Era atea y se sentía impotente ante tanta muerte: en Ruanda, tras ver morir a una niña, halló a Dios

111404_guadalupeGuadalupe Escudero, conocida popularmente como Sor Guadalupe o Sor Piolet, lleva ahora una vida de oración y paz en el monasterio navarro de Zamartze, a los píes de la Sierra de Aralar. Pero su vida ha estado marcada por la profunda conversión que la llevó de un ateísmo profundo a un impresionante encuentro con Dios en Ruanda, donde se había ido a vivir como cooperante. Antes había sido un espíritu libre, una mochilera que recorría el mundo y que la llevó incluso a escalar el Himalaya, apareciendo en la prensa deportiva de la época

para conocer más de su vida: aquí

fuente: religionlibertad

6 comentarios sobre “Era atea y se sentía impotente ante tanta muerte: en Ruanda, tras ver morir a una niña, halló a Dios

  1. Sor Guadalupe, ahora ermitaña en Navarra, era atea y se sentía impotente ante tanta muerte: en Ruanda, tras ver morir a una niña, halló a Dios

    21 septiembre, 2018

    * «Llorando y gritando en una situación crítica dentro de mí. Fue un impasse, más que una muerte. Pero poco a poco fui sintiendo, no con palabras ni nada extraño, que ella me decía: ‘yo estoy bien. Mi vida no ha sido inútil. He existido para llevarte a ti a Dios’. Mi discernimiento era apostar por lo primero de la lista, consagrarme y vivir lo que vivo. Porque lo que Dios quiere es que seas santo, lo que quiere es que llegues a tu plenitud, entra en el fondo de esto y lo demás se da por añadidura»

    Camino Católico.com.- Guadalupe Escudero, conocida popularmente como Sor Guadalupe o Sor Piolet, lleva ahora una vida de oración y paz en el monasterio navarro de Zamartze, a los pies de la Sierra de Aralar. Pero su vida ha estado marcada por la profunda conversión que la llevó de un ateísmo profundo a un impresionante encuentro con Dios en Ruanda, donde se había ido a vivir como cooperante. Antes había sido un espíritu libre, una mochilera que recorría el mundo y que la llevó incluso a escalar el Himalaya, apareciendo en la prensa deportiva de la época, tal y como ya publicamos en Camino Católico en 2016 cuando ya contaba su testimonio de cómo llegó a su vocación.

    El sufrimiento de los inocentes

    Fue en 1991 cuando se produjo el momento que transformó su vida. El encuentro con el sufrimiento de los inocentes, la impotencia, la creencia de que Dios no podría existir, hasta que finalmente todos estos muros cayeron de manera impresionante.

    Guadalupe relata este momento concreto de su vida en un bello testimonio en un video publicado por Arguments y Javier Lozano lo sintetiza en Religión en Libertad. En 1991 llegó a Ruanda tras tomar la decisión de que quería dedicar su vida a los más pobres. No tenía fe pero estaba movida por su deseo de poder ayudar a los demás.

    Los límites del plan humano

    Acabó en una misión católica de este país africano y comenzó a trabajar con tres religiosas que atendían un dispensario para pobres. “Quería pasar toda mi vida con ellos, dedicarme a ellos. Pero el plan humano tiene un límite, y allí rocé los límites”, cuenta.

    Por el dispensario pasaban todos los días muchos enfermos, y todos los días moría alguien en sus brazos. Guadalupe recuerda que durante las noches pensaba: “¡Qué impotente me siento! Por mucho que quiero hacer hay cosas que no cambian, la gente sigue muriendo”.

    En su interior empezó a sentir una limitación, experimentar que no tenía la última palabra. Esta religiosa explica que aunque uno no tenga fe el momento de la muerte es sagrado. Esto lo experimentó en aquel dispensario. Aquellas personas que se le morían en brazo le pedían siempre lo mismo, “reza a Dios por mí”.

