Qué hacer con las rabietas emocionales?

6 comentarios sobre “Qué hacer con las rabietas emocionales?

  1. Acabar con las rabietas en cuatro pasos

    El niño se tira al suelo, berrea, grita, no escucha, no razona… Las rabietas suelen ser comunes a los dos años (casi ningún niño de esta edad se libra de ellas), pero pueden alargarse unos años más.
    En el súper, a la hora de irse del parque, o peor aún, en un avión… parece que los niños tuvieran un olfato especial a la hora de elegir el momento más inoportuno para montar el show. Y si la rabieta es con público, mejor.
    Los niños nos ponen a prueba constantemente y nosotros nos desesperamos, pero hay que tener en cuenta que no lo hacen con intención de fastidiarnos. Simplemente, todavía no saben expresarse de otra manera.

    De momento, el niño no tiene el lenguaje tan desarrollado como para expresar lo que quiere y tampoco sabe todavía cómo manejar el enfado o la frustración que está sintiendo de forma tan intensa. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Esperar hasta los 4 años? Se preguntan muchos padres. Lo cierto es que es a partir de esa edad cuando las rabietas empiezan a formar parte del pasado, pero en el día a día, hay muchas cosas que se pueden hacer para, entre todos, acabar con las dichosas pataletas.

    1- Prevenir
    Anticiparse a la situación es garantía de éxito. Los padres saben perfectamente cuáles son las situaciones que pueden desencadenar una rabieta. ¿Por qué tentar la suerte? No pasa nada por dar un rodeo para no pasar por delante de la tienda de chuches delante de la cual nuestro pequeño angelito disfruta imitando a la niña del exorcista todas las tardes. Y si nos encontramos con amigos en la calle, no podemos pedirle a un niño de dos años que aguante media hora de conversación.
    También hay que tener en cuenta que cuando los niños están cansados, hambrientos o incluso cuando están a punto de ponerse malitos están más irritables y son más propensos a las pataletas.

    2- Despistar
    A María se le ponen las orejas rojas, Jesús aprieta fuerte los puños, Sandra lloriquea y se mueve inquieta en su silla… Son los signos de alarma que avisan de que el pequeño está a punto de perder el control. En estas situaciones hay que echar mano del improvisador que cada padre lleva dentro para desviar la atención del niño. “¡Mira, vamos a contar cuántos coches rojos pasan!”, le dice Sonia a su hija cuando la niña empieza a agobiarse en el autobús.
    Otra opción es anticipar las consecuencias, por ejemplo “como te estás portando tan bien, al terminar te subo en el caballito”. Pero ¡ojo!, tratándose de niños tan pequeños la recompensa tiene que ser pronto y no es conveniente hacerlo siempre, ya que así entendería que solo tiene que portarse bien a cambio de premios.

    3- Ignorar
    Y llegamos al quid de la cuestión. Hemos seguido a rajatabla los pasos 1 y 2 y, aún así, nos encontramos con una hermosa rabieta entre manos. Al igual que pasa con los adultos, con un niño en pleno ataque de ira no se puede razonar. Lo mejor que podemos hacer es ignorar su comportamiento, no prestarle ninguna atención. ¿Y eso por qué? Pues porque la pataleta es un comportamiento negativo y nuestra atención un premio, por lo tanto no tiene sentido premiarle con atención, aunque sea para regañarle, si lo que queremos es que deje de comportarse así.
    •En casa es muy fácil. Basta con cambiarnos de habitación y seguir a lo nuestro. Seguramente ni tendremos que molestarnos en vigilarlo, ya que es muy probable que nos siga por toda la casa (ya hemos dicho que una rabieta sin público es como un jardín sin flores).
    •En la calle, es otro cantar. Si estamos en una zona sin peligro basta con alejarnos unos metros, no mirarlo o hacer como que hablamos por teléfono. Si se puede hacer daño o intenta golpearnos a nosotros podemos sujetarlo con firmeza.
    •En un restaurante, lo más probable es que tengamos que sacarlo fuera un ratito hasta que se calme y, seguramente, en alguna ocasión habrá que ceder y que se salga con la suya. Esta debe ser la excepción y no la norma, ya que si los niños aprenden que llorando y pataleando al final obtienen lo que quieren, estamos perdidos.

