Un dulce secuestro

En la alegoría del Buen Pastor, el adjetivo posesivo reviste enorme importancia. Jesús no habla, en general, de «las ovejas», sino de «sus ovejas».

Va llamando por su nombre a sus ovejas… Cuando ha sacado todas las suyas… El Señor distingue muy bien, a lo largo del discurso, a las ovejas suyas de las que no lo son. A los judíos les dirá: Vosotros no sois de mis ovejas (Jn 10, 26).

¿Qué distingue a las ovejas del Buen Pastor de las demás? Las ovejas atienden a su voz… Lo siguen, porque conocen su voz.

Todo comienza en la escucha. Cuando un cristiano escucha cada día con reverencia la palabra de Dios y la medita en su corazón, como la Virgen, esa palabra se apodera de él, lo secuestra dulcemente y lo convierte en oveja de Cristo.

Y es que «cristiano» es quien pertenece a Cristo, como pertenece la oveja al pastor. El hecho de rezar todos los días, pidiendo favores al cielo y examinando tu conciencia, es bueno y piadoso, pero no te convierte en cristiano. No por pedir, ni por obrar, perteneces a Cristo. Meditar la palabra, y dejarte secuestrar por ella, te hace cristiano, como a María.

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6 comentarios sobre “Un dulce secuestro

  1. Como cristianos, sabemos que asistir a la iglesia y leer la Biblia es importante. Pero ¿por qué algunas veces nos marchamos vacíos de la iglesia? La respuesta bien puede estar en la manera que escuchamos. El libro de Nehemías registra un tiempo en que el pueblo de Israel ansiaba escuchar al Señor. Después de setenta años de cautiverio en Babilonia, habían regresado finalmente a su tierra. Después de trabajar duro para construir sus casas, el templo de Dios, y los muros y las puertas de Jerusalén, se reunieron en la ciudad para escuchar al escriba Esdras leer la Palabra de Dios. Su ejemplo en Nehemías 8.3-18 nos ayuda a saber cómo acercarnos a la Palabra cuando queremos escuchar la voz del Señor.

    Para empezar, ellos escuchaban pacientemente cómo leía Esdras desde muy temprano por la mañana hasta el mediodía. Aunque nosotros podemos tener prisa, Dios no la tiene; el Señor quiere que aprendamos a esperar en Él. Luego, escuchaban con atención, ansiosos por oír lo que Dios iba a decirles. Cuando Esdras abrió el rollo, mostraron respeto poniéndose de pie y luego inclinándose para adorar al Señor. Demostraron arrepentimiento, al entristecerse y llorar por sus pecados. Y finalmente, escucharon con deseo de comprender y obedecer la Palabra.

    Cuando usted lea las meditaciones de este mes y estudie la Biblia, pídale al Señor que le ayude a escuchar como lo hicieron los israelitas aquel día.

  2. El Papa Francisco en su homilía matutina pidió que escuchemos la Palabra de Dios para evitar el riesgo de que el corazón se endurezca. Su santidad afirmó que en el momento en que nos alejamos de Dios, también nos volvemos sordos a su Palabra y en ocasiones llegamos a ser católicos infieles e incluso “católicos ateos”.

    Fue en la primera lectura en la que el Obispo de Roma se centró para desarrollar su homilía sobre la importancia de la escucha de la Palabra de Dios. “Cuando nosotros no nos detenemos a escuchar la voz del Señor – subrayó el Pontífice – terminamos por alejarnos, nos alejamos de Él, le damos la espala. Y si no se escucha la voz del Señor, se escuchan otras voces”.

    Escuchamos a los ídolos del mundo cuando no escuchamos la palabra de Dios.

    Concluyó su Santidad que la fuerza de cerrar los oídos, “nos volvemos sordos: sordos a la Palabra de Dios”.

