“La aventura del matrimonio” (III): Buscando un faro

En el matrimonio, el camino cristiano se recorre entre dos. Pero, ¿cómo se hace para meter a Jesús en la propia casa?

A continuación, te proponemos preguntas y textos para reflexionar. Pueden servir para aprovechar este video personalmente, en reuniones con tus amigos, en tu escuela o en tu parroquia.

Preguntas para el diálogo

  • — Ante la situación de crisis matrimonial, ¿qué tipo de búsqueda emprende Sole?
  • — ¿Cuál dirías que fue el principal descubrimiento que Sole hace en la experiencia del retiro?
  • — ¿Qué actitud asume Juampi ante el acercamiento de Sole a la fe?
  • — ¿Qué prácticas cotidianas incorporaron a la vida de su familia? ¿Qué respuesta obtuvieron de los hijos?
  • — ¿A qué se refiere cuando ella dice: “Necesito ir”? ¿Y él cuando dice: “Yo experimenté la gracia”?
  • — ¿A qué se refiere Juanmpi con “estar en paz con uno mismo”? ¿Qué consecuencia atribuye Sole al acercamiento de los dos a la vida espiritual?

Propuestas de acción

  • — Buscar la manera de que cada uno en su matrimonio dé un paso para crecer en vida espiritual: hacer un retiro espiritual, frecuentar la confesión y la comunión, comenzar a recibir dirección espiritual, respetar y valorar los distintos modos en que cada uno procura crecer en su vida de fe…
  • —Ubicar un lugar en casa y un momento concreto (diario o semanal) para rezar. Ir construyuendo una pequeña biblioteca de textos sobre la vida cristiana y de espiritualidad, para el uso de toda la familia.
  • — Aprovechar y generar oportunidades para compartir con tus amigos y compañeros de trabajo tu experiencia de “traer a Jesús a casa”.

Meditar con la Sagrada Escritura

  • — Te desposaré conmigo para siempre; sí, te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en misericordia y en compasión; te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor (Oseas 2, 19-20).
  • — No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas, ¡qué grande será la oscuridad!Nadie puede servir a dos señores, porque tendrá odio a uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas. Por eso os digo: no estéis preocupados por vuestra vida: que vais a comer; o por vuestro cuerpo: con quéos vais a vestir. ¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni ciegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? (Mateo 6, 19-27).
  • — Entonces unos hombres que traían en una camilla a un paralítico intentaban meterlo dentro y colocarlo delante de Jesús… al ver Jesús la fe de ellos, dijo: tus pecados te son perdonados (Lucas 5, 17-26).
  • — Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro se le echó al cuello y lo cubrió de besos (Lucas 15, 11-32).

Meditar con el Papa Francisco

  • — La historia de una familia está surcada por crisis de todo tipo, que también son parte de su dramática belleza. Hay que ayudar a descubrir que una crisis superada no lleva a una relación con menor intensidad sino a mejorar, asentar y madurar el vino de la unión (Amoris Laetitia, 232).
  • — El vínculo encuentra nuevas modalidades y exige la decisión de volver a amasarlo una y otra vez. Pero no sólo para conservarlo, sino para desarrollarlo. Es el camino de construirse día a día. Pero nada de esto es posible si no se invoca al Espíritu Santo, si no se clama cada día pidiendo su gracia, si no se busca su fuerza sobrenatural, si no se le reclama con deseo que derrame su fuego sobre nuestro amor para fortalecerlo, orientarlo y transformarlo en cada nueva situación (Amoris Laetitia, 164).
  • — El tiempo de la familia, lo sabemos bien, es un tiempo complicado y lleno de asuntos, ocupado y preocupado. Es siempre poco, nunca es suficiente, hay tantas cosas por hacer. Quien tiene una familia aprende rápido a resolver una ecuación que ni siquiera los grandes matemáticos saben resolver: hacer que veinticuatro horas rindan el doble. El espíritu de oración restituye el tiempo a Dios, sale de la obsesión de una vida a la que siempre le falta el tiempo, vuelve a encontrar la paz de las cosas necesarias y descubre la alegría de los dones inesperados (Audiencia, 26 agosto 2015).
  • — Cada familia cristiana —como hicieron María y José—, ante todo, puede acoger a Jesús, escucharlo, hablar con Él, custodiarlo, protegerlo, crecer con Él; y así mejorar el mundo. Hagamos espacio al Señor en nuestro corazón y en nuestras jornadas. Así hicieron también María y José, y no fue fácil: ¡cuántas dificultades tuvieron que superar! No era una familia artificial, no era unafamilia irreal. La familia de Nazaret nos compromete a redescubrir la vocación y la misión de la familia, de cada familia (Audiencia, 17 diciembre 2014).

