Atrévete a pedir cosas grandes, incluso imposibles… ¡Cuántas sorpresas!

Pedir cosas grandes: el cielo, la contrición, nuestra conversión… Y al ángel de la guarda, ¿le hemos pedido favores importantes? Quizá le tenemos infravalorado en sus posibilidades y casi como a un chico de hacer recados.

Y,,, También dar con generosidad. Magnificencia

«El magnífico, a pesar de situarse en un extremo –en el sentido de que realiza la obra más grande posible–, tiende a ese objeto de forma moderada y según un orden justo, buscando un fin que justifica la realización de esa gran obra. Por tanto, a pesar de que la magnificencia implique cierto exceso, no quiere esto decir que sobrepase el límite fijado por la recta razón. Los gastos que realiza el magnífico poseen una grandeza que guarda al mismo tiempo el debido orden, porque responden a la condición y a las circunstancias de la persona que los lleva a cabo, y son proporcionales al fin por el cual se hacen». Tomás de Aquino insiste en relacionar esta virtud con la virtud de la fortaleza, apoyado en el hecho de que quien emprende obras grandes requiere valentía y audacia. Ante lo que vale la pena, el alma con amplitud de miras aporta de lo propio sin reservas: dinero, esfuerzo, tiempo. Sabe y entiende bien las palabras del Señor: el que da mucho, más recibirá.

magnanimidad.jpeg

Se opone a esta virtud la falsa grandeza, que ambiciona con sus obras honores y alabanzas, el gusto por la adulación, la jactancia. Dedicarse generosamente y con sacrificio a una labor, quizá poco común en ese ambiente, y mendigar parabienes, es vanagloria, signo evidente de que en aquella obra noble se han introducido la vanidad y el egoísmo.

También santo Tomás incluye como materia propia de esta virtud los bienes destinados al culto, como pueden ser los vasos sagrados o custodias, que, por la trascendencia de los actos que con ellos se realizan, exigen materiales nobles y dignos. Los buenos cristianos se han desprendido muchas veces de aquello que consideraban de mayor valor, para honrar a la Virgen y a Jesús en la Eucaristía.

Magnificencia hace referencia al que tiene el alma grande para dar, para donar grandes bienes a favor de los «tiempos y de los demás», obras en beneficio de la sociedad. Ser rico es un gran bien si la riqueza se emplea en cubrir las necesidades de otros. La magnanimidad es la virtud de las cosas grandes a favor de los demás.

De modo especial están llamados a ser magnánimos o «magníficos» los ricos que adquieren sus bienes de forma lícita, «hacer el bien con los bienes». Por el contrario, los vicios opuestos a esta virtud son la avaricia, la vulgaridad y la mezquindad.

7 comentarios sobre “Atrévete a pedir cosas grandes, incluso imposibles… ¡Cuántas sorpresas!

  1. La generosidad, fermento de una actitud vital

    Hemos de resituar nuestra cultura en el ámbito de los deberes y no sólo en los derechos
    ForumLibertas.com

    Hace unos días se celebró en Barcelona una concentración de mujeres lactantes que reivindicaban dar el pecho como algo natural, dificultado por la estresante dinámica de la sociedad actual. Este hecho me ha provocado una reflexión sobre la generosidad, sobre la actitud de abrirse al prójimo, pese a quien pese. Una actitud que incluso podríamos calificar de heroica, como sin duda lo es la maternidad en el mundo de hoy.

    En los tiempos que corren, nos hemos instalado en la cultura de los derechos y de las reivindicaciAlmudi.org – Generosidadones, sin duda la mayoría justas, y, por qué no decirlo, en una cierta comodidad de las paces forzadas. Cuántas veces hemos escuchado la frase: “¡No te compliques la vida!”, “¡No te líes!”, “¡Qué te pagan por hacer esto!”, u otras similares. Está claro que el receptor de los mensajes anteriores no se guía por la ley del mínimo esfuerzo, ni, por supuesto, por impulsos meramente mercantilistas.