    4- Pasar página
    Y una vez que haya pasado el chaparrón… a otra cosa. Aunque estemos todavía con el ‘mosqueo’ del mal rato que nos ha hecho pasar, en el momento en el que deje la rabieta le acogemos y damos por zanjado el tema sin hacer comentarios sobre lo que ha ocurrido.
    Ya hemos hablado de qué hacer para reducir su mal comportamiento, pero los padres muchas veces olvidamos premiarles cuando lo hacen bien, con lo cual, los niños sacan la conclusión de que solo les prestan atención cuando se portan mal. En el día hay un montón de oportunidades para decirles lo bien que hacen las cosas: “¡Qué bien está comiendo hoy mi niño!”, “¡me encanta cuando juegas con tu primo sin pelearte!”, “¡cómo me gusta qué me ayudes a regar las plantas!”.
    Del mismo modo, dedicarle todos los días un ratito de atención en exclusiva, compartiendo un juego del que él sea protagonista, es la mejor inversión anti-rabietas que podemos hacer.

    Alguna cosa más sobre las rabietas
    •Dependen del temperamento del niño. Los que de bebés lloraban mucho y eran difíciles de calmar, pueden tener más rabietas entre los 2 y los 4 años.
    •La actitud de los padres debe ser tranquila y firme. Si durante la rabieta, los niños ven que ‘flaqueamos’, esta durará más.
    •Si nunca hemos ignorado su comportamiento durante las pataletas, es posible que estas aumenten en intensidad y frecuencia tras empezar a hacerlo, pero seguramente remitirá a los pocos días.
    •Aunque las pataletas parecen eternas, el desgaste físico y emocional de los peques es tan grande que no suelen durar más de media hora y se reducen a 5 o 10 minutos si mantenemos siempre la misma actitud.
    •Es importante que todas las personas que cuidan al peque sigan las mismas normas, que deben ser pocas y muy claras.

    Asesor: Jesús Jarque García. Orientador psicopedagógico en infantil y primaria.

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  2. Lo primero que tenemos que hacer para manejar las rabietas es entenderlas. Esto no siempre es tan fácil como suena, ya que las rabietas y las crisis emocionales son generadas por muchas cosas diferentes: miedo, frustración, ira, sobrecarga sensorial, para nombrar algunas. Y como una rabieta no es una forma muy clara de comunicarse (a pesar de que puede ser una forma poderosa de obtener atención), los padres suelen estar a oscuras respecto a lo que impulsa esta conducta.

    Es de utilidad pensar en una rabieta como una reacción a una situación que un niño no puede manejar de forma más madura —digamos, hablando acerca de cómo se siente, o dando argumentos a favor de lo que quiere, o simplemente haciendo lo que se le ha pedido hacer. En cambio, la emoción le abruma. Y si dar rienda suelta a sus sentimientos de forma dramática —llorando, gritando, pateando el piso, dando puñetazos a la pared, o golpeando a un padre— le sirve para obtener lo que quiere (o lo saca de lo que está tratando de evitar), es una conducta en la que puede llegar
    a confiar.

    Eso no significa que las pataletas sean premeditadas adrede o incluso voluntarias. Pero sí significa que son una respuesta aprendida. Así que la meta con un niño que sea propenso a las rabietas es ayudarle a desaprender esta respuesta y a aprender, en cambio, otras formas más maduras de manejar una situación problemática, como ceder o cumplir con las expectativas de los padres a cambio de alguna recompensa positiva.

    “Es realmente importante anticipar esos desencadenantes, y modificarlos, de manera que sea más fácil para el niño involucrarse en esa actividad”, dice el Dr. Lopes. “Por ejemplo, si la tarea es realmente difícil para una niña, debido a que tiene problemas subyacentes de atención, organización o aprendizaje, ella podría tener estallidos justo antes del momento en que se supone que debe comenzar su tarea. Así que le decimos a los padres, ‘¿Cómo podemos hacer que las tareas sean más gratas para ella?’ Podemos darle recesos frecuentes, darle apoyo en áreas con las que tiene especial dificultad, organizar su trabajo y dividir las tareas intimidantes en bloques más pequeños”.

    Otra meta es considerar si las expectativas para la conducta del niño son apropiadas para su desarrollo, observa el Dr. Dickstein, para su edad y para su nivel particular de madurez. “¿Podemos modificar el ambiente para hacer que concuerde mejor con las habilidades del niño, y fomentar el desarrollo hacia la madurez?”

