Creados para la santidad

«Dios nos escogió en Él antes de la creación del mundo para que seamos santos y sin mancha delante de Él»… Siempre que leo estas palabras de san pablo a los efesios, me siento sobrepasado; son de tal calibre que no alcanzo a comprenderlas en su verdadera hondura.

No existíamos, no éramos y Alguien pensó en nosotros… Nos cuesta entender lo que existe, y ¿acaso podemos pensar en lo que no existe? Sin embargo Dios, en su eterna sabiduría, conoce no solo lo que existe, sino también lo que podría existir -y aún no es-. Él conoce todas las posibles formas del ser. En efecto, El ve absoluta claridad todo lo que podría ser; y de toda esa posibilidad de existir, elige y escoge una… Este posible hombre o mujer debería existir, y existe. Y ¿por qué debería existir ese en particular? Esa decisión sólo tiene una respuesta adecuada: por amor. Y esto es lo asombroso, que Dios pueda amar algo o alguien que todavía no existe, y que a través de esa forma de amor, pueda hacerlo existir: esto es algo verdaderamente divino e incomprensible para nosotros…

Tampoco logro comprender cómo es ese Amor eterno, que está en el origen de mi existencia. Más aún, todo nuestro desarrollo, realización y despliegue de todas nuestras potencialidades hasta llegar a lo más alto y a lo más perfecto, todo!… Todo está ya, de algún modo, dispuesto en esa forma de amor originante. Lo que nos dice san Pablo, con otros alabras, es: Él me ha pensado de entre todas las personas posibles, me ha querido, diseñado y creado en el tiempo para que sea perfecto [santo] en su presencia por el Amor. En efecto, Dios es Amor, y nuestra razón de existir está en la forma con la que Dios nos ama, y es, precisamente, el Amor lo que hace perfectas todas las cosas…. Estamos, desde el principio, llamados a la perfección del Amor.

Así, pues, este Amor que me ha traído a la existencia quiere mi perfección [santificación]. Pero ¿qué significa exáctamente esa perfección de los hijos de Dios a la que estamos llamados: sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto? ¿En qué consiste esa perfección del Amor?

Por un lado, significa sencillez. Dios es absolutamente sencillo. Dios es el único santo: Tu solus Sanctus, Tu solus Dominus, Tu solus Altissimus. Solo somos santos en la medida en que estamos unidos y participamos de la santidad de Dios. Pues bien, si Dios es la sencillez por antonomasia y en Él no hay ninguna composición de varias propiedades buenas, sino solo el existir, entonces nuestra santidad reside, en gran medida, en la sencillez, en la unidad de vida, y consistirá en la lucha por restaurar las diversas divisiones internas [entre la mente y el cuerpo; razón y emoción; sentimiento e instinto; etc] y externas de nuestro existir cotidiano

Por eso, santo Tomás de Aquino dijo que: la santidad consiste en dos elementos: la pureza y la fortaleza. Pureza en el sentido de ausencia de fallos y pecados. En lo que se está pensando es en la pureza absoluta –puritas– sin mezclas, como el agua clara y el aire limpio; y de manera estable, lo que significa permanecer siempre así, en esa pureza del manantial que no se enturbia por el camino. Fortaleza para que enderezar cuántas mezclas y enredos que hay en los corazones, incluso en las mejores personas… ¿Dónde reina el bien sin provecho o vanidad de ningún tipo? ¿Dónde hay amor por el prójimo, apostolado incansable, sin decepciones, sin interrupciones, sin momentos de indignación o de debilidad?

La santidad está, ya lo hemos dicho, en la perfección del Amor [por Dios y por el prójimo]; Amor que tan bién se describe en la primera Carta a los Corintios: «El Amor es paciente, es bondadoso. El Amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El Amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta»… Y sin embargo, ¿cuántas veces parece evaporarse este amor de repente?… Incluso muchos desanimados llegar a ver este amor perfecto como un ideal inalcanzable… Sin embargo, hay un acuerdo total entre los mejores maestros de la Iglesia en este sentido: la disposición de las personas es esencial para lograr la perfección del amor. Tenemos que creer en este Amor como san Juan: nosotros hemos conocido y creído el Amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es Amor; y el que permanece en Amor, permanece en Dios, y Dios en él.