    La virtud de la generosidad se sitúa en esos escenarios, en los que se actúa sin pedir nada a cambio. La generosidad es el fermento de una actitud vital en la que la trascendencia tiene su campo abonado. La actitud cristiana ante la vida se fundamenta, así, en la generosidad basada en la transcendencia. El modelo de Cristo en la Cruz es el mejor ejemplo de generosidad, de donación, al dar la vida por la salvación del género humano.

    Por ello la actitud cristiana ante la vida y el mundo ha de seguir las pautas que Cristo nos marcó: compromiso, lucha por un ideal, salir de nosotros mismos, aventurarnos al diálogo, dar la vida por los demás, en definitiva. Sin esperar nada a cambio, como Jesús crucificado. Sólo así podremos llevar con éxito el proceso de humanización que Él inició.

    Seguro que todos conocemos personas que nos han impactado, por su donación a los demás, a la familia, al trabajo, a un proyecto, el que sea. Personas que no salen en los medios de comunicación, ni en las enciclopedias, pero que han firmado su vida con trazos bien profundos. Personas, que no salen en la foto pero que han sido capaces de trascender.

    De hecho, tenemos dos caminos por recorrer: la insolidaridad, el individualismo, el materialismo, el consumismo, viviendo el día a día con frenesí y sin sentido, o bien, compartir (que no es lo mismo que repartir), buscar el sentido de la vida, mirando la trascendencia, trabajando por la paz interior y exterior, o, con otras palabras, haciendo posible el bien, y la civilización del amor. No hay duda que este segundo camino es más pleno, más enriquecedor. Sólo hemos de pensar: ¿Qué puedo hacer hoy por ti?, con el corazón abierto, con sinceridad, humildad, con toda la generosidad del mundo.
    Ahora bien, para hacer efectiva al máximo la generosidad hemos de resituar nuestra cultura en el ámbito de los deberes, morales y cívicos, y no sólo en los derechos, para así recordar las palabras de Thomas Merton: “Los hombres no son islas”.

  2. Fácil es ocupar un lugar en la agenda telefónica.
    Difícil es ocupar el corazón de alguien…

    Fácil es juzgar los errores de otros
    Difícil es reconocer nuestros propios errores.

    Fácil es hablar sin pensar
    Difícil es frenar la lengua.

    Fácil es herir a quien nos ama.
    Difícil es curar esa herida…

    Fácil es perdonar a otros
    Difícil es pedir perdón.

    Fácil es dictar reglas.
    Difícil es seguirlas…

    Fácil es soñar todas las noches.
    Difícil es luchar por un sueño…

    Fácil es exhibir la victoria.
    Difícil es asumir la derrota con dignidad…

    Fácil es admirar una luna llena.
    Difícil es ver su otra cara…

    Fácil es tropezar en una piedra.
    Difícil es levantarte…

    Fácil es disfrutar la vida todos los días.
    Difícil es darle el verdadero valor…

    Fácil es orar todas las noches.
    Difícil es encontrar a Dios en las cosas pequeñas…

    Fácil es prometerle algo a alguien.
    Difícil es cumplirle esa promesa…

    Fácil es decir que amamos.
    Difícil es demostrarlo todos los días…

    Fácil es criticar a los demás.
    Difícil es mejorar uno mismo…

    Fácil es cometer errores.
    Difícil es aprender de ellos…

    Fácil es llorar por el amor perdido.
    Difícil es cuidarlo para no perderlo…

    Fácil es pensar en mejorar.
    Difícil es dejar de pensarlo y realmente hacerlo…

    Fácil es pensar mal de otros
    Difícil es darles el beneficio de la duda…

    Fácil es recibir
    Difícil es dar.

    Pídele al Señor que estas cosas que se te hacen difíciles, se conviertan en fáciles.

  3. Santo Tomás adopta como suya una definición agustiniana de misericordia: «la misericordia es la compasión de la miseria ajena en nuestro corazón, por la cual nos compele a socorrer, si podemos»[4]. Esta definición sustenta toda la enseñanza del artículo que dedica a este tema.

