Del riesgo de erradicar “el alma de la literatura” en base a razones “más científicas”

Seguimos con el libro de C. S. Lewis, La abolición del hombre. El autor sigue comentando la obra de Cayo y Ticio [nombres ficticios de los autores de un libro real que Lewis también ficticiamente denomina como El libro verde]. Estos autores en el capítulo cuarto ponen un ejemplo que Lewis analiza. Se trata de un anuncio publicitario que invita a un crucero de placer por los Mares Orientales. Veámoslo:

El anuncio dice que comprando un pasaje para dicho crucero se surcarán los Mares Orientales donde navegó el capitán Drake, “aventurándose en las maravillas de las Indias”, y volviendo a casa con un “tesoro” de “horas doradas” y “colores vivos”. Por supuesto que es un fragmento mal escrito: venal y sensiblera explotación de los sentimientos de admiración y agrado que los hombres sienten cuando visitan lugares profundamente asociados con la historia o la leyenda. Si Gayo y Ticio se dedicaran a lo suyo y enseñaran a sus lectores (como prometían) el arte de la redacción en inglés, deberían comparar este anuncio con pasajes de grandes escritores en los que las mismas emociones estuvieran correctamente expresadas, para, a continuación, mostrar dónde estriban las diferencias.

Podrían haber usado el famoso párrafo de Samuel Johnson en su libro Islas Orientales, que termina así: “El hombre cuyo patriotismo no se exaltara en la planicie de Maratón o cuya piedad no se confortara entre las ruinas de Jonia, es pequeño para ser envidiado”. O bien podrían haber seleccionado el fragmento de El Preludio, en el que Willian Wordsworth describe cómo la antigüedad de Londres le venía a la mente con «Fuerza y poder, poder que crece gracias a esa fuerza». Una lección que hubiera confrontado tal literatura con el anuncio y hubiera discriminado verdaderamente lo bueno de lo malo, habría sido una lección con valor pedagógico. […]

Pero no, se limitan simplemente a reseñar que el lujoso barco realmente no navegará a donde Drake navegó; que los turistas no disfrutarán de ninguna aventura; que los tesoros que traerán a casa serán únicamente de naturaleza metafórica; y que en un simple viaje a Margate [un balneario británico] pueden encontrar “toda la satisfacción y el descanso” que necesitan. Todo esto es muy cierto: gente con menos talento que Gayo y Ticio hubiera bastado para descubrirlo. De lo que no se han dado cuenta, o de lo que no se han preocupado, es de que se podría dar un tratamiento muy similar a tanta buena literatura que suscita emociones parecidas. […] En efecto, si no existe ciertamente ningún impedimento que pueda evitar que un crítico desprestigie por las buenas a […] Charles Lamb, o a Virgilio, o a Sir Thomas Browne o a Mr. W. John de la Mare, con la misma lógica con que El Libro Verdedes prestigia el citado anuncio, Gayo y Ticio no han prestado a sus jóvenes lectores la más mínima ayuda para hallarlo.

De este pasaje, el alumno aprenderá bien poco sobre literatura. Lo que sí adquirirá con rapidez, y quizás para siempre, es la creencia de que todos los sentimientos suscitados por asociación de ideas son en sí mismos despreciables y contrarios a la razón. No tendrá noción de que existen dos modos de inmunizarse frente a un anuncio como el anterior; dicho anuncio constituye un fracaso tanto para los que están por encima como para los que están por debajo de él; tanto para el hombre verdaderamente sensible como para el simple mono con pantalones incapaz de concebir el Atlántico como algo más que un montón de toneladas de fría agua salada. Existen dos tipos de hombre para los que resulta vano un falso artículo de fondo sobre el patriotismo y el honor: uno es el cobarde; el otro es el hombre patriota y de honor. Pero nada de esto se somete al juicio del alumno. Por el contrario, se le anima a rechazar el atractivo de los “Mares Orientales” bajo el peligroso punto de vista de que obrando así se demostrará a sí mismo ser un tipo listo al que no se puede engañar fácilmente.

Gayo y Ticio, aparte de no enseñar al alumno lo que la literatura es verdaderamente, han erradicado de su alma, mucho antes de que sea lo suficientemente adulto como para poder elegir, la posibilidad de tener ciertas experiencias que pensadores más autorizados que ellos han considerado generosas, fructíferas y humanas.

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