¡Manos a la Obra!

43195291_266502214002241_7119556882423330541_nEstamos siguiendo el Sínodo de los jóvenes en Roma y comentarios como este del evangelio del día nos llegan muy oportunamente:

«Obrero» es el que vive de la obra. Si el tío Antonio decide hacerse una barbacoa en el chalet, y dedica unos ratos libres a poner hierros y ladrillos unos encima de otros, no por eso es un obrero. El obrero madruga, trabaja, suda, y llega cansado a casa.

Rogad, pues, a dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

 Hay pocos obreros en la mies de Cristo. ¿Por qué no eres tú uno de ellos? ¿Vas a pedirle al Señor que los envíe, mientras contemplas como trabajan?

No me engañes, ni te engañes. Porque, un día, hayas quedado con un amigo, y le hayas sugerido que se confiese, eso no te convierte en un obrero, sino en el tío Antonio. Serás obrero de la mies del Señor cuando te vaya la vida en tu apostolado:

Cuando conviertas tu trabajo profesional en siembra de amor divino.

Cuando te pregunten por tus dolores, y hables de almas que viven sin Dios.

Cuando las dificultades y sufrimientos de la vida los conviertas en monedas con que comprar almas.

Cuando quienes no conocen el Amor de Dios te roben lo mejor de tus oraciones.

¿A qué esperas? ¡Manos a la obra!

Por José-Fernando Rey Ballesteros

5 comentarios sobre “¡Manos a la Obra!

  1. El Señor no quiere gente que ponga pretextos para trabajar en su obra. Hay mucha cosecha que levantar y el Señor quiere que tú la trabajes. Y a mí me llama mucho la atención a quién llama el Señor a trabajar para su obra. Veamos como ejemplo a lo doce primeros que llamó. De acuerdo a las Escrituras, si tú lo analizas, era gente trabajadora. No eran flojos, no eran apáticos, ni desidiosos, no eran holgazanes. Era gente que tenía trabajo, era gente responsable, decidida. Era gente firme en sus convicciones. Tal vez tenían otros problemas, y de hecho los tenían, pero no eran perezosos. Hacían lo que tenían que hacer, y esto es bien claro.

  2. A ti, Señor,
    nos dirigimos con confianza.

    Hijo de Dios,
    enviado por el Padre
    a los hombres
    de todos los tiempos
    y de todas las partes
    de la tierra,
    te invocamos
    por medio de María,
    Madre tuya y Madre nuestra:
    haz que en la Iglesia
    no falten las vocaciones,
    sobre todo
    las de especial dedicación
    a tu Reino.

    Jesús, único Salvador del hombre,
    te rogamos
    por nuestros hermanos y hermanas
    que han respondido “sí”
    a tu llamada al sacerdocio,
    a la vida consagrada y a la misión.
    Haz que su existencia
    se renueve de día en día,
    y se conviertan en Evangelio vivo.

    Señor misericordioso y santo,
    sigue enviando
    nuevos obreros
    a la mies de tu Reino.
    Ayuda a aquellos que llamas
    a seguirte en nuestro tiempo:
    haz que, contemplando tu rostro,
    respondan con alegría
    a la estupenda misión
    que les confías
    para el bien de tu pueblo
    y de todos los hombres.

    Tú, que eres Dios,
    y vives y reinas
    con el Padre y el Espíritu Santo
    por los siglos de los siglos.

    Amén.

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