    Es interesante destacar también el análisis etimológico que Santo Tomás realiza del término, que une en un solo concepto las palabras latinas miserum cor. La misericordia surge como consecuencia de la compasión que nace en el corazón del hombre al descubrir la miseria ajena.

    La relación de la misericordia con la generosidad surge, justamente, a partir del análisis del sentido que Santo Tomás otorga al término miseria. Comienza el Aquinate por oponer la miseria a la felicidad:

    «La miseria se opone a la felicidad. Y es de esencia de la bienaventuranza o felicidad tener lo que se desea, pues como dice San Agustín: “Bienaventurado es aquel que posee todo lo que quiere y nada malo quiere”».

    No cabe duda que en el contenido de ese deseo de todo lo bueno se incluyen también los bienes materiales necesarios para obtener un nivel de vida digno. Santo Tomás señala tres formas que puede presentar este deseo: «Primeramente con apetito natural, como los hombres quieren ser y vivir. De una segunda manera se desea algo por elección o premeditación. Finalmente, no queriéndolo directamente, sino en su causa; como de quien apetece ingerir cosas nocivas decimos que en cierto modo quiere enfermar».

    Cuando una persona se ve imposibilitada para satisfacer cualquiera de estos tres tipos de deseos, surgen los tres tipos de miserias que conforman la materia de la misericordia: el primero es la falta de bienes necesarios para el sustento, el segundo cuando el hombre, persiguiendo un fin bueno, sufre un mal no deseado, y por último, cuando a aquella persona que siempre ha gozado del bien le sobreviene un mal plenamente contrario a su voluntad. A cada uno de estos niveles de miserias, Santo Tomás asigna un nivel creciente de compasión y conmiseración.

    «Así, pues, la misericordia encuentra ocasión en la miseria. En primer lugar, en aquello que repugna el apetito natural del que desea, cuales son los males que arruinan y contristan, cuyos contrarios apetece el hombre. Por eso, el Filósofo dice que “la misericordia es una tristeza por el mal presente, que arruina y entristece”. En segundo lugar, esos males mueven a la misericordia si van contra la voluntad de elección, y así, allí mismo dice el Filósofo que estos males son más dignos de compasión “cuya causa es la fortuna”, esto es, “cuando sobreviene un mal esperándose un bien”».

    Por tanto, a partir de la materia propia de la misericordia, podemos realizar un primer análisis de su relación con la generosidad. Podemos afirmar que existe una doble relación.

    La primera surge del primer tipo de miseria que mueve a la compasión al hombre misericordioso: es decir, cuando la persona no tiene la posibilidad de acceder a los mínimos bienes necesarios para su sustento. Como causa de esta falta de bienes necesarios, surgen, como hemos visto, la ruina y la tristeza, que causan la compasión. Este tipo de miseria es llamado también pauperismo e implica la imposibilidad del manejo de bienes.

    Por tanto, el hombre misericordioso es quien ayuda con sus bienes al miserable, y, para ello, tiene que estar desprendido de los bienes materiales, es decir, debe vivir la generosidad.

    El segundo tipo de miseria descrito por Santo Tomás surge de la fortuna o mala suerte en el uso de los bienes materiales. Implica por tanto que una persona posee y usa de dichos bienes de forma generosa, pensando en el bien ajeno, con un desprendimiento virtuoso de las riquezas. Sin embargo, por motivos que no están al alcance de su mano, esa riqueza se pierde como consecuencia de los negocios realizados. En este caso, el objeto de la misericordia es la ausencia de riquezas del hombre que ha usado de ellas generosamente, pero con mala fortuna.

    En este sentido, la misericordia mueve al hombre a dar sus bienes a quien los ha perdido fortuitamente y también para ello requerirá de la generosidad.

    El Aquinate afirma que, en este caso, la persona es más digna de misericordia que en el anterior, pues la falta de bienes es fortuita y sufrida por quien ha puesto en juego sus bienes para realizar alguna obra buena.

