El problema del mal y el sufrimiento (parte 1)

Interesante argumentación acerca de la falacia lógica que se esconde en el razonamiento de aquellos que niegan la existencia de Dion ante el dolor o el mal en el mundo.

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6 comentarios sobre “El problema del mal y el sufrimiento (parte 1)

  1. El problema del mal en el mundo considerando que hay un Dios supuestamente omnipotente y benevolente resulta difícil de afrontar. La paradoja es antiquísima pero, en la actualidad, ha sido revisada en algunos medios especializados. Los creyentes buscan ahora sus respuestas en la ciencia, en las inabarcables razones del Creador o en el karma, por ejemplo. Sin embargo, siguen sin encontrar una solución que convenza a los no creyentes y los sustraiga a su pesimismo laico: para ellos, las evidencias del inmenso dolor del ser humano, e incluso de los animales de la Tierra, no dejan lugar a dudas.

    El problema del mal o Paradoja de Epicuro consiste, para la filosofía de la religión, en la contradicción que surge al combinar la existencia del mal y del sufrimiento en el mundo con la existencia de un Dios omnisciente, omnipresente, omnipotente y omnibenevolente.

    Es decir, que el problema del mal emana de la suposición de que un Dios omnisciente y todopoderoso debería ser capaz de arreglar el mundo según sus intenciones. Como el mal y el sufrimiento existen, puede parecer que Dios quiere o permite que existan, por lo que no sería perfectamente bueno, o no sería omnisciente porque no se percata de todo el sufrimiento del mundo, o no es todopoderoso ya que no puede arreglar el mundo para eliminar de raíz el mal.

    En los últimos meses diversos artículos en distintos medios se ocuparon de los enfoques de este problema. Por un lado, en la revista The Global Spiral apareció un artículo firmado por el teólogo Arthur Gianelli en el que éste proponía generar una nueva teodicea (una explicación de Dios) que estuviese basada en los postulados de la ciencia contemporánea, y que, desde ellos, permitiera comprender la existencia del mal en el mundo.

    Argumentos cristianos

    Los cristianos, según Singer, responden a esta contradicción con la explicación del libre albedrío: Dios nos concede este regalo y, por tanto, Él no es responsable del mal que ocasionamos. Pero esta respuesta falla cuando se habla, por ejemplo, del sufrimiento que generan los desastres naturales.

    Por otro lado, explica Singer, los cristianos intentan justificar el dolor humano afirmando que todos los humanos son pecadores y, por tanto, pueden tener un destino horrible. Pero, señala el científico, ¿qué pasa en el caso de los niños que aún no han cometido pecado alguno?

    Entonces, los cristianos acuden al pecado original que han heredado todos los habitantes del planeta, el pecado de Adán y Eva, y Singer se pregunta ¿por qué han de sufrir por dicho pecado también los animales, como ocurre en realidad?

    En la discusión con D’Souza, éste señaló, en primer lugar, que dado que los humanos viviremos felices eternamente en el cielo, el sufrimiento del mundo es menos importante de lo que sería si nuestra vida en este planeta fuera la única que tendremos.

    A esto, Singer contestó que, aún desde la perspectiva de la eternidad, el mundo podría ser mejor sin dolor o, al menos, sin tanto dolor. Cierto es, escribe el autor, que quizá necesitemos algo de sufrimiento para apreciar la felicidad, pero no tanto como el que tenemos en la Tierra.

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  2. ¿Quisieramos que no existiese el mal?

    Esto puede ser posible, sí, pero no depende de Dios. Dios es bueno, y perfecto, y hace todo así. Estas son las palabras del Génesis: “Y vio Dios que todo era bueno”. Dios creo al hombre libre, es decir, con el poder de decidir lo que hacemos, con el poder de hacer el bien o hacer el mal. Porque nos creó con una alma, nos da la libertad de hacer el bien o el mal. Tan grande es su amor que no interrumpe nuestra libertad. Quiere que nuestras buenas acciones y nuestro amor sean puros, auténticos y reales, y que vengan de nosotros mismos libremente.

