Las razones de los otros

Platón, para pensar y explicar mejor sus ideas, imaginó personajes cuyas ideas eran opuestas a las de él, tanto para declarar réplicas presentes a sus afirmaciones como para exigir que pudiera exponer sus ideas de varias maneras y así mejorarlas. Aristóteles mantiene en gran medida este sistema, aunque de forma un poco menos teatral, e indica en primer lugar los obstáculos a sus afirmaciones – solía decir -: “Hay aquí una dificultad….” -, y luego supera o refuta pacientemente esas objeciones. Tomás de Aquino, en cada artículo de la Summa, emplea su famosa fórmula. Primero busca las conclusiones opuestas a la tesis que mantiene, y luego, después de haber expuesto la solución según el orden de las razones, vuelve a las objeciones que se había hecho a sí mismo, y las responde. También Descartes intercambia argumentos para responder a las objeciones que le fueron lanzadas.

En todos los casos, se notifica un encomiable espíritu de respuesta hacia las objeciones razonables de los demás. Y esa manera de alojarse en la propia casa del adversario, y de darle la ocasión de contradecir nuestras ideas, ha sido siempre una prueba de valentía y de coherencia de los grandes hombres. El pensamiento que ha pasado por la contradicción es un pensamiento más maduro y contrastado.

Por lo tanto, estoy muy preocupado por la gente que parece no estar dispuesta a considerar las razones de los demás.

Los hombres que no admiten las razones de los demás, casi nunca se sienten culpables de nada, y esa es una situación devastadora para cualquiera. Suelen ser personas que casi siempre se autoconsideran como víctimas. La culpabilidad es algo que sólo se aplica a los demás. Así es su mente y, pase lo que pase, al final caen en ese vicio original. Y llega un momento en el que ya no se trata de una cuestión de mala o buena voluntad, sino de una simple cuestión de ignorancia, de mucho tiempo de no escuchar las razones ajenas, de demasiados años para vivirlo todo siempre desde el enrarecido punto de vista del egoísmo.

Se podría decir que esta forma de actuar está muy influenciada por la educación que cada uno ha recibido, y es verdad. Pero también es cierto que nuestro carácter lo hace cada uno de nosotros. Una prueba de ello es que todos los que conocemos han vivido en el mismo entorno, incluso en la misma familia; han sido bombardeados por los mismos medios de comunicación y han sido influenciados por las mismas rutinas y costumbres del lugar donde viven, y, sin embargo, son personas muy diferentes. Muchos logran no caer en la trampa para eludir siempre las razones y puntos de vista de los demás, esa sutil trampa que siempre se nos ofrece, tentadora. Por qué? Porque no han perdido su sensibilidad. Han ido descubriendo la verdad al no pensar siempre en sí mismos.

Y ese esfuerzo se ve recompensado en el que son personas observadoras, interesadas en un amplio abanico de preguntas y con sentido del humor, sobre todo para burlarse un poco de sí mismas, no a costa de los demás. No tienen necesidad de jactarse de sus éxitos o de sus cualidades. En su forma de hablar son francos, sencillos y accesibles. A la hora de juzgar tienden con más facilidad a sobrevalorar a los demás que a sobrevalorarse a sí mismos. También tienen más conciencia de la medida, y no emprenden los problemas en clave de todo o nada, ni han clasificado las cosas entre blanco y negro, ni el mundo entre bueno y malo. Tratan de discernir el fondo de las preguntas, sin dejar que se dejen llevar por impresiones precipitadas o conveniencias personales. Reciben con moderación los cumplidos y agradecimientos, sin ser engreídos, y también las faltas por sus errores, que no los llevan a hundirse, sino a mejorar sus experiencias y a rectificar.

10 comentarios sobre “Las razones de los otros

  1. Para hacer algo necesitamos dos motivos.

    Hace poco se compró una bicicleta estática. Me apetecía tener esa bicicleta; me gusta la sensación de pedalear y me gusta poder hacer ejercicio sin tener que salir de casa.

    El motivo de comprarla fue puramente emocional. Se compró en el Black Friday de Amazon a un precio muy bueno. Quizá el hecho de que fuera una oferta influyó en la compra, porque estaba mirando ofertas y quería encontrar una buena.

    Podría haberme bastado con el elemento emocional, al fin y al cabo mi dinero es solo mío y hago con él lo que me da la gana. Pero de forma inconsciente también busqué algunos argumentos racionales para defender la compra. Sabía que pronto alguna persona ( mi padre concretamente) me diría algo así como ¿pero de verdad te vas a comprar una bicicleta estática? ¿no es mejor que salgas a montar en bicicleta a la calle?

    Una vez tuve las dos razones, pulsé el botón de comprar.

    Primero la emoción, luego la razón

    Nuestro cerebro actúa casi siempre igual al decidir. Primero sentimos una emoción y luego buscamos las razones que la justifiquen. La emoción va primero, pero no es suficiente por sí sola. Buscamos las razones porque necesitamos encontrarlas, porque necesitamos que nuestra razón nos dé también el ok.

