Creados para la santidad

«Dios nos escogió en Él antes de la creación del mundo para que seamos santos y sin mancha delante de Él»… Siempre que leo estas palabras de san pablo a los efesios, me siento sobrepasado; son de tal calibre que no alcanzo a comprenderlas en su verdadera hondura.

No existíamos, no éramos y Alguien pensó en nosotros… Nos cuesta entender lo que existe, y ¿acaso podemos pensar en lo que no existe? Sin embargo Dios, en su eterna sabiduría, conoce no solo lo que existe, sino también lo que podría existir -y aún no es-. Él conoce todas las posibles formas del ser. En efecto, El ve absoluta claridad todo lo que podría ser; y de toda esa posibilidad de existir, elige y escoge una… Este posible hombre o mujer debería existir, y existe. Y ¿por qué debería existir ese en particular? Esa decisión sólo tiene una respuesta adecuada: por amor. Y esto es lo asombroso, que Dios pueda amar algo o alguien que todavía no existe, y que a través de esa forma de amor, pueda hacerlo existir: esto es algo verdaderamente divino e incomprensible para nosotros…

Tampoco logro comprender cómo es ese Amor eterno, que está en el origen de mi existencia. Más aún, todo nuestro desarrollo, realización y despliegue de todas nuestras potencialidades hasta llegar a lo más alto y a lo más perfecto, todo!… Todo está ya, de algún modo, dispuesto en esa forma de amor originante. Lo que nos dice san Pablo, con otros alabras, es: Él me ha pensado de entre todas las personas posibles, me ha querido, diseñado y creado en el tiempo para que sea perfecto [santo] en su presencia por el Amor. En efecto, Dios es Amor, y nuestra razón de existir está en la forma con la que Dios nos ama, y es, precisamente, el Amor lo que hace perfectas todas las cosas…. Estamos, desde el principio, llamados a la perfección del Amor.

Así, pues, este Amor que me ha traído a la existencia quiere mi perfección [santificación]. Pero ¿qué significa exáctamente esa perfección de los hijos de Dios a la que estamos llamados: sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto? ¿En qué consiste esa perfección del Amor?

Por un lado, significa sencillez. Dios es absolutamente sencillo. Dios es el único santo: Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, Tu solus Altissimus. Solo somos santos en la medida en que estamos unidos y participamos de la santidad de Dios. Pues bien, si Dios es la sencillez por antonomasia y en Él no hay ninguna composición de varias propiedades buenas, sino solo el existir, entonces nuestra santidad reside, en gran medida, en la sencillez, en la unidad de vida, y consistirá en la lucha por restaurar las diversas divisiones internas [entre la mente y el cuerpo; razón y emoción; sentimiento e instinto; etc] y externas de nuestro existir cotidiano

Por eso, santo Tomás de Aquino dijo que: la santidad consiste en dos elementos: la pureza y la fortaleza. Pureza en el sentido de ausencia de fallos y pecados. En lo que se está pensando es en la pureza absoluta –puritas– sin mezclas, como el agua clara y el aire limpio; y de manera estable, lo que significa permanecer siempre así, en esa pureza del manantial que no se enturbia por el camino. Fortaleza para que enderezar cuántas mezclas y enredos que hay en los corazones, incluso en las mejores personas… ¿Dónde reina el bien sin provecho o vanidad de ningún tipo? ¿Dónde hay amor por el prójimo, apostolado incansable, sin decepciones, sin interrupciones, sin momentos de indignación o de debilidad?

La santidad está, ya lo hemos dicho, en la perfección del Amor [por Dios y por el prójimo]; Amor que tan bién se describe en la primera Carta a los Corintios: «El Amor es paciente, es bondadoso. El Amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El Amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta»… Y sin embargo, ¿cuántas veces parece evaporarse este amor de repente?… Incluso muchos desanimados llegar a ver este amor perfecto como un ideal inalcanzable… Sin embargo, hay un acuerdo total entre los mejores maestros de la Iglesia en este sentido: la disposición de las personas es esencial para lograr la perfección del amor. Tenemos que creer en este Amor como san Juan: nosotros hemos conocido y creído el Amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es Amor; y el que permanece en Amor, permanece en Dios, y Dios en él.

