Los niños vienen del Calvario

NicodemoJamás entenderemos las palabras que Jesús dirigió a Nicodemo acerca del nuevo nacimiento, si no prestamos atención al «apellido» de ese nuevo nacimiento: Así es todo el que ha nacido del Espíritu. La nueva vida, por tanto, no procede de la carne. Tampoco los niños vienen de París.

En otro momento, Jesús dijo: El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada (Jn 6, 63).

El nuevo nacimiento sucede cuando la carne del cristiano se une al cuerpo crucificado del Redentor y se lleva a la Cruz. No hay mística sin ascética, como tampoco hay gracia sin penitencia, ni Pascua sin Cuaresma.

Es allí, en la Cruz, donde tienen lugar una muerte y un nuevo nacimiento. Los niños nuevos no vienen de París, sino del Calvario. Muertos con Cristo por la penitencia, nacen de la llaga de su costado, icono de la Divina Misericordia del que manan los siete sacramentos. Y, renacidos por el baño bautismal, son «dados a Luz», a una luz eterna y poderosa que es resplandor del cielo en el alma de recién nacido.

No sólo somos hombres nuevos. Sobre todo, somos niños. Y el Espíritu balbucea en nosotros con un divino vagido: ¡Aleluya!

5 comentarios sobre “Los niños vienen del Calvario

  1. La respuesta que da la Biblia

    Esta expresión se refiere al nuevo vínculo que se establece entre Dios y la persona que vuelve a nacer (Juan 3:3, 7). Dios adopta a los que nacen de nuevo como a sus hijos (Romanos 8:15, 16; Gálatas 4:5; 1 Juan 3:1). Su situación es parecida a la de quienes han sido legalmente adoptados, pues cambian de estado y llegan a formar parte de la familia de Dios (2 Corintios 6:18).

    ¿Por qué es necesario que una persona nazca de nuevo?

    Jesús dijo: “A menos que uno nazca de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Así que “nacer de nuevo” prepara a una persona para ser rey con Cristo en el Reino de Dios, que gobierna desde el cielo. Por eso, la Biblia presenta el “nuevo nacimiento” como la oportunidad de recibir una herencia que “está reservada en los cielos” (1 Pedro 1:3, 4). A los que nacen de nuevo, Dios les asegura que serán reyes y gobernarán con Jesús (2 Timoteo 2:12; 2 Corintios 1:21, 22).

    ¿Cómo se nace de nuevo?

    Cuando Jesús habló del tema, dijo que estas personas nacerían “del agua y del espíritu” (Juan 3:5). Esta expresión se refiere al bautismo en agua, seguido del bautismo con espíritu santo (Hechos 1:5; 2:1-4).

    Jesús fue la primera persona que nació de nuevo. Fue bautizado en el río Jordán, y después Dios lo ungió o bautizó con espíritu santo. Entonces, Jesús volvió a nacer como su hijo espiritual, con la esperanza de vivir otra vez en el cielo (Marcos 1:9-11). Dios hizo realidad esa esperanza cuando lo resucitó como ser espiritual (Hechos 13:33).

    Otras personas que nacen de nuevo también son bautizadas en agua antes de recibir el espíritu santo (Hechos 2:38, 41). * Al recibirlo, tienen la firme esperanza de que vivirán en el cielo cuando Dios los resucite (1 Corintios 15:42-49).

    Conceptos erróneos sobre la idea de nacer de nuevo
    Lo que algunos creen: Una persona tiene que nacer de nuevo para obtener la salvación o para ser cristiano.

    La verdad: El sacrificio de Cristo hace posible la salvación no solo para los que nacen de nuevo y reinarán con él en el cielo, sino también para los que vivirán en la Tierra bajo el Reino de Dios (1 Juan 2:1, 2; Revelación [Apocalipsis] 5:9, 10). Ese segundo grupo de cristianos tiene la oportunidad de vivir para siempre en la Tierra hecha un paraíso (Salmo 37:29; Mateo 6:9, 10; Revelación 21:1-5).

    Lo que algunos creen: Cada persona puede decidir si nacerá de nuevo.

    La verdad: Todos tenemos la oportunidad de ser amigos de Dios y obtener la salvación (1 Timoteo 2:3, 4; Santiago 4:8). Sin embargo, es Dios quien escoge a los que nacerán de nuevo, o serán ungidos con Espíritu Santo. Según la Biblia, nacer otra vez “no depende del que desea ni del que corre [es decir, del que se esfuerza], sino de Dios” (Romanos 9:16). La expresión “nacer de nuevo” también se puede traducir por “ser engendrado desde arriba”, lo que confirma que es Dios quien los selecciona (Juan 3:3, nota).

