Aprende a controlar tu ira: técnicas para liberar la tensión

Todos hemos perdido los nervios en un momento u otro; por algo que no nos ha salido bien, en un atasco, con nuestra pareja o hijos… hasta cierto punto es inevitable, ya que la ira es una emoción normal, que tenemos todos. Pero aunque sea normal, tenemos la responsabilidad de mantenerla bajo control, evitar que nos desborde y que genere consecuencias negativas para nosotros o para los demás. Cuando explotamos, ésto no sucede de repente, sino que antes ha habido todo un proceso. Atendiendo más a nuestros pensamientos y sensaciones físicas, podremos detener más pronto esa escalada y evitar consecuencias negativas.

6 comentarios sobre “Aprende a controlar tu ira: técnicas para liberar la tensión

  1. Los problemas relacionados con la ira son motivo frecuente de consulta a los profesionales de la psicología. Incluso hay terapeutas que están especializados únicamente en el control de la ira y la agresividad, dato que nos habla de que es algo que afecta a muchas personas. ¿Cómo controlar la ira? Esto es precisamente lo que se preguntan los pacientes, puesto que suele ser difícil manejar la tendencia agresiva o a enfadarse sin ayuda externa.

    Hoy tratamos el problema de la ira y la agresividad, y exponemos algunos consejos para controlarla.

    ¿Qué es exactamente la ira?

    La ira es una emoción que se caracteriza por un incremento rápido del ritmo cardíaco, de la presión arterial y de los niveles de noradrenalina y adrenalina en sangre. También es común que la persona que siente ira se enrojezca, sude, tense sus músculos, respire de forma más rápida y vea aumentada su energía corporal.

    Siendo una emoción relacionada con el impulso agresivo, algunos expertos señalan que la ira es la manifestación de la respuesta que emite nuestro cerebro para atacar o huir de un peligro. Por otra parte, el estado mental propio de los momentos de ira nos vuelve instintivos y merma nuestra capacidad para razonar.

    Las causas de la ira

    La ira puede surgir como consecuencia de un estado de inseguridad, envidia, miedo, etcétera. La ira puede aparecer también cuando somos incapaces de afrontar una situación concreta, pudiendo herirnos o molestarnos la forma en que actúan las personas de nuestro entorno.

    En resumen, la ira o la agresividad suelen aparecer en situaciones que percibimos como una amenaza. Por tanto, la ira está fundamentada en sentimientos como el temor, el miedo, la frustración o incluso en cansancio.

    Cuando nos sentimos frustrados ante algo, podemos reaccionar de varias maneras. Para el caso que nos ocupa, una de las posibles reacciones ante la frustración es la ira. La agresividad, por su parte, es la manifestación exterior de la cólera que sentimos.

    La ira aparece de un modo automático ante algunas situaciones que nos obstaculizan para lograr fines u objetivos. Las emociones que sentimos no se producen sin razón, sino que cada una tiene una función específica. En el caso de la ira, el cerebro causa este estado para prepararnos para efectuar un esfuerzo superior para superar la dificultad que se nos ha presentado.

    Tipos de ira

    La ira tiene distintas facetas y adquiere diferentes formas:

    1. La conducta agresiva y la violencia puede aparecer como una manera de lograr distintos objetivos cuando no hemos sido capaces de lograrlos sin usar la violencia. En este caso, podríamos hablar de una ira instrumental, porque la empleamos como un medio para obtener algo. Los terapeutas asocian esta conducta a unas pobres habilidades de tipo comunicativo o en el autocontrol, pero siempre será posible mejorar estos aspectos.

    2. Puede aparecer la ira como explosión, a causa de haber aguantado durante mucho tiempo una situación injusta o perturbadora. Así, las pequeñas frustraciones diarias se van acumulando y, a base de no expresar nuestro malestar, acabamos estallando en un momento u otro. La solución a este tipo de círculos viciosos es gestionar adecuadamente la ira, y no ir acumulándola hasta explotar.