Desde la encarnación la santidad radica en la participación en la vida de Jesucristo, que es la encarnación del amor de Padre. Por eso decía san Josemaría que hemos de identificarnos gradualmente con Él, convirtiéndonos en otro Cristo. Pero ello sólo es posible con el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el espíritu del amor, de la libertad, el espíritu mismo de Jesucristo. Porque Él, incluso el día del bautismo, no se nos presenta como un modelo que debería imitar. Por medio del bautismo, por la acción del Espíritu Santo, Cristo está en mí. No es que yo esté detrás de Él intentando imitarlo, sino que Él está en mí y yo intento estar con Él en un recogimiento siempre más firme. «Sin embargo, no vivís según la naturaleza pecaminosa sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo», nos dice san Pablo. Sin el Espíritu Santo no hay morada de Cristo en mi alma, ni transformación de mi vida en Cristo.

Como los discípulos de Emaús le pediremos: «¡Quédate con nosotros!»… Y gritaremos: «¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor! Y entonces amaremos realmente a Dios y al prójimo, de corazón, tal y como Jesús nos lo dijo. Él amará a los demás a través de nosotros. Intentemos repetir siempre: “¡Ven, Espíritu Santo!” para que Cristo se grabe en mí cada vez más y se convierta en vida de mi vida. Se desplegará entonces la santidad o, mejor dicho, su santidad me arrastra hacia su persona en la llama de su perfección».

4 comentarios sobre “Creados para la santidad

  1. La puri”

    Jesús está en nuestro interior, pero nos lo arrebata el pecado, nos alejamos de Él y somos incapaces de verlo. Sin embargo, hay un camino de vuelta y se llama purificación. “La puri”, para los amigos.

    Pero ¿cómo purificarnos? Por los caminos contrarios a los que nos alejaron de Él. San Juan Pablo II dice que cada pecado tiene su origen en la falta de una gracia, y para recuperarla hay que acudir a la oración y los sacramentos. Por tanto, el primer paso es ir a la confesión y después a la Eucaristía, con frecuencia, y tener ese ratito diario con el Señor. Pero además, hay piedras en ese camino, estorbos que impiden que entre todo el caudal de la gracia, y son los malos hábitos consecuencia de dejarnos llevar por nuestra naturaleza caída. Puedes limpiar el agua sucia del alma, pero quedarán los posos, lodo, pedruscos, ramas secas… Para eliminar esos obstáculos o ir limándolos, es necesario el sacrificio: Ayuno, aceptar con alegría las dificultades del día a día, superar nuestros impulsos y emociones negativas, luchar contra los deseos egoístas… Es como llegar con una buena pala, un buen cepillo y un buen recogedor, y arremeter don dureza contra todos esos restos, rascando hasta dejar libre el paso para la gracia.

    Cuando el pecado nos arrebata al Esposo, ayunemos y sacrifiquémonos para re-abrir el camino de vuelta que nos re-une con Él.

    Aterrizado a la vida matrimonial:

    Raúl: Padre, me confieso de que veo muy mal a mi esposa.
    Sacerdote: ¡Uy! Mal asunto. Te voy a presentar a la puri.
    Raúl: ¿La Puri? Oiga, padre, que yo pretendo seguir siendo fiel…
    Sacerdote: (Le corta) No, hijo, no. No te confundas. Me refiero a la purificación. Es el camino para limpiar tu corazón. ¿Conoces esa bienaventuranza que dice: Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios?
    Raúl: Sí, padre.
    Sacerdote: Pues eso. Si ves mal a tu esposa y no ves a Dios en ella y en vuestro matrimonio, es porque tienes el corazón “embotado”. Así le llama el Señor. Embotar es quitar fuerza o eficacia a una cosa. Si te dejas llevar por tu naturaleza caída, tu alma se embota, pierde fuerza y eficacia, y dejas de ver a Dios y de ver como Él mira y sentir lo que Él siente. ¿Comprendes?
    Raúl: Perfectamente. Entonces ¿cómo empiezo a sacrificarme para purificar mi alma?
    Sacerdote: Empieza por no defenderte cuando tu esposa te culpe de algo, aunque no hayas sido el causante ¿vale?
    Raúl: (Resopla) Vale… Y, por curiosidad, ¿cuál será el siguiente paso?
    Sacerdote: No actuar conforme a lo que sientes sino a como debes actuar. Sonríe cuando debas aunque no tengas ganas. Actúa con paciencia aunque por dentro estés echando humo. Dile a tu esposa que la quieres aunque no sientas nada. Ten detalles con ella aunque sientas que no se los merece… ¿Ves? Todos estos esfuerzos, ofrecidos al Señor, van purificando tu corazón. Ya sabes, el camino de “la puri”.
    Raúl: Anda que, como se entere mi mujer de que ahora sigo a la puri 😊. ¡Gracias padre! Oiga. ¿Mi mujer le da comisión?
    El Padre: Jajaja. Yo te absuelvo de todos tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Vete en paz, hijo.