    Hay que distinguir entre el mal físico y el mal moral. El primero se origina cuando se cruzan y “chocan” fuerzas físicas y químicas que existen independientemente de nuestro querer. Si conociésemos todas esas leyes se podrían evitar muchas catástrofes, pero es claro que no siempre controlamos todo lo que va a ocurrir (el rayo que caerá cerca de casa, la bacteria que se difunde por todos lados, el mosquito que transmite la malaria, el terremoto que derrumba cientos de casas).

    Existe otro mal que depende de cada uno: el mal moral. Este mal nace cuando usamos nuestra libertad no para hacer el bien, sino para buscar un fin egoísta que implica dañar a otros. Este mal es la fuente de muchos dolores y angustias de la humanidad. Dios, sin embargo, no puede impedirlo, pues, de lo contrario, tendría que quitarnos la libertad.

    Desde luego, es muy alto el riesgo que nace de esa libertad, pues permite que puedan existir hombres como Hitler, Stalin o Mao. Pero no hemos de olvidar que esa misma libertad es la que hace que puedan existir también un Francisco de Asís, una Madre Teresa de Calcuta, un Papa Juan Pablo II. A cada uno le toca decidir de qué lado se va a colocar en la historia de la lucha entre el bien y el mal. Desde que Cristo vino al mundo, la opción por el bien es posible para todos: basta con dejarnos tocar por su amor redentor.

    Pero… ¿Por qué un Dios bueno permite el sufrimiento de los niños y de los inocentes?

    Un niño, un inocente, sufre como consecuencia del pecado original. Antes del pecado original, el mal no existía en el mundo. Todo era perfecto y armonioso, pero Adán rompió esta armonía con su desobediencia en el Jardín. Somos el culmen de la creación. Cuando pecamos, la creación perdió su orden. Por ello el mal y el sufrimiento entraron el mundo y existen hasta hoy. Cuando pecamos nos elegimos a nosotros mismos sobre Dios, con un amor egoísta.

    Si queremos luchar contra el mal y desterrarlo del mundo, debemos comenzar por nosotros mismos. Somos los responsables de quitarlo del mundo, y lo haremos contraponiéndole el bien. Cristo, con su amor a nosotros hasta la muerte a la cruz, nos muestra que el sufrimiento es inevitable en esta vida, pero que puede ser una cosa buena, y hasta causa de redención eterna. Si queremos el bien, tenemos que hacerlo libremente. Dios no nos fuerza a hacerlo. Quiere nuestro amor libre. ¿De qué le sirve un amor obligado?

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  3. Hay gente que dice que no cree porque en el mundo suceden cosas que le parecen una auténtica crueldad divina. El relato del Génesis sobre la caída original utiliza en ocasiones un lenguaje de imágenes, peroafirma un acontecimiento real que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre

    —Hay gente que dice que no cree porque en el mundo suceden cosas que le parecen una auténtica crueldad divina.

    No deja de ser un curioso razonamiento: Dios es cruel, luego Dios no existe; no comprendo por qué Dios permite eso, luego no hay Dios; no me gusta que suceda esto, luego no le concedo el derecho a existir.

    No parece una lógica demasiado clara. Salvando las distancias, sería como decir: yo estoy sufriendo; si mi madre realmente me quisiera, no me habría traído a este mundo cruel; ergo… mi madre no existe.

    Me parece una postura más razonable tratar de comprender por qué Dios, siendo infinitamente bueno, permite que exista el mal.

    Dios es necesariamente bueno (si no, no sería Dios), y por tanto tuvo que crear un mundo bueno. El mal es algo dramáticamente real, pero no es metafísicamente necesario, sino una realidad contingente: el mal es la ausencia del bien debido, aquello que no debería haber sido, y que, por tanto, en el origen de los tiempos no existió.

    Por otra parte, si hablamos del bien debido es porque hay un orden (si no, ¿qué es el mal y qué el bien?), y si hay un orden será porque hay un principio ordenador, que difícilmente puede explicarse sin Dios.

    La situación presente del mundo, ostensiblemente marcada por el mal, no puede ser considerada como constitutiva de la creación, sino que ha de ser entendida como resultado de una caída, de una herida, de una corrupción que padece el mundo creado. Y tuvo que ser la libertad humana quien introdujo el mal en la creación.

    —Supongo que te referirás a lo del pecado original. Pero todo eso de Adán y Eva, y la manzana, a la gente suele parecerle una fábula, o un mito.

