“Carta a Dios”, de José Luis Martín Descalzo

GRACIAS. Con esta palabra podría concluir esta carta, Dios mío, Amor mío. Porque eso es todo lo que tengo que decirte: gracias, gracias. Sí, desde la altura de mis cincuenta y cinco años, vuelvo mi vista atrás, ¿qué encuentro sino la interminable cordillera de tu amor? No hay rincón en mi historia en el que no fulgiera tu misericordia sobre mi. No ha existido una hora en que no haya experimentado tu presencia amorosa y paternal acariciando mi alma.

Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud, y me escribe furiosa: «Una gran carga de rabia invade todo mi ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran.» ¡Pobrecita! Su cariño no le deja ver la verdad. Porque -aparte de que yo no soy más importante que nadie- toda mi vida es testimonio de dos cosas: en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres. De ellos he recibido arañazos y desagradecimientos, soledad e incomprensiones. Pero de ti nada he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño. Mi última enfermedad es uno de ellos.

Me diste primero el ser. Esta maravilla de ser hombre. El gozo de respirar la belleza del mundo. El de encontrarme a gusto en la familia humana. El de saber que, a fin de cuentas, si pongo en una balanza todos esos arañazos y zancadillas recibidos serán siempre muchísimo menores que el gran amor que esos mismos hombres pusieron en el otro platino de la balanza de mi vida. ¿He sido acaso un hombre afortunado y fuera de lo normal? Probablemente. Pero ¿en nombre de qué podría yo ahora fingirme un mártir de la condición humana si sé que, en definitiva, he tenido más ayudas y comprensión que dificultades? Y, además, tú acompañaste el don de ser con el de la fe. En mi infancia yo palpé tu presencia a todas horas. Para mí, tu imagen fue la de un Dios sencillo. Jamás me aterrorizaron con tu nombre. Y me sembraron en el alma esa fabulosa capacidad: la de saberme amado, la de experimentar tu presencia cotidiana en el correr de las horas.

Hay entre los hombres -lo sé- quienes maldicen el día de su nacimiento, quienes te gritan que ellos no pidieron nacer. Tampoco yo lo pedí, porque antes no existía. Pero de haber sabido lo que sería mi vida, con qué gritos te habría implorado la existencia, y ésta, precisamente, que de hecho me diste.

Supongo que fue absolutamente decisivo el nacer en la familia que tú me elegiste. Hoy daría todo cuanto después he conseguido sólo por tener los padres y hermanos que tuve. Todos fueron testigos vivos de la presencia de tu amor. En ellos aprendí -¡qué fácilmente!- quién eras y cómo eres. Desde entonces amarte -y amar, por tanto, a todos y a todo- me empezó a resultar cuesta abajo. Lo absurdo habría sido no quererte. Lo difícil habría sido vivir en la amargura. La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mí, como el plato de natillas que mamá pondría, infallablemente, a la hora de comer. Algo que vendría con toda seguridad. Y que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor. Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego. No una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría.

Gracias a todo ello, ahora -siento un poco de vergüenza al decirlo- ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino sólo un tanto grises. Otro amigo me escribe en estos días que podré soportar la diálisis «chapuzándome en Dios». Y a mi eso me parece un poco excesivo y melodramático. Porque o no es para tanto o es que de pequeño me «chapuzaron» ya en la presencia «normal» de Dios, y en ti me siento siempre como acorazado contra el sufrimiento. O tal vez es que el verdadero dolor aún no ha llegado.

A veces pienso que he tenido «demasiado buena suerte». Los santos te ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo. Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero ¿qué hago yo si a mi no me has abandonado nunca? A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní. Pero es que tú -no sé por qué- jamás me sacaste del domingo de Ramos. Incluso alguna vez –en mis sueños heroicos- he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a ti y a mi mismo que la tengo. Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.

Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás. El pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades. Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal de tanta luz como tú mantenías a mi lado. En la miseria, he seguido siendo tuyo. Y hasta me parece que tu amor era tanto más tierno cuantas más niñerías hacía yo.

También me gustaría presumir ante ti de persecuciones y dificultades. Pero tú sabes que, aún en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas. Que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro. Que incluso de aquello saqué siempre ganas de ser mejor y hasta misteriosas amistades.