    Wimana, la niña ruandesa que la llevó a Dios

    “¿A qué Dios? Si yo no tengo Dios”, se repetía ella. Pero aquel sentimiento se iba haciendo cada día más fuerte. Y entonces apareció en su vida una niña, Wimana, que fue el instrumento que acabó llevándola a Dios.

    Conoció a esta pequeña en el centro nutricional. “Todos las tardes venía a buscarme, había una conexión muy profunda, me cogía de la mano y salíamos a pasear. Percibía que esa niña era feliz en ese momento, me caló muy hondo. Pero una mañana me llamaron para decirme que Wimana se estaba muriendo. Fui y al ratito murió”.

    Este fue el momento en el que su alma se vio a oscuras completamente. Guadalupe explica que cuando esta niña murió tuvo durante unos segundos la certeza, la prueba definitiva de que Dios no existía. Su pensamiento en aquel momento fue: “Dios no existe, no puede existir. No puede haber creado una vida tan inútil. Esta niña ha nacido sólo para sufrir. Dios no puede existir, es más, si es que existe ese Dios no lo quiero conocer porque es un tirano”.

    El encuentro con Dios en medio del sinsentido

    Tenía que buscar algún sitio donde desahogarse. Acabo en la capillita de las monjas. Fue allí quizás por “inercia”, asegura ella, y recuerda ir “llorando y gritando en una situación crítica dentro de mí. Fue un impasse, más que una muerte. Pero poco a poco fui sintiendo, no con palabras ni nada extraño, que ella me decía: ‘yo estoy bien. Mi vida no ha sido inútil. He existido para llevarte a ti a Dios’”.

    Esta monja extremeña de nacimiento asegura que “decirlo aquí y ahora es bastante diferente a sentirlo en aquel momento, donde no hay razonamientos posibles porque el sentido se vuelve absurdo por completo. Wimana era otra historia, la no palabra, la criatura que clamaba”.

    Entonces se encendió en su alma una pequeña luz. Ella lo define como si se hubiera apagado “la de mi razón y se encendiera la de mi existencia”. Y se le iluminó esta historia de sufrimiento aparentemente sin sentido: “Me di cuenta por un momento que hacemos que algo sea absurdo o sea bueno por nuestra razón. Había hecho inútil la vida de esta niña, había hecho inútil su existencia con mi razón, juzgando que nacer para sufrir era inútil. Y esto son categorías humanas”.

    “Ahora tienes que decirme quién eres”

    Esta pequeña niña ruandesa le había hecho entender, explica sor Guadalupe, que “la plenitud es otra historia, que su vida sí había sido plena porque la plenitud va mucho más allá, que es llegar a ser para lo que fuimos creados, haber colmado de sentido la vida”.

    Entonces su razón también se iluminó, abriendo la posibilidad de que Dios pudiera existir. “Ahora tienes que decirme quién eres”, le dijo Guadalupe.

    Poco a poco empezó a leer sobre la fe y a “conectar con el pequeñito Dios de mi primera Comunión”. Wimana, esta pequeña niña, fue acompañando a Guadalupe en este proceso de conversión. Y esta joven aventurera que hacía listas y siempre apostaba todo por lo primero que apareciera en ella colocó a Dios en el número 1 según iba conociéndole más y más.

    Esta apuesta total acabó llevándola a la vida religiosa. “Mi discernimiento era apostar por lo primero de la lista, consagrarme y vivir lo que vivo. Porque lo que Dios quiere es que seas santo, lo que quiere es que llegues a tu plenitud, entra en el fondo de esto y lo demás se da por añadidura”.

    Adiós a su vida de aventura, mochilera y escaladora

    Atrás dejaba su vida de mujer aventurera y en búsqueda, aquella vida de mochilera que la llevó a buena parte de Latinoamérica y las principales capitales europeas.