    Solo el motivo emocional

    Y pensando un poco más allá veo que las dos razones funcionan también en otras cosas.

    Pondré un ejemplo. Un chico ha quedado con una chica varias veces.. Como si fuera una casualidad, él ha dirigido el paseo que están dando a la puerta de su propia casa. Le dice “¿quieres subir?”.

    Él solo está pensando en el motivo emocional. En las ganas de él y las ganas de ella. Pero él olvida el motivo racional.

    Ella necesita una historia que contar. En este caso una historia que contar a sus amigas más íntimas.

    Ella no quiere contar: “me dijo que subiera y subí”. Prefiere contar algo como ” subimos a su casa porque me tenía que dar un libro que necesitaba para una clase que estoy haciendo.

    Pero aunque a veces falte el elemento racional, casi siempre lo que falta es el motivo emocional.

    Solo el motivo racional

    En ocasiones intentamos convencer a alguien racionalmente, y olvidamos lo importantes que son las emociones. Ofrecemos una alternativa que racionalmente es perfecta, pero que no emociona al otro.

    Pensamos en lo maravillosos que seríamos para alguien pero no nos preocupamos de generar emociones positivas. Queremos vender algo y hablamos de características objetivas y no de necesidades del cliente.

    Nuestra voluntad tiene dos cerraduras

    La voluntad de los seres humanos tiene dos cerraduras. Una es racional, la otra es emocional. Si quieres convencer, has de saber abrir las dos. Eso sí, piensa que la emoción es casi siempre la que manda. Y que si solo puedes seguir uno de los dos caminos, es más seguro el de las emociones.

    Acabo de enterarme. Me lo han contado directamente y pienso que puede ayudar.

    Me gusta

  2. MI RAZON

    Oh mi Señor, que inmensa alegría la que siento cada vez que me despierto y me encuentro contigo en la oración y poder sentirte a mi lado aliviándome las cargas y dándome la fuerza para continuar. Ayúdame a que las cosas del mundo no me roben tu atención, a hacerle frente a las dificultades sin perder la fe ni la paciencia. Quiero vivir el hoy haciendo lo que te agrada, pues eso me hace feliz. Dame el discernimiento necesario para tomar las mejores decisiones y nunca perder la confianza. Te amo Señor. Aumenta mi fe y dame siempre manifestaciones de tu amor en mi día a día. Amén

    Me gusta

  3. Beijing (AsiaNews) – Después del acuerdo sino-vaticano, el Partido Comunista chino se ha convertido en el gran promotor de la “unificación de la Iglesia”. Sin embargo, dicho proyecto difiere de la unidad de la Iglesia que plantea el Evangelio. En realidad, el gobierno está construyendo una Iglesia que es católica solo en apariencia, ya que no garantiza verdadera libertad al Papa y a los obispos. Las autoridades chinas quieren que “lo que pertenece al César siga siendo del César, y que también pertenezca al César lo que es de Dios”. Son algunas consideraciones del laico chino Duo Mu, en un análisis de su estudio sobre “La unidad de la Iglesia en China después del acuerdo sino-vaticano”. A continuación, publicamos la tercera y última parte.

    4. El acuerdo Sino-vaticano, ¿es capaz de “unir” a la Iglesia china?

    “Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn. 17.21).

    “Siento (…) la urgencia de confirmar en la fe a los católicos chinos y favorecer su unidad con los medios que son propios de la Iglesia” (Papa Benedicto XVI, 2008, Carta a los católicos de China).

    En este valiente camino hacia la unidad, la claridad y prudencia de la fe nos llevan a evitar el falso irenismo y el desinterés por las normas de la Iglesia. Entre todas las Iglesias y Comunidades eclesiales, la Iglesia católica es consciente de haber conservado el ministerio del Sucesor del apóstol Pedro, el Obispo de Roma, que Dios ha constituido como « principio y fundamento perpetuo y visible de unidad», y que el Espíritu sostiene para que haga partícipes de este bien esencial a todas las demás”. (Cfr. Carta Encíclica del sumo pontífice Juan Pablo II, Ut unum sint, nros. 79 y 88).

    La unidad profunda, que caracteriza a cualquier comunidad católica en todas partes del mundo, debe estar fundada sobre la verdad, que resplandece en el Evangelio, y sobre la caridad, que nace del corazón de Cristo. La unidad no es el resultado de políticas humanas o de miras ocultas y misteriosas. Esta brota, en cambio, de una conversión del corazón y de una aceptación sincera de los principios inmutables, establecidos por Cristo para su Iglesia.

    Y entre estos principios, es particularmente importante la comunión efectiva de todas las partes de la Iglesia con su fundamento visible: Pedro, La Roca. Por lo tanto, un católico que desea seguir siendo tal y ser reconocido como tal, no puede rechazar el principio de la comunión con el Sucesor de Pedro. (Cfr. Papa Juan Pablo II, Mensaje a la nación china, Manila, 1995).