    Lo de la manzana concedo que pueda ser un mito, entre otras cosas porque el Génesis habla del “árbol del conocimiento del bien y del mal”, pero en ningún momento habla de manzanas.

    El relato del Génesis sobre la caída original utiliza en ocasiones un lenguaje de imágenes, pero afirma un acontecimiento real que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre. La creación, tal como salió de las manos de Dios, era íntegra y estaba destinada a la integridad. Todo cuanto ahora la desfigura estaba ausente en la armonía original del mundo, y es precisamente el resultado de la degradación introducida como consecuencia del mal uso de la libertad por parte del hombre.

    Partiendo de la existencia de un Dios infinitamente bueno, y de la evidente existencia del mal, el pecado original es la única solución razonable al enigma del mal. Los que pretenden achacar el mal a un destino fatal, ante el que el hombre nada puede hacer, acaban por tener que negar la libertad humana (y no parece serio decir que la libertad no existe). Y los que dicen que el hombre es efectivamente libre, pero que no tiene culpa de la existencia del mal en el mundo, ¿a quién cargan esa culpa? Solo les quedaría explicar la existencia del mal como una eterna lucha entre una divinidad del bien y otra del mal, pero es difícil defender ese viejo maniqueísmo, entre otras cosas, por la intrínseca contradicción que supone pensar que haya dos dioses. Si el mal no puede estar en Dios, ni en el primer instante de la creación, tuvo que surgir de nuestros primeros antecesores en la tierra.

    —¿Pero no es injusto que carguemos nosotros con la culpa de Adán?

    Comprendo que a primera vista puede parecer injusto, pero es que todos los hombres participamos de esa culpa. La Iglesia afirma que todo el género humano es en Adán como el cuerpo único de un único hombre, y que por esta unidad del género humano, todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la salvación de Cristo.

    Quizá nos gustaría que hubiera sido de otra manera, pero eso sería meterse a organizadores de la creación, querer hacer el papel de Dios. Algo parecido a los que se quejan de no haber sido hijos de unos padres más buenos o más ricos o más inteligentes. Aparte de que no todo el mundo puede tener unos padres así, el asunto es que nadie escoge ni su fecha ni su lugar de nacimiento, y nadie piensa que eso sea una injusticia: la vida es así.

    —Hay otras personas que no niegan a Dios, pero sí dicen que no pueden ni dirigirse a Él después de lo que pasó, por ejemplo, en Auschwitz…

    Es una queja que siempre impresiona, por supuesto. Pero podemos fijarnos en el testimonio personal y vivo de personas que lo entendieron más profundamente. Y si hablas de Auschwitz, podemos pensar, por ejemplo, en Maximiliano Kolbe. En medio de los horrores del campo de exterminio, Kolbe da testimonio de una esperanza confiada en Dios, y no solo dando la vida para que otro pueda seguir viviendo, sino también ofreciendo su testimonio para que quienes después fueron condenados a muerte pudieran morir mejor. Tales proezas no son solo testimonio de la grandeza de un hombre, sino también de la presencia de la fuerza de Dios, con cuya ayuda se puede superar cualquier pena o desgracia humana.

    Kolbe supera la mentalidad acusadora contra Dios y se alza en testimonio de valentía y de confianza. Y es Dios quien le libera de las angustiosas presiones de la existencia, del miedo a la muerte, de la sensación del absurdo, en definitiva, del pecado y de sus consecuencias. El dolor, la enfermedad, la injusticia…, son como un anuncio y preludio de la muerte. La interpretación que cada uno haga de todo eso es lo que confiere seriedad y espesor a la vida, lo que más influye en darle sentido.

    Alfonso Aguiló

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  4. El problema del mal rueda en torno a dos grandes temas: la libertad humana y la existencia de Dios. Porque Dios podría destruir el mal, pero no sin destruir nuestra libertad. Es más, sin Dios no habría criatura, no habría libertad, porque si esta no puede elevarse por encima de la antítesis del bien y del mal –decía el profesor Fabro– y luchar por consolidar el primero y disminuir el segundo, la vida humana queda abandonada –incluso después de Cristo y contando con la fe en Dios– al capricho de la fatalidad, y no permanecería ningún fundamento para distinguir el bien del mal. Sin esa base quedan las soluciones del pensamiento moderno que, actuando como si Dios no existiese, son desesperadas y ambiguas.