    “Y todos nosotros, si hoy nos detenemos un poco y miramos nuestro corazón, veremos cuántas veces – ¡cuántas veces! – hemos cerrado los oídos y cuántas veces nos hemos vuelto sordos. Y cuando un pueblo, una comunidad, digamos también una comunidad cristiana, una parroquia, una diócesis, cierra los oídos y se vuelve sorda a la Palabra del Señor, busca otras voces, otros señores, y termina con los ídolos, los ídolos que el mundo, la mundanidad, la sociedad, le ofrecen. Se aleja de Dios vivo”.

    Nos convertimos en “católicos paganos” e incluso en “católicos ateos”, si el corazón se endurece.

    En el momento que nos alejamos del Señor – explicó el Obispo de Roma – nuestro corazón se endurece. Cuando “no se escucha el corazón se vuelve más duro, más cerrado en sí mismo, pero duro e incapaz de recibir algo; no sólo cerrazón, sino dureza de corazón”, entonces “en aquel mundo, en aquel clima que no le hace bien. Lo aleja cada día más de Dios”:

    “Y estas dos cosas – no escuchar la Palabra de Dios y el corazón endurecido, cerrado en sí mismo – hacen que se pierda la fidelidad. Se pierde el sentido de la fidelidad. Dice la Primera Lectura, el Señor, allí: ‘La fidelidad ha desaparecido’, y nos convertimos en católicos infieles, católicos paganos o, peor aún, en católicos ateos, porque no tenemos una referencia de amor a Dios vivo. No escuchar y dar la espalda – lo que hace que se nos endurezca el corazón – nos lleva por el camino de la infidelidad”.

    El Papa se preguntó: “Esta infidelidad, ¿cómo se colma?” y explicó que “Se colma con la confusión – dijo – no se sabe dónde está Dios, dónde no está, se confunde a Dios con el diablo”. Refiriéndose al Evangelio del día, el Papa manifestó que “a Jesús, que hace milagros, que hace tantas cosas para la salvación y la gente está contenta, feliz, y le dice: ‘Y esto lo hace porque es un hijo del diablo. Tiene el poder de Belcebú’”.

    ¿Escuchamos la palabra de Dios o endurecemos el corazón?

    “Ésta es la blasfemia. La blasfemia es la palabra final de este itinerario que comienza con el no escuchar, lo que endurece el corazón”, explicó el Papa y comentó que es lo que “lleva a la confusión, te hace olvidar la fidelidad y, al final, dices blasfemias”. Pobre aquel pueblo que se olvida del estupor del primer encuentro con Jesús, agregó el Papa:

    “Cada uno de nosotros hoy puede preguntarse: ‘¿Me detengo a escuchar la Palabra de Dios? ¿Tomo la Biblia en la mano, que me está hablando a mí? ¿Mi corazón se ha endurecido? ¿Me he alejado del Señor? ¿He perdido la fidelidad al Señor y vivo con los ídolos que me ofrece la mundanidad de cada día? ¿He perdido la alegría del estupor del primer encuentro con Jesús?’. Hoy es una jornada para escuchar. ‘Escuchar, hoy, la voz del Señor, hemos orado. ‘No endurezcan su corazón’. Pidamos esta gracia: la gracia de escuchar para que nuestro corazón no se endurezca”.

  3. Podría parecer que escuchar es deber exclusivo del que tiene que aprender. Pero no. Es también necesario para quien quiera enseñar y ayudar. Cuando amamos a alguien le llegamos a conocer más profundamente y deseamos ayudarle, para unirnos cada vez más a él. Y para eso nos damos cuenta de que debemos escucharle. Claro que esto pide confianza y lleva su tiempo. 1. Escuchar, para los que forman a otros, requiere un “tiempo educativo”, necesario para dar paso en el otro a un nuevo conocimiento, que comporta un cambio de disposiciones y de actitudes.

    Durante ese tiempo, la autoridad ha de compaginarse con la atención y la cercanía, la paciencia y la misericordia. La relación entre estos dos polos, la autoridad y la cercanía o el cariño, se decide en la profunda relación entre la verdad y el amor.