Luego, me diste el asombro de mi vocación. Ser cura es imposible, tú lo sabes. Pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días. Pero, por fortuna, no me he acostumbrado aún a decir misa y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente -siempre más de lo que yo personalmente sabría- y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro -¿sabes?- leyendo la parábola del hijo pródigo. Aún -gracias a ti- no puedo decir sin conmoverme esa parte del Credo que habla de tu pasión y de tu muerte.

Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu Hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el más desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que me habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos. ¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternuras que la de pensar en el rostro de María? He sido feliz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido felíz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones, si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte.

Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡sí estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor! Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso sería demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido. El amor, tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa. Y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor. El amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte Padre es el cielo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera. Quererte ya es un don. No podrás darme más.

Por todo eso, Dios mío, he querido hablar de ti y contigo en esta página final de mis Razones para el amor. Tú eres la última y la única razón de mi amor. No tengo otras. ¿Cómo tendría alguna esperanza sin ti? ¿En qué se apoyaría mi alegría si nos faltases tú? ¿En qué vino insípido se tornarían todos mis amores si no fueran reflejo de tu amor? Eres tú quien da fuerza y vigor a todo. Y yo sé sobradamente que toda mi tarea de hombre es repetir y repetir tu nombre. Y retirarme.

Del libro “Razones para el amor”; Biblioteca Básica del Creyente; Madrid, España.

2 comentarios sobre ““Carta a Dios”, de José Luis Martín Descalzo

  1. ¡Mira la misión de Jesús! Observa el propósito que tiene: Ser ungido para salvar a los quebrantados de corazón, para levantar a los abatidos, para darles libertad a los cautivos. Yo me pregunto: ¿No había una misión más importante para hacer?

    Cuando comparamos los proyectos de Dios con los de los hombres, vemos una gran diferencia; las misiones de los hombres ponen más atención en sus hazañas; por ejemplo, esos generales que están en las plazas, sentados en caballos de bronce, para muchos son héroes porque mataron a los indios como el caso del general Fructuoso Rivera quien pedía armas a Brasil a cambio de tierras para matarlos; también estudiamos las hazañas de Napoleón y otros propósitos del hombre como la construcción del puente más largo del mundo o el edificio más alto del mundo. Estuve viendo una obra gigantesca donde se pretende llevar agua desde un lado de la cordillera de los Andes en Perú, desde la parte oriental hacia la parte occidental ya que en un lado de la cordillera hay abundancia de agua pero el otro lado es desértico. Digamos que esta obra es buena, el hecho de llevar agua para poder sembrar y cosechar. Pero los grandes proyectos del hombre son llegar a la luna, a Marte, subir al monte Everest, bajar a lo profundo del océano, mas el Señor dice: “El Espíritu de Jehová me ha ungido para vendar a los quebrantados de corazón” ¡Me pega muy duro esto! Siempre cuento que en mi juventud fui organista de la iglesia, algo que me gustaba mucho entre otras cosas, pero lo que me marcó para siempre fue el hecho de que antes de cada culto mi pastor me hacía sentar a su lado cinco o diez minutos; cuando él se dirigía al púlpito yo me ubicaba para tocar el órgano. En esos momentos en que me sentaba al lado del pastor yo lo veía orar por los pecadores para que se salven.¡Oraba y lloraba! Yo lo miraba extrañado pensando: ¿Qué tendrá este hombre? Mi pensamiento era: “Bueno, que crean en Cristo, si no, ¡que se vayan de patitas al infierno!” ¡Me chorreaba la misericordia! Yo decía: “¡Ahí está el evangelio, si se quieren salvar que lo crean! Y si no creen, ¡están condenados!” Pero mi pastor no era como yo; a mí una persona depresiva me ponía mal, hasta lo retaba: ¡Leé la Biblia, orá, no puede ser que seas un cristiano depresivo! ¡Orá, salí adelante, dale!” Yo no podía concebir gente depresiva, triste, les pasaba por encima y me iba a jugar al volley, pero sin embargo, lo veía a mi pastor ahí en la primera fila, llorando por esa gente quebrantada. Entonces una vez mirándolo a él de reojo, le dije a Dios: “Señor, ¿qué tiene este hombre? ¡Yo quisiera tener lo que él tiene!” No te creas que me tiré a orar de rodillas; para mí el evangelio era una bendición para mi vida, el que lo tome bien y el que no que se embrome. Yo quería ser un buen empresario, tenía buenos anhelos, por ejemplo, pagarle un sueldo a uno o varios misioneros y sentirme tranquilo que hice mi aporte. Al ver a mi pastor hice esa oración sencilla y a la vuelta del tiempo Dios empezó a llenar mi corazón, porque yo le dije a Dios: “Señor, dame lo que él tiene”.