Desde la encarnación la santidad radica en la participación en la vida de Jesucristo, que es la encarnación del amor de Padre. Por eso decía san Josemaría que hemos de identificarnos gradualmente con Él, convirtiéndonos en otro Cristo. Pero ello sólo es posible con el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el espíritu del amor, de la libertad, el espíritu mismo de Jesucristo. Porque Él, incluso el día del bautismo, no se nos presenta como un modelo que debería imitar. Por medio del bautismo, por la acción del Espíritu Santo, Cristo está en mí. No es que yo esté detrás de Él intentando imitarlo, sino que Él está en mí y yo intento estar con Él en un recogimiento siempre más firme. «Sin embargo, no vivís según la naturaleza pecaminosa sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo», nos dice san Pablo. Sin el Espíritu Santo no hay morada de Cristo en mi alma, ni transformación de mi vida en Cristo.

Como los discípulos de Emaús le pediremos: «¡Quédate con nosotros!»… Y gritaremos: «¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor! Y entonces amaremos realmente a Dios y al prójimo, de corazón, tal y como Jesús nos lo dijo. Él amará a los demás a través de nosotros. Intentemos repetir siempre: “¡Ven, Espíritu Santo!” para que Cristo se grabe en mí cada vez más y se convierta en vida de mi vida. Se desplegará entonces la santidad o, mejor dicho, su santidad me arrastra hacia su persona en la llama de su perfección».

11 comentarios sobre “Creados para la santidad

  1. La puri”

    Jesús está en nuestro interior, pero nos lo arrebata el pecado, nos alejamos de Él y somos incapaces de verlo. Sin embargo, hay un camino de vuelta y se llama purificación. “La puri”, para los amigos.

    Pero ¿cómo purificarnos? Por los caminos contrarios a los que nos alejaron de Él. San Juan Pablo II dice que cada pecado tiene su origen en la falta de una gracia, y para recuperarla hay que acudir a la oración y los sacramentos. Por tanto, el primer paso es ir a la confesión y después a la Eucaristía, con frecuencia, y tener ese ratito diario con el Señor. Pero además, hay piedras en ese camino, estorbos que impiden que entre todo el caudal de la gracia, y son los malos hábitos consecuencia de dejarnos llevar por nuestra naturaleza caída. Puedes limpiar el agua sucia del alma, pero quedarán los posos, lodo, pedruscos, ramas secas… Para eliminar esos obstáculos o ir limándolos, es necesario el sacrificio: Ayuno, aceptar con alegría las dificultades del día a día, superar nuestros impulsos y emociones negativas, luchar contra los deseos egoístas… Es como llegar con una buena pala, un buen cepillo y un buen recogedor, y arremeter don dureza contra todos esos restos, rascando hasta dejar libre el paso para la gracia.

    Cuando el pecado nos arrebata al Esposo, ayunemos y sacrifiquémonos para re-abrir el camino de vuelta que nos re-une con Él.

    Aterrizado a la vida matrimonial:

    Raúl: Padre, me confieso de que veo muy mal a mi esposa.
    Sacerdote: ¡Uy! Mal asunto. Te voy a presentar a la puri.
    Raúl: ¿La Puri? Oiga, padre, que yo pretendo seguir siendo fiel…
    Sacerdote: (Le corta) No, hijo, no. No te confundas. Me refiero a la purificación. Es el camino para limpiar tu corazón. ¿Conoces esa bienaventuranza que dice: Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios?
    Raúl: Sí, padre.
    Sacerdote: Pues eso. Si ves mal a tu esposa y no ves a Dios en ella y en vuestro matrimonio, es porque tienes el corazón “embotado”. Así le llama el Señor. Embotar es quitar fuerza o eficacia a una cosa. Si te dejas llevar por tu naturaleza caída, tu alma se embota, pierde fuerza y eficacia, y dejas de ver a Dios y de ver como Él mira y sentir lo que Él siente. ¿Comprendes?
    Raúl: Perfectamente. Entonces ¿cómo empiezo a sacrificarme para purificar mi alma?
    Sacerdote: Empieza por no defenderte cuando tu esposa te culpe de algo, aunque no hayas sido el causante ¿vale?
    Raúl: (Resopla) Vale… Y, por curiosidad, ¿cuál será el siguiente paso?
    Sacerdote: No actuar conforme a lo que sientes sino a como debes actuar. Sonríe cuando debas aunque no tengas ganas. Actúa con paciencia aunque por dentro estés echando humo. Dile a tu esposa que la quieres aunque no sientas nada. Ten detalles con ella aunque sientas que no se los merece… ¿Ves? Todos estos esfuerzos, ofrecidos al Señor, van purificando tu corazón. Ya sabes, el camino de “la puri”.
    Raúl: Anda que, como se entere mi mujer de que ahora sigo a la puri 😊. ¡Gracias padre! Oiga. ¿Mi mujer le da comisión?
    El Padre: Jajaja. Yo te absuelvo de todos tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Vete en paz, hijo.

    Madre,

    Tú eres la Purísima y, aunque no lo necesitabas, has recorrido con creces el camino de la purificación. Sabes lo que duele y lo que cuesta. Pero quieres que yo también lo pase, por mi bien. Ayúdame a vivir este tiempo de purificación. Madre de todos, ruega por nosotros.

    ¡¡No Tengáis Miedo!!

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  2. ASÍ SE AMA
    En este valle de lágrimas no es posible que goce verdadera paz de corazón sino quien sobrelleva los padecimientos y se abraza gustoso con ellos para agradar a Dios;
    La condición de los justos en la tierra es padecer amando, al paso que la de los santos en el cielo es gozar amando.
    Cierto día escribió el P. Pablo Séñeri, el joven, a una de sus penitentes, para animarla a padecer, que escribiese a los pies del Crucifijo estas palabras: «Así se ama». No es tanto el padecer, cuanto la voluntad de padecer por amor de Jesucristo, la más cierta señal para ver si un alma le ama.
    (Práctica de amor a Jesucristo, san Alfonso María de Ligorio)

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  3. Agosto 19, 2019

    ¿Cómo ser santos?
    Todo ser humano está llamado a la santidad, que “es plenitud de la vida cristiana y perfección de la caridad, y se realiza en la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad.

    ¿Qué significa ser santos?

    Significa estar unidos, en Cristo, a Dios, perfecto y santo.
    “Sean por tanto perfectos como es perfecto su Padre celestial” (Mt 5, 48), nos ordena Jesucristo, Hijo de Dios. “Sí, lo que Dios quiere es su santificación.” (1 Ts 4, 3).

    ¿Por qué Dios quiere nuestra santidad?

    Porque Dios nos ha creado “a su imagen y semejanza” (Gn 1, 26), y de ahí que Él mismo nos diga: “Sed santos, porque yo soy santo” (Lv11, 44).
    La santidad de Dios es el principio, la fuente de toda santidad.
    Y, aún más, en el Bautismo, Él nos hace partícipes de su naturaleza divina, adoptándonos como hijos suyos. Y por tanto quiere que sus hijos sean santos como Él es santo.

    ¿Estamos todos llamados a la santidad?

    Todo ser humano está llamado a la santidad, que “es plenitud de la vida cristiana y perfección de la caridad, y se realiza en la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad. El camino de santificación del cristiano, que pasa por la cruz, tendrá su cumplimiento en la resurrección final de los justos, cuando Dios sea todo en todos” (Compendio, n. 428).

    ¿Cómo es posible llegar a ser santos?

    El cristiano ya es santo, en virtud del Bautismo: la santidad está inseparablemente ligada a la dignidad bautismal de cada cristiano. En el agua del Bautismo de hecho hemos sido “lavados […], santificados […], justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6, 11); hemos sido hechos verdaderamente hijos de Dios y copartícipes de la naturaleza divina, y por eso realmente santos.