    El educador debe aprender a escuchar. La realidad personal de sus alumnos (sus vidas en sus contextos) pide ser escuchada y “obedecida”, es decir, atendida, reflexionada, respondida. Y no solo al principio o en una aislada actividad, sino continuamente y como dimensión de toda la tarea educativa. De esta manera el educador aprende y solo se puede educar si se aprende, entre otras cosas, a escuchar. Y si es atendido y escuchado, aunque no se dé cuenta, el que aprende también enseña al que le educa.

    Muchas cosas se aprenden o profundizan solo cuando se escuchan de los demás, o incluso cuando uno mismo las expresa a otros. De ahí la importancia de la familia y de los grupos en toda tarea educativa.

    2. Pues bien, como sucede con el conocimiento propio del amor, la fe es una escucha personal, unida a la adhesión, a la búsqueda de unión y al seguimiento (cf. Jn 1, 37; 10, 3-5).

    La Biblia presenta la fe ante todo como un don de Dios, y también como “escucha” por parte del hombre. El conocimiento de la fe –como se observa desde Abrahán– está ligado a la alianza de un Dios fiel. El Dios vivo establece una relación de amor con el hombre y le dirige la Palabra que interpela personalmente a quien escucha.

    Por eso San Pablo dice con expresión que se ha hecho clásica: fides ex auditu, “la fe nace del mensaje que se escucha” (Rm 10, 17). La fe es confianza y respuesta, que proviene del fiarse de Dios y por tanto de escucharlo. Y así estar disponible para para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios (cf. encíclica Lumen fidei, nn. 13 y 29).

    Porque la fe es escucha es también respuesta, que se traduce en coherencia de vida ante Dios y en forma de anuncio dirigido a otro. Así el cristiano colabora, con su palabra, en la transmisión de la fe. Ahora bien, la primera “palabra” es la autenticidad, la coherencia de la propia vida.

    Que la palabra, especialmente la del educador en la fe, deba acompañarse y, más aún, ser precedida por la vida, es reflejo de la “pedagogía divina”. Dios se ha comunicado a los hombres “con palabras y con obras” (Concilio Vaticano II, const. Dei Verbum, 14). Y Jesús “hizo y enseñó” (Hch 1, 1). Así los acontecimientos de la historia de la salvación (por ejemplo en el pueblo de Israel), y más todavía los hechos de la vida de Jesucristo, son como las primeras “palabras” de Dios, que luego son explicadas por los profetas y sobre todo por Jesús, que es la misma Palabra hecha carne.

    De esta manera las obras realizadas por Dios y especialmente por Cristo manifiestan y confirman las realidades que la doctrina o las palabras significan. A su vez, las palabras proclaman y esclarecen el misterio contenido en el obrar divino.

    Por ejemplo, el paso del mar Rojo era prefiguración de la salvación que Cristo ha traído por el Bautismo, sacramento que nos hace hijos de Dios en su Hijo, tal como el mismo Cristo nos enseñó al querer ser bautizado por Juan y al hablarnos de renacer del agua y del Espíritu (Jn 3, 5).

    Palabras y hechos, hechos y palabras. Por eso las enseñanzas del educador en la fe no pueden desvincularse de la autenticidad y coherencia de su vida cristiana y de su conducta. De nada serviría un catequista o un profesor de Religión que enseñara una cosa diferente de la que vive o intenta vivir. La educación en la fe, como parte de la evangelización, es al mismo tiempo testimonio y anuncio, palabra y sacramento, enseñanza y compromiso.

    Que la fe es escucha significa que procede de otro y no de uno mismo. Como respuesta, la fe forma parte de un diálogo; diálogo con Dios y diálogo con los demás. La fe cristiana abre a la oración y se manifiesta también a la hora de confesar o profesar la fe: sólo se puede responder “creo” en el contexto del “creemos”; es decir en el “nosotros” de la familia de Dios que es la Iglesia (cf. enc. Lumen fidei, n. 39).