    Madre,

    Tú eres la Purísima y, aunque no lo necesitabas, has recorrido con creces el camino de la purificación. Sabes lo que duele y lo que cuesta. Pero quieres que yo también lo pase, por mi bien. Ayúdame a vivir este tiempo de purificación. Madre de todos, ruega por nosotros.

    ¡¡No Tengáis Miedo!!

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  2. ASÍ SE AMA
    En este valle de lágrimas no es posible que goce verdadera paz de corazón sino quien sobrelleva los padecimientos y se abraza gustoso con ellos para agradar a Dios;
    La condición de los justos en la tierra es padecer amando, al paso que la de los santos en el cielo es gozar amando.
    Cierto día escribió el P. Pablo Séñeri, el joven, a una de sus penitentes, para animarla a padecer, que escribiese a los pies del Crucifijo estas palabras: «Así se ama». No es tanto el padecer, cuanto la voluntad de padecer por amor de Jesucristo, la más cierta señal para ver si un alma le ama.
    (Práctica de amor a Jesucristo, san Alfonso María de Ligorio)

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  3. Agosto 19, 2019

    ¿Cómo ser santos?
    Todo ser humano está llamado a la santidad, que “es plenitud de la vida cristiana y perfección de la caridad, y se realiza en la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad.

    ¿Qué significa ser santos?

    Significa estar unidos, en Cristo, a Dios, perfecto y santo.
    “Sean por tanto perfectos como es perfecto su Padre celestial” (Mt 5, 48), nos ordena Jesucristo, Hijo de Dios. “Sí, lo que Dios quiere es su santificación.” (1 Ts 4, 3).

    ¿Por qué Dios quiere nuestra santidad?

    Porque Dios nos ha creado “a su imagen y semejanza” (Gn 1, 26), y de ahí que Él mismo nos diga: “Sed santos, porque yo soy santo” (Lv11, 44).
    La santidad de Dios es el principio, la fuente de toda santidad.
    Y, aún más, en el Bautismo, Él nos hace partícipes de su naturaleza divina, adoptándonos como hijos suyos. Y por tanto quiere que sus hijos sean santos como Él es santo.

    ¿Estamos todos llamados a la santidad?

    Todo ser humano está llamado a la santidad, que “es plenitud de la vida cristiana y perfección de la caridad, y se realiza en la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad. El camino de santificación del cristiano, que pasa por la cruz, tendrá su cumplimiento en la resurrección final de los justos, cuando Dios sea todo en todos” (Compendio, n. 428).

    ¿Cómo es posible llegar a ser santos?

    El cristiano ya es santo, en virtud del Bautismo: la santidad está inseparablemente ligada a la dignidad bautismal de cada cristiano. En el agua del Bautismo de hecho hemos sido “lavados […], santificados […], justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6, 11); hemos sido hechos verdaderamente hijos de Dios y copartícipes de la naturaleza divina, y por eso realmente santos.

    – Y porque somos santos sacramentalmente (ontológicamente – en el plano de nuestro ser cristianos), es necesario que lleguemos a ser santos también moralmente, es decir en nuestro pensar, hablar y actuar de cada día, en cada momento de nuestra vida. Nos invita el Apóstol Pablo a vivir “como conviene a los santos” (Ef 5, 3), a revestirnos “como conviene a los elegidos de Dios, santos y predilectos, de sentimientos de misericordia, de bondad, de humildad, de dulzura y de paciencia” (Col 3, 12).
    Debemos con la ayuda de Dios, mantener, manifestar y perfeccionar con nuestra vida la santidad que hemos recibido en el Bautismo: Llega a ser lo que eres, he aquí el compromiso de cada uno.

    – Este compromiso se puede realizar, imitando a Jesucristo: camino, verdad y vida; modelo, autor y perfeccionador de toda santidad. Él es el camino de la santidad. Estamos por tanto llamados a seguir su ejemplo y a ser conformes a Su imagen, en todo obedientes, como Él, a la voluntad del Padre; a tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual “se despojó de su rango, tomando la condición de siervo (…) haciéndose obediente hasta la muerte” (Fil 2, 7-8), y por nosotros “de rico que era se hizo pobre” (2 Cor 8, 9).

    – La imitación de Cristo, y por lo tanto el llegar a ser santos, se hace posible por la presencia en nosotros del Espíritu Santo, quien es el alma de la multiforme santidad de la Iglesia y de cada cristiano. Es de hecho el Espíritu Santo quien nos mueve interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas (cfr. Mc 12, 30), y a amarnos los
    unos a los otros como Cristo nos ha amado (cfr. Jn 13, 34).

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