    Los cristianos tenemos un problema y es no saber valorar una vida, no entender cuánto vale esa vida para Dios; pero lo más asombroso es que la Biblia nos enseña no solamente que cada vida es valiosa sino que Dios de una manera especial valoriza a los más débiles, a los quebrantados, a los más necesitados y uno no alcanza a entender eso de que la misión de Jesús fue venir del cielo a hacerse hombre para rescatar lo más débil o lo más menospreciado de la tierra

    LAS COSAS COMO EL HOMBRE LAS VE

    He aprendido en algunos cursos de liderazgo que para que una organización avance y le vaya bien tiene que saber rodearse de personas eficientes, debe elegir personas que cumplan determinada función, idóneas, bien preparadas, cultas, con buenos modales, o sea, tiene que cumplir con ciertos requisitos porque de lo contrario esa organización no funciona bien. Entonces, muchos que enseñan de liderazgo hablan acerca de “la ley del eslabón más débil” y señalan que una organización o empresa es tan débil como el eslabón más débil que tienen. Digamos que un empresario se rodea de diez ejecutivos, nueve de ellos con una calificación de un ocho o un nueve en un puntaje del uno al diez, pero tiene también un ejecutivo con puntaje cuatro, entonces esa empresa vale por el ejecutivo que tiene puntaje cuatro y no por los nueve que tienen mayor puntaje, ya que esta ley responde al hecho de que el hilo se corta por el lado más débil. Así que la parte más débil de la empresa es justamente ese eslabón más débil, por lo tanto, hasta se enseña que después de haber probado buscando dónde colocar a esa persona finalmente si hay que sacarla lo hacen y colocan en su lugar a alguien que ande bien. En otras palabras tenemos que escoger personas bien para funcionar bien. Ahora, viene Cristo y dice que ha sido ungido por el Espíritu de Jehová para elegir exactamente al revés, ha sido ungido por Dios para rodearse de eslabones débiles, de lo vil y menospreciado y Él mismo señala: “Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido” (Mateo 18:11). ¡Dios considera más valioso lo que más perdido está!

    Nosotros valoramos a esas personas que admiramos, valoramos a las personas cultas, las que hacen hazañas, valoramos a los generales de los ejércitos que han matado más gente. A los generales actuales que no han estado en guerra y no han matado a nadie, no los vamos a poner en el bronce, pero aquellos que han matado gente han sido tremendos estrategas. ¡Pero Dios anda buscando otro tipo de joyas! La reflexión es: ¿Qué hay en el corazón de Dios para valorar a una persona tan desvalorizada como un indigente o un drogadicto? Otra cosa en la que reflexiono es: Señor, ¿mi corazón tiene que ser como el tuyo o puedo seguir siendo como a mí me gusta? Dios algo hizo conmigo porque de pronto llegué a ser pastor y he visto pasar por la iglesia personas quebrantadas, deprimidas, drogadictos, alcohólicos, mujeres destruidas por el abandono de sus esposos, hijas e hijos que han sido rechazados, insultados, menospreciados. Yo me maravillo por esto pero aun así reconozco que estoy muy lejos de tener el corazón de Dios y quiero que en este día no sólo reflexionemos sino que también le pidamos a Jesús ser ungidos con la misma unción que Él tiene. Que podamos decir: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mi porque me ha ungido, me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel”. Evidentemente Dios quiere que tengamos un corazón como el suyo porque cuando lleguemos a su presencia, Él separará las ovejas de los cabritos, y a las ovejas les dirá: “…Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. 35Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; 36estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. 37Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? 38¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? 39¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? 40Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”. (Mateo 25:34 al 40)

    ¡Mira cómo Dios se identifica con el que está en la cárcel! Nosotros nos cuidamos del que está en la cárcel pero Dios quiere tocar su corazón, nos cuidamos del drogadicto que nos puede robar o apuñalar pero Jesús quiere tocar y salvar a ese drogadicto. A los cabritos, Dios les dirá: “…Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. 42Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; 43fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis” (Mateo 25:41 al 43). ¡Dios juzgará y condenará a los que no son como Él!

