejor modo de defenderla es el cariño humano verdadero -contando con los defectos propios y ajenos- y hacer presente a Dios gratamente en el hogar: la bendición de la mesa, el rezar con los hijos más pequeños algún versículo del Evangelio, rezar por los difuntos alguna oración breve, por las intenciones de la familia y del Papa…, y el Santo Rosario, la oración que los Romanos Pontífices tanto han recomendado que se rece en familia y que tantas gracias lleva consigo. Alguna vez se puede rezar durante un viaje, o en un momento que se acomoda al horario familiar…, y no siempre tiene que ser iniciativa de la madre o de la abuela: el padre o los hijos mayores pueden prestar una colaboración inestimable en esta grata tarea. Muchas familias han conservado la saludable costumbre de ir juntos los domingos a Misa.

    No es necesario que sean numerosas las prácticas de piedad en la familia, pero sería poco natural que no se realizara ninguna en un hogar en el que todos, o casi todos, se profesan creyentes. No tendría mucho sentido que individualmente se consideren buenos creyentes y que ello no se refleje en la vida familiar. Se ha dicho que a los padres que saben rezar con sus hijos les resulta más fácil encontrar el camino que lleva hasta su corazón. Y éstos jamás olvidan las ayudas de sus padres para rezar, para acudir a la Virgen en todas las situaciones. ¡Cuántos habrán hallado la puerta del Cielo gracias a las oraciones que aprendieron de labios de su madre, de la abuela o de la hermana mayor! Y unidos así, con un cariño grande y con una fe recia, se resisten mejor y con eficacia los ataques de fuera. Y si alguna vez llega el dolor o la enfermedad, se lleva mejor entre todos, y es ocasión de una mayor unión y de una fe más honda. La Virgen, nuestra Madre, nos enseñará que el tesoro lo tenemos en la llamada del Señor, con todo lo que ello implica, y en la propia casa, en el propio hogar, en las personas que Dios ha querido vincular de diversos modos a nuestra vida.

    Dentro del Corazón de Jesús encontraremos infinitos tesoros de amor. Procuremos que nuestro corazón se asemeje al Suyo.

    Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández CarvajalCopyright © Almudí 2014
    Asociación Almudí, Pza. Mariano Benlliure 5, entresuelo, 46002, Valencia. España

     

    Me gusta

  3. Pingback: Jandrip
  4. Pidamos a Dios la repulsa de nuestros pecados

    Del Oficio de Lecturas de hoy en la Liturgia de las Horas:

    Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás…

    Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a Él le disgusta. Así tu voluntad coincide en algo con la de Dios, en cuanto que te disgusta lo mismo que odia tu Hacedor.
    San Agustín de Hipona, Sermón 19,2-3

    El camino al cielo está jalonado de caídas provocadas por nuestros pecados. Caídas de las que nos levantamos por la gracia de Dios a través del sacramento de la confesión. Sacramento que empieza por el reconocimiento interno de nuestras infidelidades y que acaba en el confesionario y el cumplimiento de la penitencia que se nos imponga.

    No hay cosa más peligrosa para el alma que tener en poco el pecado, especialmente si se trata del pecado mortal. Quien así obra, puede parecer que está vivo, pero en realidad es un muerto en vida.

    Detestar el pecado es prueba del amor a Dios. Aquel que nos da gracia suficiente para no pecar (1 Cor 10,13) es ofendido por nuestra infidelidad, pero su propia fidelidad nos abre las puertas de par en par a la reconciliación. ¿Cómo no amar a quien nos perdona vez tras vez si volvemos a Él con el corazón contrito? Mucho ha de amar aquel a quien se le perdona mucho.

    De hecho, el sentir repulsa por los pecados es camino seguro para no vivir esclavos de ellos. ¿O acaso no será más fácil alejarse de aquello que detestamos? Si el alma se deleita en lo que le aleja de Dios está perdida. Si se quebranta en la infidelidad, volverá pronto a la comunión con Aquél que le da la vida.

    Danos Señor tu gracia, para que así solo quede tu amor en nuestra almas.

    Me gusta

  5. Creo en Dios y en la Vida

    Creo en Dios y en la Vida

    La profesión de fe de la Iglesia empieza con una sencilla palabra. «Creo». Aquello en lo que creemos nos indica qué sentido estamos dando a nuestra vida

    Pedro Trevijano Etcheverria – 15/08/19 8:54 AM

    Hace unos días me comentaba una persona de mi Curia diocesana que había recibido una visita de alguien con una solicitud para apostatar. Sus argumentos eran que la Iglesia está muy atrasada en cuestiones de sexualidad, pues era un defensor de la ideología de género y en consecuencia de la promiscuidad y que ese retraso está también en la fe y en su relación con lo científico.