    El mal es una prueba de la libertad defectible del hombre. Es cierto que tampoco constituye una prueba de la existencia de Dios, pero es preciso admitir que el ateísmo se queda sin fundamento para la libertad y sin palabras para aliviar a fondo el dolor, porque no admite sino lo finito, niega al hombre la posibilidad de una justicia infinita final, rechaza la paternidad de Dios, la redención del Hijo y la santificación y sanación del Espíritu Santo.

    Parece indiscutible que si los cristianos fuéramos enteramente coherentes con nuestra fe, el mal del mundo disminuiría muy considerablemente. En cambio, es bien dudoso que el laicismo y el ateísmo pudieran lograr algo semejante. Sólo esta idea bastaría para decidirnos a obrar pensando en que existe un Dios providente. Sería mucho más provechoso que actuar “etsi Deus non daretur” (‘como si Dios no existiera’).

    Ningún tipo de ateísmo tiene nada con que afrontar la guerra de todos contra todos, es más, ha existido y aún existe, el ateísmo marxista que, oponiendo solamente la retórica del materialismo dialéctico y del materialismo histórico, no ha hecho sino sancionar el dominio del mal y hasta la legitimidad del odio y la venganza.

    Sólo Dios puede brindarnos su ayuda ante el mal. Los que dijeron que la religión era el opio del pueblo –y se continúa afirmando en otros modos– privaron a ese pueblo, no de un consuelo fácil, de tontos, sino del fundamento de su vida, de su libertad y de su buen hacer ciudadano. Piénsese sin prejuicios y se observará que un hombre sin Dios pierde el sentido de su vida, porque es difícil que viva esta realidad afirmada por Juan Pablo II: se es hombre cuando se tiene saber teórico y capacidad práctica para responder a estas tres preguntas: ¿por qué estoy aquí? ¿Por qué existo? ¿Qué debo hacer?

    El ateísmo marxista sólo ha engendrado esterilidad, recelo, sospecha, mala conciencia. Y, luego, en la reacción contraria –pensamiento débil, relativismo, etc.–, una libertad desorientada que, privada de su fundamento, se convierte en algo muy leve, incapaz del bien, aspirante únicamente a consumir, a tener en vez de aspirar a ser, a dominar, al goce inmediato que se desvanece.

    Camus, que imputó al cristianismo toda la reata de males padecidos por la humanidad, sólo llega a concluir que el hombre es un absurdo. Para el marxismo era un ser explotado, pero resultaba más optimista porque al menos pensaba en la posibilidad de un paraíso en la tierra, aunque haya resultado falso. También es cierto que Camus hace una llamada para disminuir los niños torturados e invita a los creyentes al diálogo.

    De todos modos, no es aceptable la interpretación hecha a la respuesta cristiana sobre el mal. Es cierto que ha habido, y hay, hombres de la Iglesia con lagunas y errores, pero su predicación sobre la paternidad de Dios y el amor al prójimo ha llevado a millones de almas a socorrer de mil maneras al que sufre. El don de sí mismo es un punto al que debe aspirar el creyente en Cristo. Camus observa una situación de desorientación general, de “contradicción esencial”. Tiene el mérito, quizá como el marxismo, de haberlo advertido, pero no nos saca del atolladero.

    El problema del mal –insiste Fabro– no admite una solución puramente filosófica. Sólo la fe cristiana es una solución positiva. Para los que aman a Dios, todo coopera al bien, escribió san Pablo. Ahí se llega por la fe, que pasa por la humildad de saberse incapaz de abarcar la grandeza infinita del amor de Dios. Nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios nos tiene, escribe san Juan. Aunque nunca logremos captarlo completamente, sabemos que siempre es justo y misericordioso, que existe otra vida, explicación de muchos sucesos que aquí no entendemos; que la existencia terrena, aun con sus durezas, está envuelta en la esperanza y el optimismo de los hijos de Dios; que el hombre no es una pasión inútil ni un ser para la muerte –como afirmó Sartre–, sino para la vida; que la libertad no es algo tan simple como gozar lo inmediato, sino que consiste en buscar la verdad y el bien que nos hacen verdaderos y buenos, tal como dijo Benedicto XVI en Colonia; “nos unimos al Creador por el ejercicio de nuestra libertad: podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como autor de todo lo que existe”, se lee en Amigos de Dios . Por cierto esa gloria consiste, como dijo san Ireneo, en el propio hombre que vive; es decir, la libertad nos engrandece al permitir que ese Dios se manifieste en nosotros para hacer crecer nuestra dignidad. Así, en palabras de san Josemaría, ahogaremos el mal en abundancia de bien.
    (Almudi)