    Trabajó como diseñadora en una fábrica de peluches, fue auxiliar de enfermería o sirvió hamburguesas en un McDonald’s del barrio negro de Londres, donde ella era la única persona blanca: “Allí sufrí el racismo. Todo lo que los blancos hacían a los negros, ellos me lo hacían a mí. Si había terminado de fregar el suelo, venía algún joven y escupía sobre él”.

    Ahora escala otras cumbres, pues Guadalupe fue una experimentada montañera y una pionera en el mundo de la montaña. El rotativo Mundo Deportivo le dedicó una página entera el miércoles 1 de octubre de 1986 para contar todos los detalles de la expedición que iba a iniciar junto a tres amigas más al Island Peak, de 6.200 metros de altura. “Cuatro extremeñas a la conquista del Himalaya”, titulaba el periodista.

    Este grupo de mujeres, la segunda expedición de féminas españolas que pisarían el Himalaya, compartían página con una leyenda del himalayismo, el austriaco Reinhold Messner, a punto de intentar el ascenso al Lothse (8.516 metros). En la noticia, se emulan los picos hollados por cada una de las componentes de la expedición.

    Para entonces, Guadalupe, “de 24 años de edad y en desempleo”, ya contaba en su palmarés con varias cumbres de los Pirineos, los Alpes, los Picos de Europa, el Atlas marroquí y un largo etcétera.

    Ermitaña en Navarra y amante del silencio

    Esa Guadalupe que vagaba por el mundo y transformada en África ha acabado como “ermitaña” en Zamartze, siguiendo con su apuesta de dar todo al primero de la lista. Entregada completamente a Dios, explicaba en una entrevista en Diario de Navarra que no tiene miedo a la soledad porque para ella no es algo nuevo. Durante toda su juventud caminó durante horas por senderos en completa soledad y silencio.

    “El sonido del silencio en la naturaleza no tiene precio. Atender Zamartze no es casualidad. Para mí representa la unidad. Es la casa de espiritualidad de la diócesis y casa de todo el que quiera encontrarse: necesitamos salir de la vertiginosa rutina de cada día para entrar en nuestro interior y escucharnos, y escucharle”.

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  2. La monja que escaló el Himalaya

    HISTORIA 32
    Por Rubén Elizari

    Guadalupe Escudero Guillén tardó años en recordar sin lágrimas aquel convulso amanecer de Ruanda en el que su vida dejó de ser la que era para siempre. Su enjuto cuerpo de apenas 1.65 metros, sus finas gafas que esconden una mirada azul serena, no hacen sospechar las mil y una aventuras que conoció antes de aquel instante.

    La muerte no era algo nuevo para ella. Ya había tenido varios encontronazos con ella, como aquel día que la montaña le arrebató a un compañero de cordada, pareja de una de sus mejores amigas. O aquella otra ocasión en la que deambuló, a más de 5.000 metros de altitud, perdida en medio de una ventisca que le azotó la cara durante más de tres horas sin dejarle ver una sola huella o una roca que le mostrara el camino que le devolviera a la tienda de campaña antes de que oscureciese. Porque Guadalupe Escudero Guillén no siempre ha sido Sor Guadalupe o ‘Sor Piolet‘ como la conocen muchos. No siempre ha vivido en el Monasterio de Zamartze, a los pies de la Sierra Aralar, junto a Uharte-Arakil, a media hora en coche de Pamplona. De hecho, confiesa que durante su juventud ni tan siquiera creía en Dios. “Era atea porque no conocía al verdadero Dios y sigo sin creer en aquel dios que rechazaba”, reconoce ya vestida de hábito.

    Guadalupe Escudero nació en Piornal, el pueblecito más alto de Extremadura, a 1.170 metros. En este paraje del valle del Jerte, en Cáceres, donde según los libros de historia romanos, visigodos y árabes pasaron de largo por las inclemencias del tiempo, creció esta joven “siempre enamorada”.