    Con la firma del Acuerdo Sino-Vaticano, los siete obispos excomulgados han sido readmitidos en la comunión con el Papa. A partir de aquí surgen algunos puntos de vista confusos, como por ejemplo: “el gobierno ha reconocido el primado del Papa”, “el Papa ahora ha reconocido a la Asociación Patriótica”: “la Iglesia independiente ya no está en contraste con los principios de la Iglesia, etc.”

    Luego del Acuerdo Sino-Vaticano, las distintas oficinas del Frente Unido y de Asuntos Religiosos, en nombre del “Papa” y de la “unificación”, comenzaron a promover la unificación de la Iglesia”. El director de AsiaNews, el Padre Bernardo Cervellera, durante la su estadía en China, le preguntó a un funcionario cuál era su mayor miedo con respecto a la Iglesia Católica. El funcionario respondió que lo que el gobierno teme en mayor medida es a la unidad de la Iglesia. Y precisamente ahora, el gobierno está promoviendo “la unificación de la Iglesia” y esto vuelve a todos incrédulos. Sin embargo, si se reflexiona en ello, el intento del gobierno es fácil de entender. Promoviendo la llamada “unificación”, el gobierno está difundiendo, por el contrario, una falsa unificación a través de numerosas estrategias, sobre todo, mediante los obispos y sacerdotes que son controlados por la “Iglesia independiente” y destruyendo la Iglesia subterránea con duros medios administrativos, solicitando a la Iglesia subterránea que se inscriba en la Iglesia oficial, y sometiendo a ésta a la guía de obispos y sacerdotes que obedecen al gobierno y son “políticamente confiables”.

    Para volver cada vez más católica a la auto-gestionada “Iglesia Católica china” y transformar a ésta de un modo definitivo, los estudiosos del Catolicismo también han propuesto estrategias de “sinización” para empañar la inculturación de la Iglesia y así tratar de modificarla, partiendo de varios aspectos como la Biblia y la Teología, y derribar la doctrina del Catolicismo desde un punto de vista teórico. Por lo tanto, la “sinización del Catolicismo” consiste en la transformación del Catolicismo en algo que en apariencia se parece al Catolicismo, pero que en realidad es una “Iglesia Católica china” controlada por el gobierno. Las autoridades chinas quieren que “lo que pertenece al César siga siendo del césar y que también pertenezca al César lo que es de Dios”.

    Hay quienes sostienen que las heridas entre los fieles, los puntos de vista contrastantes e incluso las luchas de poder son los motivos por los que la Iglesia china tiene tantas dificultades en la unificación, pero esta afirmación subestima a los católicos chinos. La fe católica nos enseña que la salvación del alma y alcanzar el paraíso son los objetivos finales de todo fiel; los católicos jamás habrán de rebajarse a compromisos en lo que respecta a la verdad de la fe, porque la conciencia de la persona (que es donada por Dios) no cambia, por más que cambien la época y el contexto, y aunque la humanidad muchas veces sea incoherente. La unificación de la Iglesia debe permanecer en manos de la Iglesia; los católicos chinos quieren que “la unificación” no se confunda, no se vea empañada, distorsionada ni atente contra la verdad. Ésta tampoco debe debilitar la guía del Papa en la Iglesia ni el primado de Pedro. Ellas son la garantía de la rectitud de la verdad en la que creemos, están directamente conectadas con la salvación de nuestra alma. Con esto no puede haber confusiones; se trata, por tanto, de algo inviolable.

    Actualmente, en la Iglesia china, la unificación no está siendo promovida solamente por la Iglesia, sino también por el gobierno. Sin embargo, la unificación que impulsa el Papa y la Iglesia “se basa sobre la comunión con el Sucesor de Pedro”, es una unificación en Jesucristo; por el contrario, aquella que impulsan el gobierno y la Iglesia oficial consiste en incorporar a la Iglesia en la estructura de la “Iglesia independiente”, para terminar controlando totalmente la Iglesia. Debemos reconocer “cuál ha de ser la verdadera unificación”, sin dejarnos engañar por las apariencias, como, por ejemplo: “el gobierno permite rezar por el Papa durante la Misa”; “el gobierno reconoce al Papa como la guía más elevada del Catolicismo”, “el Papa tiene poder para nombrar obispos”, etc.

    Hasta que China no garantice verdaderamente la libertad de credo, el Papa no podrá gestionar libremente la Iglesia en China, ni, sobre todo, nombrar libremente a los obispos. De esto se desprende que todo lo creado por el gobierno chino que parece bello, en realidad resulta falso, es decir, es un engaño. Si el gobierno chino y la Asociación Patriótica no renuncian a las políticas sobre la “Iglesia independiente”, la Iglesia china jamás conocerá la verdadera unificación.