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  2. Pregunta: “¿Qué significa ser un Cristiano nacido de nuevo?”

    Respuesta: ¿Qué significa ser un cristiano nacido de nuevo? El pasaje clásico de la Biblia que responde a esta pregunta es el de Juan 3:1-21. El Señor Jesucristo está hablando con Nicodemo, un fariseo prominente, y miembro del Sanedrín (un principal entre los judíos). Había venido a Jesús de noche para hacerle algunas preguntas.

    Mientras Jesús hablaba con Nicodemo, El dijo “…De cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” Nicodemo le dijo, “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?” Jesús contestó, “De cierto te digo, que el que no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo…” (Juan 3:3-7).

    La frase “nacido de nuevo” literalmente significa “nacido desde arriba.” Nicodemo tenía una necesidad verdadera. Él necesitaba un cambio de corazón – una transformación espiritual. El nuevo nacimiento, el nacer de nuevo, es un acto de Dios por el cual la vida eterna es impartida a la persona que cree (2 Corintios 5:17; Tito 3:5; 1 Pedro 1:3; 1 Juan 2:29; 3:9; 4:7; 2:1-4, 18). Juan 1:12,13 indican que “el nacer de nuevo” también transmite la idea de “volverse hijo de Dios” al confiar en el nombre de Jesucristo.

    La pregunta viene de manera lógica, “¿Por qué una persona necesita nacer de nuevo?” El Apóstol Pablo en Efesios 2:1 dice, “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados…” A los Romanos en Romanos 3:23, el Apóstol escribió, “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” De manera que, una persona necesita nacer de nuevo a fin de que sus pecados sean perdonados y para poder tener una relación con Dios.

    ¿Cómo ocurre eso? Efesios 2:8,9 formulan, “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” Cuando uno es “salvo”, él (o ella) ha nacido de nuevo, ha sido renovado espiritualmente, y ahora es hijo de Dios por el derecho de este nuevo nacimiento. Confiar en Jesucristo, en Aquel quien pagó la penalidad del pecado al morir Él en la cruz, es lo que significa “nacer de nuevo” espiritualmente. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es…” (2 Corintios 5:17 a).

    Si nunca has confiado en el Señor Jesucristo como su Salvador, ¿tu das lugar al Espíritu Santo mientras El le habla a tu corazón? Necesitamos nacer de nuevo. ¿Harías tu la oración de arrepentimiento para así volverse hoy una nueva creación en Cristo? “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:12-13)

    Si tu deseas aceptar a Jesucristo como tu Salvador y nacer de nuevo, aquí está una oración modelo. Recuerda, hacer esta oración o cualquier otra, no va a salvarte. Es solamente el confiar en Jesucristo lo que te puede librar del pecado. Esta oración es simplemente una manera de expresar a Dios su fe en Él, y agradecerle por proveerle su salvación. “Dios, sé que he pecado contra ti y merezco castigo. Pero Jesucristo tomó el castigo que yo merecía, de manera que a través de la fe en El yo pueda ser perdonado. Me aparto de mi pecado y pongo mi confianza en Ti para la salvación. ¡Gracias por Tu maravillosa gracia y perdón – el don de la vida eterna! En nombre de Jesús, ¡Amén!”

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  3. Jamás entenderemos las palabras que Jesús dirigió a Nicodemo acerca del nuevo nacimiento, si no
    prestamos atención al «apellido» de ese nuevo nacimiento: Así es todo el que ha nacido del Espíritu. La nueva vida, por tanto, no procede de la carne. Tampoco los niños vienen de París.

    En otro momento, Jesús dijo: El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada (Jn 6, 63).

    El nuevo nacimiento sucede cuando la carne del cristiano se une al cuerpo crucificado del Redentor y se lleva a la Cruz. No hay mística sin ascética, como tampoco hay gracia sin penitencia, ni Pascua sin Cuaresma.

    Es allí, en la Cruz, donde tienen lugar una muerte y un nuevo nacimiento. Los niños nuevos no vienen de París, sino del Calvario. Muertos con Cristo por la penitencia, nacen de la llaga de su costado, icono de la Divina Misericordia del que manan los siete sacramentos. Y, renacidos por el baño bautismal, son «dados a Luz», a una luz eterna y poderosa que es resplandor del cielo en el alma de recién nacido.

    No sólo somos hombres nuevos. Sobre todo, somos niños. Y el Espíritu balbucea en nosotros con un divino vagido: ¡Aleluya!

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  4. UNA MARAVILLOSA EXPOSICION: POR FAVOR LEERLA, ES IMPRESIONANTE.