    Pese a todas las experiencias acumuladas a lo largo de una vida de viajes, Guadalupe cuenta que no se siente especial. Con un hábito azul que también oculta su pelo, recuerda la ropa de “vivos colores” que vestía cuando era joven, los guateques de la época rodeada de buenos amigos y la vida de estudiante de Delineación cuando aún vivía con sus padres en Plasencia. Y entre tanto, la montaña, siempre la montaña.

    Sor Guadalupe, ermitaña del monasterio de Zamarce. RUBÉN ELIZARI

    La realidad es que Guadalupe siempre ha sido una pionera. Las hemerotecas lo atestiguan. El rotativo Mundo Deportivo le dedicó una página entera el miércoles 1 de octubre de 1986 para contar todos los detalles de la expedición que iba a iniciar junto a tres amigas más al Island Peak, de 6.200 metros de altura. “Cuatro extremeñas a la conquista del Himalaya”, titulaba el periodista. Este grupo de mujeres, la segunda expedición de féminas españolas que pisarían el Himalaya, compartían página con una leyenda del himalayismo, el austriaco Reinhold Messner, a punto de intentar el ascenso al Lothse (8.516 metros). En la noticia, se emulan los picos hollados por cada una de las componentes de la expedición.

    Para entonces, Guadalupe, “de 24 años de edad y en desempleo”, ya contaba en su palmarés con varias cumbres de los Pirineos, los Alpes, los Picos de Europa, el Atlas marroquí y un largo etcétera. Pero para ella la vida era algo más que subir a lo más alto de una montaña con el fin de contemplar el mundo y escuchar su silencio. “Creía que la vida encerraba un secreto. En mi interior había una búsqueda y quería ser fiel a ella. Cada cierto tiempo elaboraba una lista con las cosas que consideraba más importantes y que me hacían feliz. Siempre he apostado por lo primero de esa lista”, relata. En ese ‘inventario vital’ su deseo de ayudar a los demás y el amor siempre ocupaban los primeros puestos.

    Fiel a sus prioridades, Guadalupe Escudero dejó atrás Plasencia para recorrer de ‘mochilera’ buena parte de Latinoamérica y las principales capitales europeas. “Vivía la vida. Ella no me llevaba. Siempre decidía antes las cosas y siempre procuraba aprender de todo”, cuenta. Trabajó como diseñadora en una fábrica de peluches, fue auxiliar de enfermería o sirvió hamburguesas en un McDonald’s del barrio negro de Londres, donde ella era la única persona blanca: “Allí sufrí el racismo. Todo lo que los blancos hacían a los negros, ellos me lo hacían a mí. Si había terminado de fregar el suelo, venía algún joven y escupía sobre él”.

    Lo económico o lo material apenas tenía importancia: “Me daba libertad tener poco. Cuando apenas tenía dinero, ver escaparates era como pasear por un jardín. Me gustaba lo que veía. Si un mes ganaba un poco más de dinero porque había trabajado más, era un suplicio. Lo que antes me parecía imprescindible, de pronto pasaba a ser necesario. No me quería subir a ese engranaje social. Esto no quiere decir que yo no sea de este mundo”.

    Wimana y su reconversión
    El último viaje de Guadalupe Escudero tuvo como destino Ruanda. Aterrizó en este país el año 1993, unos pocos meses antes de que estallara la guerra civil entre hutus y tutsis. Como en otros tantos viajes, sólo había comprado el billete de ida. “En Ruanda Dios estrechó su cerco sobre mí”, explica. En este país del corazón de África trabajaba como auxiliar de enfermería intentando aliviar el dolor de los demás con los escasos medios con los que contaba y, sobre todo, intentaba que los demás se sintieran queridos: “Sentía impotencia ante el dolor y la muerte. Me di cuenta que mis dos manos, con las que antes había conseguido subsistir sin problemas, se quedaban pequeñas”.