    Si en la Iglesia china todos evitan hablar “de la unificación espiritual” para concentrarse en “la unificación del sistema”, intentado así pasar por alto el problema de la “Iglesia independiente” y “la Asociación Patriótica” entonces se trata realmente de una razonamiento ilusorio, cuyo resultado es claramente previsible. Cada católico debe permanecer en alerta.

    5. Conclusiones

    La Iglesia china debe alentar y pedir a los delegados vaticanos -que son enviados para las negociaciones- que sean fieles servidores de Cristo, y que no tengan miedo de proclamar la verdad ni vacilen en los principios de la Iglesia durante las negociaciones con el gobierno chino.

    La Iglesia en China debe evitar caer en la trampa del “pragmatismo gris”. Por el contrario, debe seguir dando testimonio de Jesucristo, con coraje, y “convertirse en la conciencia social, esparcir la semilla del Evangelio en esta tierra, volverse el profeta de esta época, ser sal y luz en la sociedad china” (palabras del Padre Wei Heping). Salvaguardar, con coraje, la verdadera comunión con el Sucesor de Pedro, luchar por los derechos y la libertad de la Iglesia proteger al representante de Jesús en la tierra -el primado del Papa, diciendo “No” a todos los compromisos que traicionen a la Iglesia.

    Frente a esta compleja situación actual, necesitamos tomar como ejemplo la conducta del obispo y mártir José Fan Xueyan: “afrontar todos los desafíos con constancia”; “el tiempo le pertenece a Él”, no temer tener que esperar otros “trescientos años”; debemos creer que llegará el día en que “Cristo vencerá y reinará”.

    Concluyo este discurso con la recomendación que el Papa Juan Pablo II dio a Tang Han y a todos los
    sacerdotes de la Iglesia china en 1986: “¡No se hagan ilusiones con el comunismo!”.

    Me gusta

  4. Papa Francisco: La Virgen es “puerta del corazón de Dios: exigente pero abierto a todos”

    Redacción ACI Prensa

    El Papa Francisco durante el rezo del Ángelus en la plaza de San Pedro en el Vaticano animó a pedir ayuda a la Virgen María para conseguir la salvación ya que a ella también se la conoce como “‘Puerta del Cielo’ porque ella es la puerta del corazón de Dios: exigente pero abierto a todos”.

    Durante el rezo del Ángelus en la plaza de San Pedro, el Papa Francisco comentó el pasaje del Evangelio en el que se le pregunta por cuántas personas se salvarán.

    “Jesús le da la vuelta a la pregunta, que se centra en la cantidad: “¿Son pocos?” y coloca la respuesta sobre el plano de la responsabilidad, invitándonos a utilizar bien el tiempo presente. Por eso dice: ‘Esforzaos de entrar por la puerta estrecha, porque muchos intentarán entrar pero no lo conseguirán’”, explicó el Papa Francisco.

    Por eso el Papa destacó que “no hay un ‘número cerrado’ en el Paraíso”. Sino que se trata de “recorrer desde ahora el camino justo: que es para todos pero es estrecho”.

    “Jesús no quiere engañarnos diciendo: “Sí, tranquilos, es fácil, es una preciosa autopista y al final una gran puerta…” No, Jesús nos dice las cosas como son: el pasaje es estrecho”, precisó.

    De esta manera, el Papa Francisco explicó que esto significa que “para salvarse hace falta amar a Dios y al prójimo y esto no es cómodo. Es una “puerta estrecha” requiere compromiso, es decir, esfuerzo, una voluntad decidida y perseverante de vivir según el Evangelio. San Pablo lo llama ‘la buena batalla de la fe””.

    Además subrayó que el Señor no nos reconocerá por nuestros “títulos, sino por una vida humilde y buena, una vida de fe que se traduce en las obras”.

    “Para nosotros, cristianos, esto significa que estamos llamados a instaurar una verdadera comunión con Jesús, rezando, yendo a la iglesia, acercándonos a los sacramentos y nutriéndonos de su Palabra. Eso nos mantiene en la fe, nutre nuestra esperanza, reaviva la caridad”.

    Además animó a “con la gracia de Dios” “gastar nuestra vida por el bien de los hermanos, luchar contra cualquier forma de mal y de injusticia”.

    Por último, el Papa pidió a la Virgen María ayuda para llevarlo a cabo, ya que “ella pasó por la puerta estrecha que es Jesús. Lo acogió con todo el corazón y lo siguió cada día de su vida, también cuando no entendía y cuando una espada traspasaba su alma”.

    Y destacó que por eso se llama a la Virgen “Puerta del Cielo” porque es “una puerta que tiene exactamente la forma de Jesús, la puerta del corazón de Dios: exigente pero abierto a todos”.

    Le gusta a 1 persona

  5. lunes, 26 de agosto de 2019

    ¿Otros modelos de familia?