    Es importante que los padres entiendan dos cosas: primero que nada, evitar una rabieta antes de que comience no significa “ceder” a las exigencias de un niño. Significa separar la respuesta indeseada de la rabieta de otros problemas, tales como el cumplimiento con las demandas de los padres. Y segundo, al reducir la probabilidad de una repuesta de rabieta, usted también está eliminando la oportunidad de que haya refuerzo de esa respuesta. Cuando los niños no tienen rabietas, ellos aprender a lidiar con necesidades, deseos, y contratiempos de forma más madura, y ese aprendizaje en sí refuerza las respuestas adecuadas. Una cantidad menor de rabietas ahora significa… menos rabietas más adelante.

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  3. Cómo responder a las rabietas

    Cuando ocurren las rabietas, la respuesta del padre o cuidador afecta la probabilidad de que la conducta suceda otra vez. Hay muchos protocolos específicos para ayudar a los padres a responder de forma coherente, de formas que reducirán al mínimo la conducta de rabietas posteriormente. Ellas varían , hasta programas de capacitación de padres paso a paso como la Terapia de interacción entre padres e hijos y la Capacitación para el manejo parental. Ellas tienen en común el punto inicial de que los padres resistan la tentación de terminar la rabieta dándole al niño lo que quiere cuando tiene una rabieta. Para los estallidos que no son peligrosos, la meta es ignorar el comportamiento, retirar toda la atención de los padres, ya que se ha encontrado que, incluso la atención negativa como las reprimendas o tratar de persuadir al niño de que se detenga, refuerzan positivamente la conducta.

    Se retira la atención de la conducta que usted quiere desalentar y, en cambio, se da generosamente a las conductas que quiere alentar: cuando un niño hace un esfuerzo para calmarse o que, en vez de tener una rabieta, él obedece o propone un acuerdo mutuo. “Al reforzar positivamente la obediencia y las respuestas adecuadas a la frustración”, dice el Dr. Lopes, “usted está enseñando habilidades y —como no se puede cumplir una orden y tener una rabieta al mismo tiempo— disminuyendo simultáneamente la conducta de rabieta no obediente y agresiva”.

    Una cosa que no quiere hacer es tratar de razonar con un niño que está angustiado. Como lo pone el Dr. Dickstein, “No hable con el niño cuando él no está disponible”. Usted quiere animar al niño a practicar cómo negociar cuando él no estalla de la furia ni usted tampoco. Es posible que sea necesario que enseñe técnicas para solucionar problemas, dividirlos paso a paso para niños que son inmaduros o tienen deficiencias en este tipo de pensamiento y comunicación.

    Cómo modelar la conducta calmada

    Y es necesario que usted modele el tipo de negociación que usted quiere que su hijo aprenda. “Los padres también deberían tener time-outs”, observa el Dr. Dickstein. “Cuando usted se pone realmente muy bravo, es necesario que se salga de la situación. No puede solucionar el problema cuando está angustiado —su coeficiente intelectual (CI) cae en alrededor del 30 por ciento cuando está enojado”.

    Es importante estar calmado y claro acerca de las expectativas de conducta porque le ayuda a comunicarse con mayor efectividad con el niño. “Así que no es, ‘Es necesario que te comportes hoy’”, dice el Dr. Lopes. “Es, ‘Es necesario que estés sentado durante la hora de comida, con las manos quietas, y únicamente diciendo palabras positivas’. Esas son cosas muy observables y concretas, el niño sabe lo que se espera, y que el padre puede reforzar con elogios y recompensas”.

    Tanto usted como su hijo necesitan construir lo que el Dr. Dickstein llama un conjunto de herramientas para auto-tranquilizarse, cosas que pueden hacer para calmarse, como respirar lentamente, para relajarse, porque no pueden estar calmados y enojados al mismo tiempo. Hay muchas técnicas, añade, pero “Lo agradable acerca de la respiración es que siempre está a su disposición”.

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  4. ¿Qué son las rabietas?

    Son un modo de expresión emocional de los niños. Ignorarlas es ignorar sus emociones.

    Los niños sienten emociones de un modo intenso y puro, por lo que su expresión emocional también es pura e intensa (lo cual no significa que exageren o hagan teatro como atribuyen muchos adultos). Son emociones del aquí y ahora (no por llorar y al rato reír nos toman el pelo, realmente sienten ambas cosas en momentos diferentes), emociones verdaderas que aun no están mediadas por el cerebro superior cortical y racional. No existe la barrera de razonamiento que proporciona ese área cerebral.