    Hoy no voy a hablar de la descabellada ideología de género, pero sí preguntarme si en lo científico estamos retrasados. Como dicen los dos concilios Vaticano: «A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede haber contradicción entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe otorga al espíritu humano la luz de la razón, Dios no puede negarse a sí mismo, ni lo verdadero contradecir jamás a lo verdadero» (Concilio Vaticano I: DS 3017). «Por eso, la investigación metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente científico y según las normas morales, nunca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios». (GS 36,2). Pero es que además las tres grandes revoluciones científicas: la copernicana, la de la Genética con Mendel y la del Big Bang con Lemaître, se deben a científicos no sólo católicos, sino sacerdotes, aparte que las grandes Universidades europeas son de fundación eclesiástica, y sin olvidar que en la América española había ya antes de la independencia un montón de Universidades, frente a lo que sucedía en la América sajona.

    La profesión de fe de la Iglesia empieza con una sencilla palabra. «Creo». Aquello en lo que creemos nos indica qué sentido estamos dando a nuestra vida. Pienso que la máxima aspiración de todo ser humano es ser felices siempre, siendo el primer interrogante si esta aspiración nuestra es o no realizable.

    Ello nos lleva a enfrentarnos directamente con el problema de Dios y de la inmortalidad del alma. Si Dios no existe, si todo termina con la muerte, es evidente que esa máxima aspiración es irrealizable y realmente somos víctimas de una gigantesca estafa, pues se nos pone como meta algo sencillamente imposible. Pero los cristianos tenemos una profesión de fe que empieza con las palabras: Creo en Dios y termina con nuestra creencia en la vida eterna. Necesitamos dar a nuestra vida amor, sentido y esperanza. Es decir sí pensamos que esa máxima aspiración nuestra es factible y por tanto nuestra vida sí tiene pleno sentido.

    Ahora bien es indudable que hoy muchos no aceptan la Religión, y mucho menos la Religión Cristiana como camino de vida. Mientras Jesús dice de sí mismo «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), muchos le rechazan e intentan edificar su vida sobre un fundamento religiosamente neutro, e incluso ateo. Pero donde no hay religión, no es raro que los hombres se creen religiones sustitutivas, porque lo religioso no deja de ser una dimensión esencial del ser humano.

    De hecho muchos buscan la solución a los problemas humanos en las Ciencias. Ahora bien, si éstas son capaces de resolver y ayudarnos en muchos problemas. Hay otros que están fuera de su campo de acción. Los antiguos griegos eran muy conscientes de esto y por eso hablaban de Metafísica, lo que está más allá de la Física, entendida ésta como Ciencias. Conocían por tanto que las Ciencias no pueden resolver todo.

    Pero otros muchos buscan la solución en las ideologías, que intentan satisfacer la necesidad del ser humano de comprenderse a sí mismo y al mundo. Pero nuestro conocimiento actual no pasa de ser limitado, fragmentario y oscuro (cf. 1 Cor 13,12), por lo que con frecuencia las ideologías, en vez de una visión total del mundo, nos dan una visión totalitaria, opuesta no sólo a la fe, sino también a los conocimientos científicos e incluso al sentido común, de tal modo que fácilmente se convierten en tiranías opresoras y de persecución, de tal modo que el último baluarte de la libertad es la Religión.

    El Cristianismo nos dice que poseemos una dignidad intrínseca, que ningún ser humano ni ningún Estado nos pueden conceder ni arrebatar, porque son un don de Dios, y en consecuencia algo inalienable. Todo ello me lleva a creer en la Iglesia Católica y en lo que ésta enseña y aquí hago especial hincapié en mi creencia en Dios Uno y Trino y en la dignidad, sentido y valor de la vida humana.

    Pedro Trevijano, sacerdote

    Me gusta

  6. Si estás en el suelo, nunca te quedes caído ¡levántate!

    Fe y vida

    agosto 23, 2019

    Escrito por
    Papa Francisco

    Nunca te quedes caído, levántate, deja que te ayuden a levantarte. Si estás sentado, ¡ponte en camino! Si el aburrimiento te paraliza, ¡ahuyéntalo con buenas obras! Si te sientes vacío o desmoralizado, pide que el Espíritu Santo llene de nuevo tu nada. Obra la paz en medio de los hombres, y no escuches la voz de quien esparce odio y divisiones. No escuches esas voces. Los seres humanos, por muy diferentes que sean unos de otros, han sido creados para vivir juntos. Ante los contrastes, paciencia: un día descubrirás que cada uno es depositario de un trozo de verdad. — Audiencia General del 20 de septiembre de 2017

    Papa Francisco

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s