    – Y porque somos santos sacramentalmente (ontológicamente – en el plano de nuestro ser cristianos), es necesario que lleguemos a ser santos también moralmente, es decir en nuestro pensar, hablar y actuar de cada día, en cada momento de nuestra vida. Nos invita el Apóstol Pablo a vivir “como conviene a los santos” (Ef 5, 3), a revestirnos “como conviene a los elegidos de Dios, santos y predilectos, de sentimientos de misericordia, de bondad, de humildad, de dulzura y de paciencia” (Col 3, 12).
    Debemos con la ayuda de Dios, mantener, manifestar y perfeccionar con nuestra vida la santidad que hemos recibido en el Bautismo: Llega a ser lo que eres, he aquí el compromiso de cada uno.

    – Este compromiso se puede realizar, imitando a Jesucristo: camino, verdad y vida; modelo, autor y perfeccionador de toda santidad. Él es el camino de la santidad. Estamos por tanto llamados a seguir su ejemplo y a ser conformes a Su imagen, en todo obedientes, como Él, a la voluntad del Padre; a tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual “se despojó de su rango, tomando la condición de siervo (…) haciéndose obediente hasta la muerte” (Fil 2, 7-8), y por nosotros “de rico que era se hizo pobre” (2 Cor 8, 9).

    – La imitación de Cristo, y por lo tanto el llegar a ser santos, se hace posible por la presencia en nosotros del Espíritu Santo, quien es el alma de la multiforme santidad de la Iglesia y de cada cristiano. Es de hecho el Espíritu Santo quien nos mueve interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas (cfr. Mc 12, 30), y a amarnos los
    unos a los otros como Cristo nos ha amado (cfr. Jn 13, 34).

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  4. ¿Quién soy? ¿Cómo descubrirlo

    | Ago 24, 2019

    No soy lo que siento… aunque eso una pista de lo que está más en el fondo

    Una de las primeras preguntas que surgen en nuestro interior cuando tenemos que responder ante nuestra vida es saber quiénes somos, qué queremos y cuáles son los deseos fundamentales de nuestro corazón.

    A veces no saberlo nos hace experimentar un gran vacío y, cuando carecemos de recursos, solemos suplir lo que nos falta con lo primero que viene o, simplemente, con lo que tenemos a mano pues se nos hace insoportable sentir el abismo que tenemos dentro.

    ¡Cuántas veces nos pasa! Volcamos nuestro corazón en su totalidad a personas, situaciones, experiencias, trabajos… y, luego, mirando hacia atrás, caemos en la cuenta de que estamos insatisfechos y que no tenemos idea de cómo y dónde empezar de nuevo.

    Lo primero es comenzar a trabajar por saber lo que queremos, lo que deseamos y lo que hay en nuestro interior.

    Para empezar, es importante no confundir lo que somos con lo que sentimos, o mejor dicho, no totalizar lo que somos en los sentidos y la experiencia.

    En lo que siento, no entra todo. Entra mucho, pero no la plenitud. Los sentidos son una expresión de ella. Lo que sentimos es una pista de lo que está más en el fondo.

    Por ejemplo, para poder sentir amor o saber que tengo un amor, necesito primero escuchar y recibir. No voy a saber que soy amado si alguien no me lo evidencia, si no lo recibo mediante una palabra o un gesto. Nadie puede indagar en su totalidad los sentimientos de otro.

    Lo que sentimos frente a nosotros mismos, frente a Dios, frente a los demás y frente a la realidad es una ventana que facilita una primera mirada para ir más adentro.

    Por eso para aprender a vivir, para encontrarnos es necesario educarnos a estar en la vida. Se aprende rezando a estar con los demás y, estar con los demás, nos enseña a rezar.

    Hay un tipo de comunicación silenciosa que me permite entrar en contacto conmigo mismo, con el otro, con Dios y con la realidad. Un tipo de encuentro que implica estar y no solo sentir y razonar.