    Almudi.org. Meditaciones de un misionero ante la cruz .
    Este mes de Noviembre cumplo diecinueve años de sacerdocio y con esta ocasión se me ha ocurrido que quizá sea bueno que conozcáis no sólo la misión sino también al misionero. Noviembre de 2001 Una tarde venía por la carretera que va a Los Llanos con más penas en el alma y más problemas de los que este pobre misionero podía soportar. Encima me había “enchivado” con la camioneta azul y había pasa… Este mes de Noviembre cumplo diecinueve años de sacerdocio y con esta ocasión se me ha ocurrido que quizá sea bueno que conozcáis no sólo la misión sino también al misionero. Noviembre de 2001 .Una tarde venía por la carretera que va a Los Llanos con más penas en el alma y más problemas de los que este pobre misionero podía soportar. Encima me había “enchivado” con la camioneta azul y había pasado horas solo, atrapado en un mar de barro, abrasado por el sol del Caribe, nadie me había ayudado… porque no había nadie por ese lodazal de caña y fango que ni siquiera supiese que estaba yo allí. Venía agotado, cansado, y quizá con cierto desánimo, lo confieso. Me pesaba la parroquia, me aplastaba la misión. Me parecía que corría y corría de un lado a otro y no había hecho en todos estos años, me sentía bastante fracaso. Venía diciéndome a mi mismo: “¿no querías gastarte por Cristo y dar la vida por Él? Pues toma una misión a la medida de tus ambiciones…” En aquel instante me encontraba a la altura de la entrada del batey de Copeyito y recordé que mehabían dicho que había una enferma, entré en el batey y pregunté por Marta.

    Marta vivía en una casucha infame del Consorcio Vicini con otros nueve de familia entre hijos, hermanos, su madre… Marta estaba inválida, tendría quizá 34 años, el cuerpo esquelético cubierto de costras sobre un camastro mugriento. Entré con el mismo desánimo con el que venía por la carretera, entré diciendo en mi interior: “no sé ni para qué entro si hoy ya no puedo más, estoy muerto, agotado, si no tengo nada que dar, si me pesa la vida y me duele hasta el pelo de la paliza que llevo en el alma y en el cuerpo”. Marta no me conocía, me acerqué a ella, el olor era espantoso, la habitación única un caos de mugre encostrada. Le di la mano y le ofrecí una mueca por sonrisa, le dije: “Marta, soy el padre”. Marta sí que sonrió de verdad, de sus adentros, y me ofreció una silla a la que le faltaba una pata y me dijo: “padre ¿ha venido a rezar?” Yo, si os digo la verdad no sabía ni para qué había ido. Me pilló por sorpresa, era ella quien le recordaba a su pastor herido de batallas – el “profesional de la oración” – para qué había ido hasta su lecho. Confundido le alcance a mascullar: “sí, sí, claro, para eso he venido, para rezar”.

    Instintivamente abrí la mochila y busqué el Breviario. Lo abrí sin pensar, por las Vísperas de esa tarde y sin más preámbulo comencé o rezar el himno. Jamás lo olvidaré mientras viva. Los que rezáis la Liturgia de las Horas lo conocéis:

    En esta tarde, Cristo del Calvario,
    vine a rogarte por mi carne enferma;
    pero, al verte, mis ojos van y vienen
    de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.
    ¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
    cuando veo los tuyos destrozados?
    ¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
    cuando las tuyas están llenas de heridas?
    ¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
    cuando en la cruz alzado y solo estás?
    ¿Cómo explicarte que no tengo amor,
    cuando tienes rasgado el corazón?
    Ahora ya no me acuerdo de nada,
    huyeron de mí todas mis dolencias.
    El ímpetu del ruego que traía
    se me ahoga en la boca pedigüeña.
    Y sólo pido no pedirte nada,
    estar aquí junto a tu imagen muerta,
    ir aprendiendo que el dolor es sólo
    la llave santa de tu santa puerta. Amén.
    En esta tarde, Cristo del Calvario,
    vine a rogarte por mi carne enferma;

    Marta me escuchaba en absoluto silencio y a pesar del ensordecedor ruido de la bachata y el merengue del prostíbulo de al lado yo no veía ya más que la viva imagen de un Cristo desgarrado, triturado por mil hambres y mil cruces. Marta ya no tenía más fuerzas para vivir pero no había perdido la sonrisa. Poco a poco fueron llegando sus cuatro hijos, entraron tres niños y una niña. Me los presento a todos, con verdadero orgullo de madre. La niña era preciosa, con sus moños y sus trencitas, el pelo lleno de adornos de plásticos de colorines, todo sonrisas y timideces. Cuando llegó a la niña me dijo: “padre, este es Peter”. Me quedé pasmado y sorprendido y le dije: “pero, ¿cómo se va a llamar Peter si es hembra?”. Marta se me quedó mirando y me dijo: “no es hembra, padre, Peter es varón”.