    Por el mismo motivo tampoco existe esa barrera cortical para frenar el impacto emocional y lo que sufrimos en esta etapa de nuestra vida nos marca para lo que queda de la misma. Es de vital importancia cómo tratamos a nuestros hijos en otros temas y por supuesto en este de las rabietas. Lo que hagamos va a condicionar el resto de su vida.

    Una rabieta es un modo de comunicar. Si es ignorada esa comunicación ha fracasado. Si es ignorada y el niño al final se “calma” no se ha conseguido nada bueno, lo que se ha conseguido es que el niño llegue a una fase de resignación que trae de la mano consecuencias muy peligrosas como la ansiedad o la depresión (indefensión aprendida).

    Los niños no buscan manipular, ni quedar por encima de nadie. Eso son atribuciones adultas que además dicen mucho sobre nuestras propias vivencias infantiles.

    Al reprimir o ignorar una rabieta estamos transmitiendo un mensaje al niño: no expreses tus emociones, no nos gusta. Incluso el niño puede temer un abandono por parte de los padres. De este modo el niño aprende a no expresar lo que siente y a ser un niño “bueno”, lo cual por desgracia es aprobado socialmente, pero qué lejos está de la realidad, que es ni más ni menos que una base de emociones reprimidas que son una bomba de relojería camufladas bajo una máscara de amabilidad, la creación de una coraza psicológica y corporal en la que se crean tensiones musculares crónicas correspondientes a la zona del cuerpo en apogeo del desarrollo en ese momento evolutivo. Esto nos acompaña toda la vida, condicionando nuestra existencia en cuanto a nuestras acciones (conscientes e inconscientes), nuestra percepción, incluso la vida de nuestros hijos.

    El niño que no tiene rabietas…mal vamos…

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  5. MINUTO DE FE Y ESPERANZA

    No hay lugar en tu vida para perder nunca la esperanza, porque siempre Dios te acompaña y te bendice.

    Si abres tu corazón al Señor cada día estarás disfrutando de todas esas bendiciones que Él quiere regalarte.

    Deja que hoy Dios sea ese Sol que traiga la luz a tu vida, calor a tu alma, y color a todos tus días.

    Te quiero invitar a decidir ser optimista, tener esperanza, amar, estar alegre y creer que podrás salir adelante.

    Quizás no puedas cambiar las circunstancias, pero sí puedes cambiar tu manera de enfrentarlas, con fe y esperanza.

    “Tenemos plena confianza de que Dios nos escucha si le pedimos algo conforme a su voluntad”. (1 Juan 5,14) Amén

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  6. Buenos días.

    El 16 de abril de 1927 nacía en Baviera Joseph Aloisius Ratzinger, que se convertiría casi 80 años después en el 265º Papa de la Iglesia con el nombre de Benedicto XVI.

    El 28 de febrero de 2013 se hizo efectiva su renuncia a la sede de Pedro y vive desde entonces en un pequeño monasterio en los jardines vaticanos, bajo la advocación de “Mater Ecclesiae”.

    Hoy celebrará su cumpleaños junto a su hermano Georg, varios años mayor que él, y algunos amigos, entre los que no podrá faltar su siempre fiel secretario Georg Gaenswein.

    El cumpleaños de Benedicto es otra ocasión para reflexionar sobre una figura a la que parece que nos hemos acostumbrado pero que es nueva en 2.000 años de historia de la Iglesia: El Papado Emérito.

    No hay precedentes: En los dos casos de abdicaciones papales, cuando se produjo el sorprendente anuncio, ambos pontífices, tras su renuncia, volvieron a su situación previa, de monje y cardenal, respectivamente.

    No ha sido así con Ratzinger, que tantas prerrogativas papales retiene, desde el propio nombre -Benedicto, en lugar de Joseph- hasta el tratamiento de Su Santidad, el hábito blanco pontificio o la ‘hospitalidad’ vaticana.

    Surgen dos preguntas:
    •¿No exigiría un misterio tan evidente una mayor atención, pronunciamientos magisteriales, explicaciones por parte de voces autorizadas de la teología, la eclesiología o el derecho canónico?
    •¿Cómo hemos podido aceptar con tanta naturalidad algo que no solo no había ocurrido nunca en dos mil años de Iglesia, sino que ni siquiera se ha tratado de aclarar satisfactoriamente?

    Cinco años después de su renuncia, Benedicto cumple hoy 91 años y, gracias a Dios, sigue en pie y tan lúcido como siempre. ¡Recemos por él!

    Un abrazo

    Gabriel Ariza Rossy

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