    Implica mantenerme en actitud de sencillez profunda y amorosa, esa actitud que me permite estar frente a la vida; detenerme, mirar un paisaje, una obra de arte, y desde esa actitud, entrar en encuentro con el otro.

    Orar la vida es ponerme ante mí mismo, ante la realidad y llevarlo luego ante Jesús. No ir a la vida y a la oración desde una cascada de requerimientos y pensamientos propios; sino permitir que estos broten en mi interior a través de la contemplación.

    Para silenciarnos podemos imitar la actitud que Jesús tuvo en Emaús: la de escuchar y dejar que del corazón de los discípulos brotara lo que estaba sucediendo en su camino.

    Para mí implica fundamentalmente evitar la “sola soledad” y permitirme estar en presencia de una “soledad acompañada” por Jesús. Descubrir que llego a la capilla, no a comenzar un dialogo con Él, sino a continuar en su presencia dejando mis resistencias y permitiéndome estar ante Él.

    Esta no es otra que una actitud de fe. Una mirada que nos permite descubrir la huella que hay de Dios en todo y ponderar en nuestra vida hasta dónde alcanzamos, con los sentidos, a responder a la pregunta de quiénes somos.

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  5. — Cada hombre es un invitado

    La liturgia de hoy -y sobre todo el Evangelio- nos dice a cada uno, a cada hombre, que es “invitado”. A lo largo de la historia se ha tratado de distintos modos -y se trata actualmente- de expresar la verdad sobre el hombre, y de una respuesta a esta pregunta: ¿Quién es el hombre?

    Cristo llama al hombre “el invitado” y lo manifiesta directamente en algunas parábolas e indirectamente en todo el Evangelio. El hombre es un “invitado” por Dios. No sólo ha sido llamado a la existencia como todas las demás criaturas del mundo visible, sino que desde el primer momento de su existencia y para todo el tiempo de su vida terrena, ha sido invitado; invitado a un “banquete”, o sea, a la intimidad y comunión con el mismo Dios, más allá del ámbito de esta existencia terrena.

    Esta invitación es decisiva por lo que respecta a la dimensión cabal de la vida humana.

    Al aceptar el hecho de ser “invitado”, el hombre vuelve a encontrar la verdad plena sobre sí. Y descubre asimismo su puesto justo entre los demás hombres. En esto consiste el significado fundamental de la humildad de que habla Cristo en el Evangelio de hoy, cuando recomienda a los invitados a la “boda” que no ocupen el primer puesto, sino el último, en espera del puesto definitivo que les señalará el amo.

    “En esta parábola está oculto un principio fundamental, o sea, que para descubrir que ser hombre significa ser invitado, es necesario dejarse guiar por la humildad. El juicio desatinado sobre sí mismo ofusca en el hombre lo que está inscrito profundamente en su humildad, es decir el misterio de la invitación que viene de Dios.

    En la oración que rezaremos dentro de poco se repetirán las palabras de María de Nazaret: “Ecce ancilla Domini, fiat mihi secundum verbum tuum”. Que estas palabras nos ayuden siempre a volver a descubrir continuamente esta verdad que cada uno de nosotros está “invitado” en Jesucristo. Y nos ayuden a responder a esta invitación que nos hace Dios, en la que se sintetiza la justa dignidad del hombre.

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  6. Con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

    En el Angelus (31-VIII-1980)

    — Cada hombre es un invitado

    La liturgia de hoy -y sobre todo el Evangelio- nos dice a cada uno, a cada hombre, que es “invitado”. A lo largo de la historia se ha tratado de distintos modos -y se trata actualmente- de expresar la verdad sobre el hombre, y de una respuesta a esta pregunta: ¿Quién es el hombre?

    Cristo llama al hombre “el invitado” y lo manifiesta directamente en algunas parábolas e indirectamente en todo el Evangelio. El hombre es un “invitado” por Dios. No sólo ha sido llamado a la existencia como todas las demás criaturas del mundo visible, sino que desde el primer momento de su existencia y para todo el tiempo de su vida terrena, ha sido invitado; invitado a un “banquete”, o sea, a la intimidad y comunión con el mismo Dios, más allá del ámbito de esta existencia terrena.