    No lo podía creer. Marta, al ver mi asombro me miró muy sería, le empezaron a caer dos lagrimones y me dijo con la voz muy queda: “padre, cuando una madre se desespera hace lo que sea. Locuras. Yo he hecho la promesa de vestir a mi hijo de hembra hasta que Dios nos saque de esta miseria insoportable en la que vivimos”. Yo ya no sabía que decir. pero, al verte, mis ojos van y vienen de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

    Le dije que a Dios no hacía falta obligarle a ser bueno y a acordarse de los pobres. Pedí una tijera y yo mismo le corté el pelo a la “niña” que se iba convirtiendo poco a poco en varón. Le vistieron de chico. Peter me lo agradecía todo con la mirada. Sabe Dios las humillaciones que no habría sufrido en la escuela. Se me abrazó y me dijo al oído: “en el colegio dicen de mí: ´mira, esa niña hace pipí como los varones…” sólo Dios conoce la hondura del sufrimiento de un niño.

    Le pregunté a Marta por el padre de sus hijos, me dijo que: “cada uno es de un padre diferente”. Se me escapó alguna moralina que ciertamente en ese momento estaba fuera de lugar y Marta me fulminó: “padre, seguro que a usted nunca le ha faltado de na´, pero cuando una mujer no tiene nada que darle de comer a sus hijos, si hace falta se acuesta con un perro”. Sentí tanta vergüenza de mi moralina burguesa para gente “bien”.

    Al llegar esa noche a casa me fui a mi capillita y en el claroscuro mire la cruz, la cruz guardiana de todas mis confidencias. Miré al crucificado y sólo repetía en mi corazón: pero, al verte, mis ojos van y vienen de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.
    Esa noche en la capilla, sólo podía repetir mirando a la cruz:

    “Jesús de mi vida, haber conocido tu amor y tu bondad hace ya tantos años y todavía andarme con quejas y tacañeces. Pastor bueno, tan herido de pecados y de amores ¿cómo puedo quejarme cuando has sido siempre tan bueno conmigo? Siento está noche una inmensa vergüenza al ver la valentía de una madre inválida y enferma y a mí “que nunca me ha faltado de na´ “ no se me ocurre mas que quejarme como si tu tuvieses que agradecerme mis pobres favores. Mira a tu sacerdote, Cristo del Calvario, de tantos calvarios donde mueres olvidado. Mira a este pobre sacerdote tuyo – torpe aprendiz de misionero – que en su primera juventud tantas promesas de amor y amistad fiel te profesó. Mira con piedad mi carne enferma, mi enfermo corazón. Sacerdote de tantos sueños y ambiciones, que al cabo de los años después de pretender navegar océanos infinitos por tu amor, aún chapotea y se anda con tacañerías para vadear los pequeños charcos de la misión. Siento vergüenza porque al verte, mis ojos van y vienen de tu cuerpo perforado de amor sobre el madero de una cruz, a mi cuerpo tan blando y cómodo, de mil lindezas regalado. Señor Jesús, buen amigo y compañero, con quien tanto he sufrido y tanto he gozado, concédeme no quejarme jamás”.

    ¿Cómo quejarme de mis pies cansados, cuando veo los tuyos destrozados?

    A partir de ese momento Marta fue inundada de inmenso cariño y cuidado por parte de todos los misioneros. La Iglesia Madre jamás desmayó en cuidados y atenciones con ella y con sus niños. Ella sufría dolores espantosos por todo el cuerpo pero el dolor más grande era la herida de la espalda. Una llaga purulenta que jamás cerraba. Le dolían las piernas, los pies, las articulaciones, el cuerpo entero.

    Marta recibía a los misioneros como la llegada del mismo Jesús a su cuchitril. Por allí pasaron Yolanda, Teresa, Pedro, Juanjo… y una lista interminable de jóvenes misioneros dispuestos a dar lo mejor de su amor. Bañaban a Marta, le cambiaban la ropa, lavaban sus llagas que recubrían su cuerpo como una leprosa. Sobre todo le aseguraban con su presencia que la Madre Iglesia la acogía en su regazo con ilimitada ternura. Le llevamos alimentos para todos y ¡cuantas veces fuimos al colmado a pagar sus interminables deudas! ¡Cuantas veces me decía: “en el colmado ya no me fían!”.

