El precio del pan

Sube a lo alto y mira a la Humanidad: contempla a tantos millones de hombres y mujeres hambrientos de Dios, muchos de ellos sin saberlo, mendigando afecto a las criaturas y suspirando por algo que dé sentido a sus vidas. Mira ese panorama, y pregúntale a Jesús, como le preguntó Felipe: ¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?

Conocemos la respuesta: con la sangre del Cordero. No olvides, cada vez que comulgues, que ese Pan que comes ha costado toda la sangre de Cristo. Y que, para que puedas comerlo, el sacerdote que lo consagra ha tenido, también, que entregar su vida por completo, unido al Sumo y Eterno Sacerdote de la nueva Alianza. Parece pequeña, la sagrada Hostia. Pero la partícula más insignificante de esa Hostia ha costado mucho más de lo que puedas imaginar.

Por eso, comulga con gratitud. Sé consciente del precio de ese Pan. Y llora por todos aquellos que lo desprecian y rehúsan comerlo, condenándose a sí mismos a morir de hambre, cuando su Redentor ha entregado por ellos su vida.

Comulga a diario. Si generoso ha sido Jesús para comprarte el Pan, sé tu, ahora, generoso al devorarlo. Haz honor a esa sangre.

4 comentarios sobre “El precio del pan

  1. Juan Pablo II, Encíclica Ecclesiae de Eucaristía (17.4.2003)

    La comunión invisible, aun siendo por naturaleza un crecimiento, supone la vida de gracia, por medio de la cual se nos hace «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4), así como la práctica de las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad. En efecto, sólo de este modo se obtiene verdadera comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No basta la fe, sino que es preciso perseverar en la gracia santificante y en la caridad, permaneciendo en el seno de la Iglesia con el «cuerpo» y con el «corazón»; es decir, hace falta, por decirlo con palabras de san Pablo, «la fe que actúa por la caridad» (Ga 5, 6).

    La integridad de los vínculos invisibles es un deber moral bien preciso del cristiano que quiera participar plenamente en la Eucaristía comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. El mismo Apóstol llama la atención sobre este deber con la advertencia: «Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa» (1 Co 11, 28). San Juan Crisóstomo, con la fuerza de su elocuencia, exhortaba a los fieles: «También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo».

    Precisamente en este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica establece: «Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar». Deseo, por tanto, reiterar que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, «debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal».

    La Eucaristía y la Penitencia son dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí. La Eucaristía, al hacer presente el Sacrificio redentor de la Cruz, perpetuándolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la exhortación que san Pablo dirigía a los cristianos de Corinto: «En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Co 5, 20). Así pues, si el cristiano tiene conciencia de un pecado grave está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento de la Reconciliación para acercarse a la plena participación en el Sacrificio eucarístico.

  2. En el Evangelio de San Juan, Jesús hace una reflexión muy profunda acerca de este tema. Jesús proclama que «El es el verdadero Pan que ha bajado del cielo» (Jn. 6, 33-35), y el Señor nos da dos razones para explicarnos por qué El es el Pan de vida:

    – Primero: Jesús es «el Pan de vida», por su Palabra que abre la vida eterna a los que creen (Jn. 6, 26-51). Es decir, Jesús es «el Pan de la Palabra» que hay que creer.

    – Segundo: Jesús es «Pan de Vida» por su carne y su sangre que se nos dan como verdadera comida y bebida (Jn. 6, 51-58). Con estas últimas palabras, Jesús anuncia la Eucaristía que El va a instituir durante la Ultima Cena: «Tomad y comed, esto es mi Cuerpo» (Lc. 22,19). «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él» (Jn. 6, 55-56).

    Está claro entonces que no debemos quedarnos solamente con «el Pan de la Palabra». Jesús nos invita también a «comer realmente su Cuerpo» como «el Pan Eucarístico».

  3. La Eucaristía es un pan que alimenta la fe. Un Pan que baja del cielo para dar la vida al mundo (cfr. Jn 6, 32s). Y por medio de la Eucaristía, el cuerpo (místico) de Cristo, “ampliado” durante la historia a la medida del mundo, es ese uno y mismo pan de que habla Pablo. Un pan, dirá San Agustín, “amasado” en el Bautismo y cocido en la Confirmación por el Espíritu Santo.

    Según Santo Tomás de Aquino, Cristo quiso compararse con el “pan vivo” porque fue amasado en la encarnación, “cocido al fuego” en el seno de María, y quemado por los sufrimientos que padeció sobre todo en la Cruz. San Josemaría Escrivá evocaba la predicación de Jesús sobre la levadura que hace fermentar la masa del pan, para concluir que, a partir de la Eucaristía, los cristianos hemos de trabajar en las entrañas de la tierra, transformarla desde dentro, hacerla fecunda con la vida de Cristo.

    Benedicto XVI pone el ejemplo de la fisión nuclear, íntimo mecanismo de una explosión atómica, para explicar que, por la Eucaristía, Cristo va trasformando el mundo hasta que Dios sea todo en todos (cfr. 1 Co 15, 28). Esto lo hace cambiando primero los corazones: “Los hombres son invitados y llevados a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con Cristo” .

  4. Necesariamente el encuentro con Cristo Eucaristía es una experiencia personal e íntima, y que supone el encuentro pleno de dos que se aman. Es por tanto imposible generalizar acerca de ellos. Porque sólo Dios conoce los corazones de los hombres. Sin embargo sí debemos traslucir en nuestra vida, la trascendencia del encuentro íntimo con el Amor. Resulta lógico pensar que quien recibe esta Gracia, está en mayor capacidad de amar y de servir al hermano y que además alimentado con el Pan de Vida debe estar más fortalecido para enfrentar las pruebas, para encarar el sufrimiento, para contagiar su fe y su esperanza. En fin para llevar a feliz término la misión, la vocación, que el Señor le otorgue.

    Si apreciáramos de veras la Presencia real de Cristo en el sagrario, nunca lo encontraríamos solo, únicamente acompañado de la lámpara Eucarística encendida, el Señor hoy nos dice a todos y a cada uno, lo mismo que les dijo a los Apóstoles “Con ansias he deseado comer esta Pascua con vosotros ” Lc.22,15. El Señor nos espera con ansias para dársenos como alimento; ¿somos conscientes de ello, de que el Señor nos espera el Sagrario, con la mesa celestial servida.? Y nosotros ¿ por qué lo dejamos esperando.? O es que acaso, ¿ cuando viene alguien de visita a nuestra casa, lo dejamos sólo en la sala y nos vamos a ocupar de nuestras cosas.?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s