Meditar con san Josemaría

  • — El Matrimonio es un sacramento santo. A su tiempo cuando hayas de recibirlo, que te aconseje tu director o tu confesor la lectura de algún libro provechoso. Y te dispondrás mejor a llevar dignamente las cargas del hogar (Camino, 26).
  • — Te ríes porque te digo que tienes “vocación matrimonial”?— Pues la tienes: asi, vocación. Encomiéndate a San Rafael, para que te conduzca castamente hasta el fin del camino, como a Tobías (Camino, 27).
  • — Hija mía, que has constituido un hogar, me gusta recordarte que las mujeres —¡bien lo sabes!— tenéis mucha fortaleza, que sabéis envolver en una dulzura especial, para que no se note. Y, con esa fortaleza, podéis hacer del marido y de los hijos instrumentos de Dios o diablos.Tú los harás siempre instrumentos de Dios: el Señor cuenta con tu ayuda (Forja,690).
  • — Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida (Homilía “El Matrimonio, vocación cristiana” en Es Cristo que pasa, 22)

Textos y enlaces para seguir reflexionando

4 comentarios sobre ““La aventura del matrimonio” (III): Buscando un faro

  1. ¿Está obsoleto el matrimonio? ¿Conserva siquiera alguna importancia en nuestros tiempos modernos? ¿Por qué se sigue uniendo la gente con el vínculo matrimonial pese a tantos ataques contra esta institución, que alguna vez se tuvo en tanta estima? La Biblia ofrece importantes elementos que profundizan nuestro respeto por la institución del matrimonio.

    El matrimonio, ¿para qué? ¿Qué propósito tiene? La pregunta quizá suene extraña, pero reflexionemos un momento. El matrimonio como institución es un misterio para muchos. Desde luego que muchísimas personas siguen casándose todos los años… y también muchísimas se divorcian.

    ¿Por qué se casan? Tal parece que muchas parejas en realidad no saben por qué se casaron. Quizá es por eso que tantas uniones fracasan. Quizá la pareja tuvo la sensación general de estar enamorada, o intuía que casarse era “lo correcto” en ese momento. Pero ¿acaso profundizan más que esto? Quizá una razón por la cual tantos deciden vivir sin los votos matrimoniales es que en su mente no hay claridad acerca del propósito de este acto.

    El número de parejas solteras que conviven como esposos ha aumentado considerablemente en los últimos 40 años. Hoy día, muchos de los niños nacidos son extramatrimoniales. Y es una tendencia que aumenta en todo el mundo. El matrimonio muestra un declive en muchas de las naciones occidentales.

    Aun los que se consideran cristianos muestran confusión en cuanto al verdadero fundamento del matrimonio. Aun en el mundo religioso, el nexo entre el matrimonio y la Biblia es demasiado vago.

    Ante esta situación, cabe preguntarnos cuál es el propósito del matrimonio. ¿Hay respuestas en la Biblia? La respuesta, tan contundente como animadora, ¡es que sí!

    En el principio era el matrimonio

    Al contrario de lo que tontamente suponen algunos, el matrimonio como institución no se desarrolló a lo largo de millones de años por selección natural, sino que se creó en un momento dado de la historia, cuando existían solamente dos seres humanos: un varón y una mujer. Veamos lo que dice Génesis acerca de los primeros esposos: “Entonces el Eterno Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán… Y de la costilla que el Eterno Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre” (Génesis 2:21–22).

    No hubo baile, trajes formales ni vestido largo de novia, pero sí hubo la primera boda. Adán y Eva se unieron para ser marido y mujer. ¿Con qué objeto?

    Dios les dijo a Adán y Eva que fueran “una sola carne”. “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). Entre ellos debía haber una intimidad sexual exclusiva, que no se compartiría con nadie más. Este es el matrimonio de fidelidad, el matrimonio hasta que la muerte nos separe que Dios instituyó y bendijo (Hebreos 13:4).

    Este origen del matrimonio ¿será un mito, como creen tantos hoy? Según Jesucristo, no lo es, porque Él habló de aquello como un hecho cuando enseñó sobre el matrimonio: “Él, respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mateo 19:4–6). ¿Qué significa ser “una sola carne”? ¿Acaso esto se refiere únicamente a la unión sexual entre los esposos?

    ¿Por qué “una sola”?

    Jesucristo explicó que el mandato de ser “una sola carne” va mucho más allá del acto sexual. Se refiere al marido y la mujer esforzándose juntos para alcanzar una meta enriquecedora y llena de significado en la vida. Significa ser “uno” en una sociedad mutua forjada para resistir las tormentas de la vida.

