¿Cómo se puede vivir el amor verdadero y la pureza de corazón? La pureza de corazón es un don del Espíritu Santo.

5 comentarios sobre “¿Cómo se puede vivir el amor verdadero y la pureza de corazón? La pureza de corazón es un don del Espíritu Santo.

  1. La felicidad es la plenitud del amor en el alma. Para ser feliz y gozar plenamente del amor en esta tierra -del amor humano y del Amor con mayúsculas- y para gozar plenamente del Amor de Dios en el Cielo hay que vivir con plenitud la virtud de la Santa Pureza.

    La primera virtud cristiana no es la castidad sino la caridad: amor a Dios y al prójimo. La puerta de las demás virtudes es la fe: sin ella no se puede amar a Dios.

    Sin embargo, la castidad es muy importante, porque se refiere a sexualidad, que “concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar” (Catecismo, 2332). La castidad se ordena al amor; y sin ella no se puede vivir la caridad. Es una exigencia de la ley moral natural

    Bienaventurados los puros de corazón -dijo el Señor- porque ellos verán a Dios. La castidad es una exigencia de la dignidad del cuerpo humano, con el que debemos amar a Dios en esta tierra: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?” (I Cor 6,18-19).

    La virtud del Amor
    La Santa Pureza es tan importante porque está vitalmente unida al Amor: es una virtud que mantiene la juventud del amor en el alma, en las diversas etapas de la vida.
    Es una virtud atractiva, renovadora, audaz y urgente para unos tiempos nuevos.
    El mundo actual necesita con especial urgencia un Anuncio, una Evangelización y un Apostolado valiente, positivo y esperanzado de esta virtud.
    Por la naturaleza propia del tema de esta clase, resulta especialmente importante la preparación y documentación personal por parte de los padres, catequistas, profesores, etc., que permita dar razones sólidas, humanas y espirituales a los jóvenes.
    Por esa razón, se sugiere reflexionar, antes de preparar esta clase, sobre algunos de los puntos que se formulan en los apartados siguientes:
    •Consideración inicial

    •Cómo hablar con los hijos de la virtud de la Pureza
    Bendita sea tu Pureza: Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra
    y eternamente lo sea
    pues todo un Dios se recrea
    en tan graciosa belleza.
    A Tí, celestial Princesa,
    Virgen Sagrada María,
    yo te ofrezco en este día
    alma, vida y corazón.
    Mírame con compasión,
    no me dejes, Madre mía.

    Un punto de partida para padres y educadores

    Cultivar la esperanza de ser santos
    Escribe Philippe: “Mi experiencia como director espiritual me lleva a creer que la mayoría de las faltas de amor, de fervor y de generosidad proceden en realidad de un desaliento más o menos consciente. «Es el desánimo lo que pierde a las almas», decía Libermann.

    Todo esto responde a una realidad psicológica muy sencilla, pero importantísima (…) : para que nuestra voluntad sea fuerte y dispuesta, necesita verse alimentada por el deseo.

    En ese momento, la terapia apropiada es la de descubrir la raíz del desaliento, ese «punto de desesperanza», y poner el remedio espiritual, que consiste en volver a dotar a la persona de una mirada esperanzada sobre este aspecto concreto de su vida.
    Y ese deseo no puede ser poderoso si lo que se desea no se percibe como posible y accesible; porque, si nos representamos algo como inaccesible, dejamos de desearlo y quererlo con fuerza. No se puede querer nada de modo eficaz si psicológicamente tenemos la sensación de que “no llegaremos”
    Cuando la voluntad desfallece, para volver a despertarla se necesita una labor de «remodelación» de nuestras representaciones que nos permita percibir de nuevo lo que queremos como accesible y deseable.
    La esperanza es la virtud que pone en práctica esa remodelación; gracias a ella, sé que lo puedo esperar todo de Dios con total confianza. Todo lo puedo en aquel que me conforta, dice San Pablo`. La esperanza nos cura del miedo y el desaliento, dilata el corazón y permite que el amor se expanda.