    María Guadalupe Escudero no podía hacer nada por salvar la vida de la personas que veía morir en sus brazos: “Me pedían que rezase a Dios por ellos. Pero… ¡¿A qué Dios?! Yo no tenía ningún Dios. Tenía que cumplir con lo que me habían pedido. Era algo sagrado y no sabía ni cómo hacerlo”. Hasta que la muerte de una niña ruandesa de cinco años le hizo “tocar fondo”.

    Esa niña que cambió el rumbo de su vida se llamaba Wimana. “La habían abandonado y estaba desnutrida. Todo lo malo que puedas imaginar que le ha pasado es poco”, recuerda Guadalupe con un tono pausado. “Dábamos paseos y la cuidaba. No necesitábamos hablar para entendernos porque el lenguaje del amor es universal”.

    Un día, al alba, en ese momento incierto en el que se funden el día y la noche, una religiosa acudió hasta la cabaña de madera en la que dormía Guadalupe. Wimana se estaba muriendo. “Me llamaron para avisarme de que estaba a punto de morir. Me preguntaron si quería despedirme de ella. Y lo hice. Murió entre mis brazos. Salí llorando, gritando y desesperada hacia una capilla que había en la misión. Me senté y lloré y lloré. En medio de mi desesperación fui sintiendo paz. Wimana me decía que su vida no había sido inútil, que había existido para llevarme ante Dios. Su vida sí había tenido sentido. Pasé del absurdo a la razón total. Entendí que Dios existía. Le pedí que me mostrara quién era”.

    Las respuestas empezaron a llegar con la lectura de una ajada Biblia que le dejaron las religiosas con las que convivía en la misión. “Jesús hablaba del amor, mi palabra favorita y de lo que yo sabía. Desde ahí empecé a llegar al Dios verdadero”.

    Leer la Biblia la cambió y de Ruanda no se fue la misma Guadalupe Escudero. RUBÉN ELIZARI

    La guerra hizo que tuvieran que evacuarla de Ruanda. Pero de allí no se fue la misma Guadalupe Escudero que había llegado. A los pocos meses de aterrizar, inició otro viaje sin retorno. Decidió tomar los hábitos de religiosa. “A quienes me conocían no les sorprendió. Seguía siendo la misma”, dice. Ahora, como ‘ermitaña’ de Zamartze, y entregada completamente a Dios, explica que no tiene miedo a la soledad porque para ella no es algo nuevo. Durante toda su juventud caminó durante horas por senderos en completa soledad y silencio. “El sonido del silencio en la naturaleza no tiene precio. Atender Zamartze no es casualidad. Para mí representa la unidad. Es la casa de espiritualidad de la diócesis y casa de todo el que quiera encontrarse: necesitamos salir de la vertiginosa rutina de cada día para entrar en nuestro interior y escucharnos”.

    *A: RUBÉN ELIZARI *F: 16 ENERO 2009 *P: *L: ZAMARCE *T: SOR GUADALUPE, ERMITAÑA DEL MONASTERIO DE ZAMARCE
    Escaló montañas; la conocen como Sor Piolet. RUBÉN ELIZARI

    La tranquilidad del Monasterio de Zamartze, sólo es rota por el trino de un pájaro o algún montañero que no puede salir de su asombro cuando una enjuta religiosa se le acerca con paso tranquilo, y le detalla cómo ha de hacer mejor uno u otro nudo. Con serenidad, les explica: “Yo escalé el Himalaya”

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  3. Religiosas Ejemplares

    Sor Guadalupe lleva una Vida de Oración
    Era Atea y ahora es una Monja Ermitaña.

    Por: Javier Lozano | Fuente: Religión en Libertad

    Guadalupe Escudero, conocida popularmente como Sor Guadalupe o Sor Piolet, lleva ahora una vida de oración y paz en el monasterio navarro de Zamartze, a los píes de la Sierra de Aralar.