    Un segundo análisis se puede realizar desde el punto de vista del sujeto que realiza el acto misericordioso. Como hemos visto, el primer tipo de miseria surge de la falta de medios materiales: alimento, vestido, vivienda, etc. Siguiendo la enseñanza de Aristóteles, Santo Tomás destaca que esta necesidad insatisfecha de bienes materiales básicos para el sustento causa la ruina y la tristeza del hombre que la padece. Tanto la ruina como la tristeza constituyen verdaderos males, que mueven a los demás a la compasión y a la acción concreta para solucionar esta situación de precariedad.

    No resulta difícil deducir que el resultado lógico de la compasión por las miserias ajenas es una disposición interior hacia la donación de riquezas personales para erradicar ese sufrimiento ajeno. A su vez, bien sabemos que la generosidad dispone al hombre hacia la donación de bienes, en la medida en que modera el deseo desordenado de riquezas. Por tanto, el acto propio de la misericordia y el de la generosidad coinciden: la disposición para la donación.

    La diferencia radica en que el acto de misericordia es movido por la compasión hacia el mal ajeno, mientras que el acto de generosidad es impulsado por el desprendimiento interior de los bienes que se dan.

    «El beneficio dado por misericordia es causado por los sentimientos de afecto hacia aquel a quien se da. Por eso, tal donación pertenece tanto a la caridad como a la amistad. Pero el beneficio dado por liberalidad tiene por principio un cierto afecto respecto al dinero, en cuanto ni lo desea ni lo ama demasiado. (…) Por lo tanto no pertenece a la caridad sino a la justicia, que tiene por objeto las cosas exteriores».

    En términos generales podemos concluir que el objeto de la misericordia es la otra persona, su condición miserable, sus necesidades, que llevan al hombre misericordioso a poner sus bienes a disposición de quien se encuentra en esta condición, es decir, al ser generoso.

    A modo de conclusión, podemos afirmar que ambas virtudes contribuyen a generar las disposiciones necesarias para realizar la misma acción, el dar. Ahora bien, la misericordia se mueve por amor hacia el prójimo a quien da, y la por el amor moderado hacia los bienes materiales.

  4. Es impresionante ver que Dios, queriendo llamar al pueblo a la conversión, no le amenaza con el castigo, sino que evoca su misericordia, como para mover el corazón y la inteligencia del hombre La imagen esponsal hace presente el hecho de que Dios ha amado a su esposa, mientras que la respuesta de ésta es, paradójicamente, una traición. A pesar de ello Dios sigue amando a su esposa infiel. Es en los profetas donde la misericordia de Dios alcanza, en el Antiguo Testamento, su más alta expresión; únicamente es sobrepasada por la revelación de Jesucristo. En los profetas se encuentran las dos imágenes más fuertes y más apropiadas, al nivel de la experiencia humana y de las relaciones interpersonales, que son capaces de expresar el amor de Dios: se trata de la imagen filial y de la imagen nupcial.

    La imagen filial

    La imagen del amor paterno es presentada en los profetas de maneras diferentes, que son otros tantos matices de una misma imagen. En ciertos textos, se evoca esta imagen para afirmar que el Señor, habiendo creado Israel, lo considera como un hijo al que está profundamente apegado, y cuyas infidelidades le hacen sufrir mucho. El capítulo 11 del profeta Oseas establece una analogía con el rechazo del amor paternal y maternal: «Cuando Israel era joven lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí. Sacrificaban a los baales, ofrecían incienso a los ídolos. Pero era yo quien había criado a Efraín, tomándolo en mis brazos; y no reconocieron que yo los cuidaba»(Os 11, 1-3).

