¿Cómo se puede vivir el amor verdadero y la pureza de corazón? La pureza de corazón es un don del Espíritu Santo.

3 comentarios sobre “¿Cómo se puede vivir el amor verdadero y la pureza de corazón? La pureza de corazón es un don del Espíritu Santo.

  1. La felicidad es la plenitud del amor en el alma. Para ser feliz y gozar plenamente del amor en esta tierra -del amor humano y del Amor con mayúsculas- y para gozar plenamente del Amor de Dios en el Cielo hay que vivir con plenitud la virtud de la Santa Pureza.

    La primera virtud cristiana no es la castidad sino la caridad: amor a Dios y al prójimo. La puerta de las demás virtudes es la fe: sin ella no se puede amar a Dios.

    Sin embargo, la castidad es muy importante, porque se refiere a sexualidad, que “concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar” (Catecismo, 2332). La castidad se ordena al amor; y sin ella no se puede vivir la caridad. Es una exigencia de la ley moral natural

    Bienaventurados los puros de corazón -dijo el Señor- porque ellos verán a Dios. La castidad es una exigencia de la dignidad del cuerpo humano, con el que debemos amar a Dios en esta tierra: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?” (I Cor 6,18-19).

    La virtud del Amor
    La Santa Pureza es tan importante porque está vitalmente unida al Amor: es una virtud que mantiene la juventud del amor en el alma, en las diversas etapas de la vida.
    Es una virtud atractiva, renovadora, audaz y urgente para unos tiempos nuevos.
    El mundo actual necesita con especial urgencia un Anuncio, una Evangelización y un Apostolado valiente, positivo y esperanzado de esta virtud.
    Por la naturaleza propia del tema de esta clase, resulta especialmente importante la preparación y documentación personal por parte de los padres, catequistas, profesores, etc., que permita dar razones sólidas, humanas y espirituales a los jóvenes.
    Por esa razón, se sugiere reflexionar, antes de preparar esta clase, sobre algunos de los puntos que se formulan en los apartados siguientes:
    •Consideración inicial

    •Cómo hablar con los hijos de la virtud de la Pureza
    Bendita sea tu Pureza: Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra
    y eternamente lo sea
    pues todo un Dios se recrea
    en tan graciosa belleza.
    A Tí, celestial Princesa,
    Virgen Sagrada María,
    yo te ofrezco en este día
    alma, vida y corazón.
    Mírame con compasión,
    no me dejes, Madre mía.

    Un punto de partida para padres y educadores

    Cultivar la esperanza de ser santos
    Escribe Philippe: “Mi experiencia como director espiritual me lleva a creer que la mayoría de las faltas de amor, de fervor y de generosidad proceden en realidad de un desaliento más o menos consciente. «Es el desánimo lo que pierde a las almas», decía Libermann.

    Todo esto responde a una realidad psicológica muy sencilla, pero importantísima (…) : para que nuestra voluntad sea fuerte y dispuesta, necesita verse alimentada por el deseo.

    En ese momento, la terapia apropiada es la de descubrir la raíz del desaliento, ese «punto de desesperanza», y poner el remedio espiritual, que consiste en volver a dotar a la persona de una mirada esperanzada sobre este aspecto concreto de su vida.
    Y ese deseo no puede ser poderoso si lo que se desea no se percibe como posible y accesible; porque, si nos representamos algo como inaccesible, dejamos de desearlo y quererlo con fuerza. No se puede querer nada de modo eficaz si psicológicamente tenemos la sensación de que “no llegaremos”
    Cuando la voluntad desfallece, para volver a despertarla se necesita una labor de «remodelación» de nuestras representaciones que nos permita percibir de nuevo lo que queremos como accesible y deseable.
    La esperanza es la virtud que pone en práctica esa remodelación; gracias a ella, sé que lo puedo esperar todo de Dios con total confianza. Todo lo puedo en aquel que me conforta, dice San Pablo`. La esperanza nos cura del miedo y el desaliento, dilata el corazón y permite que el amor se expanda.

    Pero, a su vez, también la esperanza, para constituir una auténtica fuerza, necesita de una verdad en la que apoyarse. Este fundamento le es conferido por la fe: puedo esperar contra toda esperanza porque sé a Quien he creído.

    La fe hace que me adhiera a la verdad trasmitida por la Escritura, la cual no cesa de mostrarme la bondad de Dios, su misericordia y su absoluta fidelidad a sus promesas. A través de la Palabra de Dios, nos dice la epístola a los Hebreos, tenemos firme consuelo los que buscamos refugio en la posesión de le esperanza propuesta., la cual tenemos como segura y firme ancla de nuestra alma, que penetra hasta el interior del velo, donde Jesús entró como precursor.

    La Escritura nos revela el amor absolutamente incondicional e irrevocable de Dios hacia sus hijos, manifestado en Cristo, nacido, muerto y resucitado por nosotros. Él me amó y se entregó a sí mismo por mí”.
    Por la fe el corazón se adhiere a esta verdad y encuentra en ella una esperanza inmensa e indestructible! «La fe es la madre del amor y de la esperanza, así como de la confianza y de la certeza».
    Nunca habría que dejar de meditar esas palabras de San Juan de la Cruz que fueron decisivas para conducir a Teresa de Lisieux por su «caminito de confianza y de amor»: «De Dios obtenemos tanto como esperamos».

    Dios no nos da según nuestras cualidades o nuestros méritos, sino según nuestra esperanza. Esta verdad es extraordinariamente liberadora: aun suponiendo que todos nuestros recursos humanos y espirituales entren en bancarrota, siempre nos quedará la -invencible- esperanza.

    (…) A causa de esta falta, no creemos realmente que Dios pueda hacernos dichosos y construimos una felicidad con nuestras propias recetas: la codicia egoísta. No esperamos que Dios nos haga vivir en plenitud y nos creamos una identidad artificial: el orgullo.
    0 bien (y ésta es la situación más común entre personas de buena voluntad) nos gustaría mucho amar y ser generosos en ese amor y en la entrega de nosotros mismos, pero nos vemos atenazados por el miedo, la duda o la intranquilidad.

    La falta de esperanza y la falta de confianza en lo que la gracia divina puede obrar en nosotros y en lo que nosotros podemos hacer con su ayuda, trae como inevitable consecuencia un estrechamiento del corazón y una mengua de la caridad. Y, por el contrario, la con fianza -como dice Teresa de Lisieux- conduce al amor.

    El hecho de que una persona pierda su fervor, su impulso y su generosidad en el amor a Dios y al prójimo, obedece muy a menudo al desaliento, es decir, a una especie de desesperanza oculta que ha comenzado a invadir el corazón con un efecto desmovilizador.
    A causa de los fracasos, las decepciones, las dificultades, la experiencia de nuestra miseria y las inquietudes que nos desasosiegan, perdemos nuestra energía y «bajamos los brazos».
    En este caso, el remedio (es decir, el modo de hacer rebrotar el amor) no reside en un esfuerzo
    voluntarista, sino en reanimar la esperanza, en reencontrar una nueva confianza en lo que Dios, por grande que sea nuestra miseria, puede hacer por nosotros y en lo que nosotros podemos realizar con la ayuda de la gracia.

    Le gusta a 2 personas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s