    Entré muchísimas veces a ese batey a verla. Como estaba en el camino de vuelta de mis correrías por campitos y bateyes llegaba ya al final de mis fuerzas y… otra vez las quejas, el refunfuño interior…: ¿Cómo quejarme de mis pies cansados, cuando veo los tuyos destrozados?
    Aprendí tanto de esta mujer. Era casi imposible oír una queja de sus labios. Yo le hablaba de la bondad de Dios, de la vida eterna, hasta que en una ocasión me preguntó: “padre, ¿qué hay que hacer para ir al cielo? yo no estoy bautizada y mis hijos tampoco… y dígame, también los prietos (negros) se van al cielo…?”.
    Cuantas veces al regresar a mi pequeña capilla después de ver el sufrimiento de Marta tenía que mirar al Señor en la cruz: “Jesús del calvario.

    Si me pudiese cansar un poco más por ti, si pudiese llegar a casa a la caída de cada tarde, más cansado por haberte amado un poco más… si por amor se me pudiese pegar un poco más del polvo del camino por haberte llevado más lejos. Si por amarte me dolieran más los pies… Si por amor a todas las martas de este mundo también los pies del misionero pudiesen quedar perforados… Si por amor dejara de temer los tropiezos del camino y a mi me dolieran un poco más los pies, para que a ti te dolieran un poco menos..”. ¿Cómo mostrarte mis manos vacías, cuando las tuyas están llenas de heridas?

    El día del bautismo de Marta fue verdaderamente inolvidable. Fue una tarde del verano del ´99. Era el final de otro día de misión. Poco a poco fueron llegando todos los evangelizadores de los diferentes bateyes a donde habían sido enviados y nos apiñamos alrededor de su camastro. De verdad que esa tarde había ambiente de fiesta, era la alegría del encuentro. Los misioneros llegaban sucios y cansados pero inmensamente felices. Todos conocían a Marta y todos la querían como amiga del alma. Tan querida era que muchos le habían escrito desde España ¡cuanto disfrutaba ella cuando le leíamos las cartas de los misioneros! lloraba de la emoción al pensar que alguien en España se hubiese acordado de ella, aunque no supiese bien dónde se encontraba semejante país (me llegó a preguntar que cuanto tardaba la guagua (bus) a España).

    Marta eligió a sus padrinos de entre los misioneros. Pedro y Tere fueron los escogidos. La prepararon lo mejor que pudieron. No sabemos en realidad lo que de verdad entendió, pero de lo que no le cabía la menor duda es de que algo grande iba a pasar, que de verdad Dios venía a su vida, a su corazón, que Dios venía de verdad a su casita. Quedó convencida de que a Dios no le importaba la pobreza de su chabola, es más, que cuando vivió aquí en la tierra Nazaret y Belén serían más o menos como este batey. A Marta no le cabía más felicidad en el alma. Una palangana de plástico verde con un asa rota, desgastada de coladas interminables de ropa, nudillos pelados de restregar el olor a sudor de la amarga caña de todos los días y un cacito de aluminio por concha. Cantamos y cantamos todos, los misioneros la colmaron de besos, abrazos y cariños. Marta era feliz, como no lo había sido jamás. Le regalaron una Biblia que guardaba como su más precioso tesoro, se sentía el centro del universo, sabía que Dios había venido a su vida y que desde ese instante su miseria de cada día ya no era la misma. Marta había recibido a Dios como el único tesoro de su vida.

    Aquella noche sólo supe decir:
    “Cuantas veces ante ti, Jesús, me he postrado por tierra, sin nada que ofrecerte mas que mis manos vacías. Cuantas veces en esta capilla, que tantas noches ha escuchado mis más íntimas confidencias, me he sentido el más pobre de los pobres porque creyéndome, en mi ufanía, las alabanzas con las que el mundo inmerecidamente me engalanaba, postrado ante ti, mi Dios crucificado, reconocía humildemente, que me había pasado tantas noches bregando y volvía a la playa sin haber pescado nada.
    Ahora, aquí, en la quietud de esta noche veo tus manos clavadas al madero bendito de la cruz, tan destrozadas, tan llenas de heridas. Yo que pensaba que a tu pobre misionero siempre le exigías un granero cada vez más repleto de fruto, hoy se que te bastan mis manos vacías. Te basta con que mis manos se vayan tallando y esculpiendo sobre las tuyas, para que lo que a mí me duelan tus clavos de más, a ti te duelan de menos. Ahora sé que no es el aplauso y el éxito de este mundo lo que forja al misionero, sino que se mide su valer por las heridas de unos clavos que el mundo no sabe ver, pero que dejan al misionero sobre un madero contigo un poco más clavado.
    ¿Y me quejo aún esta noche por tener las manos vacías? Vacías, sí, para extenderlas como un mendigo hacía ti, Jesús de todos los calvarios, y que jamás me vuelva a quejar si la pesca o la cosecha es pequeña. Me basta esta noche con que me duelan un poco más las manos cada vez más vacías de mí, para bendecir, para acariciar, para curar, para amar, para servir. Vacías, sí, de mí, pero llenas de tu bondad y de compasión. Manos, dame Señor de pastor, manos llenas sólo de tu amor y tu ternura.” ¿Cómo explicarte a ti mi soledad, cuando en la cruz alzado y solo estás?

