El señorío de obedecernos a nosotros mismos

Todos hemos conocido personas que en demasía se dejan llevar de sus impulsos, pasiones, etc. También hemos observado como son más fácilmente manipulados por personas e intereses que, aprovechando sus debilidades ante ciertos estímulos, los van llevando hacia donde ellos quieren.

Puede parecer que hacer las cosas porque nos apetece es más verdadero y natural que hacerlas solo porque es nuestra obligación. Pero en realidad, aprender a controlar los impulso, a pensar sobre las metas que queremos y prever las consecuencias, a elegir los objetivos, a gestionar el esfuerzo y mantener el propósito y la atención; aprender, en definitiva, a vencernos e imponernos a nuestros gustos y apetencias, en esas pequeñas cuestiones cotidianas, porque comprendemos que son las más convenientes para nuestro bien o el de otros, en realidad no lleva a vivir una vida mucho más auténtica, nuestra y personal, que la que surge como resultado de respuestas semiautomáticas a los estímulos que el entorno nos reclama o solicita.

Dicen los expertos y educadores que el concepto de deber es imprescindible para formar la personalidad, para organizar la propia conducta conforme a un proyecto y unos valores, para disponer de un contrapeso del impulso o el deseo.

Estamos en Pascua y hemos decidido luchar por estar alegres y no enfadarnos, y si lo hacemos rectificar enseguida. Así que ahí tienes unos deberes por los que luchar… Ahí podemos ejercitarnos en ese misterio de la persona que consiste en ser capaz de obedecerse a sí mismo, para no vivir a remolque de sus impulsos. Ánimo!!

3 comentarios sobre “El señorío de obedecernos a nosotros mismos

  1. La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la ilustración.

    La pereza y la cobardía son causa de que una tan gran parte de los hombres continúe a gusto en su estado de pupilo…; también lo son de que se haga tan fácil para otros erigirse en tutores. ¡Es tan cómodo no estar emancipado! Tengo a mi disposición un libro que me presta su inteligencia, un cura de almas que me ofrece lo que hay que hacer, un médico que me prescribe las dietas, etc, etc, así que no necesito molestarme. Si puedo pagar no me hace falta pensar, ya habrá otros que tomen a su cargo, en mi nombre, tan fastidiosa tarea. Los tutores, que tan bondadosamente se han arrogado este oficio, cuidan muy bien que la gran mayoría de los hombres considere el paso de la emancipación, además de muy difícil, en extremo peligroso. Después de entontecer sus animales domésticos y procurar cuidadosamente que no se salgan del camino trillado donde los metieron, les muestran los peligros que les amenazarían caso de aventurarse a salir de él. Pero estos peligros no son tan graves pues, con unas cuantas caídas, aprenderían a caminar solitos; ahora que, lecciones de esa naturaleza, espantan y le curan a cualquiera las ganas de nuevos ensayos.

    Es, pues, difícil para cada hombre en particular lograr salir de esa incapacidad, convertida casi en segunda naturaleza. Le ha cobrado afición y se siente realmente incapaz de servirse de su propia razón, porque nunca se le permitió intentar la aventura….

    Pero ya es más fácil que el público se ilustre por sí mismo y hasta, si se le deja en libertad, casi inevitable. Porque siempre se encontrarán algunos que piensen por propia cuenta, hasta entre los establecidos tutores del gran montón, quienes, después de haber arrojado de sí el yugo de la tutela, difundirán el espíritu de una estimación racional del propio valer de cada hombre y de su vocación a pensar por sí mismo….

    Mediante una revolución acaso se logre derrocar el despotismo personal y acabar con la opresión económica o política, pero nunca se consigue la verdadera reforma de la manera de pensar; sino que, nuevos prejuicios, en lugar de los antiguos, servirán de riendas para conducir al gran tropel.

    Para esta ilustración no se requiere más que una cosa, libertad; y la más inocente entre todas las que llevan ese nombre, a saber: libertad de hacer uso público de su razón íntegramente. Mas oigo exclamar por todas partes: ¡Nada de razones! El oficial dice: ¡no razones, y haz la instrucción! El funcionario de Hacienda: ¡nada de razonamientos!, ¡a pagar! … Aquí nos encontramos por doquier con una limitación de la libertad. Pero ¿qué limitación es obstáculo a la ilustración? ¿Y cuál, por el contrario, estímulo? Contesto: el uso público de su razón le debe estar permitido a todo el mundo y esto es lo único que puede traer ilustración a los hombres.