    La visión que tenía Cristo del matrimonio era la de un esposo y una esposa que recorren la vida juntos en armonía, compartiendo las cargas y viviendo las alegrías de la vida en común.

    Algo más asombroso es que la unidad entre marido y mujer tiene la intención de reflejar la unidad entre Dios y Cristo así como la unidad que los santos glorificados van a experimentar después de la resurrección. Justo antes de su crucifixión, Jesús oró estas palabras: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos; para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti…” (Juan 17:20–21). Los esposos han de esforzarse por reflejar, aunque sea muy imperfectamente, el amor y la unidad que tienen Cristo y el Padre en su armoniosa relación divina. Han de esforzarse por ser realmente libres de todo egoísmo en su trato. Cada uno ha de aprender a amar al otro—su prójimo más cercano—como a sí mismo (Mateo 22:39). Dios desea ver esta “unidad” en la pareja de casados, tanto para bien y provecho de la misma pareja como para que puedan criar hijos como Dios manda.

    El matrimonio: bueno para los esposos

    El apóstol Pablo escribió varios pasajes que arrojan luz sobre el matrimonio. ¿Para qué instituyó Dios el matrimonio? Pablo lo explica: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia” (Efesios 5:31–32). El apóstol enseñó que el papel del hombre y de la mujer en el matrimonio es un recuerdo diario—aunque pequeño y físico—de la relación que tendrá Jesucristo con su Iglesia por toda la eternidad.

    ¿Por qué será, entonces, que algunos ven en el matrimonio un instrumento de represión? La vida matrimonial como Dios la dispuso no sería jamás semejante cosa. Los investigadores modernos, además, están descubriendo algo que muchos matrimonios felices han sabido intuitivamente por mucho tiempo: “La supuesta ’esclavitud’ de esta institución tan histórica como honorable es menos perjudicial para todos los actores que la ’libertad’ de nuestro espíritu actual”, nos dice un reconocido escritor. Las investigaciones coinciden en mostrar que el efecto del vínculo matrimonial sobre el bienestar de marido y la mujer es por lo general positivo. “Los casados no solo reciben ingresos más altos y disfrutan mayor apoyo emocional, sino que suelen ser más saludables”, señalan las investigaciones.

    Para disfrutar de los beneficios de un buen matrimonio cristiano, hay que aplicar dedicación y esfuerzo. Ambos esposos tienen que aceptar sus responsabilidades y cumplir los papeles que Dios dispuso para el éxito matrimonial. El apóstol Pablo dijo muy claramente cuál era el deber del esposo en el matrimonio: “Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo” (Efesios 5:33).

    Esposos, ¿qué significa para ustedes “amar a su mujer”? Las Sagradas Escrituras le dicen al hombre que valore y atienda a su mujer: que la proteja, la mantenga y le provea lo necesaria, que no la subestime ni la menosprecie. Esto es fácil cuando la mujer se muestra bondadosa, cariñosa y colaboradora, y cuando se ve hermosa, ¿no es así? Pero ¿y cuando el día ha sido especialmente duro para ella y su humor no es el mejor? Pablo no le puso restricciones a este mandato, sino que sus instrucciones son amar y atender a la esposa así en los malos momentos como en los buenos. El hombre tiene que esforzarse por amar a su esposa aun cuando ella no se lo facilite. Esto es lo que se requiere para alcanzar la armonía y la “unidad” que Dios desea. Amarla aun cuando ella se muestre brusca; aun cuando ella esté de malhumor. Al fin y al cabo, “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8), y en el matrimonio el hombre ha de reflejar esa misma naturaleza de Cristo, mostrándose dispuesto a darse a sí mismo.

    Esposas, ¿cuál es el papel y cuáles las responsabilidades suyas? El apóstol Pablo explica: “y la mujer respete a su marido” (Efesios 5:33). El mandato puede sonar anticuado e ingenuo, pero Pablo insiste en él. ¿Qué es “respetar al marido”? Es seguir la guía de él cuando ésta se conforma a Dios. Es mostrarle honor no solamente cuando sea fácil respetarlo y admirarlo sino también cuando él esté irritable o enojado, cansado o centrado en sí mismo. No significa ser una “alfombra” que él pueda pisar ni maltratar. Pero sí significa aprender a aceptar las decisiones de él aunque no estén de acuerdo con las de usted, en vez de desautorizarlo, ridiculizarlo u ofenderlo. Notemos que, al igual que para el esposo, Pablo no pone restricciones a su mandato para la esposa, sino que le dice que respete al esposo en sus momentos débiles así como en sus mejores momentos. ¡No siempre es fácil! Sin embargo, la esposa sabia y prudente hará todo lo que pueda por respaldar a su marido y ayudar a levantarlo en vez de rebajarlo (Proverbios 14:1). Tendrá como meta en la vida ayudarlo a salir adelante, y su relación con el esposo será una de bondad, compasión y misericordia (Proverbios 31:26).

