¿Cuál es la enseñanza cristiana sobre la diferencia sexual entre hombre y mujer? El don del amor: un don que permite la entrega

3 comentarios sobre “¿Cuál es la enseñanza cristiana sobre la diferencia sexual entre hombre y mujer? El don del amor: un don que permite la entrega

  1. Carol Peters-Tanksley, norteamericana, es ginecóloga, endocrinóloga reproductiva, autora de libros sobre salud femenina y una cristiana comprometida en tareas de evangelización, sobre todo animando a un estilo de vida sano en lo físico y lo espiritual.

    Reflexionando sobre las dificultades que pueden aparecer en la vida sexual de un matrimonio cristiano ha detectado 9 características que se deben tener en cuenta.

    Recuerda que Dios creó el sexo (“hombre y mujer los creó”, Génesis 1,27) pero que distorsionado o mal usado puede destruir vidas y familias.

    “Parto de la premisa de que Dios creó el sexo para ser disfrutado entre el hombre y la mujer en un matrimonio comprometido. El debate tras esa premisa es para otro día. Pero entender cómo está diseñada esta relación puede ayudar a responder muchas preguntas”, escribe la doctora Carol.

    Una relación sexual sana:

    1. Es desprendida, no egoísta
    Una relación sexual sana tiene que ver más con dar que con recibir. El esposo y la esposa se enfocan más en satisfacer las necesidades del otro que en cumplir sus propios deseos. Si ambos se centran en el otro, la mayoría de las dificultades se superan. El qué hacer, o cómo, cuándo, donde, cuántas veces… esas preguntas se responden, en la mayor parte de los casos, yendo en la dirección de lo que el cónyuge quiere.

    2. Es honesta
    El esposo y la esposa pueden ver las preguntas del “cómo, cuándo, donde, con qué frecuencia” de forma distinta, pero ambos expresarán con honestidad y amabilidad sus deseos, miedos, frustraciones y más. Aunque ambos intentan cumplir con las necesidades del otro, ninguno se sentirá forzado a implicarse sexualmente en algo que les haga luego sentir resentimiento hacia el otro.

    3. Tiene etapas, temporadas
    La vida, y el matrimonio, tienen estaciones, temporadas, con distintas necesidades en lo íntimo. No cada encuentro sexual tendrá el mismo nivel de emoción o satisfacción. Los aspectos más importantes del sexo cambiarán en las distintas etapas del matrimonio.

    4. Es relevante, importante
    El sexo no es “solo sexo”, es un tipo de intimidad entre esposo y esposa realmente importante. Se ha de tratar como algo valioso, un don precioso que vale la pena guardar, en el que se ha de trabajar, en el que vale la pena mejorar, hacerlo prioritario, invertir en ello, rezar por ello. No hay que menospreciarlo como un añadido menor.

    5. Es regularmente irregular
    La vida sexual puede ir cambiando: de frecuente a ocasional, de emocionante a confortable, de satisfactorio a frustrante… depende de la salud física, el estrés de la vida y otros factores. En una relación sana, el esposo y la esposa están comprometidos a unirse físicamente, a reconectar así con frecuencia, pero con libertad, sin presiones legalistas.

    6. Es exclusiva
    Los cónyuges se mirarán el uno al otro exclusivamente, no mirarán a ningún otro lugar para el cumplimiento de sus deseos y necesidades sexuales. La intimidad sexual con una tercera persona está fuera de los límites de una sexualidad sana, pero lo mismo sucede con la pornografía, el exceso de intimidad emocional con otra persona, etc…

    7. Es segura y sanadora
    Una relación sexual sana permite exponerse, vulnerable, sin ser herido. La relación sexual (o su aplazamiento) no se usa para castigar, para controlar ni para herir. Que te vean por completo, que te conozcan, y que aún así te amen y acepten, es una experiencia maravillosa y sanadora, que sana heridas específicas del pasado, o las comunes de la debilidad humana.

    8. Es imperfectamente perfecta
    Cada matrimonio es la unión de dos personas imperfectas, y lo mismo sucede con sus relaciones sexuales. Como en cualquier otro ámbito de la vida matrimonial, casi con seguridad en algún momento herirás a tu cónyuge, y él te herirá a ti. Por lo tanto, una relación sexual sana incluye el perdón sincero y una mejoría continua.

    9. Es más que física
    El acto sexual es el aspecto físico de una intimidad bien trabajada. Por eso, nunca es “sólo sexo”. Esta intimidad completa incluye amistad, perdón, lazos emocionales, entendimiento mutuo y conexión espiritual. La sexualidad marital completa incluye todas esas cosas.

    La doctora Carol añade estas consideraciones:

    -Hay muchos matrimonios cristianos donde el sexo no cumple todas estas condiciones, pero eso no significa que no sea posible.

    -Si tenéis una buena vida sexual, ¡celebradlo! A Dios le gusta.

    -Si estáis casados y vuestra relación sexual no es muy buena, no os rindáis. A veces hay que trabajar en mejorar lo sexual, pero otras veces tendréis que trabajar antes otros aspectos de vuestro matrimonio y eso hará que mejore vuestra intimidad.

    -Si no estás casado, no te rindas. El miedo, la culpa, la desesperación y otros mensajes negativos pueden presionarte para que aceptes algo menos que el matrimonio. Te animo a que te reserves para lo mejor.