    Debo decirles a las madres que Dios las ve como unas terribles egoístas. Las madres son buenísimas con sus hijos, oran y lloran por ellos, pero nunca salen de ese límite. ¡Pero Jesús quiere a tu hijo y al de tu vecina! Algunas piensan: Si otros no tienen no me importa pero mi hijo es mi hijo. Nosotros como mucho damos la vida por nuestros hijos, pero Jesús que tiene otro corazón quiere rescatar a tu hijo y a los otros hijos. Yo debo decirles de parte de Dios a las madres y padres que posiblemente oran tanto por sus hijos sin recibir bendición ni respuesta: Cuando comiences a orar por otros hijos además de los tuyos recibirás respuesta de Dios sobre tus propios hijos, porque el mandamiento es: “Ama a tu prójimo”; no es: “ama a tu hijo”.

    Hoy quiero que meditemos en el gran amor de Jesús. Nosotros conocemos personas que nos caen bien y pensamos: “¡Qué lindo si se entregara a Cristo, mira qué tipazo! ¡Lo qué sería éste en el evangelio con la influencia y la plata que tiene!” Más de una chica soltera querrá que Dios lo convierta para conquistar a ese precioso hombre tan lindo y que le cae tan bien. Algún muchacho ve alguna chica en la calle y la codicia para el “Señor”. Vemos personas que nos gustan y nos caen bien para Cristo, pero: ¿A quién le cae simpático un drogadicto o un indigente? ¿A quién le cae simpático uno que nunca supo amar, ni supo estudiar, mucho menos trabajar, pero se supo drogar y robar? Un pastor amigo mío compuso una canción que dice: “Mucha gente he conocido que ama de distintas formas, pero hay un solo amor perfecto. Están aquellos que te aman porque tú les das primero, si les das lo que ellos piden, te aman, pero: ¿Quién me va a amar si no puedo dar?

    LA HISTORIA DE DIEGO

    He viajado recientemente a la ciudad de Rivera al norte del país, al cumpleaños número diez de Oscar Farías un amigo muy querido a quien hemos acompañado desde el comienzo de su pastorado. Hace un tiempo atrás Farías quería hacer un centro comunitario como los que tenemos nosotros, para ayudar a los drogadictos; hasta se hizo un curso, pero no sabía cómo comenzar, entonces me pidió que le mandara algunos muchachos de los que tengo para así poder arrancar. Fue así que le mandamos unos chicos, entre ellos uno llamado Diego el que terminó quedando de encargado de esa comunidad en Rivera, en una iglesia que no es Misión Vida y con otro que no es el Márquez. Yo no he tratado mucho con Diego; llegué al centro comunitario de la iglesia de Rivera y lo saludé pero no conozco su vida, su historia, no se nada de él, en realidad fueron otros los que trataron con él y quienes le ayudaron. Mi trato con Diego no pasaba de un “¡Hola! ¿Cómo estás?” y de una sonrisa. ¡Pero lo que no sabía yo es que una sonrisa, un saludo y un abrazo mío le hacía palpitar tan fuerte el corazón!