    Esta invitación es decisiva por lo que respecta a la dimensión cabal de la vida humana.

    Al aceptar el hecho de ser “invitado”, el hombre vuelve a encontrar la verdad plena sobre sí. Y descubre asimismo su puesto justo entre los demás hombres. En esto consiste el significado fundamental de la humildad de que habla Cristo en el Evangelio de hoy, cuando recomienda a los invitados a la “boda” que no ocupen el primer puesto, sino el último, en espera del puesto definitivo que les señalará el amo.

    “En esta parábola está oculto un principio fundamental, o sea, que para descubrir que ser hombre significa ser invitado, es necesario dejarse guiar por la humildad. El juicio desatinado sobre sí mismo ofusca en el hombre lo que está inscrito profundamente en su humildad, es decir el misterio de la invitación que viene de Dios.

    En la oración que rezaremos dentro de poco se repetirán las palabras de María de Nazaret: “Ecce ancilla Domini, fiat mihi secundum verbum tuum”. Que estas palabras nos ayuden siempre a volver a descubrir continuamente esta verdad que cada uno de nosotros está “invitado” en Jesucristo. Y nos ayuden a responder a esta invitación que nos hace Dios, en la que se sintetiza la justa dignidad del hombre.

    La humildad es la llave que nos abre el corazón de los demás y de Dios. Es la base del éxito temporal y eterno. Pensar que levantando la voz, enseñando los dientes o avasallando a los demás, pongamos por caso, es como se triunfa hoy, es un error. La vida enseña cómo nos autoexcluimos del mundo familiar, laboral y social, cuando se procede así.

    Si la humildad es la verdad, como repiten los santos, quien es excesivamente vulnerable a las críticas y presiones del ambiente, inhibiéndose ante el deber de exponer la verdad por temor a no ser oído o a perder la estimación ajena, no es humilde. Quien se desfonda ante las propias limitaciones y pecados y no se levanta una y otra vez, y siempre, acudiendo al Sacramento de la Confesión, no es humilde. El soberbio, el engreído, el vanidoso, el mandón, el petulante, el irritable, el envidioso, el suspicaz, el resentido…, no son humildes.

    La invitación del Señor a no creerse con derecho al puesto principal, es un estilo de vida que tiene muchas manifestaciones. Una de ellas es la facilidad para rectificar cuando la realidad nos persuade de una equivocación o un error de buena o mala fe. Endurecerse, en cambio, y atrincherarse en esa postura juzgando que lo contrario es rebajarse, arrimarse al sol que más calienta o cambiar de chaqueta, es no amar la verdad sino mi verdad, lo cual lleva a colocarse fuera de la realidad, causando dolor a familiares, colegas, amigos…, como causa malestar que un hueso se salga de su sitio, se disloca y duele.

    Todos tenemos que introducir rectificaciones en nuestra vida y eso implica un sentido de perfección, de mejora. Se rectifica un vino, para ennoblecerlo. Se rectifica un proyecto, un carácter, una conducta, una cultura, una visión de la vida… Y se abandona un camino equivocado que, honradamente, uno juzga que no va. ¡Cómo cuesta rectificar en el mundo de la política, de las comunicaciones, de la publicidad…! ¡Y, sin embargo, cuánta confianza genera esta práctica entre la buena gente!

    La humildad verdadera se verifica en la práctica diaria, no justificando los errores y abusos diciendo eso tan manido de que somos humanos. Alguien se divorcia, y se dice: es humano. Uno comete pequeños fraudes en donde trabaja, y se dice: es humano. Otro ha caído en el mundo de la droga y se dice: es humano… No hay vicio que no se disculpe con esta frase. No existe un modelo más acabado de lo que es verdaderamente humano que la Humanidad de Jesucristo, el nuevo Adán que vino a corregir al primero. Él nos dice hoy: “todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

    Orar y vivir con humildad y audacia

    LA PALABRA DE DIOS

    Si 3, 19-21.30-31: Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios
    Sal 67, 4-5ac.6-7ab.10-11: Has preparado, Señor, tu casa a los desvalidos
    Hb 12, 18-19. 22-24: Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo
    Lc 14,1.7-14: Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido

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  7. Docilidad en la dirección espiritual

    «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis el Reino de los Cielos a los hombres! Porque ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que entrarían. ¡Ay de vosotros, guías ciegos!, que decís: El jurar por el Templo no es nada; pero si uno jura por el oro del Templo, queda obligado. ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más: el oro o el Templo que santifica el oro? Y el jurar por el altar no es nada; pero si uno jura por la ofrenda que está sobre él queda obligado. ¡Ciegos! ¿Qué es más: la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? Por tanto, quien ha jurado por el altar; jura por él y por lo que hay sobre él. Y quien ha jurado por el Templo, jura por él y por Aquel que en él habita. Y quien ha jurado por el Cielo, jura por el trono de Dios y por Aquel que en él está sentado.» (Mateo 23, 13-22)

    I. Es muy difícil que alguien pueda guiarse a sí mismo en la vida interior. Si no hemos encontrado aún a quien nos enseñe y aconseje, en nombre de Dios, en la construcción del propio edificio espiritual, pidámoslo al Señor: quien busca, encuentra; el que pide recibe; al que llama, se le abrirá.(Mateo 7, 7) Él no dejará de darnos este gran bien. Si ya la encontramos, hemos recibido una gracia muy grande. En la dirección espiritual vemos a esa persona, puesta por el Señor, que conoce bien el camino, a quien abrimos el alma y hace de maestro, de médico, de amigo, de buen pastor en las cosas que a Dios se refieren. Nos señala los posibles obstáculos, nos sugiere metas más altas en la vida interior y puntos concretos para que luchemos con eficacia; nos anima siempre, ayuda a descubrir nuevos horizontes y despierta en el alma hambre y sed de Dios, que la tibieza siempre en acecho, querría apagar.

    II. La dirección espiritual ha de moverse en un clima sobrenatural: buscamos la voz de Dios. En la oración debemos discernir quien es el buen pastor, pues existen muchos guías ciegos que más que ayudar nos llevarían a tropezar y a caer. El sentido sobrenatural con el que acudimos a la dirección espiritual evitará también el andar buscando un consejo que favorezca el propio egoísmo, que acalle precisamente con su presunta autoridad el clamor de la propia alma; e incluso que se vaya cambiando de consejero hasta encontrar al más benévolo. (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer) Esta tentación puede ocurrir especialmente en materias más delicadas que exigen sacrificio, en las que quizás no se está dispuesto a cambiar, en u intento de adecuar la Voluntad de Dios a la propia voluntad.

    III. La dirección espiritual nos ayuda a tener una lucha ascética alegre, y requiere de nosotros tres virtudes: Constancia, también cuando haya más dificultades por exceso de trabajo, o por dificultades internas como pereza, soberbia, o desánimo porque las cosas van mal. Basta recordar que un cuadro se realiza pincelada a pincelada, y que poco a poco el Espíritu Santo construye el edificio de la santidad. También necesitamos de sinceridad sin disimulos, exageraciones o medias verdades, y docilidad. El soberbio es incapaz de ser dócil, porque para aprender y dejarse ayudar es necesario que estemos convencidos de nuestra poquedad. Acudamos a Santa María para ser constantes en la dirección de nuestra alma, y ser sinceros, abriendo el corazón del todo, y dóciles, como el barro en manos del alfarero. (Jeremías 18, 1-7)

    Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.

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  8. Papa Francisco: ¿Cuántos entrarán en el Paraíso? ¿Muchos o pocos?
    PAPIEŻ FRANCISCO

    Vatican News | Ago 26, 2019
    Las palabras durante el rezo del Ángelus
    Los “hacedores del mal”, no serán reconocidos por el Señor, cuando llegue la hora de la salvación. A la hora del Ángelus dominical el Papa Francisco reiteró que el Señor nos reconocerá “por una vida humilde y buena”, traducida “en obras”. Para eso es necesario “pasar por la puerta estrecha”, lo que requiere compromiso y una voluntad firme de vivir según el Evangelio
    El Señor no nos reconocerá por nuestros títulos, sino por una vida humilde y buena, una vida de fe que se traduce en obras: lo dijo el Papa Francisco este domingo a la hora del Ángelus, reflexionando sobre el Evangelio del día, Lucas 13, versículos 22 al 30. El Evangelio del XXI domingo del tiempo ordinario se centra en la respuesta de Jesús a un hombre, que le pregunta si “son pocos” los que se salvan.