    Esposa, ¿es perfecto su marido? ¡Claro que no! Pero aprendiendo a someterse a un esposo imperfecto ahora, lo ayudará a convertirse en el esposo atento y solidario que usted desea y necesita. Y lo que es más importante, usted le estará mostrando a su Salvador—quien sí es perfecto—que también está dispuesta a seguir la guía de Jesucristo como la “esposa del Cordero” por toda la eternidad (Apocalipsis 21:9).

    El matrimonio: bueno para los hijos

    La unidad en un matrimonio como Dios manda también va en beneficio de los hijos. Leemos que “el Eterno ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto. ¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud” (Malaquías 2:14–15).

    El esposo y la esposa que comparten una relación de amor y dedicación mutua pueden brindar un medio estable y positivo para la siguiente generación. Cuando Dios unió a la primera pareja con el vínculo matrimonial, les dio este mandato: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla” (Génesis 1:28). Deseaba que los humanos tuvieran hijos, que crecieran hasta formar clanes, tribus y naciones.

    Dios ya sabía hace miles de años lo que hoy están confirmando nuestros expertos en ciencias sociales: que la institución matrimonial es el mejor entorno para criar hijos. “Corren menos posibilidad de caer en drogadicción, menos posibilidad de reprobar el año, menos posibilidad de abandonar los estudios, menos posibilidad de suicidarse, menos posibilidad de caer en la pobreza, menos posibilidad de convertirse en delincuentes juveniles, y para las niñas, menos posibilidad de quedar embarazadas antes de tiempo. Tanto en lo emocional como en lo físico son más saludables, aun treinta años después, que los que no han tenido la fortuna de contar con padres tradicionales” (El matrimonio bajo ataque, Dr. James Dobson, p. 54).

    Aunque algunos pretendan negarlo, hay indicios muy fuertes de que los hijos se benefician inmensamente al criarse en un hogar con presencia de un padre y una madre. El investigador Karl Zinsmeister del American Enterprise Institute, informó: “Hay una montaña de evidencia científica la cual indica que cuando se desintegran las familias, los hijos frecuentemente terminan con cicatrices intelectuales, físicas y emocionales que persisten toda la vida… Hablamos de la crisis de las drogas, la crisis en la educación y el problema del embarazo y la criminalidad juveniles. Todos estos males se remontan primordialmente a un origen: familias descompuestas”.

    Cierto es que muchos niños demuestran una extraordinaria fortaleza y son capaces de vencer muchas dificultades que la vida les lanza. Muchos padres que se hallan en circunstancias menos que ideales están haciendo lo máximo que pueden por brindar un hogar seguro y positivo para los hijos. Pero esto no le resta verdad al hecho de que no hay evidencia para apoyar la idea de quienes desean presentar alternativas a la familia tradicional como si fueran iguales o superiores a ésta.

    El objetivo final: ¡una familia espiritual!

    Sin duda alguna, Dios quiere que ambos esposos lleven una vida llena de realizaciones y que críen a sus hijos dentro de una familia sana y con presencia de ambos. Por encima de esto, la Biblia revela un fin aun más importante para el matrimonio. Los padres no solamente están formando una familia física, sino que están reflejando el plan divino ¡que es formar una familia espiritual!

    Dios se llama nuestro “Padre” en los cielos (Mateo 6:9). Como Padre, Él ofrece a los humanos la posibilidad de ser hijos suyos: “…Seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:18). El apóstol Pablo explicó algo más sobre esta relación familiar al decir que “toda familia en los cielos y en la tierra” lleva el nombre del Padre (Efesios 3:14–15).

    ¿Quién es apto para formar parte de la Familia Dios? Los animales no. Tampoco los ángeles. “Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy, y otra vez: Yo seré a él Padre, y él me será a mí hijo?” (Hebreos 1:5–6). Parece increíble, pero de toda la creación de Dios, ¡únicamente los humanos tienen la extraordinaria posibilidad de convertirse en hijos e hijas espirituales de Dios! Así como un padre humano engendra hijos físicos por su “semilla” física, también nuestro Padre celestial está engendrando hijos espirituales por su Espíritu. “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8:14). Y también: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (v. 16).

