“Y yo tan contenta”

Y yo tan contenta“, era una de las frases favoritas de la nueva Beata Guadalupe Ortiz. Estoy leyendo algo de su vida estos días, y de algún modo he relacionado esta frase tan suya, con esta curiosa historia.

Esto era un hombre que vagaba por el mundo viajando y disfrutando de las bellezas que iba encontrando en su camino. Un día llegó a un pueblo en el que había un gran jardín… Entró y vio que era un inmenso cementerio. Miró una lápida y comprobó que era de un niño de 8 años, el hombre se asustó. Siguió mirando y era un niño de 5, otro de 6, y otro de 4 y otro…! El hombre aterrado y triste se sentó en una piedra y comenzó a llorar, tras comprobar que en todo aquel gran cementerio la persona con mayor edad no parecía superar los 12 años.

Llegó el cuidador del cementerio y al verlo así, le pregunto: ¿Es por algún familiar?… Le respondió: No, señor, verá usted ¿Qué ha ocurrido aquí para que todos los niños mueran? ¿Una plaga? ¿Una enfermedad?…

El cuidador sonrió y amablemente le dijo: Tranquilícese, Señor, aquí casi nunca muere un niño. Verá, hay una antigua tradición según la cual, desde que un chico cumple los 15 años le dan una libretita, se la cuelgan al cuello y cada vez que disfruta de algo intensamente se apunta cuánto duró y que fue… El primer beso, el primer amor, una fiesta con sus amigos, etc… Cuando mueren miramos en su libretita y sumamos todos los momentos que apuntó, porque en este pueblo pensamos que el tiempo disfrutado intensamente es el tiempo realmente vivido.

Después de leer este relato me he dado cuenta de que, de algún modo, son los santos los que viven más tiempo y de verdad la vida.

Beata Guadalupe Ortiz de Landazuri

2 comentarios sobre ““Y yo tan contenta”

  1. La veneración de los santos no es una costumbre pasada de moda, como sugieren algunos con el atrevimiento que nace de la ignorancia. Al contrario, es la realización concreta de una de las grandes verdades de la fe cristiana, tan importante que tiene su propio artículo del Credo: creo en la comunión de los santos. No sólo estamos unidos en Cristo a los demás católicos que viven hoy en el mundo, sino también a los que vivieron en otros tiempos y que están en el purgatorio o en el cielo.

    En las iglesias católicas orientales, las paredes están cubiertas por completo con iconos no solamente de Cristo y de su vida, sino también de los santos de la historia de la Iglesia, adornados con el oro que simboliza la gloria de Dios que los baña por completo. Estos iconos recuerdan poderosamente el misterio de la comunión de los santos. En virtud de esa comunión, los católicos nunca estamos solos. Como dice la Carta a los Hebreos 12,1, una nube de testigos nos rodea (recordemos que, en griego, testigo se dice “mártir”). Cristo no fundó una mera institución, sino que creó una familia, que es la Iglesia. Los mártires, los confesores, los doctores de la Iglesia, las bienaventuradas vírgenes, los santos pastores y todos los santos en general son nuestros hermanos, nos preceden en el camino de la fe y están ya en el cielo al que, si Dios quiere, también nosotros llegaremos un día.

    Si sólo Dios es santo, ¿cómo puede haber santos? Como recuerda Santo Tomás, bonum diffusivum sui, es decir, el bien tiende a repartirse. Dios, que es el único Santo, nos regala generosamente su santidad a manos llenas: seréis santos como yo soy santo (Lev 19,2). Cristo se entregó por su esposa la Iglesia para santificarla y hacer de ella una nación santa, pueblo adquirido por Dios (1P 2,9). Como dice el Catecismo, “al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores” (Catecismo de la Iglesia Católica 828).

    Por ello, los santos y especialmente la Virgen, que es la Reina de todos ellos, son una gracia para la Iglesia y para cada uno de nosotros. Dios nos los da como compañeros, hermanos, ejemplos, intercesores, amigos, protectores y maestros. En ellos, se nos manifiesta Cristo: quien os escucha, me escucha a mí (Lc 10,16), de manera que nosotros, que vivimos dos mil años después de la vida terrena de Jesús, podemos contemplar humanamente a nuestro Señor en aquellos que, fieles a la obra del Espíritu Santo, reflejan su Rostro y tienen los mismos sentimientos de Jesús (Flp 2,5). Ellos son los amigos de Dios, los que glorifican al Cordero en su trono celeste, los que oran incesantemente por nosotros (cf. Ap 5,8).