    Sucede que él está tan agradecido a Dios, porque salió de un pozo muy profundo; es que el amor de Dios hace que su brazo llegue muy abajo. ¡Y nosotros somos la imagen de Dios en la tierra! Con mucha sencillez Dieguito me escribe una carta en la que me dice: “Apóstol, cuando yo no lo puedo ver a Jesús lo veo a usted”. Por dentro pienso: ¡Pobre Diego, todavía sigue ciego! Pero él ve en sus pastores el amor de Dios, ve a Jesús en ellos. ¡Qué bueno, porque algunos ven demonios en el pastor! Entonces, él escribió una carta para su familia y me pidió que la lea, pues en medio de esa carta me escribe a mí, en la que cuenta la siguiente historia: “Familia, está por demás decirles que espero estén bien, que muchas veces se me ha hecho difícil estar lejos de ustedes; los he extrañado, pero ustedes fueron la excusa perfecta para quedarme, ya no quería defraudarles más. Quisiera contarles algunas cosas de las que he vivido y de las que estoy viviendo y de la fe y esperanza que viviré. Llegué a una comunidad Beraca el 4 de diciembre de 2008. ¡Tiempo difícil! Pasé las fiestas en la comunidad, (¡casi no las paso!) con gente que recién estaba conociendo entre los cuales unos me caían bien y otros no tanto, pero sabía que no me quedaba otra. Sólo Dios y yo sabemos cuánto lloré en esos momentos… Pero estaba en paz, algo me hacía saber y confiar que todo estaba bien y siempre hubo alguien que me ayudó a decidir. Empecé a desenvolverme bien con las tareas y la gente, yo ya había estado en un lugar parecido: ¿Se acuerdan? ¡Eso me ayudó! En la primera comunidad que estuve, Beraca Lagos me tocaba hacer la comida y la limpieza; es muy difícil complacer a todos cuando uno cocina pero nunca dejé de intentarlo; si no fallaba en una cosa era en otra, si les gustaba a tres, a cuatro no. Muchas veces estuve a punto de tirar todo, siempre estuvo en juego mi corazón. Recuerdo haber llegado con un par de remeras, dos pantalones medios viejos y dos buzos, no hace falta decir por qué no tenía nada… llegué siendo un perdedor, un fracasado. Podría haber llegado a tener todo, tuve épocas en las que me iba bien, pero nunca supe disfrutar ni aprovechar y por más que tuviera todo por fuera, por dentro no tenía nada. Mis decisiones en la vida estaban limitadas al dolor, al fracaso, a la soledad. No me quiero poner en víctima, pero muchas veces cuando chico quedé solo porque todos tenían donde escapar; casi siempre jugaba solo, en casa; no salía al barrio por vergüenza, porque todos los chicos salían corriendo a recibir a sus papás cuando llegaban del trabajo y yo recibía al mío borracho, llegaba de lo que él decía “mi oficina” (el boliche).