    Los cristianos, engendrados en el momento de recibir el Espíritu Santo, esperan el momento en que “nacerán” dentro de la Familia de Dios en la resurrección, tal como se lo explicó Cristo a Nicodemo (Juan 3:3–8).

    Coherederos con Cristo

    ¿Por qué, pues, está creando Dios hijos e hijas espirituales que nazcan dentro de su familia espiritual? ¡Porque Él desea compartir su creación! Pablo explica que como hijos suyos, nosotros somos “herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:17).

    ¿Qué van a “heredar” los hijos de Dios en la resurrección? La oportunidad de ser espirituales, dotados de vida eterna. La vida eterna no es algo inherente en nosotros, sino que es un don, o regalo, de Dios. “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Los hijos de Dios también van a heredar la “propiedad” de su padre, ¡que es todo el universo! Así lo dice Pablo: “Todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas” (Hebreos 2:8).

    Las implicaciones de este versículo son impresionantes. Dios está llevando “muchos hijos a la gloria ” (v. 10) ¡para compartir con ellos la totalidad de su obra creada y para que, junto con Él, rijan todo el universo!

    ¿No hay retroceso?

    Hay quienes piensan que el matrimonio ha sufrido un golpe mortal del cual nunca podrá recuperarse. Es cierto que el matrimonio puede derrumbarse en el mundo occidental. Si es así, nuestras naciones se derrumbarán con él. Felizmente, podemos saber que Jesucristo—cuando regrese triunfal como Rey de reyes trayendo la paz a todo el mundo—va a dar comienzo a un renacer del matrimonio y la familia. Por medio del profeta Isaías, Dios predice que bajo el gobierno de Cristo “no harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento del Eterno, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9).

    Bajo el reinado de Cristo, el matrimonio será la piedra angular de la sociedad. Los esposos y esposas aprenderán a amarse y a apoyarse y a cumplir sus deberes y responsabilidades hacia el Salvador. Unidos, criarán a sus hijos “en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4). Y todo esto señalará hacia su destino final, que es nacer dentro de la Familia de Dios.

    ¿Cuál es el objeto del matrimonio? Si tenemos ojos para ver, la respuesta no es un misterio.

  2. Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
    PAPA FRANCISCO

    Hoy concluimos el ciclo de catequesis sobre los Sacramentos hablando del Matrimonio. Este Sacramento nos conduce al corazón del designio de Dios, que es un designio de alianza con su pueblo, con todos nosotros, un designio de comunión.

    Al inicio del libro del Génesis, el primer libro de la Biblia, como coronación del relato de la creación, se dice: “Dios creó el hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer… Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne”. (Gen 1,27; 2,24). La imagen de Dios es la pareja matrimonial, el hombre y la mujer, los dos. No solamente el varón, el hombre, no sólo la mujer, no, los dos. Y ésta es la imagen de Dios: es el amor, la alianza de Dios con nosotros está allí, está representada en aquella alianza entre el hombre y la mujer. Y esto es muy bello, es muy bello.

    Somos creados para amar, como reflejo de Dios y de su amor. Y en la unión conyugal el hombre y la mujer realizan esta vocación en el signo de la reciprocidad y de la comunión de vida plena y definitiva.

    1. Cuando un hombre y una mujer celebran el sacramento del Matrimonio, Dios, por así decir, se “refleja” en ellos, imprime en ellos los propios lineamientos y el carácter indeleble de su amor. Un matrimonio es la imagen del amor de Dios con nosotros, es muy bello. También Dios, en efecto, es comunión: las tres Personas del Padre, el Hijo y del Espíritu Santo viven desde siempre y para siempre en unidad perfecta. Y es justamente éste el misterio del Matrimonio: Dios hace de los dos esposos un sola existencia. Y la Biblia es fuerte dice “una sola carne”, ¡así intima es la unión del hombre y de la mujer en el matrimonio! Y es justamente este el misterio del matrimonio. Es el amor de Dios que se refleja en el matrimonio, en la pareja que decide vivir juntos y por esto el hombre deja su casa, la casa de sus padres, y va a vivir con su mujer y se une tan fuertemente a ella que se transforman, dice la Biblia, en una sola carne. No son dos, es uno.

    2. San Pablo, en la Carta a los Efesios, pone de relieve que en los esposos cristianos se refleja un misterio “grande”: la relación establecida por Cristo con la Iglesia, una relación nupcial (cf. Ef 5 0,21-33). La Iglesia es la esposa de Cristo: esta relación. Esto significa que el matrimonio responde a una vocación específica y debe ser considerado como una consagración (cf. Gaudium et spes, 48; Familiaris consortio, 56). Es una consagración. El hombre y la mujer están consagrados por su amor, por amor. Los cónyuges, de hecho, por la fuerza del Sacramento, están investidos por una verdadera y propia misión, de modo que puedan hacer visible, a partir de las cosas simples, comunes, el amor con que Cristo ama a su Iglesia y continúa dando la vida por ella, en la fidelidad y en el servicio.