    Copyright © Almudí 2014

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  5. Todavía no aparece en las historias de la teología del siglo XX. Pero no se puede negar el título de teólogo a uno de los autores que han hecho pensar sobre la fe a millones de personas en el siglo XX, incluidos notables filósofos, teólogos y los últimos Papas

    C.S. Lewis es una figura cristiana de rango universal. No se trata de ninguna exageración. Lo confirman las ventas todavía millonarias de sus libros, la amplitud creciente de la bibliografía, también académica, y su constante presencia en los testimonios publicados de cientos de conversos, especialmente en el mundo anglosajón. Contraste que resulta más llamativo si se compara con la caída en picado en los últimos 50 años de todas las estadísticas eclesiásticas en Occidente: de práctica religiosa, de número de vocaciones y, cómo no, de ventas de libros de teología.

    La fe que busca entender

    Se puede querer ver o no, pero estamos ante un fenómeno teológico. Si queremos seguir repitiendo honestamente la frase de san Anselmo fides quaerens intellectum, hay que poner a Lewis en un lugar privilegiado de la teología del siglo XX.

    Además, la frase de san Anselmo le afecta muy directamente, porque a él le preocupaba entender y hacer entender la fe, y hacerla significativa a los hombres y mujeres del siglo XX.

    Es frecuente que, en ámbitos académicos, se despeje esta literatura con la etiqueta de “apologética” o con la de “divulgación”, por contraste con otras publicaciones más eruditas, generalmente dedicadas a investigaciones históricas particulares. Pero se da la paradoja de que, en realidad, es más auténticamente teológica y responde mucho más exactamente a la expresión de san Anselmo. San Gregorio de Nisa es un gran teólogo del siglo IV, que merece ser estudiado. Pero para estudiar la Trinidad o la Encarnación en san Gregorio de Nisa en la práctica no hace falta tener fe. Basta resumir inteligentemente una cantidad ya notable de bibliografía secundaria, como hace competentemente la mayoría de los estudiosos. En cambio, para hacer plausible la doctrina de la Trinidad o de la Encarnación en pleno siglo XX y después de dos guerras mundiales, y en medio de un aluvión de filosofías, sí que hace falta fe. Y pensarla muy bien.

    Un teólogo laico

    C.S. Lewis era un académico y sabía que lo que escribía, aunque no tuviera formas académicas, y estaba expuesto al juicio nada benévolo de sus colegas. Se lo tomaba muy en serio. C.S. Lewis era una persona con una capacidad crítica muy grande, que no aceptaba fácilmente cualquier idea ni cualquier gusto. Al menos al principio, se sentía un tanto incómodo al entrar en terrenos donde podían concurrir especialistas con más autoridad y se disculpa con frecuencia. Tampoco revela sus fuentes, aunque sabemos de algunas, porque se esforzaba en documentarse.

    Pero la fuerza de su pensamiento no está en la acumulación exhaustiva de documentación en cada tema, sino en su empeño por plantearlo y resolverlo de la manera más inteligente e impactante posible. Hay una búsqueda crítica de eficacia.

    Aprender a traducir, aprender a pensar

    Divulgar es decir de manera simple lo que otros han dicho con más profundidad y extensión. Supone rebaja y pérdida. Pero eso no es lo que hace Lewis. Lo suyo es ganancia de pensamiento. Porque traduce a una manera de decir relevante y significativa las doctrinas que otros conservan por repetición, pero descoloridas, deshilachadas e incomprensibles, a medida que se han apartado de las fuentes donde nacieron. Fueron pensadas para iluminar, pero se han convertido en rutinarias construcciones de palabras que se repiten sin pensarlas a fondo.