    No hay “Diez pasos garantizados para una relación sexual impresionante”. Una relación sana en una pareja cristiana es un asunto de crecimiento, compromiso y gracia de Dios. Requiere esfuerzo y vale la pena trabajar por ella.

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  2. …………

    En Jesucristo se han hecho nuevas todas las cosas (cf Ap 21,5). La renovación de la gracia, sin embargo, no es posible sin la conversión del corazón. Mirando a Jesús y confesándolo como Señor, se trata de reconocer el camino del amor vencedor del pecado, que Él propone a sus discípulos.

    Así, la relación del hombre con la mujer se transforma, y la triple concupiscencia de la que habla la primera carta de S. Juan (cf 1Jn 2,15-17) cesa su destructiva influencia. Se debe recibir el testimonio de la vida de las mujeres como revelación de valores, sin los cuales la humanidad se cerraría en la autosuficiencia, en los sueños de poder y en el drama de la violencia. También la mujer, por su parte, tiene que dejarse convertir, y reconocer los valores singulares y de gran eficacia de amor por el otro del que su femineidad es portadora. En ambos casos se trata de la conversión de la humanidad a Dios, a fin de que tanto el hombre como la mujer conozcan a Dios como a su «ayuda», como Creador lleno de ternura y como Redentor que «amó tanto al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3,16).

    Una tal conversión no puede verificarse sin la humilde oración para recibir de Dios aquella transparencia de mirada que permite reconocer el propio pecado y al mismo tiempo la gracia que lo sana. De modo particular se debe implorar la intercesión de la Virgen María, mujer según el corazón de Dios —«bendita entre las mujeres» (Lc 1,42)—, elegida para revelar a la humanidad, hombres y mujeres, el camino del amor. Solamente así puede emerger en cada hombre y en cada mujer, según su propia gracia, aquella «imagen de Dios», que es la efigie santa con la que están sellados (cf Gn 1,27). Solo así puede ser redescubierto el camino de la paz y del estupor, del que es testigo la tradición bíblica en los versículos del Cantar de los cantares, donde cuerpos y corazones celebran un mismo júbilo.

    Ciertamente la Iglesia conoce la fuerza del pecado, que obra en los individuos y en las sociedades, y que a veces llevaría a desesperar de la bondad de la pareja humana. Pero por su fe en Cristo crucificado y resucitado, la Iglesia conoce aún más la fuerza del perdón y del don de sí, a pesar de toda herida e injusticia. La paz y la maravilla que la Iglesia muestra con confianza a los hombres y mujeres de hoy son la misma paz y maravilla del jardín de la resurrección, que ha iluminado nuestro mundo y toda su historia con la revelación de que «Dios es amor» (1Jn 4,8.16).

    Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 31 de mayo de 2004, Fiesta de la Visitación de la Beata Virgen María.

    + Joseph Card. Ratzinger, Prefecto
    + Angelo Amato, SDB, Arzobispo titular de Sila, Secretario

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  3. Una vez comprendida la naturaleza de la caridad como amistad, esto es, como comunión con Dios gracias a la comunicación del Espíritu, podemos comprender lo que se quiere expresar con el término “caridad conyugal”. Se trata de una comunión singular con Dios, pero que se da en la conyugalidad, esto es, en la relación hombre-mujer en cuanto implica la sexualidad. El don del Amor que une al Padre y al Hijo entra ahora en todos los dinamismos amorosos humanos del hombre y la mujer y los plasma según el amor de Cristo por su Iglesia, haciendo a los cónyuges partícipes de ese amor indisoluble. De esta manera Dios atrae a los cónyuges reordenando todos sus dinamismos humanos, irrigándolos con el don de su amor[33]. Pero los atrae dirigiendo hacia sí sus dinamismos amorosos en cuanto en ellos se da la presencia del Espíritu.

    Esta presencia del Espíritu que trasforma el amor humano ordenándolo a Dios hace que el amor humano sea capaz ahora de trasmitir el don recibido. El don del cuerpo, con cuyo lenguaje los esposos quieren trasmitirse mutuamente la presencia recíproca, la compañía en la vida y el destino común, se convierte ahora en capaz de trasmitir la comunicación del Amor de Dios. Los esposos cristianos, por nacer su amor del don del Espíritu que integra y plasma todos sus dinamismos amorosos, en su amor conyugal se trasmiten el don del amor de Dios uno a otro. Por ello su amor conyugal se convierte en caridad conyugal, porque posibilita una verdadera comunicación del don de Dios que abre a una amistad de ambos con Dios.

    En la amistad conyugal los esposos viven la amistad con Dios.

    Es posible ahora entender porqué el modo de participación en la caridad de Cristo es específico en los cónyuges. Esta originalidad estriba, precisamente, en que tal participación se da en la conyugalidad. Así lo afirma Familiaris consortio, n. 13:

    “El contenido de la participación en la vida de Cristo es también específico: el amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos integrantes de la persona –reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y la afectividad, aspiración del espíritu y la voluntad-; mira a una unidad profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, lleva a no ser más que un solo corazón y una sola alma… En una palabra: se trata de las características normales de todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que no sólo las purifica y consolida, sino que las eleva hasta el punto de hacer de ellas expresión de valores propiamente cristianos”.

    Se abre así para los cónyuges un verdadero camino de santidad con una nota específica, la conyugalidad, en la que podrán trasmitirse el don del Amor de Dios a través de una gama muy variada y distinta de acciones.

    ALMUDI

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