    Cuando empecé a salir no me importaba nada, imagínense que si a mi padre le importaba más una botella de whisky que yo, como él mismo me lo confesó una noche mientras tomábamos algo, a los 14 años ya no me importaba nada. Si recuerdan, a los 16 años tuve depresión y ataques de pánico; yo no se bien pero creo recordar mi infancia corriendo de un padre borracho con una cuchilla en su mano, creo haberlo visto cortarse las venas con cuatro años, eso (en ese momento me fumaba como quince porros diarios) me parece que influía mucho en la depresión. Después de ir al psiquiatra, tomar pastillas y ser atendido por una psicóloga largo tiempo, dejé la droga pero nunca dejé el alcohol, el cigarrillo y la noche. A los 18 años, alcoholizado, después de haber tenido un par de peleas me fisuré y me fui a tomar merca; a los 19 años ya estaba metido, y a los 20 comencé con la pasta base. La primera vez que fumé me dijo un pibe: “Con lo fisurado que sos vos no la dejas más”. Muchas veces creí lo mismo, hice de todo para consumir, ahora sí, no me importaba nada. Sé lo qué es salir descalzo de una boca de drogas un día de lluvia, sé lo qué es robar en tu casa, en tu barrio y más lejos, mentir, y quedar debiendo dinero. Varias veces me fueron a buscar a casa, me quisieron matar hasta el perro, sé lo qué es que me apunten con un arma, sé lo qué es no tenerle miedo a nada ni a nadie y sé lo qué es tenerle miedo a todos y no confiar ni en mi propia sombra. Pasaba noches enteras sin saber qué hacer, hice sufrir a todos los que estaban a mi lado. El día que algo me hizo un clic adentro, fue cuando hacía ya cuatro días que no salía de casa; pero no se si ustedes saben que empezaba con vómitos, no podía comer ni quedarme quieto. ¡No sabía lo que podía hacer si me quedaba en casa! Ese día me enteré que una amiga había muerto, una fue presa, y otros fueron baleados y presos; no eran cosas extrañas pero cada vez la muerte estaba más cerca. Esa madrugada volví a casa a las cinco de la mañana y mamá estaba orando con la Biblia abierta en su cama. Yo le dije: “Si soy hombre para conseguir droga lo voy a ser para conseguir una solución”, y me fui derecho a Beraca. Cuando decidí internarme miraba para adelante y no veía más que oscuridad. ¡Es feo que el mundo se te reduzca a un par de cortes o algún achique que se abría y a la gente que ya se había resignado! Llegué con la cabeza baja siendo un perdedor y con la última ficha que me quedaba para jugar. Después de mi primera internación en el Centro Cristiano yo siempre supe que Dios es real; muchas veces me dijeron que Él me amaba y que tenía grandes cosas para mí. ¡Es muy difícil estar con una pipa en la mano, paranoico, duro, trabado y con promesas de Dios! Por un lado siempre amenazas de muerte, por el otro, palabras de vida. La mano era con Cristo pero me costaba ceder a mi orgullo, a mi rebeldía y las tantas heridas del corazón me detenían, pero era mi última ficha y lo sabía, así que lo dejé entrar a mi corazón para que lo sanara y que me ayudara a cambiar porque no podía más. Y algo empezó a romperse en mí; de pronto creía que yo iba a cambiar porque ya no dependía de un fracasado, drogadicto y pecador, ahora dependía de Jesús; para mí era imposible cambiar, para Él no, y le creí y ahí se me volvió fácil. No cambiar yo, sino que Él me cambie y como para el que cree todo le es posible, empezó el proceso. De a poco empecé a ganar confianza con mis líderes y encargados, de a poco me fui interesando por los chicos que vivían conmigo, de pronto me deslumbraba con mis pastores, ¡les estoy tan agradecido a estas personas! Hubo mucha gente que invirtió en mi vida de todo un poco sin esperar nada a cambio, fueron y son para mí un ejemplo, modelo y espejo, marcaron mi vida y mi corazón. Estuve en Beraca Lagos y en Beraca Aeropuerto, en Aiguá, en Villa García, y mis líderes y encargados fueron: Gabriel Irigaray, Rafael Vega, Carlos Cal y Jesús Almeida. ¡Dios los bendiga a ellos y a los otros líderes y encargados y a cada chico por supuesto! No quedan afuera los pastores, en particular el pastor Álvaro Dastugue y la pastora Viviana, yo digo que son los pastores más lindos del ministerio y ellos lo creen, pero sólo hasta que me case yo. En esas diferentes comunidades y con los distintos encargados tuve diferentes oportunidades y responsabilidades, en todas aprendí, mejoré, cambié y por sobretodo me enamoré de Jesús y de la vida en comunidad. A veces cansa estar 24 horas conviviendo con chicos que no son de los más buenos, a veces te preguntas si vale la pena, muchos fallan y caen en el intento, muchas veces ni cuenta se dan del amor que les tenemos, a veces ni gracias te dan pero Dios no pierde detalles. Y cuando ves una madre feliz como la mía que recuperó la fe, la esperanza, cuando ves dos chicos abrazarse y animarse, además, cuando ves el amor de Dios en las vidas de otros te das cuenta que sí vale la pena.En marzo de 2010 me encontraba en la comunidad de San José cosechando uvas; Dios me hace saber que me iría de allí y les contaba a mis amigos, porque también hice buenos amigos; y así fue: A los pocos días estaba partiendo para Rivera, a trabajar a otra iglesia, con otro pastor, Oscar Farías. Hoy tenemos siete chicos y cuatro ingresos en puerta. ¡Es algo nuevo en la ciudad y en la iglesia! ¡Dios me ha enviado con un propósito y Él será glorificado! Yo no se a dónde iré a parar con esta locura del evangelio, hasta dónde vivir por fe, pero el Señor me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres, me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, y a predicar el año agradable del Señor hasta lo último de la tierra. Contar de cada persona que he conocido, lugares que he estado, anécdotas, historias, testimonios, sería mucho para unas hojas, pero ya habrá oportunidad. Cuando estaba en la droga, no sabía a dónde iba a parar, ni sabía cuantos años tenía, hoy en día tampoco pero soy feliz. Familia, los amo y oro a Dios por ustedes; esta oración háganla de corazón y Jesús cambiará sus vidas: Señor Jesús, me arrepiento y te pido perdón por mis pecados, te pido me libres de ellos. Ayúdame Jesús, entra en mi corazón, te necesito. Bendice a mi familia, ayúdame Jesús, sálvame Señor, ven a mi vida, sáname Señor, te necesito, amén.”