    3. La ira como defensa surge cuando percibimos que nos están atacando o nos enfrentamos a una dificultad. Normalmente, tendemos a reaccionar de forma negativa más por intuición que por los hechos objetivos, lo que puede conducirnos a que nuestra ira sea poco justificada objetivamente.

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  2. La ira es una emoción que puede variar de intensidad según el estado de la persona y aquello que la desencadena. Lo más leve es un disgusto y lo más grave es una rabia o furia. Puede acompañarla cambios, tanto psicológicos como biológicos, porque aumenta la presión sanguínea, la producción de ciertas hormonas (como la adrenalina o el cortisol) y la respiración.

    La manera instintiva y natural que tenemos las personas para expresar nuestra ira es a través de la agresividad, ya sea gritando, arrojando cosas o hasta golpeando. La Asociación Americana de Psicología informa que la ira es una respuesta a una amenaza externa, donde debemos luchar para defendernos de un mal mayor. Sin embargo, vale la pena saber que un poco de ira es necesaria para nuestra supervivencia. Recuerda que siempre los extremos son malos.

    Técnicas y recetas para controlar y reducir la ira

    Relajación

    Las terapias o métodos para relajarte te vendrán de maravilla para bajar la tensión y el enojo, así como también los pensamientos o sentimientos que te llevan a sentirte de esa manera. ¿Cómo puedes relajarte? Haciendo meditación, por ejemplo, yoga o tai chi. Cierra los ojos, respira profundamente por la nariz y trata de no pensar en nada. ¿Crees que es muy difícil? No importa, al menos inténtalo y verás como empiezas a estar más relajado.

    Actividades depurativas

    El ejercicio físico nos ayuda a eliminar la ira de manera natural. Pero atención, que no todos los deportes o disciplinas sirven. Si no eres del tipo atleta no te preocupes, siempre encontrarás una actividad que te ayude a liberar las tensiones y a disfrutar al mismo momento. Puedes practicar boxeo, alguna arte marcial (judo, taekwondo, kickboxing), por ejemplo. O quizás andar en bicicleta o caminar te ayude a evitar un cuadro de ira.

    Si te das cuenta que tu enojo va en aumento, sal a pasear y a tomar aire. Cuando estés en la clase de gimnasia, enfoca tus energías a eliminar todo aquello que te hace enojar (puedes pensar en tu jefe, en tu suegra o en quién te chocó el coche).

    Deporte-para-el-cerebro

    Conoce el problema

    Una buena manera de eliminar la ira en exceso de nuestro cuerpo es afrontarla. Esto quiere decir, buscar en el fondo de nuestro interior cuáles son las causas de esta furia o de esa reacción. Tal vez no te hayas dado cuenta qué es lo que te molesta o bien necesitas hablar del tema, ya sea con un terapeuta o con la persona que genera estos sentimientos. Debes estar enfocado y pensar que todo tiene solución.

    Si la situación está fuera de control, no te preocupes porque no vale la pena. Si puedes mejorarlo o cambiarlo, entra en acción. Pide una cita en el psicólogo si crees que no puedes solo con tu ira, él sabrá cómo ayudarte mediante diferentes técnicas o simplemente por el hecho de escuchar cómo te quejas de tus problemas (porque desahogarse es una excelente manera de liberar las tensiones también).

    Racionaliza la situación

    Cuando la ira empieza a dominarnos, no podemos pensar claramente. Esto es realmente un problema que, como todo, tiene solución. En primer lugar, debes tratar de evitar dos palabras: “nunca” y “siempre”, porque estarás justificando tu enojo y no darás lugar a solucionar lo que ocurre. Cambia el “siempre me enojo cuando llego tarde” o el “nunca puede estar sereno en un embotellamiento de tránsito” por un “haré lo posible por serenarme la próxima vez que no llegue a tiempo o que quede atascado en la carretera”.

    pensamiento positivo
    Mejora la comunicación

    Algunas veces, nos enojamos porque la frustración se apodera de nosotros. Si hablamos con una persona en más de una ocasión y las cosas no salieron como queríamos, no siempre es la culpa del otro, quizás somos nosotros los que no podemos explicar bien lo que deseamos. Escucha con atención lo que dices, pregunta al interlocutor qué ha comprendido de tus palabras, responde las dudas hasta que todo quede aclarado. Esto evitará muchos problemas.