    Pero, a su vez, también la esperanza, para constituir una auténtica fuerza, necesita de una verdad en la que apoyarse. Este fundamento le es conferido por la fe: puedo esperar contra toda esperanza porque sé a Quien he creído.

    La fe hace que me adhiera a la verdad trasmitida por la Escritura, la cual no cesa de mostrarme la bondad de Dios, su misericordia y su absoluta fidelidad a sus promesas. A través de la Palabra de Dios, nos dice la epístola a los Hebreos, tenemos firme consuelo los que buscamos refugio en la posesión de le esperanza propuesta., la cual tenemos como segura y firme ancla de nuestra alma, que penetra hasta el interior del velo, donde Jesús entró como precursor.

    La Escritura nos revela el amor absolutamente incondicional e irrevocable de Dios hacia sus hijos, manifestado en Cristo, nacido, muerto y resucitado por nosotros. Él me amó y se entregó a sí mismo por mí”.
    Por la fe el corazón se adhiere a esta verdad y encuentra en ella una esperanza inmensa e indestructible! «La fe es la madre del amor y de la esperanza, así como de la confianza y de la certeza».
    Nunca habría que dejar de meditar esas palabras de San Juan de la Cruz que fueron decisivas para conducir a Teresa de Lisieux por su «caminito de confianza y de amor»: «De Dios obtenemos tanto como esperamos».

    Dios no nos da según nuestras cualidades o nuestros méritos, sino según nuestra esperanza. Esta verdad es extraordinariamente liberadora: aun suponiendo que todos nuestros recursos humanos y espirituales entren en bancarrota, siempre nos quedará la -invencible- esperanza.

    (…) A causa de esta falta, no creemos realmente que Dios pueda hacernos dichosos y construimos una felicidad con nuestras propias recetas: la codicia egoísta. No esperamos que Dios nos haga vivir en plenitud y nos creamos una identidad artificial: el orgullo.
    0 bien (y ésta es la situación más común entre personas de buena voluntad) nos gustaría mucho amar y ser generosos en ese amor y en la entrega de nosotros mismos, pero nos vemos atenazados por el miedo, la duda o la intranquilidad.

    La falta de esperanza y la falta de confianza en lo que la gracia divina puede obrar en nosotros y en lo que nosotros podemos hacer con su ayuda, trae como inevitable consecuencia un estrechamiento del corazón y una mengua de la caridad. Y, por el contrario, la con fianza -como dice Teresa de Lisieux- conduce al amor.

    El hecho de que una persona pierda su fervor, su impulso y su generosidad en el amor a Dios y al prójimo, obedece muy a menudo al desaliento, es decir, a una especie de desesperanza oculta que ha comenzado a invadir el corazón con un efecto desmovilizador.
    A causa de los fracasos, las decepciones, las dificultades, la experiencia de nuestra miseria y las inquietudes que nos desasosiegan, perdemos nuestra energía y «bajamos los brazos».
    En este caso, el remedio (es decir, el modo de hacer rebrotar el amor) no reside en un esfuerzo
    voluntarista, sino en reanimar la esperanza, en reencontrar una nueva confianza en lo que Dios, por grande que sea nuestra miseria, puede hacer por nosotros y en lo que nosotros podemos realizar con la ayuda de la gracia.

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  2. Papa Francisco: La Virgen es “puerta del corazón de Dios: exigente pero abierto a todos”

    Papa Francisco durante el rezo del Ángelus.

    El Papa Francisco durante el rezo del Ángelus en la plaza de San Pedro en el Vaticano animó a pedir ayuda a la Virgen María para conseguir la salvación ya que a ella también se la conoce como “‘Puerta del Cielo’ porque ella es la puerta del corazón de Dios: exigente pero abierto a todos”.

    Durante el rezo del Ángelus en la plaza de San Pedro, el Papa Francisco comentó el pasaje del Evangelio en el que se le pregunta por cuántas personas se salvarán.