    En la carta, Diego me dice: “Apóstol Márquez, si de alguna forma pudiera contar y compartir mi alegría con usted y tener la intención de generar al menos una sonrisa, un suspiro, una caricia de paz en su corazón, quisiera que fuera por medio de esta carta. La carta que le transcribo es para mi familia y lo que yo puedo hoy contarles a ellos se lo debo a usted apóstol. Mi corazón frente a usted se pone como Juan en el vientre de su mamá cuando llegó Jesús en el vientre de María, que saltaba, así mismo salta mi corazón. Yo le estoy agradecido eternamente, mi vida se inclina ante usted, donde yo vaya, usted, Misión Vida y Beraca irán conmigo. Hoy en día tengo contacto con mi familia pero sólo mi madre está conmigo y me apoya muchas veces. Me siento solo, muchas veces se me hace difícil mirar a Jesús. Apóstol, ahora estoy llorando, quiero que sepa que cuando mi mirada no llega a Cristo lo miro a usted; me ha bendecido, me ha hecho feliz, le pido a Dios la oportunidad de devolverle la alegría. Quisiera que algún día escuche mi nombre y haga ese gesto con la cabeza y con los brazos como festejando un gol. Sólo puedo decirle que lo amo, le doy gracias a Dios por su vida y le pido que lo guarde, lo fortalezca y lo bendiga. Un abrazo afectuoso, Dieguito.”

    LAS COSAS COMO LAS VE DIOS

    ¡Mira qué valioso, cómo Dios puede transformar en una persona valiosa a alguien que no tenía nada para dar! Yo digo que como empresario, Jesucristo es un perdedor porque en vez de rodearse de gente bien preparada elige lo peor. ¡Todo al revés! Jesús valora las cosas distinto a como nosotros las valoramos. ¡Y no puede ser que nosotros valoremos de una manera y Jesús de otra! Yo creo que algo tiene que pasar en nuestros corazones. Evidentemente, Dieguito no era valioso, no podía ayudar a nadie, no podía hacer nada ni siquiera por sí mismo; llegó el punto que no quería salir de la casa porque vomitaba y ya la vida se le iba. ¡Menos mal que hay Dios! ¡Y tan valioso es que Jesucristo dio su vida por la de Dieguito!

    Así que como yo me sentaba al lado del pastor Roberto Paso, lo miraba de reojo y preguntaba: “Señor, ¿qué tiene este hombre? Te pido que me des lo que él tiene”, ahora me siento al lado de Jesús, lo miro y le digo: “¡Jesús, dame un corazón como el tuyo! Que yo no considere valioso lo que me parece sino que considere valioso lo que tú consideras valioso. ¿Dónde hay alguien que no vale nada pero que tú lo tienes escrito en el libro de la vida Señor? ¡Yo quiero hablarle de ti! ¿Dónde están ese hombre o esa mujer quebrantados? ¿Dónde está ese hombre que piensa que va a morir reventado por el alcohol? ¿Dónde está esa persona que tú quieres salvar? ¡Señor, no quiero salvar a los que me agradan sino a los que tú ya tienes decidido!”

    Quiero preguntarte: ¿En qué planes andará Dios y en cuáles andas tú? ¿En qué estás invirtiendo tu vida? La Biblia nos enseña que no hay mayor inversión que morir por los amigos: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). Jesucristo nos enseña en la Biblia que el precio que hay que pagar por la vida de otros es la muerte; Juan dice en su primera carta que si Cristo dio su vida por nosotros, también tenemos que dar nuestra vida por nuestros hermanos, no hay mayor amor que éste. ¿Tú quieres tener otro amor? ¿Huyes de esta clase de amor? ¿No quieres ser tocado por esta clase de amor? ¡Entonces no quieres nada con Cristo! Si quieres algo con Jesús tienes que pedirle que te dé un corazón como el suyo; muchas cosas que tú consideras valiosas dejarás de considerarlas como tal y muchas cosas que consideras que no son de valor comenzarás a considerarlas valiosas.

    Antes de leer la carta que compartí con ustedes, yo lo abrazaba a Dieguito como a uno más pero ya no lo puedo seguir haciendo así; ahora sé que estoy abrazando a un siervo de Dios, ahora sé que abrazo a una persona muy valiosa por quien Jesús dio su vida en la cruz del calvario.

    CONCLUSIÓN

    Quiero que oremos juntos porque lo que amamos determina hacia dónde caminamos, determina en qué invertimos nuestras fuerzas, y nuestra profesión; lo que amamos determina en qué gastamos nuestra vida. Todos los proyectos de los hombres son proyectos temporales, todos terminan aquí nomás. Todas las ambiciones humanas son temporales, las cosas que anhelas, que amas, que quieres alcanzar, por las que te rompes la cabeza para tratar de conquistar, por las que dejas la vida, todos esos planes humanos son temporales. ¡Pero Dios no tiene proyectos temporales! ¡Los proyectos de Dios son eternos! El techo es temporal, la comida y la ropa son temporales, el matrimonio es temporal, la mujer con quien me caso es temporal, ¡todas las mujeres son un temporal, especialmente las suegras! Pero los planes de Dios son eternos. ¿En qué invierto mi vida? ¿En bienes eternos o en bienes perecederos?