    Toma vacaciones

    O si no puedes, al menos, un descanso de fin de semana en un lugar que no sea tu casa o donde estés acostumbrado. Sal un poco de la rutina, camina por un parque o por la playa, deja de pensar en los problemas, tómate un tiempo para pensar qué es lo que deseas y cómo calmar tus ánimos. Trata de no tomar contacto con aquellas cosas que te molestan (como ser el tránsito en la ciudad o el exceso de trabajo). Piensa siempre en positivo, aprovecha el contacto con la naturaleza, respira profundo, siente el aroma de una flor y ríete más.

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  3. A aprender a amar se aprende desde niños, y los principales maestros son los padres OpusDei.es

    Los sentimientos se forman de un modo especial durante la niñez. A aprender a amar se aprende desde niños, y los principales maestros son los padres, como se señala en este artículo sobre la familia. La educación es un derecho y un deber de los padres que prolonga, de algún modo, la generación; se puede decir que el hijo, en cuanto persona, es el fin primario al que tiende el amor de los esposos en Dios. La educación aparece así como la continuación del amor que ha traído a la vida al hijo, donde los padres buscan darle los recursos para que pueda ser feliz, capaz de asumir su lugar en el mundo con garbo humano y sobrenatural.

    Los padres cristianos ven en cada hijo una muestra de la confianza de Dios, y educarlos bien es —como decía San Josemaría— el mejor negocio; un negocio que comienza en la concepción y da sus primeros pasos en la educación de los sentimientos, de la afectividad. Si los padres se aman y ven en el hijo la culminación de su entrega, lo educarán en el amor y para amar; dicho de otro modo: corresponde a los padres primariamente educar la afectividad de los hijos, normalizar sus afectos, lograr que sean niños serenos.

    Los sentimientos se forman de un modo especial durante la niñez. Después, en la adolescencia, pueden producirse las crisis afectivas, y los padres han de colaborar para que los hijos las solucionen. Si de niños han sido criados apacibles, estables, superarán con más facilidad esos momentos difíciles. Además, el equilibrio emocional favorece el crecimiento de los hábitos de la inteligencia y la voluntad; sin armonía afectiva, es más difícil el desarrollo del espíritu.

    Lógicamente, una condición imprescindible para edificar una buena base sentimental-afectiva es que los mismos padres traten de perfeccionar su propia estabilidad emocional. ¿Cómo? Mejorando la convivencia familiar, cuidando su unión, demostrando —con prudencia— su amor mutuo delante de los hijos. Sin embargo, a veces uno se inclina a pensar que los afectos o los sentimientos desbordan el ámbito educativo familiar; quizá porque parece que son algo que sucede, que escapan a nuestro control y no podemos cambiar. Incluso se llega a verlos desde una perspectiva negativa; pues el pecado ha desordenado las pasiones, y éstas dificultan el obrar racionalmente.

    En el origen de la personalidad

    Esta actitud pasiva o hasta negativa, presente en muchas religiones y tradiciones morales, contrasta fuertemente con las palabras que Dios dirigió al profeta Ezequiel: les daré un corazón de carne, para que sigan mis preceptos, guarden mis leyes y las cumplan[1]. Tener un corazón de carne, un corazón capaz de amar, se presenta como una realidad creada para seguir la voluntad divina: las pasiones desordenadas no serían tanto un fruto del exceso de corazón como la consecuencia de poseer un mal corazón, que debe ser sanado. Así lo confirmó Jesucristo: el hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca[2]. Del corazón salen las cosas que hacen impuro al hombre[3], pero también todas las buenas.

    El hombre necesita de los afectos, pues son un poderoso motor para la acción. Cada uno tiende hacia lo que le gusta, y la educación consiste en ayudar a que coincida con el bien de la persona. Cabe comportarse de modo noble y con pasión: ¿qué hay más natural que el amor de una madre por su hijo?, ¡y cómo empuja ese cariño a tantos actos de sacrificio, llevados con alegría! Y, ante una realidad que resulta, por cualquier motivo, desagradable, ¡cuánto más fácil es rehuirla!: en un determinado momento, percibir la “fealdad” de una acción mala puede ser un motivo más fuerte para no cometerla que miles de razonamientos.