    Es impresionante ver que Dios, queriendo llamar al pueblo a la conversión, no lo hace por medio de la amenaza del castigo, sino evocando su misericordia, sentimiento “incontrolable” que brota de la profundidad de su Ser como para tocar y conmover el corazón y la inteligencia del hombre, y provocar su conversión y su regreso sincero hacia su Dios y Padre: «¿Cómo podría abandonarte, Israel? […] Mi corazón está perturbado, se conmueven mis entrañas»(Os 11, 8). Israel es, así pues, un hijo muy querido y hasta preferido por Dios; Él se acuerda siempre de él con afecto, sintiendo por él una profunda ternura (cfr. Jr 31, 20). Este afecto es eterno e irrevocable: «Con amor eterno te quiero»(Is 54, 8). El amor misericordioso de Dios, fuente de agua viva (Jr 17, 13), vivifica y recrea al hombre que ha caído en la idolatría y en el pecado.

    El fuerte simbolismo de este lenguaje se amplía y enriquece cuando son los propios profetas, o los orantes, los que sufren con sentimientos “maternales”, a causa de las desdichas y los pecados del pueblo: «¡Ay mis entrañas, mis entrañas! Me duelen las paredes del corazón, me palpita con fuerza, no puedo callar. […] El país ha quedado devastado»(Jr 4, 19-20).

    También en los salmos encontramos el tema de la misericordia de Dios. Como ejemplo, baste mencionar uno de los salmos más queridos por la piedad hebrea, que es asimismo uno de los más importantes en la liturgia católica. En el salmo 51 encontramos la expresión de la profunda experiencia del perdón de Dios que David ha podido hacer después de haber cometido dos pecados muy graves: el homicidio y el adulterio. Tan pronto como David reconoce y confiesa su pecado, acompañándolo del arrepentimiento, el anuncio del perdón llega inmediatamente por medio de la voz del profeta Natán: «David respondió a Natán: “He pecado contra el Señor”». Entonces Natán dijo a David: «También el Señor ha perdonado tu pecado»(2 Sam 12, 13). En su confesión David invoca la misericordia y el amor de Dios con un íncipitmuy intenso desde el punto de vista teológico, que nosotros aquí leemos en una traducción más literal, que nos permite “gustar” más la fuerza de las expresiones hebreas: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad[ḥesed] y, por tu inmensa compasión[raḥamîm] borra mi culpa». La gran importancia de este salmo en la historia de la espiritualidad cristiana resulta confirmada por su presencia frecuente en la oración oficial de la Iglesia católica: la Liturgia de las Horas. De hecho, la encontramos en las Laudes del Viernes Santo y en las de cada viernes de las cuatro semanas, así como en las Laudes del Oficio de difuntos. Esto significa que, en los momentos más importantes del año litúrgico y de su vida personal, los fieles se dirigen a Dios, por la mañana, para implorar su misericordia en tanto que comunidad eclesial y también cada uno personalmente.

    Imagen nupcial

    La imagen nupcial-esponsal, a la que han recurrido todos los grandes profetas de Israel para explicar la intensidad y la naturaleza de la relación gracias a la cual Dios ha querido unirse a su pueblo, es todavía más fuerte y más frecuente en el Antiguo Testamento. El simbolismo nupcial hace presente en la historia de la salvación –y, por tanto, en nuestra historia espiritual personal– el hecho de que Dios ha amado a su esposa, mientras que la respuesta de esta última a un amor tan intenso es paradójicamente una traición y un adulterio (se trata de relaciones adúlteras con otros dioses). A pesar de ello, Dios sigue amando a su esposa infiel. En el contexto de esta metáfora, los profetas califican de prostitución el pecado de idolatría.