    3. ¡Realmente es un designio maravilloso aquel que es inherente en el sacramento del Matrimonio! Y se lleva a cabo en la simplicidad y también la fragilidad de la condición humana. Sabemos muy bien cuántas dificultades y pruebas conoce la vida de dos esposos… Lo importante es mantener vivo el vínculo con Dios, que es la base del vínculo matrimonial.

    El verdadero vínculo es siempre con el Señor. Cuando la familia reza, el vínculo se mantiene. Cuando el esposo reza por la esposa y la esposa reza por el esposo ese vínculo se hace fuerte. Uno reza con el otro. Es verdad que en la vida matrimonial hay tantas dificultades, ¿tantas no? Que el trabajo, que el sueldo no alcanza, los chicos tienen problemas, tantas dificultades. Y tantas veces el marido y la mujer se ponen un poco nerviosos y pelean entre ellos, ¿o no? Pelean, ¿eh? ¡Siempre! Siempre es así: ¡siempre se peleas, eh, en el matrimonio! Pero también, algunas veces, vuelan los platos ¿eh? Ustedes se ríen, ¿eh? pero es la verdad. Pero no nos tenemos que entristecer por esto. La condición humana es así. El secreto es que el amor es más fuerte que el momento en el que se pelea. Y por esto yo aconsejo a los esposos siempre que no terminen el día en el que han peleado sin hacer la paz. ¡Siempre! Y para hacer la paz no es necesario llamar a las Naciones Unidas para que vengan a casa a hacer las paces. Es suficiente un pequeño gesto, una caricia: ¡Chau y hasta mañana! Y mañana se empieza de nuevo. Esta es la vida, llevarla adelante así, llevarla adelante con el coraje de querer vivirla juntos. Y esto es grande, es bello ¿eh?

    Es una cosa bellísima la vida matrimonial y tenemos que custodiarla siempre, custodiar a los hijos. Algunas veces yo he dicho aquí que una cosa que ayuda tanto en la vida matrimonial son tres palabras. No sé si ustedes recuerdan las tres palabras. Tres palabras que se deben decir siempre, tres palabras que tienen que estar en casa: “permiso, gracias, disculpa”. Las tres palabras mágicas, ¿eh? Permiso, para no ser invasivo en la vida de los conyugues. ”Permiso, pero, ¿qué te parece, eh?” Permiso, me permito ¿eh?

    ¡Gracias! Agradecer al conyugue: “pero gracias por aquello que hiciste por mí, gracias por esto”. La belleza de dar las gracias. Y como todos nosotros nos equivocamos, aquella otra palabra que es difícil de decir, pero que es necesario decirla: perdona, por favor, ¿eh? ¡Disculpa! ¿Cómo era? Permiso, gracias y disculpa. Repitámoslo juntos. Permiso, gracias y disculpa. Con estas tres palabras, con la oración del esposo por la esposa y de la esposa por el esposo y con hacer la paz siempre, antes de que termine el día, el matrimonio irá adelante.

    Las tres palabras mágicas, la oración y hacer la paz siempre. El Señor los bendiga y recen por mí. ¡Gracias!

  3. Opus Dei – El misterio del matrimonio

    La realidad humana del matrimonio

    El matrimonio es una realidad natural, que responde al modo de ser persona, varón y mujer. En ese sentido enseña la Iglesia que “el mismo Dios es el autor del matrimonio (GS 48, 1). La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador”

    [1]
    .
    En lo fundamental, no se trata de una creación cultural, pues sólo el matrimonio refleja plenamente la dignidad de la unión entre varón y mujer. Sus características no han sido establecidas por ninguna religión, sociedad, legislación o autoridad humana; ni han sido seleccionadas para configurar distintos modelos matrimoniales y familiares según las preferencias del momento.

    En los designios de Dios, el matrimonio sigue a la naturaleza humana, sus propiedades son reflejo de ella.

    La relación específicamente matrimonial

    El matrimonio tampoco nace de un cierto tipo de acuerdo entre dos personas que quieren estar juntas más o menos establemente. Nace de un pacto conyugal: del acto libre por el que una mujer y un varón se dan y reciben mutuamente para ser matrimonio, fundamento y origen de una familia.

    La totalidad de esa donación mutua es la clave de aquello en lo que consiste el matrimonio, porque de ella derivan sus cualidades esenciales y sus fines propios.