    Pero su vida ha estado marcada por la profunda conversión que la llevó de un ateísmo profundo a un impresionante encuentro con Dios en Ruanda, donde se había ido a vivir como cooperante. Antes había sido un espíritu libre, una mochilera que recorría el mundo y que la llevó incluso a escalar el Himalaya, apareciendo en la prensa deportiva de la época.

    El sufrimiento de los inocentes

    Fue en 1991 cuando se produjo el momento que transformó su vida. El encuentro con el sufrimiento de los inocentes, la impotencia, la creencia de que Dios no podría existir, hasta que finalmente todos estos muros cayeron de manera impresionante.

    Guadalupe relata este momento concreto de su vida en un bello testimonio en Arguments. En 1991 llegó a Ruanda tras tomar la decisión de que quería dedicar su vida a los más pobres. No tenía fe pero estaba movida por su deseo de poder ayudar a los demás.

    Los límites del plan humano

    Acabó en una misión católica de este país africano y comenzó a trabajar con tres religiosas que atendían un dispensario para pobres. “Quería pasar toda mi vida con ellos, dedicarme a ellos. Pero el plan humano tiene un límite, y allí rocé los límites”, cuenta.

    Por el dispensario pasaban todos los días muchos enfermos, y todos los días moría alguien en sus brazos. Guadalupe recuerda que durante las noches pensaba: “¡Qué impotente me siento! Por mucho que quiero hacer hay cosas que no cambian, la gente sigue muriendo”.

    En su interior empezó a sentir una limitación, experimentar que no tenía la última palabra. Esta religiosa explica que aunque uno no tenga fe el momento de la muerte es sagrado. Esto lo experimentó en aquel dispensario. Aquellas personas que se le morían en brazo le pedían siempre lo mismo, “reza a Dios por mí”.

    Wimana, la niña ruandesa que la llevó a Dios
    “¿A qué Dios? Si yo no tengo Dios”, se repetía ella. Pero aquel sentimiento se iba haciendo cada día más fuerte. Y entonces apareció en su vida una niña, Wimana, que fue el instrumento que acabó llevándola a Dios.

    Conoció a esta pequeña en el centro nutricional. “Todos las tardes venía a buscarme, había una conexión muy profunda, me cogía de la mano y salíamos a pasear. Percibía que esa niña era feliz en ese momento, me caló muy hondo. Pero una mañana me llamaron para decirme que Wimana se estaba muriendo. Fui y al ratito murió”.

    Este fue el momento en el que su alma se vio a oscuras completamente. Guadalupe explica que cuando esta niña murió tuvo durante unos segundos la certeza, la prueba definitiva de que Dios no existía. Su pensamiento en aquel momento fue: “Dios no existe, no puede existir. No puede haber creado una vida tan inútil. Esta niña ha nacido sólo para sufrir. Dios no puede existir, es más, si que existe ese Dios no lo quiero conocer porque es un tirano”.

    El encuentro con Dios en medio del sinsentido
    Tenía que buscar algún sitió donde desahogarse. Acabo en la capillita de las monjas. Fue allí quizás por “inercia”, asegura ella, y recuerda ir “llorando y gritando en una situación crítica dentro de mí. Fue un impasse, más que una muerte. Pero poco a poco fui sintiendo, no con palabras ni nada extraño, que ella me decía: ‘yo estoy bien. Mi vida no ha sido inútil. He existido para llevarte a ti a Dios’”.

    Esta monja extremeña de nacimiento asegura que “decirlo aquí y ahora es bastante diferente a sentirlo en aquel momento, donde no hay razonamientos posibles porque el sentido se vuelve absurdo por completo. Wimana era otra historia, la no palabra, la criatura que clamaba”.