    Escribe Ernesto Juliá: El pontificio Instituto Juan Pablo II fue creado por el papa polaco para estudiar y llegar a dejar de manifiesto filosófica y teológicamente las bases sobre las que Dios creó la familia humana, y que la Iglesia ha ido recordando a todos los hombres desde sus orígenes.

    Una familia fundada en la unión de un hombre con una mujer; unión que da origen a una vida en comunión “hasta que la muerte los separe”; y que está abierta a la vida de otros seres humanos. En esa familia Dios recrea el amor de su acto creador; da a los esposos la alegría de cooperar con Él en la transmisión del amor en el mundo, y en la creación de otras criaturas por la vivencia de amor entre los esposos; y descubre así la infinita belleza de Su amor al hombre.

    Un proyecto humano-divino que ha convertido a muchas civilizaciones con las que la Iglesia se ha encontrado en su labor de predicar el Evangelio de Jesucristo, durante los veinte siglos que lleva sobre la tierra. Y la misión del Instituto Juan Pablo II era, precisamente, el de recordar esa voluntad de Dios a los hombres de nuestros días, a la vez que ayudarles a vivir ese gran proyecto de Dios, recordándoles la santa vivencia de la sexualidad en el amor conyugal, en un matrimonio del que Jesús dijo: “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”..

    Esta familia cristiana, que ha quedado muy bien reflejada en la exhortación apostólica “Familiaris consortio” del mismo Juan Pablo II, es la que ha hecho posible la conversión de tantos pueblos, de tantas civilizaciones, a la fe en Cristo, Camino, Verdad y Vida. Esta familia cristiana es la que ha visto nacer en su seno a tantos santos y santas que han entregado su vida para Gloria de Dios en la Santa Iglesia.

    Esta misma familia cristiana es la que ha dado sentido y grandeza humana y sobrenatural a la sexualidad humana, al enseñar a vivirla en el matrimonio, en fidelidad a la esposa, al esposo, y transmitir amor y estar abierta a la vida en el orden de la naturaleza humana. Sobre esta familia soplan hoy todos los huracanes ideológicos del pensamiento único y del poder, que tiene muy claro que ella, esa sociedad natural basada en el amor, es el principal bastión de resistencia contra toda tiranía, y que su destrucción nos convierte en indefensos átomos a merced del capricho de las élites.

    Y esto que escribo no es una teoría: es algo tan obvio, que basta ver la multiplicación de abortos, la caída en picado de la natalidad; la imposición “legal” -¡qué bajo ha caído la “ley”!- de la ideología de género, y las infinitas clasificaciones caprichosas hasta un desviado feminismo que pretende destruir cualquier sociedad medianamente cohesionada. En septiembre de 2017, el Papa Francisco refundó el Pontificio Instituto Juan Pablo II, en base a la necesidad de “una renovada conciencia del evangelio de la familia y de los nuevos desafíos pastorales a los que la comunidad cristiana está llamada a responder”.

    Me gusta

  6. Dios para Borges

    Esteban Pittaro/Aleteia Argentina | Ago 26, 2019
    A 120 años del nacimiento de Jorge Luis Borges, una de las plumas literarias más fascinantes del español, una de las preguntas más persistentes subsiste: ¿En qué creía Borges?
    Conoce el lector de Borges que su sinceridad en la literatura difícilmente pueda ser tenida en cuenta. Desde citas absolutamente apócrifas pero verosímiles, entremezcladas con referencias a clásicos de todos los tiempos, en su obra crea personajes que pueden ser desde un orgulloso y culto nazi que busque autojustificarse a notables autores que reescriben el Quijote, todos falsos pero increíblemente verosímiles. Borges reza los sueños religiosos que evoca o inventa, cree en el perdón cristiano, la cábala judía, el panteísmo. ¿Es quien dice ser en su obra, pero en cuál de sus cuentos?
    Interrogado en entrevistas, se ha llamado ateo o agnóstico, pero a la vez ha expresado envidia por aquellos que creían. Negaba a Dios, pero lo respetaba, y lo buscaba en su obra casi de manera permanente, buscando descifrarlo, desandar sus laberintos. El filósofo Santiago Kovadloff se refirió a Borges y a Dios en una edición del Atrio de los Gentiles que tuvo lugar a finales de 2014 en palabras luego recopiladas por la revista Criterio. Borges, decía Kovadloff, no accede al enigma de Dios desde la fe religiosa sino desde la imaginación poética. Y para Borges, como define el padre Osvaldo Pou, es más poética la duda que la afirmación de la fe.

    Está claro que admiraba a los hombres de fe como Chesterton, incluso admiraba más esa fe encarnada que la Fe de los hombres, y en particular la de los argentinos. Borges escribe en Discusión: ‘los católicos (léase los católicos argentinos) creen en un mundo ultraterreno, pero he notado que no se interesan en él. Conmigo ocurre lo contrario; me interesa y no creo’.

    ¿Sabías que Borges era un enamorado de la obra de Chesterton?