    Por eso, es entrega irrevocable. Los cónyuges dejan de ser dueños exclusivos de sí en los aspectos conyugales, y pasan a pertenecer cada uno al otro tanto como a sí mismos. Uno se debe al otro: no sólo están casados, sino que son esposos. Su identidad personal ha quedado modificada por la relación con el otro, que los vincula “hasta que la muerte los separe”. Esta unidad de los dos, es la más íntima que existe en la tierra. Ya no está en su poder dejar de ser esposo o esposa, porque se han hecho “una sola carne”

    [2]
    .

    Una vez nacido, el vínculo entre los esposos ya no depende de su voluntad, sino de la naturaleza –en definitiva de Dios Creador–, que los ha unido. Su libertad ya no se refiere a la posibilidad de ser o no ser esposos, sino a la de procurar o no vivir conforme a la verdad de lo que son.

    La “totalidad” natural de la entrega propiamente matrimonial

    En realidad, sólo una entrega que sea don total de sí y una aceptación también total responden a las exigencias de la dignidad de la persona.

    Esta totalidad no puede ser más que exclusiva: es imposible si se da un cambio simultáneo o alternativo en la pareja, mientras vivan los dos cónyuges.

    Implica también la entrega y aceptación de cada uno con sufuturo: la persona crece en el tiempo, no se agota en un episodio. Sólo es posible entregarse totalmente para siempre. Esta entrega total es una afirmación de libertad de ambos cónyuges.

    Totalidad significa, además, que cada esposo entrega su persona y recibe la del otro, no de modo selectivo, sino en todas sus dimensiones con significado conyugal.

    Concretamente, el matrimonio es la unión de varón y mujer basada en la diferencia y complementariedad sexual, que –no casualmente– es el camino natural de la transmisión de la vida (aspecto necesario para que se dé la totalidad). El matrimonio es potencialmente fecundo por naturaleza: ese es el fundamento natural de la familia.

    Entrega mutua, exclusiva, perpetua y fecunda son las características propias del amor entre varón y mujer en su plenitud humana de significado.

    La reflexión cristiana los ha llamado desde antiguo propiedades esenciales (unidad e indisolubilidad) y fines (el bien de los esposos y el de los hijos) no para imponer arbitrariamente un modelo de matrimonio, sino para tratar de expresar a fondo la verdad “del principio”

    [3]
    .

    La sacralidad del matrimonio

    La íntima comunidad de vida y amor que se funda sobre la alianza matrimonial de un varón y una mujer refleja la dignidad de la persona humana y su vocación radical al amor, y como consecuencia, a la felicidad. El matrimonio, ya en su dimensión natural, posee un cierto carácter sagrado. Por esta razón la Iglesia habla del misterio del matrimonio

    [4]
    .

    Dios mismo, en la Sagrada Escritura, se sirve de la imagen del matrimonio para darse a conocer y expresar su amor por los hombres

    [5]
    .La unidad de los dos, creados a imagen de Dios, contiene en cierto modo la semejanza divina, y nos ayuda a vislumbrar el misterio del amor de Dios, que escapa a nuestro conocimiento inmediato

    [6]
    .

    Pero, la criatura humana quedó hondamente afectada por las heridas del pecado. Y también el matrimonio se vio oscurecido y perturbado

    [7]
    . Esto explica los errores, teóricos y prácticos, que se dan respecto a su verdad.

    Pese a ello, la verdad de la creación subsiste arraigada en la naturaleza humana

    [8]
    , de modo que las personas de buena voluntad se sienten inclinadas a no conformarse con una versión rebajada de la unión entre varón y mujer. Ese verdadero sentido del amor –aun con las dificultades que experimenta– permite a Dios, entre otros modos, el darse a conocer y realizar gradualmente su plan de salvación, que culmina en Cristo.

    El matrimonio, redimido por Jesucristo

    Jesús enseña en su predicación, de un modo nuevo y definitivo, la verdad originaria del matrimonio

    [9]
    . La “dureza de corazón”, consecuencia de la caída, incapacitaba para comprender íntegramente las exigencias de la entrega conyugal, y para considerarlas realizables.

    Pero llegada la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios “revela la verdad originaria del matrimonio, la verdad del ‘principio’, y, liberando al hombre de la dureza del corazón, lo hace capaz de realizarla plenamente”

    [10]
    , porque “siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces, los esposos podrán ‘comprender’ el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo”

    [11]
    .