    El calvario de Marta se agravaba, el consuelo de los misioneros se esfumó tan rápido como se esfuman los días de otro agosto. La vida postrada, la hambruna diaria, los niños desnutridos, las inconfesables aberraciones morales de un batey donde todos luchan por sobrevivir, como los esclavos de antaño en los galeones. La monotonía diaria tan dura y árida como las jornadas por un desierto donde el paisaje de cada mañana es idéntico al anterior. A Marta se le iba pudriendo la vida poco a poco. En eso Dios le mandó un ángel, se llamaba Marina. Sólo en el corazón de Dios está escrito lo que esta misionera hizo por ese Cristo roto llamado Marta.
    La bañó, la vistió, le llevó comida, le arregló tantas veces, sobre todo le llevó todo el amor de su joven corazón. Cuántas horas junto al lecho de su dolor, cuanto sufrimiento compartido y asociado a la pasión, gracias a la caridad de una misionera y ¡cuanta redención para el mundo entero!
    Marina fue con Marta a incontables hospitales, en nuestro afán por hallar la causa de sus males. No entendíamos por qué era inválida si le dolían las piernas y no había tenido ningún accidente, sino que se había quedado paralítica poco a poco. Nadie sabe lo largas que son las esperas en esos infames hospitales de un país del tercer mundo, la desatención, el desinterés, la indiferencia, los desprecios por ser haitiano. Sólo en el corazón de Dios están escritas las humillaciones continuas que soportaron, por negra, por haitiana, por pobre… Por fin, un día logramos que fuera atendida en el hospital militar de San Isidro. Allí dieron con el diagnóstico de su terrible enfermedad. Marta tenía sífilis (y un montón de cosas más). El médico le indicó a Marina que le hubiera gustado ingresarla pero que no podía, que lo comprendiera, refiriéndose a su raza, a su color… y para que la misionera lo entendiera claro, apuntilló el médico militar: “comprenda señorita que a este hospital vienen también nuestros familiares y no podemos ingresar a la gente esta porque tendríamos que desinfectar todo el hospital…” Otra vez Jesús abandonado por las cunetas de la vida, sin siquiera un lugar donde reclinar la cabeza. Marta vivía mucho Calvario y poco Tabor. Así regresó Marina con Marta al batey. A su mugre, a su soledad a esa cueva de fieras que era su casucha. No sabíamos como llevarle ayuda porque con darnos media vuelta, su familia caía sobre ella como pirañas y le quitaban todo. Había que sobrevivir y el hambre no respeta la enfermedad ajena.

    ¿Cómo explicarte a ti mi soledad, cuando en la cruz alzado y solo estás? ¿Cómo explicarte que no tengo amor, cuando tienes rasgado el corazón? En la quietud de la capilla sencillamente pude decir: “La soledad, Dios mío, la soledad.
    ¡Hay tantas soledades en la vida de un sacerdote! ¡y son tan distintas! En esta misma capillita cuán diferentes las soledades que he vivido contigo. Al mirarte ahí, tan solo, tan solo y tan quieto, desnudo sobre el leño santo, siento que mis soledades no pueden ser sino icono y transparencia de las tuyas.

    En tu vida, Jesús, pasaste las soledades más hermosas y radiantes que mente humana pudiese imaginar… esas noches a solas con el Padre amado, noches de amores y confidencias, noches y soledades repletas de entregas y donaciones. Noches solitarias cuando la palabra “Padre” te sabía a más amor. Soledades repletas de una oración inmensamente gozosa, el abandono filial en sus brazos, la confianza total en su proyecto de amor.
    Soledades con María, tu madre. ¡Cuantas horas repletas de ternuras y silencios de enamorados, cuando los ojos lo dicen todo y las palabras son innecesarias! ¡Cuantas confidencias que Ella para siempre guardaría en su inmaculado corazón, en el hondón de su alma!
    Soledades con tus amigos los apóstoles, noches estrelladas soñando las pescas mayores, soledades de amigos junto al fuego. ¡Quién fuera testigo de tus alegrías, Jesús buen pastor y compañero de mi alma!