    Borges, en literatura y entrevistas, que acaso son lo mismo, ha expresado que le cuesta llamar a Dios con el nombre de Dios, porque supondría por ejemplo individualizar una Trinidad que la doctrina enseña y en la que él, reconoce, no termina de creer. Su padre agnóstico, recordó alguna vez, le decía sin embargo que “el mundo es tan extraño que hasta la idea de la Trinidad es algo posible”.

    Aún sin creer, Borges hace caso a su madre católica, que cuentan antes de morir le pidió que rece un Avemaría cada noche. Cosa que él hizo. Y solicitó el sacramento de la unción de los enfermos poco antes de morir.

    ¿Creía o no creía Borges en Dios? La duda persiste en la respuesta, aunque quizá no en la búsqueda. Para Borges, comprender la existencia de Dios fue una fascinante búsqueda de toda su vida.

    En el Argumentum Ornithologicum Borges comparte otra de sus enigmáticas piezas de búsqueda de Dios y emulando el argumento ontológico de San Anselmo escribe:

    Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos. No sé cuántos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número?

    El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta.

    En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etc.. Ese número entero es inconcebible, ergo, Dios existe.

    La retórica borgiana puede llevar al lector a dudar si es que acaso con su argumento Borges está parodiando los argumentos lógicos de la existencia de Dios o simplemente está aportando el suyo. Vicente Cantarino, analizando este poema, ya en 1976 concluía tras una extensa revisión del argumento que una u otra visión, la parodia o la honesta argumentación, llevan a la misma conclusión: Dios existe. Cantarino titula ese artículo: Borges: filósofo de Dios.

    Me gusta

  7. Relación entre la depresión y la falta de sentido trascendente.
    Entrevista a Mario Caponnetto
    Javier Navascués, el 26.08.19 a las 8:03 AM
    Mario Caponnetto, nacido en Buenos Aires, en 1939, es médico por la Universidad Nacional de Buenos Aires (1996), Médico Cardiólogo Universitario por la misma Universidad (1979). Cursó estudios de Filosofía en la Cátedra privada del Dr. Jordán B. Genta (1956-1974). Ex Jefe del Departamento de Enfermedades Cardiovasculares del Hospital Militar Central Buenos Aires. Ha sido Profesor de Ética, Bioética, Antropología Filosófica y Antropología Médica en diversas universidades de su país y del extranjero.

    Ha publicado varios libros, entre ellos: El hombre y la medicina (1992), Victor Frankl, una antropología médica (1995), La sensualidad (traducción de la Cuestión XXV de las Cuestiones Disputadas sobre la verdad de Santo Tomás de Aquino, en colaboración, 2014); Santo Tomás de Aquino. Aproximación a su pensamiento, (2017), Curso de Introducción a la Bioética, (2017). También ha publicado numerosos trabajos sobre temas de su especialidad en diversas revistas argentinas y del exterior.

    En esta entrevista nos habla, desde su rica experiencia y vastos conocimientos, de la relación entre la depresión y la falta de sentido trascendente del hombre en la postmodernidad. Toma como referencia las palabras de San Agustín: “Nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Esta inquietud del corazón humano, que es propia del status viatoris en el que ahora nos encontramos, es la fuente última de la que brota toda insatisfacción, toda angustia, las que se vuelven aún mayores si falta la esperanza de alcanzar algún día ese término último de todas nuestras inquietudes que es Dios.

    ¿Se podría decir que en cierta manera la depresión es una enfermedad propia de la postmodernidad?

    No podemos decir que sea propia en sentido estricto ya que esta enfermedad, la depresión, se conoce desde hace muchos siglos y ha sido descripta por numerosos autores a lo largo del tiempo. Por sólo citar un caso: el célebre Tratado sobre la melancolía del médico árabe Avicena, escrito en el siglo XI, nos trae una descripción completa de este mal. Sin contar que ya la encontramos mencionada en los escritos hipocráticos. Es bien sabido que para Hipócrates la causa de este mal residía en un exceso de bilis negra; de ahí proviene su nombre: melancolía quiere decir, justamente, bilis negra…

    Sí, ciertamente… pero si bien antes se pudo dar, no era tan habitual como ahora…

    Desde luego que no. Si nos atenemos a los estrictos datos que nos proporcionan las estadísticas a nivel mundial es evidente que en las últimas décadas la depresión se ha incrementado de manera más que notoria. La misma Organización Mundial de la Salud nos habla de hasta un veinte por ciento de aumento en estos últimos años. Pero su pregunta es muy interesante ya que nos lleva a un terreno particularmente complejo: ¿existe alguna relación entre la enfermedad, en sentido propio, y la situación social, cultural y aún espiritual de una determinada época? Este incremento de la depresión, ¿guarda algún nexo causal con esto que llamamos posmodernidad? Lo que nos lleva todavía a una cuestión más de fondo: ¿el hombre sólo enferma en razón de causas dependientes meramente del mundo físico o también enferma a causa de otros factores que, en principio, llamaremos culturales o espirituales?