    En unas charlas sobre Apologética cristiana (19445), recogidas en Lo eterno sin disimulo, dice: “Nuestra tarea consiste en exponer lo eterno (lo mismo ayer, hoy y mañana) en el lenguaje de nuestra época”; y también: “Tenemos que aprender y dominar el lenguaje de nuestra audiencia”. Señala gran cantidad de palabras cristianas cuyo sentido es incomprensible o está profundamente alterado y termina: “Como conclusión debo decir que tienen ustedes que traducir cada trozo de su teología a la lengua vulgar. […] Sirve asimismo de gran ayuda para su propio pensamiento. He llegado a la convicción de que si ustedes no pueden traducir sus ideas al lenguaje inculto es que son confusas. La capacidad de traducirlas es la prueba de que han entendido realmente el significado que uno mismo les da. Traducir un pasaje de alguna obra teológica al lenguaje vulgar debería ser un ejercicio obligatorio en el examen antes de ordenarse”.

    Cautivado por la alegría (1955)

    El itinerario de conversión de Lewis, narrado por él en Cautivado por la alegría (Suprised by Joy), ilustra dos grandes puntos, que podrían considerarse claves de la teología del siglo XX, aunque parecen deberse más a su intuición personal que a sus lecturas.

    La primera es el gran tema de la “alegría”, que atraviesa el libro de parte a parte. Unas tempranas experiencias de trascendencia, con un componente estético, despiertan en su espíritu la impresión de lo maravilloso, efímeramente presentido, y le dejan una nostalgia (Sehnsucht) que va a convertirse en el motor de una búsqueda de autenticidad y verdad. Mientras, por encima, un creciente racionalismo y escepticismo, unido a un ateísmo consolidado, le hacen experimentar el mundo como algo absurdo. Esta experiencia se puede analizar desde la perspectiva que ahora preside el Catecismo de la Iglesia Católica: toda persona lleva en el fondo de sí misma una llamada a Dios, porque estamos hechos para Él. La idea está explícita en las Confesiones de san Agustín (“nos hiciste, Señor para ti…”), pero en el siglo XX la teología toma una conciencia muy fuerte de que es la clave de la apologética cristiana (Blondel) y de la entera presentación del cristianismo, y el punto donde se encuentran lo natural y lo sobrenatural (De Lubac) y un gran tema de la antropología cristiana (Gaudium et spes).

    El otro descubrimiento fascinante para él, que tiene formación y sensibilidad literaria, es que el misterio de Cristo es el “mito verdadero”. Descubrimiento que debe a una conversación con sus colegas Tolkien y Dyson, y que desencadena su conversión. La figura de Jesucristo, perfectamente situada en la historia real, y sus hechos, también resultan ser formas simbólicas y expresivas que afectan a toda la realidad. La resurrección de Cristo es una primicia absoluta de toda resurrección y el símbolo más eminente de la eficacia cristiana que hace resucitar del pecado a una vida nueva. El tema del “mito verdadero” permite entrever la centralidad de la revelación cristiana, pero también los reflejos y aspiraciones que aparecen en otras religiones.

    La abolición del hombre (1943)

    Nació como réplica ante un “libro blanco”, un proyecto sobre la educación en el que todos los valores se reducían, en el fondo, a sentimientos subjetivos. El libro de Lewis se convirtió en una eficaz defensa del estatuto natural de las cosas y, en particular, de lo que llamamos “ley natural”, que viene ilustrado en este libro con la idea de “tao”.

    El libro manifiesta una cierta sensibilidad fenomenológica al relacionar la captación de los valores con las actitudes que no son fingidas o improvisadas, sino “respuestas adecuadas”, muy en la línea de von Hildebrand. Así sucede con la admiración ante la belleza, o la obligación ante el bien debido o el arrepentimiento ante el mal hecho. No son sentimientos arbitrariamente creados por el sujeto, sino la respuesta adecuada a lo captado. Pero, como de costumbre, Lewis apenas revela fuentes.