    Dice la Biblia que nuestra fe es más preciosa que el oro (1ª Pedro 1:7). ¡Invierte en la fe, invierte en los proyectos de Dios! Solamente piensa cuáles son las cosas que amas y por las que te preocupas y te ocupas: Si estas cosas son temporales tú no estás siguiendo a Cristo, esas cosas en la Biblia se llaman añadiduras, pero Cristo dice: “Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia”. ¡El reino de Dios es eterno! El plan de Dios opera desde antes de la fundación del mundo. Dios invierte en las personas porque Él pone en ellas eternidad, Dios invierte en los más débiles porque no teniendo nada son los que más expectativas tienen de que Dios les de lo que no poseen y cuando Dios les da, les da vida eterna. Quiero que oremos y le pidamos a Dios: “Señor, enséñanos a amar lo que tú amas, dame un corazón como el tuyo”.

    Lamento tanto que Dieguito haya venido a Beraca, es una pena que no lo hayamos ido a buscar, le tengo que pedir perdón a Dios y darle las gracias por causa de que haya venido él por sí mismo. ¡Qué valiosa es una madre que ora como la mamá de Diego! Que puedas invertir tu vida en lo que realmente tiene valor, en lo que Jesús invirtió la suya. Para Jesús no vale la pena construir el puente más largo del mundo, para Él vale la pena ganar una persona perdida. Para Jesús no es importante un proyecto para llegar a Marte, para Él es importante un proyecto para llegar al corazón de Diego. Así que nosotros queremos subir y Cristo quiere bajar a lo más bajo, a lo más profundo. ¡Hasta que no amemos como Cristo no vamos a estar totalmente identificados con Él! ¿De qué sirve una relación con alguien que piensa y siente diferente a ti? ¿Te imaginas casándote con alguien que quiere ir para un lado cuando tú quieres ir hacia el otro? ¿De qué le sirve a Cristo una relación contigo si tú vas para el lado contrario al que Él va? Es tiempo de decirle a Jesús: Señor, no quiero desperdiciar más mi vida, quiero que me des un corazón como el tuyo, quiero valorar lo que tú valoras y amar lo que tú amas.

    “Señor, te pedimos perdón por amar tantas cosas que tú no amas y valorar esas cosas que tú no valoras; venimos delante de ti humillados. ¡Cuántos Diegos tendríamos que haber salvado Señor! ¡Cuántos Diegos hay en la calle! ¡Cuántos hay que hacen vibrar tu corazón Señor y que no hemos ido a rescatar! Queremos pedirte perdón, Señor. Queremos invertir la vida en lo que realmente vale, no queremos quemarla en hojarasca, no queremos invertir la vida en obras que se queman Señor, sino en las que pasan el fuego, porque son pasadas por el fuego y permanecen. ¡Extiende tu mano, Señor!

    Repite conmigo esta oración y di: “Señor mío, ¡perdóname! Dame el amor que tú tienes, te lo pido en el nombre de Jesús. Señor, cambia mi corazón, hazme valorar lo que tú valoras, llena mi vida de tu presencia, enséñame a amar lo que tú amas y enséñame a escoger tus planes y rechazar los míos. Extiende tu mano, bendíceme en esta hora, úngeme Señor como a Diego, úngeme con tu Espíritu para predicar las buenas nuevas a los abatidos, para vendar a los quebrantados de corazón, para publicar libertad a los cautivos y a los presos apertura de las cárceles. Señor amado, no quiero gastar mi vida en lo que no aprovecha, tómame en tus manos Señor, en el nombre de Jesús hago esta oración, amén”.

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  2. Padre amado, quiero pedirte hoy que me ayudes a realizar los planes que tengo y tener claridad mental para saber sobreponerme a cada situación. Que pueda tomar las mejores decisiones. Te amo y quiero confiarte a cada una de las personas con las que hoy voy a encontrarme. Dale paz a mi corazón para actuar de la mejor manera y que tu luz brille a través de mí. Gracias por tu actuación poderosa en mi vida y por las gracias que me das para aliviarme el sufrimiento. Confío en que ahora me bendices y no dejarás que caiga derrotado ante ningún problema que se me presente. Amén

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