    Pero también, ¡que espantosas esas otras soledades, de hieles y vinagres saturadas! Que solo te sentiste de tus amigos traicionado, cuando aquella noche, al canto de los gallos, a Pedro perforaste con el poder de tu mirada y lagrimas de sangre quisiste que llorara. ¡Dios mío! que solo te alejabas de aquellos a quienes llamaste amigos y ahora tan solo te dejaban. Cuán amarga aquella noche de tenebrosos gritos – que no oraciones – como niño gemías y buscabas en la noche el rostro bendito de tu Padre que ahora tan lejano resultaba y miraste en rededor – porque si el Padre no escuchaba – quizá la compañía humilde de quienes tu corazón amaba, te dieran algún consuelo que tu sangre enjugara. Huerto de soledades, de angustias y de dramas, la soledad de un Dios que por amar sudaba y como gotas de sangre ¡Getsemaní del alma! ¡Que duro amar a quienes ahora tan poco te aman!
    Y yo, pobre yo, sacerdote raso, tan inmenso en mis sueños y tan pobre en mis hazañas. ¡Cuanto ha gozado mi corazón de soledades sacerdotales, aquí en lo oscuro de la noche – con sólo un cirio de amor – de tu belleza encarnada!. Robaste mi corazón en mi adolescencia enamorada, mi primer amor, contigo me fui sin pensarlo dos veces y me sellaste el alma y dijiste: “te basta mi gracia”. ¡Cuán feliz me has hecho con esa alegría que reservas para quienes – sólo por amor – lo perdieron un día todo por ti y lo dejaron todo en la arada!
    Cuantas veces ha rebosado mi corazón de esa soledad contigo, cuando parece que se te va reventar el alma. ¡Oh soledad, cómplice de mis amores! Yo no sabía que en este mundo se pudiera ser tan feliz. Soledad para ese amor más hondo que reservas para quienes, dejándolo todo por amor a ti, sólo te han pedido tu gracia. ¡Qué bien pagaste a quien nada merecía, a quien tanto te añoraba! Y ¡cuanto te agradezco haber sentido tu llamada! Tu voz, que al pasar por mi vera aquella tarde de invierno me hizo salir corriendo tras de ti, enfermo de amores y repleto de gracias. Soledad de primicias vocacionales, cuando mi amor lo robó tu mirada y sellaste mi vida y mi pecho de gratitud para ti derramada.
    Cuantas soledades y cuantas noches te he cantado y susurrado que me ahogaba de un amor que ni entendía ni merecía. Cuantas veces – los ojos arrasados en lágrimas – te dí infinitas gracias por haberme llamado con tu poder por mi nombre y por confiar en mi los tesoros de tu reino y el poder de tu gracia. ¡¡Gracias, Dios mío, gracias, – sin merecerlo – por el don de mi llamada!!

    Pero la vida de este sacerdote, Señor tu lo sabes, la has salpicado de esas otras soledades, de noches angustiosas, que me hicieron entender que sacerdocio es dolor, y que “quien no sabe de penas nada sabe de amores”. Cuando me llamaste nunca me explicaste que al fijarte en mí no buscabas sino espaldas duras que muy junto a las tuyas la pesada cruz soportara. Que amargas son las penas y que duras las soledades quien – por sólo tenerte a ti – nada, nada tiene cuando tú te alejas. ¡Qué duro cuando te escondes, cuando te duermes, cuando te ausentas! ¡Que miedo cuando el viento y las olas golpean la fe del niño y quedo de amargura sola inundada. ¿Quién entenderá que el dolor más espantoso de un sacerdote – el más enamorado de los hombres – es ese de amarte tan poco al saberse tan amado? ¡Qué duro repartir – como pan cálido del hogar – un amor que los hombres ¡ay que torpes! No quieren conocer!

    Soledad sí, ¡y que dura! La de saberse tan infiel quien tanto amas y en quien tanto, tanto has confiado. Que pena la de querer amar tanto y tener todavía tan pequeño el corazón.
    Esta noche en la soledad de la capilla, Jesús bendito, al verte clavado en la cruz, tan quieto, tan manso, tan solo. Vengo a decirte que propongo nunca dejar de mirarte. Ahora no tengo nada que ofrecerte, ni que decirte, ni que darte, sólo tengo la voz de mi mirada. Te amo, Señor de todas las cruces, aunque hoy ni siquiera me atreva a levantar la mirada. Mi amor es pobre, Señor, muy pobre, pero que sepas que quien te ama – como tú – tiene también rasgado el corazón. Que duro sonreír, Señor, cada mañana a quien la vida le ha rasgado el alma y sonreír y sonreír para que a otros no les duela nada. Miro la cruz con la mirada fija y sólo puedo decirte que cuando me llamaste yo no sabía cuanto tu amor costaba. ¡Oh cruz, soledad rasgada!

    Ahora ya no me acuerdo de nada, huyeron de mí todas mis dolencias. El ímpetu del ruego que traía se me ahoga en la boca pedigüeña.