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  2. La madre –explica José Antonio Marina– enseña al niño a dirigir su atención, es decir, a adueñarse de sus procesos perceptivos. Muy pronto sigue sus indicaciones con la mirada. Después, le anima a buscar objetos, a juegos compartidos, en los que, cuando el niño se cansa, la madre retoma su atención, para enseñarle así la perseverancia en la acción. Más tarde, mediante la palabra, comienza a dar órdenes a su hijo, que el niño aprende a obedecer. Posteriormente, el niño comenzará a darse órdenes a sí mismo. Está poniendo los cimientos de la voluntad.

    Hay numerosos estudios que hablan de cómo el niño va adquiriendo las funciones ejecutivas durante los primeros años de vida. El niño aprende a controlar su propio sistema nervioso obedeciendo primero las órdenes de sus cuidadores, y después –mediante el desarrollo del habla interior– aprende a darse órdenes a sí mismo. Por eso necesita que le pongan límites, que le enseñan a distinguir lo que es bueno para él de lo que simplemente le apetece o le atrae.

    Ha habido también autores, sobre todo en el pasado, que insistían en que no hay que imponer nada a los niños, porque sería hacer violencia a su libertad de vivir. Pero los efectos de una educación permisiva son demasiado evidentes, y cada vez parece más claro que el niño necesita cariño y ternura, pero también disciplina, esencial para crecer en autocontrol. Se saben amados cuando los padres se interesan por ellos y establecen normas de modo coherente y razonable, mediante una disciplina que busca el aprendizaje, no un régimen autoritario.

    Obedeciendo, el niño aprende a obrar según normas que están por encima de sus impulsos. De ese modo, poco a poco hace suyos diversos hábitos con los que supera la dictadura de los estímulos. Eso le humaniza cada vez más, porque, entre el estímulo y su respuesta, está por medio la libertad humana, y esa capacidad de decidir cómo se reacciona es quizá lo que más nos distancia de los animales: nos permite valorar las incitaciones o apremios que percibimos, y decidir cómo debemos responder ante ellos. Con la disciplina inicial, el niño va obedeciendo la voz de otro y, por ese camino, aprende después a obedecer a su propia voz interior. Ese habla interior se va a convertir en un gran regulador de la acción. Se acostumbra a dialogar consigo mismo y establecer poco a poco su propia disciplina, regida por los valores que va asumiendo y que le ayudarán a configurar su vida de un modo más propio y personal.

    Todos sabemos que si alguien no avanza lo suficiente en ese proceso, será en buena medida una persona tiranizada por sus impulsos, cautiva de ellos, sometida a quienes sepan manipularle tirando de aquellos estímulos ante los que es débil y con toda probabilidad sucumbirá. Dominar las propias funciones ejecutivas permite controlar el impulso, deliberar sobre los objetivos y prever sus consecuencias, elegir metas, gestionar el esfuerzo, mantener el propósito y la atención. Permite dirigir la conducta no sólo por lo que a uno le atrae o le apetece, sino también por lo que comprende que le conviene, para el propio bien y de otros.

    Hablamos del niño, pero todo esto es bastante similar en los adultos. Aprender a vencerse en pequeñas cuestiones en las que comprendemos que debemos imponernos a nuestros gustos o apetencias del momento, es una forma de crecer como personas, de hacernos más dueños de nosotros mismos, de dirigir con más libertad la propia vida. Todo eso nos hace vivir una vida más nuestra, no una respuesta semiautomática de lo que el entorno nos solicita o nos reclama.

    A veces parece que hacer las cosas porque nos apetece es más digno que hacerlas porque es nuestro deber. Sin embargo, el concepto de deber es imprescindible para formar la personalidad, para organizar la propia conducta conforme a un proyecto y unos valores, para disponer de un contrapeso del impulso o el deseo. Cada uno tiene que pensar cuáles son sus deberes, pero también debe haber aprendido antes a ser capaz de obedecerse a sí mismo, para no vivir a remolque de sus impulsos.

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