    El primero que utiliza con realismo la imagen nupcial de Dios con su pueblo es Oseas. Llega a afirmar que el pecado cometido por Israel al dar culto a los ídolos no es solamente una prostitución, sino un adulterio. Oseas considera la Alianza del pueblo con Dios como una verdadera Alianza nupcial. En la línea de las acciones simbólicas descritas en los libros proféticos, la vida misma de estos hombres de Dios se convierte en un instrumento de la revelación de su designio misterioso. Para mostrar que Dios considera a Israel como una esposa infiel, dice a Oseas: «Ve, despósate con una mujer ligada a la prostitución […] porque el país no hace sino prostituirse»(Os 1, 2). El dolor que experimenta un marido ante la traición de su esposa amada, lo siente Dios también a causa de los pecados de su pueblo. Y como un marido indignado se aleja de la esposa infiel, así también Dios se aleja de Israel. Las hijas del profeta, cada una llamada por un nombre fuertemente simbólico, sirven para expresar esta tragedia personal, donde Dios se expresa su decepción y su amargura a causa de la infidelidad de su pueblo: «Ella volvió a concebir y dio a luz una hija. Y el Señor le dijo: “Ponle de nombre ‘No compadecida’, porque ya no tendré más compasión de la casa de Israel ni les soportaré más”» (Os 1, 6).

    Afortunadamente, Dios no se detiene en el adulterio, ni en el dolor de su amor traicionado; no se empecina en el odio, sino que intenta de todas las maneras posibles e inimaginables convencer a la mujer infiel para que vuelva a él, y, cuando lo consigue la acoge con el ardor de los primeros amores y la colma de bienes: «Por eso, yo la persuado, la llevo al desierto, le hablo al corazón, le entrego allí mismo sus viñedos, y hago del valle de Acor una puerta de esperanza. Allí, responderá como en los días de su juventud»(Os 2, 16-17). Puesto que Dios nos ama, hemos de desprendernos de nuestros ídolos, de nuestras pasiones desordenadas, de nuestros pecados, para volver a Él como una esposa vuelve a su esposo para siempre. La potencia y la misericordia de Dios permiten dejar atrás y olvidar todas las infidelidades de Israel, hasta el punto de que el nuevo pacto nupcial se caracteriza por una bienaventuranza eterna: «Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura»(Os 2, 21). Los hijos nacidos de este amor reciben nombres nuevos, portadores de un simbolismo opuesto al de los tiempos de la infidelidad: «Decid a vuestros hermanos: “Pueblo mío”, y a vuestras hermanas: “Compadecida”»(Os 2, 3).

    Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino.

    Fuente: Revista Palabra.

  5. LA GRANDEZA DE LO SENCILLO”

    El reconocer y comprender los signos de los tiempos es un don de DIOS, poner claridad donde la oscuridad ha hecho trinchera requiere sencillez y humildad, la palabra entreverada de soberbia termina oscureciendo aún más lo que supuestamente se quiere iluminar, al ser el conocimiento un don divino sólo puede alcanzar su culmen cuando la humildad destierre la soberbia.

    Iluminar el pensamiento humano también debe ir en concordancia con la defensa de los más vulnerables, de aquellos que no tienen voz y por ende son excluidos, estar en una posición de privilegio frente a la opinión pública no debe ser confundida con una fama efímera y pasajera, la palestra debe convertirse en voz profética donde los sin voz encuentran representados sus anhelos.

    El tratar de llenar de metáforas incomprensibles el conocimiento alejan la verdad y el entendimiento del destinatario, por ello es responsabilidad del poseedor de la palabra tender puentes en medio de la sociedad, compartiendo saberes y denunciando injusticias.

    Una idea clara, enriquecida en sencillez e iluminada a la luz del EVANGELIO tiende a trascender en el tiempo, cumpliendo su misión de iluminar el conocimiento y guiar el entendimiento humano.

    El conocimiento no es poder, el conocimiento es SERVICIO y en base a éste logra alcanzar su objetivo primario, ser luz en medio de la oscuridad y ser voz de los excluidos.

  6. CRECER EN LAS DIFICULTADES
    Los Hechos nos relatan la primera persecución contra la Iglesia. No nos indican una causa especial para que la persigan, pero resulta significativo que los que salen huyendo son «todos menos los apóstoles». Tendremos que interpretar que los perseguidos fueron sobre todo los compañeros de Esteban, los que tenían más inquietud misionera, los que habían hecho la adaptación de la Buena Nueva de Jesús a la cultura helenista.

    Se nombra expresamente a uno de ellos, uno de los Siete Diáconos: Felipe.