    ¿Nos podría citar algún autor de referencia?

    Un gran psiquiatra de nuestro tiempo, Viktor Frankl, nacido en Viena en 1905 y fallecido en esa misma ciudad en 1997, fundador de una nueva Escuela de Psiquiatría conocida como Logoterapia, nos ha dejado una clave importante para tratar de responder a este interrogante. Hablando de lo que él denomina “el vacío existencial” nos dice que este vacío no es en sí mismo patológico (quiere decir no es una enfermedad en sentido específicamente médico ya que se trata de un problema humano) pero sí puede ser patógeno, es decir, puede llevar al hombre al extremo de la enfermedad.

    Ahora esta profunda observación de Frankl nos pone ante un nuevo desafío: ¿cómo se explica que un problema espiritual acabe en una enfermedad en cuya configuración intervienen factores biológicos tan mensurables y objetivables como los neurotransmisores? El campo que se nos abre en este punto es vastísimo: corresponde a una Antropología Médica fundada en la verdad del hombre como creatura corpóreo anímica, unidad substancial de alma y cuerpo, hallar las explicaciones pertinentes. En lo personal, me encuentro abocado a esta tarea hace más de treinta años, tarea en la que la rica doctrina de Tomás de Aquino ha sido y es mi guía permanente.

    En el fondo, ¿cuál es en general la causa o las causas más profundas de la insatisfacción humana?

    Me viene a la memoria la conocida sentencia de San Agustín: “Nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Esta inquietud del corazón humano, que es propia del status viatoris en el que ahora nos encontramos, es la fuente última de la que brota toda insatisfacción, toda angustia, las que se vuelven aún mayores si falta la esperanza de alcanzar algún día ese término último de todas nuestras inquietudes que es Dios. La angustia y la esperanza juegan en este punto un papel esencial. Lo que ocurre es que ambas, la angustia y la esperanza, han perdido su sentido cristiano, se han secularizado por decirlo así. Entonces la angustia ya no es inquietud abierta sino una encerrona sin salida, una angustia inmanente, cerrada sobre sí misma; y en cuanto a la esperanza o, mejor dicho, las esperanzas demasiado humanas, se tornan desesperanza, nihilismo. Tiene usted aquí configurado aquel vacío existencial del que habla Frankl.

    La depresión está relacionada con la falta de sentido en la vida…

    Sin duda. El mismo Frankl lo afirma y demuestra a lo largo de su obra. El síntoma capital, si se nos permite hablar así, de ese vacío existencial es la pérdida del sentido de la vida, el sufrimiento de la vida sin sentido. Es un sufrimiento intenso, caracterizado por una angustia vital, como la llama el gran psiquiatra español López Ibor, que se acompaña de una pérdida concomitante de esperanza.

    Se podría decir que es una tristeza tristeza profunda, ontológica, que afecta a lo más hondo de nuestro ser…

    La podemos llamar así, por cierto. La tristeza es una pasión del alma. Los grandes maestros cristianos la conocían muy bien. Santo Tomás la define como el movimiento de nuestra potencia apetitiva ante el mal presente, como una especie de dolor opuesto a la delectación. Ella reside, por tanto, primariamente, en la esfera de nuestra sensibilidad, del psiquismo inferior. Pero en razón de la unidad del hombre la tristeza se extiende a toda la realidad del hombre. Con una argumentación impecable, el Santo Doctor sostieneque dado que todas las facultades del alma radican en su única y sola esencia, cuando la atención del alma es atraída fuertemente hacia la operación de una potencia o facultad, necesariamente el alma se retrae de la operación de las otras potencias o facultades, ya que no puede ser más que única la atención de una sola alma. Toda el alma, todo el hombre, está en la tristeza que lo afecta y compromete por completo, lo ancla por así decirlo a la totalidad de su ser y de su existencia.

    Y no puede haber sentido ni felicidad verdadera fuera de Dios…

    Bueno, aquí llegamos al punto fundamental. El sentido último de nuestra vida es Dios, ciertamente. El mismo Frankl sostiene, en radical oposición a Freud, que no sólo la religión no es una neurosis sino que en muchos casos la ausencia de la religión es la causa de las neurosis o, para ser más precisos, de un tipo especial de neurosis que el maestro de Viena denomina “neurosis noógenas”, de nous, espíritu, es decir, causadas por un problema espiritual.

    ¿Usted cree que si la gente fuese a santos sacerdotes, se reducirían las consultas de psicólogos y psiquiatras…?