    La confianza entre las personas es fundamental en la vida humana y sin ella no existiría la sociedad. En el ámbito de la fe cristiana, el que escucha reconoce los contenidos de la fe, es decir, el conocimiento propio de la fe que le lleva al amor a Dios y al prójimo. Todo ello lo acoge en libertad y lo sigue en obediencia (del latín: ob-audire, saber escuchar). Por eso San Pablo habla de la “obediencia de la fe” (Rm 1, 5; 16, 26). El Magisterio de la Iglesia es fiable porque él mismo se fía de la Palabra de Dios que escucha, custodia y expone (cf. Lumen fidei, 49; Dei Verbum 10).

    La fe requiere un tiempo para que la Palabra sea anunciada y sea escuchada. Es el tiempo del seguimiento, de la escucha y de la respuesta. Es el “tiempo educativo” de la fe, el tiempo que requiere hacerse cargo de la verdad, del bien, de la belleza. El educador de la fe debe ser paciente y misericordioso. Saber esperar, perdonar, recomenzar una y mil veces, pedir luces para acertar, rectificar cuando sea necesario, siempre buscando el bien y nada más que el bien para aquellas personas que se le confían.

    3. “Escucha Israel” (cf. Dt 6, 4) es el origen de la oración judía de la Shemá, recogido en la Biblia. También Jesús escucha y aprende de María y José. Luego escucha a los discípulos para enseñarles, a los enfermos y desvalidos, pobres y pecadores, para ayudarles. Escucha en silencio a Pilatos y a los que le maltratan. Y siempre escucha, ante todo, a su Padre en el diálogo de la oración. Jesús, que es Palabra eterna del Padre, quiere escucharle siempre, para unirse a Él por el Amor y manifestar ese amor al mundo.

    Siguiendo el ejemplo de Jesús y unido a Él, el educador en la fe –padre o madre de familia, catequista, maestro o profesor, formador– debe escuchar diariamente a Dios en la oración. Así puede discernir Su voluntad, Sus caminos, Sus lecciones, para uno mismo y para los demás.

    Y de esta manera se comprueba, sobre todo aquí, en la educación de la fe, que todos enseñan y todos aprenden. Unos y otros “obedecen” en distintos modos. El educador es un referente especial, por sus dones y formación, que le hacen más responsable ante Dios, la Iglesia y la sociedad.

    Decíamos que muchas cosas se aprenden o profundizan solo cuando se escuchan de los demás, o incluso cuando uno mismo las expresa a otros. Esto es aún más importante en la educación de la fe, puesto que la fe viene en gran parte por el oído. Y se recibe, se vive y se transmite en la familia de Dios, la Iglesia. Y tiene consecuencias culturales, sociales y eclesiales. Hay que aprender a escuchar sobre la fe en familia.

    Escuchar a los demás, para poder ayudarles, forma parte de escuchar a la realidad con el fin de comprenderla. Y aquí se trata de hacerlo siempre desde la fe, en la fe, escuchando al Espíritu Santo para secundar sus inspiraciones.

    Ramiro Pellitero, Universidad de Navarra

  4. Jesús dijo a los fariseos: “Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante.
    El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas.
    El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir.
    Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz.
    Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz”.
    Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.
    Entonces Jesús prosiguió: “Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas.
    Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.
    Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento.
    El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.”

    He buscado por muchos lugares, en la red, en libros. Pero no la he encontrado. Esa imagen del buen pastor que me llegaba más que otras, de la cual me quedo con la mera descripción que hizo un autor espiritual.

    Al fondo, un grupo de ovejas, pastando tranquilamente sin que nada ni nadie les moleste. Aquí en primer plano, el lobo que ha perdido la batalla y yace derrotado al lado de un pastor mal herido, sufriente, ensangrentado, con su gomera y garrote usadas en el “combate”. La imagen del Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas y que trata de recuperarse pronto para una nueva batalla contra aquellos que intenten destruir su rebaño.