    El matrimonio, sacramento de la Nueva Ley

    Al constituir el matrimonio entre bautizados en sacramento

    [12]
    , Jesús lleva a una plenitud nueva, sobrenatural, su significado en la creación y bajo la Ley Antigua, plenitud a la que ya estaba ordenado interiormente

    [13]
    .

    El matrimonio sacramental se convierte en cauce por el que los cónyuges reciben la acción santificadora de Cristo, no solo individualmente como bautizados, sino por la participación de la unidad de los dos en la Nueva Alianza con que Cristo se ha unido a la Iglesia

    [14]
    . Así, el Concilio Vaticano II lo llama “imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia”

    [15]
    .

    Esto significa, entre otras cosas, que esa unión de los esposos con Cristo no es extrínseca (es decir, como si el matrimonio fuera una circunstancia más de la vida), sino intrínseca: se da a través de la eficacia sacramental, santificadora, de la misma realidad matrimonial

    [16]
    . Dios sale al encuentro de los esposos, y permanece con ellos como garante de su amor conyugal y de la eficacia de su unión para hacer presente entre los hombres Su Amor.

    Pues, el sacramento no es principalmente la boda, sino el matrimonio, es decir, la “unidad de los dos”, que es “signo permanente” (por su unidad indisoluble) de la unión de Cristo con su Iglesia. De ahí que la gracia del sacramento acompañe a los cónyuges a lo largo de su existencia

    [17]
    .

    De ese modo, “el contenido de la participación en la vida de Cristo es también específico: el amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos integrantes de la persona (…). En una palabra, tiene las características normales de todo amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que no solo las purifica y consolida, sino que las eleva, hasta el punto de hacer de ellas expresión de valores propiamente cristianos”

    [18]
    .

    Desde muy pronto, la consideración de este significado pleno del matrimonio, a la luz de la fe y con las gracias que el Señor le concedía para comprender el valor de la vida ordinaria en los planes de Dios, llevó a san Josemaría a entenderlo como verdadera y propia vocación cristiana: “Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar”

    .

    [1]Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1603.

    [2]Mt 19,6.

    [3]Cfr. Mt 19,4.8.

    [4]Cfr. Ef 5,22-23.

    [5]Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1602.

    [6] Cfr. Benedicto XVI, Deus Caritas Est, n. 11.

    [7]Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1608.

    [8]Cfr. ibid.

    [9]Cfr. Mt 19,3-4.

    [10]San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 13.

    [11]Catecismo de la Iglesia Católica, 1615.

    [12]Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1617.

    [13]Cfr. San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 13.

    [14]Cfr. Ef 5,25-27.

    [15]Gaudium et Spes, n. 48.

    [16]Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1638 ss.

    [17]Cfr. San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 56.

    [18]San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 13.

    [19]San Josemaría,4.
    Homilía del Prelado en la 28º Jornada Mariana de la Familia

    Sala de prensa·
    Archivo

  4. DIOS ES EL AMOR CON MAYUSCULAS

    La vida cristiana será fructífera en la medida que nos enamoremos de Dios, el Eternamente Santo. Cuando Dios no es el valor más preciado y la perla más preciosa entonces nuestra vida cristiana se convierte en mediocre y vacía, lamentable y vaga, falsamente cumplidora e hipócritamente vacía.

    Dios debe ser el amado que consume el alma dormida y el calor que enciende la hoguera en nuestra noche, la luz que penetra radiantemente en nuestra diminuta esencia y hace que los arpegios de nuestra melodía interna dancen en su mano, el silencio que echa a volar nuestros pensamientos y el suspiro que invada nuestra fatigada existencia de ideales y esperanzas.

    Dios debe ser el huracán que nos lanza hacia metas insospechadas y el faro que nos ilumina el sendero que acoge nuestros pasos, la paz que deja la guerra y nos deja insatisfechos, el amor eterno que nos hace buscarlo en las cosas creadas y en el silencio de la noche.

    Dios es el amor con mayúsculas y la esencia misma de la vida. Cada uno de los humanos somos “su debilidad” y la razón de su amor para con el mundo.

    Dios ha pintado tu nombre en las paredes de la luna y ha susurrado al viento que te quiere y desea hacer una historia de amor contigo, una aventura de salvación con tu vida. Él ha donado a la historia de un deseo de sentido que va desde tu existencia hasta lo último creado para que tú seas feliz y consigas que el mal sea triturado y vencido.

    Dios es el susurro del viento que consigue levantar al hombre de su vacío existencial y lo lanza hacia su propia rebeldía contra todo lo que destruya la vida y la realidad más plural y diversa.

    Dios es el aliento que suspira por un mundo más solidario y más justo sin que al menos los vendavales sean capaces de arrodillar al hombre en su propio barro y resentimiento.

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