    Evidentemente, esto no debe confundirse con una visión sentimentalista de la moralidad. No se trata de que la vida ética y el trato con Dios deban abandonarse a los sentimientos. Como siempre, el modelo es Cristo: en Él, perfecto Hombre, vemos cómo afectos y pasiones cooperan al recto obrar: Jesús se conmueve ante la realidad de la muerte, y obra milagros; en Getsemaní, encontramos la fuerza de una oración que da cauce a vivísimos sentimientos; incluso le invade la pasión de la ira —buena aquí—, cuando restituye al Templo su dignidad[4]. Cuando se desea de verdad algo, es normal que el hombre se apasione. Por el contrario, resulta poco agradable ver a alguien hacer las cosas por cumplir, con desgana, sin poner el corazón en ellas. Pero esto no significa dejarse arrastrar por los afectos: si bien lo primero es poner la cabeza en lo que se hace, el sentimiento da cordialidad a la razón, hace que lo bueno sea agradable; la razón —por su parte— proporciona luz, armonía y unidad a los sentimientos.

    Facilitar la purificación del corazón

    En la constitución del hombre, las pasiones tienen como fin facilitar la acción voluntaria, más que difuminarla o dificultarla. «La perfección moral consiste en que el hombre no sea movido al bien sólo por su voluntad, sino también por su apetito sensible según estas palabras del salmo: “Mi corazón y mi carne gritan de alegría hacia el Dios vivo” (Sal 84,3)»[5]. Por eso, no es conveniente querer suprimir o “controlar” las pasiones, como si fueran algo malo o rechazable. Aunque el pecado original las haya desordenado, no las ha desnaturalizado, ni las ha corrompido de un modo absoluto e irreparable. Cabe orientar de modo positivo la emotividad, dirigiéndola hacia los bienes verdaderos: el amor a Dios y a los demás. De ahí que los educadores, en primer lugar los padres, deban buscar que el educando, en la medida de lo posible, disfrute haciendo el bien.

    Formar la afectividad requiere, en primer lugar, facilitar a los hijos que se conozcan, y que sientan, de un modo proporcionado a la realidad que ha despertado su sensibilidad. Se trata de ayudar a superar, a trascender, aquel afecto hasta ver en su justa medida la causa que lo ha provocado. Quizá el resultado de esa reflexión será el intento de influir positivamente para modificar tal causa; en otras ocasiones —la muerte de un ser querido, una enfermedad grave—, la realidad no se podrá cambiar y será el momento de enseñar a aceptar los acontecimientos como venidos de la mano de Dios, que nos quiere como un Padre a su hijo. Otras veces, a raíz de un enfado, de una reacción de miedo, o de una antipatía, el padre o la madre pueden hablar con los hijos, ayudándoles a que entiendan —en la medida de lo posible— el porqué de esa sensación, de modo que puedan superarla; así se conocerán mejor a sí mismos y serán más capaces de poner en su lugar el mundo de los afectos.

    Además, los educadores pueden preparar al niño o al joven para que reconozca —en ellos mismos y en los demás— un determinado sentimiento. Cabe crear situaciones, como son las historias de la literatura o del cine, a través de las cuales es posible aprender a dar respuestas afectivas proporcionadas, que colaboran a modelar el mundo emocional del hombre. Un relato interpela a quien lo ve, lee o escucha, y mueve sus sentimientos en una determinada dirección, y le acostumbra a un determinado modo de mirar la realidad. Dependiendo de la edad —en este sentido, la influencia puede ser mayor cuanto más pequeño sea el niño—, una historia de aventuras, o de suspense, o bien un relato romántico, pueden contribuir a reforzar los sentimientos adecuados ante situaciones que objetivamente los merecen: indignación frente la injusticia, compasión por los desvalidos, admiración respecto al sacrificio, amor delante de la belleza. Contribuirá, además, a fomentar el deseo de poseer esos sentimientos, porque son hermosos, fuentes de perfección y nobleza.