    El autor de Hechos intentó «disimular» el conflicto dentro de la Comunidad entre este sector helenista y el grupo de los apóstoles, «reduciéndolo» a un problema de atención a las viudas helenistas (Hech 6). Parece que fue bastante más que eso, porque seguidamente aparecen predicando y difundiendo la Palabra de Dios… si el problema era la atención a las viudas…. «Algo más harían» para que fueran objeto de la primera persecución (algo además de ocuparse de la comida de las viudas). Esteban había sido la primera víctima.

    Los discípulos, por su parte, debían estar convencidos de que podrían resolver los problemas planteados con la religión judía fuera y dentro de la comunidad. Se toman más tiempo, seguramente quieren ser «prudentes» y tomar las decisiones con más calma. Les cuesta asumir las «adaptaciones» y «libertades» que se ha tomado el sector helenista (y que han llevado a Esteban a sufrir el martirio), y por lo tanto romper definitivamente con las tradiciones judías que los helenistas creían que encorsetaban el Evangelio y excluían a muchos para que lo aceptaran. A Pedro y al resto de los apóstoles les costará bastante asumir estos cambios, pero terminarán por aceptarlo, porque no se puede ir en contra del Espíritu Santo, como justificará más adelante este mismo Saulo que ahora persigue a este sector «heterodoxo», y que tiene como centro geográfico de referencia las ciudades de Damasco y Antioquía.

    Precisamente las dificultades en que se vio la primera Iglesia serán el origen de la expansión misionera y de la universalidad del Evangelio. Todo ello nos invita a mirar con esperanza las dificultades que, en cada tiempo y también hoy, afectan a la Iglesia. Pueden y deben ser ocasiones de purificación, de profundización en la teología, de ser creativos y decididos en la pastoral. Hoy, como entonces, hace falta escuchar las voces de los que piden cambios a fondo, de los que están más metidos en la realidad pastoral, en las periferias…

    Seguramente, hoy como entonces, los que viven en «Jerusalem» vayan más despacio y les cueste decidir.

    Pero el duelo causado por las dificultades y persecuciones, al final, eso esperamos, llenarán «la ciudad» de alegría. El grano de trigo que es la Iglesia tendrá que morir muchas veces para que sea posible que aparezca el trigo y el pan que los hombres necesitan como alimento. Estamos, pues, ante una llamada a la esperanza, al discernimiento y a la purificación.

    En el Evangelio encontramos una queja de Jesús, que nos hace recordar el final del mismo, cuando Tomás necesita ver para creer. Aquí hay quienes han visto (y oído) y no creen, es decir, no acogen a Jesús como revelación del Padre. «Verle» y «creer», empezar a vivir como él, convertirse en discípulo significa tener vida eterna. Ya, ahora; y ser resucitado después, en «el último día», que para el Evangelio de Juan es el día de la Pascua, y el día final de nuestra historia.

    Jesús no quiere «echar fuera» a nadie. Está aludiendo a la expulsión de Adán del paraíso, cuando dejó de estar a su alcance el «Árbol de la Vida» y Adán y Eva fueron echados fuera. La cruz será el nuevo Árbol de la Vida del que hay que comer/alimentarse para que «no se pierda nadie», ésta es la voluntad del Padre, una salvación universal.

    Dicen los especialistas que la expresión «Yo soy el pan de vida» se refiere simultáneamente a la revelación de Jesús (el «Yo Soy» de la zarza ardiente: se conoce quién es Dios «mirando» a Jesucristo) y a la consiguiente respuesta de fe («creer en él»), y también al cuerpo eucarístico de Jesús que hay que comer.

    Ojala que Jesús no tenga que quejarse de nosotros porque vemos y no creemos. La voluntad del Padre es que nadie se pierda, sí, pero no nos puede salvar si nos empeñamos en ser «ciegos» culpablemente, porque no queremos alimentarnos de él, creer en él, hacer nuestro su estilo de vida.