    “Jesús le da la vuelta a la pregunta, que se centra en la cantidad: “¿Son pocos?” y coloca la respuesta sobre el plano de la responsabilidad, invitándonos a utilizar bien el tiempo presente. Por eso dice: ‘Esforzaos de entrar por la puerta estrecha, porque muchos intentarán entrar pero no lo conseguirán’”, explicó el Papa Francisco.

    Por eso el Papa destacó que “no hay un ‘número cerrado’ en el Paraíso”. Sino que se trata de “recorrer desde ahora el camino justo: que es para todos pero es estrecho”.

    “Jesús no quiere engañarnos diciendo: “Sí, tranquilos, es fácil, es una preciosa autopista y al final una gran puerta…” No, Jesús nos dice las cosas como son: el pasaje es estrecho”, precisó.

    De esta manera, el Papa Francisco explicó que esto significa que “para salvarse hace falta amar a Dios y al prójimo y esto no es cómodo. Es una “puerta estrecha” requiere compromiso, es decir, esfuerzo, una voluntad decidida y perseverante de vivir según el Evangelio. San Pablo lo llama ‘la buena batalla de la fe””.

    Además subrayó que el Señor no nos reconocerá por nuestros “títulos, sino por una vida humilde y buena, una vida de fe que se traduce en las obras”.

    “Para nosotros, cristianos, esto significa que estamos llamados a instaurar una verdadera comunión con Jesús, rezando, yendo a la iglesia, acercándonos a los sacramentos y nutriéndonos de su Palabra. Eso nos mantiene en la fe, nutre nuestra esperanza, reaviva la caridad”.

    Además animó a “con la gracia de Dios” “gastar nuestra vida por el bien de los hermanos, luchar contra cualquier forma de mal y de injusticia”.

    Por último, el Papa pidió a la Virgen María ayuda para llevarlo a cabo, ya que “ella pasó por la puerta estrecha que es Jesús. Lo acogió con todo el corazón y lo siguió cada día de su vida, también cuando no entendía y cuando una espada traspasaba su alma”.

    Y destacó que por eso se llama a la Virgen “Puerta del Cielo” porque es “una puerta que tiene exactamente la forma de Jesús, la puerta del corazón de Dios: exigente pero abierto a todos”.

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  3. TRAS EL CALVARIO DEL DIA

    “La cruz horada con su merced divina la necedad del pecado, y se planta como victoria de Cristo en tu horizonte humano. Surge el Calvario en tu vida donde antes no había nada, y así caminas a grandes pasos, de horizonte en horizonte, hacia la meta”.

    Alonso Gracián

    Yo, lo de Alonso me lo aplicaría diciendo que voy caminando “a grandes pasos de rosario en rosario hacia la meta”

    Es tanto el ajetreo, tanto sobrellevar dolores y realizar deberes, que se pasan las horas volando al punto de que uno olvida para quién trabaja y para qué lo hace.

    El caso es que, la hora en que la Madre me espera para conversar, es el pedacito de cielo que necesito para recordar lo que es fundamental jamás olvidar.

    Qué cosa buena era recostarme junto a mamá para conversar antes de la siesta. Hablabamos y, luego, dormíamos un ratito. Era tan reconfortante, brindaba una seguridad y paz tan grandes!

    Ese delicioso momento, bastaba para seguir con lo que quedaba del día.

    Pues bien, algo parecido –ya que no es igual sino mucho mejor- son esos minutos que paso con la joven María, a quien tanto quiero.

    Claro, siempre que el mundo quede fuera de mi cabeza o que los de fuera dejen de tocar la puerta pese a que coloqué el rotulito que dice “Rezando”.

    Qué caray! Debo admitir que, de cuando rezo el rosario tras el calvario del día, regreso a mí por María solo para darme cuenta que por merced divina su Hijo amado tiene la victoria sobre el territorio de mi existencia donde antes no había nada.

    Madre adorada, gracias por esperarme cada tarde.

    Gracias por la gracia que me alcanzas para regresar a mí y, por ti, a ya sabes Quién.

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