    Bien encauzado, el interés por las buenas historias también educa progresivamente el gusto estético y la capacidad de discriminar las que poseen calidad. Esto fortalece el sentido crítico, y es una eficaz ayuda para prevenir la falta de tono humano, que a veces degenera en chabacanería y en descuido del pudor. Sobre todo en las sociedades del llamado primer mundo, se ha generalizado un concepto de “espontaneidad” y “naturalidad” que con frecuencia resulta ajeno al decoro. Quien se habitúa a ese tipo de ambientes —con independencia de la edad— acaba rebajando su propia sensibilidad y animalizando (o frivolizando) sus reacciones afectivas; los padres han de comunicar a sus hijos una actitud de rechazo a la vulgaridad, también cuando no se habla de cuestiones directamente sensuales.

    Por lo demás, conviene recordar que la educación de la afectividad no se identifica con la educación de la sexualidad: ésta es sólo una parte del campo emotivo. Pero, ciertamente, cuando se ha logrado crear un ambiente de confianza en la familia será más fácil que los padres hablen con los hijos sobre la grandeza y el sentido del amor humano, y les den poco a poco, desde pequeños, los recursos —por la educación de los sentimientos y las virtudes— para orientar adecuadamente esa faceta de la vida.

    Un corazón a la medida de Cristo

    En definitiva, la educación de las emociones trata de fomentar en los hijos un corazón grande, capaz de amar de verdad a Dios y a los hombres, capaz de sentir las preocupaciones de los que nos rodean, saber perdonar y comprender: sacrificarse, con Jesucristo, por las almas todas[6]. Una atmósfera de serenidad y exigencia contribuye como por ósmosis a dar confianza y estabilidad al complejo mundo de los sentimientos. Si los hijos se ven queridos incondicionalmente, si aprecian que obrar bien es motivo de alegría para sus padres, y que sus errores no llevan a que se les retire la confianza, si se les facilita la sinceridad y que manifiesten sus emociones… crecen con un clima interior habitual de orden y sosiego, donde predominan los sentimientos positivos (comprensión, alegría, confianza), mientras que lo que quita la paz (enfados, rabietas, envidias) se percibe como una invitación a acciones concretas como pedir perdón, perdonar, o tener algún gesto de cariño.

    Hacen falta corazones enamorados de las cosas que valen realmente la pena; enamorados, sobre todo, de Dios[7]. Nada ayuda más a que los afectos maduren que dejar el corazón en el Señor y en el cumplimiento de su voluntad: para eso, como enseñaba San Josemaría, hay que ponerle siete cerrojos, uno por cada pecado capital[8]: porque en todo corazón hay afectos que son sólo para entregarlos a Dios, y la conciencia pierde la paz cuando los dirige a otras cosas. La verdadera pureza del alma pasa por cerrar las puertas a todo lo que implique dar a las criaturas o al propio yo lo que pertenece a Cristo; pasa por “asegurar” que la capacidad de amar y querer de la persona esté ajustada, no desarticulada. Por eso, la imagen de los siete cerrojos va más allá de la moderación de la concupiscencia, o de la preocupación excesiva por los bienes materiales: nos recuerda que es preciso luchar contra la vanidad, controlar la imaginación, purificar la memoria, moderar el apetito en las comidas, fomentar el trato amable con quienes nos irritan… La paradoja está en que, cuando se ponen “grilletes” al corazón, se aumenta su libertad de amar con todas sus fuerzas inalteradas.

    La humanidad Santísima del Señor es el crisol en el que mejor se puede afinar el corazón y sus afectos. Enseñar a los hijos desde pequeños a tratar a Jesús y a su Madre con el mismo corazón y manifestaciones de cariño con que quieren a sus padres en la tierra favorece, en la medida de su edad, que descubran la verdadera grandeza de sus afectos y que el Señor se introduzca en sus almas. Un corazón que guarda su integridad para Dios, se posee entero y es capaz de donarse totalmente.