  7. Qui habitat in adiutorio Altissimi, in protectione Dei cli commorabitur, habitar bajo la protección de Dios, vivir con Dios: ésta es la arriesgada seguridad del cristiano. Hay que estar persuadidos de que Dios nos oye, de que está pendiente de nosotros: así se llenará de paz nuestro corazón. Pero vivir con Dios es indudablemente correr un riesgo, porque el Señor no se contenta compartiendo: lo quiere todo. Y acercarse un poco más a El quiere decir estar dispuesto a una nueva conversión, a una nueva rectificación, a escuchar más atentamente sus inspiraciones, los santos deseos que hace brotar en nuestra alma, y a ponerlos por obra.

    Desde nuestra primera decisión consciente de vivir con integridad la doctrina de Cristo, es seguro que hemos avanzado mucho por el camino de la fidelidad a su Palabra. Sin embargo, ¿no es verdad que quedan aún tantas cosas por hacer?, ¿no es verdad que queda, sobre todo, tanta soberbia? Hace falta, sin duda, una nueva mudanza, una lealtad más plena, una humildad más profunda, de modo que, disminuyendo nuestro egoísmo, crezca Cristo en nosotros, ya que illum oportet crescere, me autem minui, hace falta que El crezca y que yo disminuya.

    No es posible quedarse inmóviles. Es necesario ir adelante hacia la meta que San Pablo señalaba: no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí. La ambición es alta y nobilísima: la identificación con Cristo, la santidad. Pero no hay otro camino, si se desea ser coherente con la vida divina que, por el Bautismo, Dios ha hecho nacer en nuestras almas. El avance es progreso en santidad; el retroceso es negarse al desarrollo normal de la vida cristiana. Porque el fuego del amor de Dios necesita ser alimentado, crecer cada día, arraigándose en el alma; y el fuego se mantiene vivo quemando cosas nuevas. Por eso, si no se hace más grande, va camino de extinguirse.

    Recordad las palabras de San Agustín: Si dijeses basta, estás perdido. Ve siempre a más, camina siempre, progresa siempre. No permanezcas en el mismo sitio, no retrocedas, no te desvíes.

    La Cuaresma ahora nos pone delante de estas preguntas fundamentales: ¿avanzo en mi fidelidad a Cristo?, ¿en deseos de santidad?, ¿en generosidad apostólica en mi vida diaria, en mi trabajo ordinario entre mis compañeros de profesión?

    Cada uno, sin ruido de palabras, que conteste a esas preguntas, y verá cómo es necesaria una nueva transformación, para que Cristo viva en nosotros, para que su imagen se refleje limpiamente en nuestra conducta.

    Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Nos lo dice Cristo otra vez a nosotros, como al oído, íntimamente: la Cruz cada día. No sólo —escribe San Jerónimo— en el tiempo de la persecución, o cuando se presenta la posibilidad del martirio, sino en toda situación, en toda obra, en todo pensamiento, en toda palabra, neguemos aquello que antes éramos y confesemos lo que ahora somos, puesto que hemos renacido en Cristo.

    Esas consideraciones no son en realidad más que el eco de aquellas otras del Apóstol: verdad es que en otro tiempo no erais sino tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; y así, proceded como hijos de la luz. El fruto de la luz consiste en caminar con toda bondad y justicia y verdad: buscando lo que es agradable a Dios.

    La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida. La semilla divina de la caridad, que Dios ha puesto en nuestras almas, aspira a crecer, a manifestarse en obras, a dar frutos que respondan en cada momento a lo que es agradable al Señor. Es indispensable por eso estar dispuestos a recomenzar, a reencontrar —en las nuevas situaciones de nuestra vida— la luz, el impulso de la primera conversión. Y ésta es la razón por la que hemos de prepararnos con un examen hondo, pidiendo ayuda al Señor, para que podamos conocerle mejor y nos conozcamos mejor a nosotros mismos. No hay otro camino, si hemos de convertirnos de nuevo.
    (San Josemaría Escrivá de Balaguer)

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