    Entonces se encendió en su alma una pequeña luz. Ella lo define como si se hubiera apagado “la de mi razón y se encendiera la de mi existencia”. Y se le iluminó esta historia de sufrimiento aparentemente sin sentido: “Me di cuenta por un momento que hacemos que algo sea absurdo o sea bueno por nuestra razón. Había hecho inútil la vida de esta niña, había hecho inútil su existencia con mi razón, juzgando que nacer para sufrir era inútil. Y esto son categorías humanas”.

    “Ahora tienes que decirme quién eres”

    Esta pequeña niña ruandesa le había hecho entender, explica sor Guadalupe, que “la plenitud es otra historia, que su vida sí había sido plena porque la plenitud va mucho más allá, que es llegar a ser para lo que fuimos creados, haber colmado de sentido la vida”.

    Entonces su razón también se iluminó, abriendo la posibilidad de que Dios pudiera existir. “Ahora tienes que decirme quién eres”, le dijo Guadalupe.

    Poco a poco empezó a leer sobre la fe y a “conectar con el pequeñito Dios de mi primera Comunión”. Wimana, esta pequeña niña, fue acompañando a Guadalupe en este proceso de conversión. Y esta joven aventurera que hacía listas y siempre apostaba todo por lo primero que apareciera en ella colocó a Dios en el número 1 según iba conociéndole más y más.

    Esta apuesta total acabó llevándola a la vida religiosa. “Mi discernimiento era apostar por lo primero de la lista, consagrarme y vivir lo que vivo. Porque lo que Dios quiere es que seas santo, lo que quiere es que llegues a tu plenitud, entra en el fondo de esto y lo demás se da por añadidura”.

    Adiós a su vida de aventura, mochilera y escaladora

    Atrás dejaba su vida de mujer aventurera y en búsqueda, aquella vida de mochilera que la llevó a buena parte de Latinoamérica y las principales capitales europeas.

    Trabajó como diseñadora en una fábrica de peluches, fue auxiliar de enfermería o sirvió hamburguesas en un McDonald’s del barrio negro de Londres, donde ella era la única persona blanca: “Allí sufrí el racismo. Todo lo que los blancos hacían a los negros, ellos me lo hacían a mí. Si había terminado de fregar el suelo, venía algún joven y escupía sobre él”.

    Ahora escala otras cumbres, pues Guadalupe fue una experimentada montañera y una pionera en el mundo de la montaña. El rotativo Mundo Deportivo le dedicó una página entera el miércoles 1 de octubre de 1986 para contar todos los detalles de la expedición que iba a iniciar junto a tres amigas más al Island Peak, de 6.200 metros de altura. “Cuatro extremeñas a la conquista del Himalaya”, titulaba el periodista.

    Este grupo de mujeres, la segunda expedición de féminas españolas que pisarían el Himalaya, compartían página con una leyenda del himalayismo, el austriaco Reinhold Messner, a punto de intentar el ascenso al Lothse (8.516 metros). En la noticia, se emulan los picos hollados por cada una de las componentes de la expedición.

    Para entonces, Guadalupe, “de 24 años de edad y en desempleo”, ya contaba en su palmarés con varias cumbres de los Pirineos, los Alpes, los Picos de Europa, el Atlas marroquí y un largo etcétera.

    Ermitaña en Navarra y amante del silencio

    Esa Guadalupe que vagaba por el mundo y transformada en África ha acabado como “ermitaña” en Zamartze, siguiendo con su apuesta de dar todo al primero de la lista. Entregada completamente a Dios, explicaba en una entrevista en Diario de Navarra que no tiene miedo a la soledad porque para ella no es algo nuevo. Durante toda su juventud caminó durante horas por senderos en completa soledad y silencio.

    “El sonido del silencio en la naturaleza no tiene precio. Atender Zamartze no es casualidad. Para mí representa la unidad. Es la casa de espiritualidad de la diócesis y casa de todo el que quiera encontrarse: necesitamos salir de la vertiginosa rutina de cada día para entrar en nuestro interior y escucharnos, y escucharle”.

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