    Desde esta perspectiva, el corazón se convierte en un símbolo de profunda riqueza antropológica: es el centro de la persona, el lugar en el que las potencias más íntimas y elevadas del hombre convergen, y donde la persona toma las energías para actuar. Un motor que debe ser educado —cuidado, moderado, afinado— para que encauce toda su potencia en la dirección justa. Para educar así, para poder amar y enseñar a amar con esa fuerza, es preciso que cada uno extirpe, de su propia vida, todo lo que estorba la Vida de Cristo en nosotros: el apego a nuestra comodidad, la tentación del egoísmo, la tendencia al lucimiento propio. Sólo reproduciendo en nosotros esa Vida de Cristo, podremos trasmitirla a los demás[9]. Con la correspondencia a la gracia y la lucha personal, el alma se va endiosando y poco a poco el corazón se vuelve magnánimo, capaz de dedicar sus mejores esfuerzos en la consecución de causas nobles y grandes, en la realización de lo que se percibe como la voluntad de Dios.

    En algunos momentos, el hombre viejo tratará de hacerse con sus fueros perdidos; pero la madurez afectiva —una madurez que, en parte, es independiente de la edad— hace que el hombre mire más allá de sus pasiones para descubrir qué las ha desencadenado y cómo debe reaccionar ante esa realidad. Y siempre contará con el refugio que le ofrecen el Señor y su Madre. Acostúmbrate a poner tu pobre corazón en el Dulce e Inmaculado Corazón de María, para que te lo purifique de tanta escoria, y te lleve al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús[10].

    J.M. Martín, J. Verdiá

    [1] Ez 11, 19-20
    [2] Lc 6, 45
    [3] Cfr. Mc 7, 20-23
    [4] Cfr. Mc 5, 40-43; 14, 32ss; 11, 15-17
    [5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1770
    [6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 158
    [7] Cfr. San Josemaría, Surco, n. 795
    [8] San Josemaría, Tertulia en La Lloma (Valencia), 7-I-1975, en P. Rodríguez (ed.), Camino. Edición crítico-histórica, Rialp, Madrid 20043, pág. 384; cfr. San Josemaría, Camino, n. 188
    [9] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 158
    [10] San Josemaría, Surco, n. 830.

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  4. Un programa sencillo para todo el que quiera vencer su enojo y sus reacciones violentas, que destruyen la relación familiar. ¿Quiere superar su mal carácter? Si puede, vaya a terapia. Si no, haga su terapia en casa; usted, un lápiz, y un cuaderno. Sin pagar consulta, sin gastar nada. Haga una lista completa de todo lo que pasa cuando usted se enoja, grita, o pierde el control.
    Ejemplo
    Cuando usted se enoja o se llena de ira:
    1. ¿Qué palabras usa para hablarle a su familia? Cuál es su tono de voz? Cuáles son sus gestos agresivos? Cómo es su mirada?
    (Haga su lista. Completa. Recuerde cada palabra.)
    2. ¿Cómo se sienten ellos? Qué sienten sus hijos? Qué siente su pareja?
    3. ¿Cómo queda su autoestima?
    4. ¿Les bendice o les maldice cuando usted se enoja? (Se maldice al usar: Inútil, burro, idiota, bueno para nada, nunca haces nada bien, tenías que ser tú, como es que no eres como tu hermana, tu primo, etc.). Recuerde: Esas palabras se graban en su mente para siempre. Quizás usted pide perdón después, pero su chip ya guardó la información.
    5. Ahora mire la película en su mente: Recuerde un momento explosivo, lleno de ira, y véase a usted, reaccionando con violencia y enojo… vea a sus hijos, mire sus caritas de susto o de miedo. O a su pareja con el dolor y la decepción dibujados en su rostro. Mire esa película de terror que ellos ven cada vez que usted se enoja con violencia.