    Es que como dice el evangelio, hay características que hacen a ese pastor de ovejas:

    Su contante vigilancia
    Su gran valor
    Su paciente amor al rebaño

    Características del pastor de cabras y ovejas, características del pastor de alma. La imagen del Buen pastor nos habla de una vigilancia constante, de la paciencia y del amor de Dios hacia cada uno de nosotros.
    Dice que es la puerta. La puerta del corral. Había uno comunitario donde entraba el rebaño de varios pastores, de noche de guarecían y se cerraba con una puerta asegurada. Pero también, cuando la noche le ganaba al tiempo de regreso, se metía el rebaño en especie de cerca con redes. No había puerta, entonces el pastor se acurrucaba en el espacio de entrada, era la puerta que protegía de la entrada de intrusos que querían robarlas o dañarlas.

    Y siempre, lo maravilloso, era cómo las ovejas respondían a la voz y los distintos chillidos que cada uno de los pastores hacían en forma particular. Las ovejas escuchaban esa voz y le seguían o venían donde él estaba.
    Entonces, nuestros pastores deberían mirar la imagen del Buen Pastor y renovar su compromiso de paciencia, vigilancia por todos, pero también por cada uno, el más cercano y el más lejano, sin fijar su mirada sobre nadie en particular y si, mirar a cada uno en particular, alimentar al rebaño, aceptar la supervisión de buena gana, no por obligación, cumplirla con interés, no por interés, no haciendo uso de ese privilegio-obligación para avasallar al rebaño.

    Y a todos nos queda, estar atentos a la voz del pastor, escuchar su mensaje, no dejarnos confundir entre tantas voces que escuchamos y escuchar siempre la voz de Dios, la voz del pastor divino que nos guía por camino diferente, lleno de paz. Será cuestión de sacarnos tantos ruidos exteriores, tantas palabras de noticieros, libros, diarios, o mensajes escuchados por la radio o leídos por redes sociales, a veces “pastores” no tan buenos ni santos, y escuchar la voz del Pastor que nos habla, siempre.

    Buena jornada para todos. Que podamos estar atentos a la voz del Pastor.

  5. Catequesis Papa Francisco, Orden Sacerdotal, miércoles 26 marzo 2014, audiencia general de los miércoles, texto íntegro en español:

    FIESTA DEJESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE.

    PAPA FRANCISCO:

    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
    Ya hemos tenido ocasión de señalar que los tres sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía forman juntos el misterio de la “iniciación cristiana”, un único gran evento de gracia que nos regenera en Cristo. Esta es la vocación fundamental que nos aúna a todos en la Iglesia, como discípulos del Señor Jesús. Hay dos Sacramentos que corresponden a dos vocaciones específicas: se trata el del Orden y el del Matrimonio. Constituyen dos grandes vías a través de las cuales el cristiano puede hacer de su vida un don de amor, siguiendo el ejemplo y en el nombre de Cristo, y así colaborar en la edificación de la Iglesia.

    El Orden, marcado en tres grados de episcopado, presbiterado y diaconado, es el Sacramento que permite el ejercicio del ministerio, confiado del Señor Jesús a los Apóstoles, para apacentar su rebaño en el poder de su Espíritu, de acuerdo a su corazón. Apacentar el rebaño de Jesús con la potencia no de la fuerza humana o la propia potencia, sino del espíritu y según su corazón, el corazón de Jesus, que es un corazón de amor. El sacerdote, el obispo y el díacono deben apacentar el rebaño del Señor con amor. Si no lo hacen con amor, no sirve. Y, en este sentido, los ministros que son elegidos y consagrados para este servicio prolongan en el tiempo la presencia de Jesús si lohacen con el poder del Espitiru Santo, en el nombre de Dios y con amor.