    Al igual sucede con todas las cosas buenas, es cierto que pueden existir personas que deformen el culto a los santos e incluso lo conviertan en poco más que una superstición. Si una pobre señora pone perejil a San Pancracio para tener “buena suerte”, probablemente necesitará una catequesis que la ayude a entender que los santos están en el cielo y no necesitan nada de nosotros (bueno, y a comprender que eso de la “buena suerte” no es cristiano). Sin embargo, como dicen los juristas, abusus non tollit usus, es decir, el hecho de que alguien abuse de una práctica y la deforme no es razón para abandonar esa práctica bien entendida.

    Lejos de pensar que los santos son algo sin importancia, la Iglesia ha organizado su mismo “programa de vida”, su calendario litúrgico, en torno a la memoria de los santos y a los misterios de Cristo. El martirologio romano, que es la lista oficial de santos de la Iglesia, recoge como un tesoro el recuerdo de los santos a lo largo de la historia. Además, desde su inicio, la Iglesia ha querido vincular la celebración de la Eucaristía a la conmemoración de los mártires. En cuanto comenzó a haber mártires, la Misa se celebraba sobre sus tumbas en el día de su martirio (que llamaban dies natalis, día del nacimiento a la vida verdadera) y aún hoy, se acostumbra a colocar reliquias de santos bajo los altares de las iglesias.

    Por ello, la Iglesia nos anima siempre a pedir la intercesión de los santos, que rezan por nosotros desde el cielo, con la ventaja de estar contemplando ya el Rostro hermosísimo de Dios. La oración sobre las ofrendas del día de Todos los Santos pide a Dios que nos conceda “experimentar la fraterna solicitud por nuestra salvación de aquellos que han alcanzado ya la felicidad eterna” y el prefacio de la solemnidad nos invita a alegrarnos “al celebrar hoy la gloria de los hijos más insignes de la Iglesia”, en los que Dios nos concede, “al mismo tiempo, ejemplo y ayuda para nuestra fragilidad”. Despreciar esa ayuda para nuestra debilidad es o bien un signo de ignorancia o de absurda temeridad.

    Todo católico debería tener siempre una vida de santo en la mesilla de noche y empezar otra cuando la termine. Es un tipo de lectura espiritual sencilla y amena, que no exige el esfuerzo de un tratado de teología o un catecismo, ni la concentración de un libro de oración. Además, tiene un efecto muy particular contra la acedia y la tibieza.

    Por un lado, las vidas de santos despiertan el deseo de seguir a Cristo como lo hicieron los santos, un deseo que ensancha el corazón y es fundamental para la vida cristiana, como decía San Agustín. Así se convirtió San Ignacio, leyendo el Evangelio y vidas de santos y notando que esas lecturas dejaban en él una paz y una alegría duraderas y profundas. ¿Qué puede haber mejor que desear la contemplación de San Bruno, la sabiduría de Santo Tomás, la ortodoxia de San Atanasio, la pobreza de San Francisco, el celo evangelizador de San Francisco Javier, la pureza de Santa Inés, la obediencia de Santa Teresa o el amor por la Escritura de San Jerónimo?

    Por otro lado, contrarrestan eficazmente la tentación de la desesperanza, de pensar que no es posible vivir como Dios quiere. En efecto, en los santos vemos ejemplos concretos de personas que, de hecho, pudieron vivir haciendo la Voluntad de Dios. Si Santa Mónica pudo conseguir de Dios la gracia de la conversión de su hijo, su marido y su suegra, ¿por qué no voy a conseguirla yo? Si Santa Teresa de Lisieux, que no salía nunca de su convento, es la patrona de las misiones, ¿qué hago yo quejándome de esta enfermedad que me tiene postrado en la cama en lugar de ofrecerla a Dios por la salvación de los hombres? Si San Antonio dejó sus bienes para seguir a Cristo al escuchar una frase del Evangelio, ¿cómo voy a permanecer yo esclavo del dinero?

    Venerar la memoria de los santos, leer sus vidas y pedir su intercesión nos recuerda, además, cuál es nuestra vocación principal: la vocación a ser santos. Dios no se conforma con menos. No quiere que seamos buenas personas sino perfectos en la caridad y santos como Él es santo, porque no hay otro camino para la felicidad plena ni existe nada mejor en este mundo ni en el otro. Que Dios nos lo conceda.

    MARIA

    Me gusta

  2. Como presume de Santa D Rafael¡¡….. bonita y reflexiva entrada…Igual algún día DRafael le veo en los altares,😀..Y ya sabe” ..Un Santo triste,es un triste Santo”. Leí una frase que decía..”No dejes.
    que la tristeza anide en tú cabeza”. Saludos a todos

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s