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  5. Cuenta la historia que había un niño con muy mal carácter. Su padre le dio un saco de clavos y le dijo que clavara uno en la cerca del jardín cada vez que perdiera la paciencia o se enfadara con alguien…
    El primer día clavó 37 clavos, pero durante las siguientes semanas, se esforzó en controlarse y día a día la cantidad de clavos que debía clavar, disminuyó. Había descubierto que era más fácil controlarse que clavar clavos…
    Finalmente, llegó un día en el que ya no necesitó clavar más clavos y satisfecho fue a ver a su padre para decírselo…
    Su padre lo felicitó pero le pidió que, a partir de ese momento, quitara un clavo por cada día que no perdiera la paciencia. Los días pasaron y finalmente el niño pudo decir a su padre que los había quitado a todos…
    El padre, llevó al niño hasta la cerca y le dijo: Hijo mío, te has comportado muy bien, pero mira todos los agujeros que han quedado… Esta cerca ya nunca será como antes. Lo mismo ocurre con las personas. Cuando discutes con alguien y le dices palabras ofensivas, le dejas una herida como ésta…
    Puedes clavar una navaja a un hombre y después retirarla, pero siempre quedará la herida. No importa las veces que le pidas perdón, la herida permanecerá. Una herida provocada con la palabra, hace tanto daño como una herida física.
    Los amigos son joyas raras de encontrar. Están listos para escucharte cuando tienes necesidad, te sostienen y te abren su corazón. Enseña a tus amigos cómo los quieres…y mide tus palabras y tus reacciones hacia ellos.

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  6. Antes de presentarte esta reflexión, te invito a que te apartes un momento de todo lo que estés haciendo, para orar un poco y pedir a Dios sabiduría para encontrar fuerzas en su palabra.

    Señor, te alabo y te bendigo por este nuevo día que me permites vivir. Quiero pedirte, por esta persona que me lee y quiere pasar un momento de reflexión contigo, dale la fuerza y el ánimo que requiere para alcanzar todos sus proyectos y que puedas cumplir con las responsabilidades que tiene asignada.

    Dale la fortaleza para enfrentar cualquier panorama adverso y poder transformarlos en bendiciones.

    Amén

    Pon de tu parte y confía en el Señor

    Se dice que el tiempo cambia las cosas, pero en realidad tienes que cambiarlas tú, pon de tu parte y confía en el Señor. Sabemos que no es sencillo, pero debemos mantener la alegría en medio de la angustia.

    La diferencia entre las personas felices y las tristes no es la ausencia de problemas sino las distintas actitudes con que los afrontan. Revisa tu vida y date cuenta si las actitudes que están teniendo son coherentes con lo que deseas alcanzar.

    Ten en cuenta que a veces las cosas no salen como deseamos, y con eso está Dios diciendo que tiene mejores planes para nosotros. Dios es nuestro amparo y fortaleza, Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no debes temer.

    Te invito a no tenerle miedo a tus problemas. Confía en Dios. Su poder no defrauda. Aférrate a Él con fuerza, y seguirás encontrando más fuerzas para seguir hacia adelante. ¡Ánimo!.

    Nos gusta leer el salmo 27 porque son palabras de confianza, de entregar la vida a Dios y saber que su poder nos ayuda siempre, abre tu Biblia y léelo.

    ¡Avanza sin temor! Que nadie arruine tus sueños, que los comentarios de desprecios de los otros no te detengan nunca. Quiero animarte a que no dejes de creer, hoy quiero recordarte que tenemos a un Dios que cumple sus palabras y sus promesas.

    Hoy, Dios quiere ver en ti, la fe que tienes para creer que Él mejorará tu panorama y que pintará un mejor cuadro en tu vida.

    Rezamos en estos momentos por tus necesidades y en el nombre del Señor te bendecimos. Amén

    Oración

    Amado Padre, Tú que estás lleno de misericordia y de bondad, te ruego que en este momento toques el corazón de esta persona que me está leyendo y le hagas sentir amado y consolado, y que tu presencia la envuelva para que sienta tu gracia que renueva y conforta el alma.

    No permitas que nada ni nadie le quite el deseo de alcanzar lo que quiere si es tu voluntad, sé que Tú le amas y le tienes preparado todo lo bueno.

    Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor.

    Amén.

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