    1. Un primer aspecto. Los ordenados son colocados a la cabeza de la comunidad. ¡Ah¡ están “a la cabeza”. ¡Sí! Sin embargo, para Jesús significa poner la propia autoridad al servicio, como Él mismo lo ha demostrado y enseñado a sus discípulos con estas palabras: “Sabéis que los gobernantes de las naciones dominan sobre ellas, y sus líderes los oprimen. No será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo. Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos “(Mt 20:25-28 / / Mc 10,42-45). Un obispo que no está al servicio de la comunidad, no hace bien, un sacerdote, un cura, que no está al servicio de la comunidad, no hace bien. Está equivocado.

    2. Otra característica que deriva siempre de esta unión sacramental con Cristo es el amor apasionado por la Iglesia. Pensemos en el pasaje de la Carta a los Efesios, en la que San Pablo dice que Cristo “amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola con el lavado del agua mediante la Palabra y para presentar a sí mismo, la Iglesia toda gloriosa, sin mancha ni arruga. (5:25-27). En virtud del Orden, el ministro dedica todo su ser a su comunidad y la ama con todo su corazón: es su familia. El obispo el sacerdote aman a la Iglesia en su comunidad, y la aman fuertemente, ¿cómo? Como Cristo ama a la Iglesia. Lo mismo dirá San Pablo del Matrimonio: el esposo ama a su esposa como Cristo ama a la Iglesia. Es un misterio grande de amor este del Ministerio y aquel del Matrimonio. Los dos Sacramentos, que son el camino por el cual las personas habitualmente van como Sacramento al Señor.

    3. Un último aspecto. El apóstol Pablo le aconseja a su discípulo Timoteo que no abandone, es más, que reavive el don que hay siempre en él, el don que le ha sido conferido a través de la imposición de las manos. (cf. 1 Tim 4:14, 2 Tim 1 6 ). Cuando no se alimenta el ministerio, el ministerio del obispo, el ministerio del sacerdote, con la oración, con la escucha de la Palabra de Dios y con la celebración diaria de la Eucaristía y también con un interés cuidadoso y constante del Sacramento de la Penitencia, se pierde inevitablemente de vista el verdadero significado del propio servicio y la alegría que nace de una profunda comunión con el Señor Jesús. El obispo que no reza, el obispo que no siente y escucha la palabra de Dios, que no celebra todos los días, que no va a confesarse regularmente, y lo mismo el sacerdote que no hace estas cosas, a final pierden esta unión con Jesús y ellos se hacen mediocres y esto no hace bien a la Iglesia. Por esto debemos ayudar a los obispos, a los sacerdotes a rezar, a escuchar la Palabra de Dios que es el alimento cotidiano, a celebrar cada día la Eucaristía e ir a confesarse habitualmente. Y esto es tan importante para la santificación de los obispos y de los sacerdotes.

    Yo quisiera terminar también con una cosa que me viene a la mente: ¿cómo se debe hacer para transformarse en sacerdote, dónde se venden las entradas? No, no se venden, ¿eh? Ésta en una iniciativa que toma el Señor. El Señor llama, llama a cada uno que él quiere que se haga sacerdote. Y, a lo mejor hay algunos jóvenes aquí que han sentido esta llamada.Las ganas de hacerse sacerdotes, las ganas de servir a los otros en las cosas que vienen de Dios, las ganas de estar toda la vida al servicio para catequizar, bautizar, perdonar, celebrar la Eucaristía, sanar a los enfermos, toda la vida así.
    Si alguno de ustedes ha escuchado esto en el corazón, es Jesús que lo ha puesto allí, ¿eh? Cuiden esta invitación y recen para que esto crezca y dé frutos en toda la Iglesia. Gracias.

    GRACIAS D. RAFAEL POR SU ENTREGA Y LA DE TANTOS SACERDOTES QUE HAN DEDICADO Y DEDICAN SU VIDA COMO LOS APOSTOLES, COMO TANTOS HOMBRES A LO LARGO DE LA HISTORIA DE LA IGLESIA, QUE HAN DICHO “AQUÍ ESTOY”.

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