    Para mi gusto, este libro tiene la virtud de mostrar con gran eficacia lo que enormes libros dedicados a la idea de ley natural no han conseguido ni antes ni después. Porque, en el fondo, hay algo de paradójico en que para fundamentar la existencia de algo tan próximo a la conciencia y una experiencia tan universal como se supone que es la ley natural haya que escribir libros tan difíciles y gruesos. Lewis lo consigue mejor con mucho menos aparato.

    El problema del dolor (1940)

    Es, en realidad, el libro que le dio a conocer como apologista cristiano, nada más terminar la segunda guerra mundial. Procedente de charlas radiofónicas, es una teodicea en toda regla, en un momento trágico, con toda la resaca de los dolores y las desgracias encima. Momento inoportuno para hacer florituras intelectuales, pero muy oportuno para entrar a fondo. Pero hace falta mucho valor e ideas muy claras para entrarle en un contexto tan duro.

    Lewis entra honradamente a todo, al estatuto del dolor físico y moral, a su relación con el pecado y con Dios. El tema conocerá un giro personal con motivo de la muerte de su esposa Joy, narrado desde dentro y como en primera fila, en Una pena en observación. Lo menos que se puede decir de estos dos libros es que se han convertido clásicos sobre la cuestión.

    Mero cristianismo (1952)

    El libro procede también de diversos ciclos de charlas radiofónicas. Y, en parte, al final es una expansión del anterior en el que se piensa la doctrina de Dios, de la redención del pecado (en el dolor) y de la moral cristiana. Un aspecto particular y tradicional de la apologética cristiana, Los milagros, merecerá un inteligente libro aparte. Lewis prestó una atención muy especial a la mostrar la realidad del pecado y de la redención, porque se dio cuenta de que están muy fuera de lo que la gente es capaz de entender y aceptar. Es una de sus claves teológicas.

    En una charla sobre Dios en el banquillo que da título a una recopilación de artículos, dice: “El cristianismo prometía curar a aquellos que sabían que estaban enfermos. […] El hombre antiguo se acercaba a Dios (o a los dioses) como la persona acusada se aproxima al juez. Para el hombre moderno se han invertido los papeles. Él es el juez y Dios está en el banquillo. El hombre moderno es un juez extraordinariamente benévolo: está dispuesto a escuchar a Dios […] incluso en la absolución de Dios. Pero lo importante es que el hombre está en el tribunal y Dios en el banquillo”.

    Estos libros encuentran un complemento maravilloso en las Cartas del diablo a su sobrino, obra genial en el que aparecen todas las tretas del enemigo en las luchas de la vida cristiana y también de la conversión.

    Alegorías

    En paralelo, hay que poner el conjunto de obras alegóricas que son, en sí mismas, también formas de pensar los grandes temas cristianos (Dios, pecado y redención) cambiando los contextos. De distintas maneras funcionan así la Trilogía de Ransom, el ciclo de Crónicas de Narnia, inmensamente famosas y llevadas al cine, y el Gran divorcio. También El regreso del peregrino, hecho sobre la famosa obra protestante de Bunyan (El progreso del peregrino), donde, en el fondo, revisa su itinerario de conversión.

    Y más

    Y no hemos comentado un libro tan genial como Los cuatro amores, que sitúa y distingue perfectamente la caridad entre el conjunto de los amores humanos (camaradería, amistad, amor conyugal). Y muchos más “escritos menores”, como las Cartas a Malcolm, con muchas indicaciones sobre la oración; y sus comentarios a los salmos. Aparte de su correspondencia enorme, interesantísima y, en su conjunto, bastante bien conservada, con grandes amigos e interlocutores cristianos (Mcdonald, Allan Griffihts, sor Penélope, San Juan Calabria).

    Entre los muchos libros interesantes que han surgido en los últimos años, Joseph Pearce ha publicado C. S. Lewis y la Iglesia católica. En él muestra cómo evolucionó Lewis hacia las posiciones más catolizantes de la Iglesia anglicana, que incluían la fe en los sacramentos (incluida la confesión personal) y la doctrina del purgatorio como purificación deseada por el alma (en la misma línea que lo había expuesto Newman). Pero mantuvo hasta el final un vestigio protestante que no quiso o pudo resolver y que se manifestó en su silencio sobre la Virgen María, la infalibilidad pontificia y sobre la bondad de la Reforma.

    Juan Luis Lorda

    Fuente: Revista Palabra.

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