    Es un punto delicado que conviene distinguir y matizar adecuadamente. Las llamadas enfermedades psicológicas, esto es, los diversos cuadros que integran la psicopatología, son en principio organizaciones patológicas dependientes de causas puramente naturales. En su configuración se hallan, como dije antes, involucrados factores orgánicos, neurológicos, neuroquímicos y factores mucho más sutiles e importantes que la psicopatología moderna, tensionada entre los extremos del psicologismo y del materialismo, no entiende bien: me refiero a los movimientos y a los dinamismos que se dan en la esfera de nuestra sensibilidad donde aparecen fenómenos tan complejos como las pasiones o emociones, que son el fruto de procesos integrales tanto corpóreos como anímicos. Piense usted que Santo Tomás definía a las pasiones como movimientos de nuestras tendencias sensitivas acompañados siempre de “transmutación corporal”, es decir, tenía muy en claro (¡en el siglo XIII!) la participación del cuerpo en los estados anímicos. Con esto apunto a lo siguiente: hay que distinguir muy bien lo que son organizaciones neuróticas, que competen al médico o al psicólogo, de los problemas espirituales que competen al sacerdote.

    Dicho esto, no hay dudas no obstante de que en la actualidad se ha producido, como observa el gran psiquiatra católico alemán, Viktor von Gebsattel, un éxodo del hombre contemporáneo del sacerdote al psiquiatra. La causa de este éxodo reside, a mi juicio, en eso que he llamado la secularización de la angustia y de la esperanza. Tal vez hoy habría que plantear la posibilidad de que, al menos en algunos casos, se invierta el sentido de ese éxodo: del psiquiatra al sacerdote. Pero insisto: es necesario distinguir y delimitar ambos campos, el de la psiquiatría y el de la pastoral.

    Ciertamente puede haber causas endógenas de depresión e incluso una persona de fe puede estar deprimida…

    Sin duda. En cuanto la depresión es una enfermedad que procede de causas naturales, como ya dije, un hombre de fe puede padecerla. No soy psiquiatra pero he visto a lo largo de más de cincuenta años de médico muchas depresiones en hombres profundamente religiosos, sacerdotes incluso. Y agrego que aquí la fe resulta en muchos casos un firme aliado del médico.

    Volviendo a la relación de la enfermedad con la situación espiritual y cultural de nuestro tiempo, podemos afirmar que el hombre está creado para lo trascendente y por tanto no le pueden llenar del todo las realidades inmanentes.

    Creo que ha dado usted en la clave. Si hay un rasgo fundamental que caracteriza esta posmodernidad que padecemos es, precisamente, un inmanentismo radical que ha cegado toda posibilidad de trascendencia. No son pocos los que han señalado la gravedad y la extensión del inmanentismo contemporáneo. Lo ha hecho Cornelio Fabro con su crítica radical al principio de inmanencia; entre nosotros lo ha estudiado magistralmente Alberto Caturelli al establecer el vínculo que une este inmanentismo con el nihilismo y la muerte de Dios proclamada por Nietzsche, fomentada Gramsci y retomada por los mentores del posmodernismo al estilo de Vattimo. Caturelli habla del “pleroma de la nada”, es decir, paradójicamente, de la plenitud o el lleno de la nada.

    Cuando uno es joven vive tiende a llevar una vida de sentidos, de sensaciones… sin pensar mucho en la trascendencia…

    Sí, es un dato de experiencia. Hay cierta insensatez y necedad en la juventud. Ya lo advierte la Escritura, en el Libro de los Proverbios, 22, 15: Necedad y juventud caminan unidas.

    Pero más tarde o temprano aparecen la enfermedad y la muerte y la necesidad de buscar una respuesta satisfactoria a estas realidades.

    Es una de las pocas cosas buenas de la vejez… nos pone frente a la realidad del dolor y de la muerte. En este sentido, la experiencia cotidiana del derrumbe de nuestro cuerpo y del esfuerzo del espíritu para sobreponerse a él (lo digo desde la experiencia de mis ochenta años) nos vuelve más realistas y quizás hasta un poco más sabios. Claro, siempre que seamos dóciles a la voluntad de Dios y sepamos aceptar los límites de la vejez, de la enfermedad y de la muerte. De lo contario, estas realidades se hacen insoportables.

    Ha habido numerosos ejemplos de santos y hombres de Dios que las han afrontado con entereza y alegría, sublimando estos momentos y llenándolos de sentido.

    Sí, gracias a Dios tenemos grandes ejemplos. Siempre recuerdo, cuando me toca hablar de este punto, un clásico de nuestra literatura, las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique. ¿Recuerda aquella suerte de diálogo entre el Caballero y la Muerte, en la Villa de Ocaña? La Muerte se le apersona y comienza diciéndole: «Buen caballero, dejad el mundo engañoso y su halago; vuestro corazón de acero, muestre su esfuerzo famoso en este trago”. A lo que el Caballero responde: “No tengamos tiempo ya en esta vida mezquina por tal modo, que mi voluntad está conforme con la divina para todo; y consiento en mi morir con voluntad placentera, clara y pura, que querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera es locura”.

    He aquí un claro ejemplo, cristiano y español, de buen vivir y mejor morir.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s