    El Papa señaló que la respuesta de Jesús, no se enfoca en la “cantidad” sino en la “responsabilidad”, con lo que nos invita a “usar el bien”, en el tiempo presente. En efecto, el Maestro dice: “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán” (v. 24).

    No hay número cerrado en el Paraíso
    Las palabras de Jesús, hacen comprender que “no se trata de una cuestión de número”, pues “no hay ‘número cerrado’ en el Paraíso”. Se trata, dijo Francisco, de atravesar desde ahora el pasaje correcto, que está ahí para todos, pero es estrecho:

    Este es el problema. Jesús no quiere ilusionarnos diciendo: “Sí, tranquilos, es fácil, hay una hermosa carretera y en el fondo una gran puerta…”. No, Jesús nos dice esto: nos habla de la puerta estrecha. Nos dice las cosas como son: el pasaje es estrecho. ¿En qué sentido? En el sentido de que para salvarse uno debe amar a Dios y al prójimo, ¡y esto no es cómodo! Es una “puerta estrecha” porque es exigente, el amor es exigente siempre, requiere compromiso, más aún, “esfuerzo”, es decir, una voluntad firme y perseverante de vivir según el Evangelio. San Pablo la llama “la buena batalla de la fe”. Se necesita el esfuerzo de todos los días, de todo el día para amar a Dios y al prójimo.

    El Señor no reconocerá a los “operadores de injusticia”
    Ahondando en la parábola narrada por Jesús a estos hombres, el Santo Padre explicó que hay un “dueño” de una casa que “representa al Señor”, y su casa “simboliza la vida eterna, la salvación”:

    Aquí vuelve la imagen de la puerta. Jesús dice: “En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos’. Y él les responderá: ‘No sé de dónde son ustedes’”.

    Estas personas, “tratarán de ser reconocidas”, recordando al propietario que han comido y bebido con él y que han escuchado sus consejos, sus enseñanzas en público. Pero el Señor repetirá que no los conoce y los llama “agentes de injusticia”. “Este es el problema”, señaló Francisco. Pues, “el Señor nos reconocerá no por nuestros títulos, – mira, Señor, que yo pertenecía a aquella asociación, que era amigo de aquel monseñor, de tal cardenal, de tal sacerdote…’, no. Los títulos no cuentan. El Señor nos reconocerá solo por una vida humilde, una vida buena, una vida de fe que se traduce en obras”.

    Luchar contra todas las formas de maldad e injusticia
    El Romano Pontífice concluyó señalado el significado que esto tiene para nosotros los cristianos. Y es que estamos llamados a establecer una verdadera comunión con Jesús “orando, yendo a la iglesia, acercándonos a los Sacramentos y nutriéndonos con su Palabra”.

    Esto nos mantiene en la fe, alimenta nuestra esperanza, reaviva la caridad. Y así, con la gracia de Dios, podemos y debemos prodigar nuestras vidas por el bien de nuestros hermanos y hermanas, luchando contra todas las formas de maldad e injusticia.

    Nos ayude María, Puerta del Cielo
    El Santo Padre Francisco terminó rogando a la Virgen María para que nos ayude en esto. Ella que “pasó por la puerta estrecha que es Jesús”, “ lo acogió con todo su corazón y lo siguió todos los días de su vida”, “aun cuando no entendía”, aun cuando “una espada atravesaba su alma”.
    Por eso la invocamos como “Puerta del Cielo”; una puerta que sigue exactamente la forma de Jesús: la puerta del corazón de Dios, corazón exigente, pero abierto a todos nosotros.

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