    En la última etapa la vida de Marta fue muy dura. Como lo había sido siempre. Las mismas hambrunas, los mismos sufrimientos, las penas de todos los colores y todos los sabores. Su familia se lo robaba todo y ella, allí postrada, no se quejaba, miraba al techo con un rosario de bolitas fluorescentes en una mano y la Biblia en la otra (a veces en vez de la Biblia tenía la carta de algún misionero). La mirada alzada al cielo pidiéndole al Buen Dios que tuviera un poco de clemencia. Me decía muchas veces: “nací para sufrir, pero cuantos hay que no tienen en este mundo gente tan buena como ustedes para aliviar las penas… ¿en España todos son tan buenos como ustedes? Si hubiera más gente así todo el mundo sería feliz…”. Y yo salía de allí avergonzado pero pensando: “¿por qué no habrá más gente así para que las martas de este mundo no tuvieran que llorar más y fueran todas acogidas en tu amor?”. Seguíamos llevándole comida y lo que necesitara. Por allí pasaron muchos más misioneros, Pablo, Laura, Verónica, Cira, Antonio, Javier, Ana, Rubén,…imposible mencionarlos a todos, el Buen Dios conoce sus nombres y Él les recompensará. Sobre todo Laura, cuya estancia, aquí fue más prolongada vivió de cerca la última etapa de su vida.
    Cuantas noches al volver de otra visita a Marta sólo era capaz de decir mirando a la cruz:
    “Señor mío y dueño de mi vida.
    Cuantas veces le sale al camino de sus correrías tu pasión al misionero, desde tantas cruces y dolores le gritas tu abandono y tu silencio. Esta noche aquí, junto a la cruz, se me han olvidado mis dolores, mis cansancios, mis desalientos. Te miro y cuanto más te miro, más se alivia mi desvalimiento y comprendo que no me llamaste para correr y correr sino para estar aquí junto a ti con el alma envuelta en silencio. Tu cruz no disipa mis dolores pero a los tuyos los uno para que se desvanezca mi estremecimiento. En todos estos años, Dios mío, ¡cuantos, cuantos sufrimientos!

    Pero no importa, Jesús, porque al verte, tan bueno, cordero manso, tan bueno, tan bueno, se me olvidan mis dolores, mis penas, mis cansancios y desalientos. Te veo ahí, colgado entre el cielo y la tierra, coronado de espinas, de salivas y de estiércol. Te veo desnudo, sin belleza, sin aliento. Costado abierto y la mirada al cielo. Ladrones por comparsa, sin un asidero, la locura de un viernes y la melena al viento. La lanza te atraviesa, el corazón abierto. Y pienso si aún no me faltan, lanzas, coronas, clavos y el costado abierto, que disipen más mis quejas y mis tormentos.

    Jesús ¿qué es un sacerdote sin tormentos? No se puede vivir tan cerca de ti y no sentir el crujir del látigo, la lanza en mi costado, el martillo, los clavos, las espinas por corona y premio. ¿Qué puedo pedirte yo si me has pedido que mi servicio sea en sufrir el primero? Y sólo pido no pedirte nada,
    estar aquí junto a tu imagen muerta, ir aprendiendo que el dolor es sólo la llave santa de tu santa puerta.

    Una mañana, temprano, Mónica, una misionera y yo estábamos en casa, regresábamos de los laudes de la iglesia, en eso llamaron casi imperceptiblemente a la puerta, apenas estaba amaneciendo, los dos quedamos asombrados cuando, al abrir la puerta, sólo encontramos un niño. Temblaba de miedo, nos miró a Mónica y a mí, nos dijo: “mi mamá se está muriendo”. Salimos varios al batey, efectivamente, Marta ya agonizaba, su pasión, su calvario llegaba a su fin. Esa mañana en el batey había un extraño silencio, hasta las rameras del burdel habían apagado la música. La muerte rondaba, era la hora de nona en ese infierno que por amor se había hecho cielo. Los hijos de Marta se apretujaban y miraban a su madre con mezcla de amor y estremecimiento. Por arte de magia había desaparecido el desorden de ropas, de trastos, de basura. Esa mañana en la habitación sólo había un camastro que ya era más su velatorio.
    Entre todos la curaron sus llagas, la madre se afanaba en mil cuidados, Mónica y yo mirábamos sobrecogidos y en silencio. Rezamos con ella, recibió la absolución, la recomendación del alma y la pusimos en manos de la Virgen. Parecía que el final era inminente y sin embargo todavía la pasión habría de hacerse para ella más amarga. Al darle la vuelta, jamás lo olvidaremos, le vimos una espantosa llaga de enormes dimensiones en la zona sacra, le había desaparecido toda la masa muscular. Era un auténtico hoyo lo que tenía, se le veían claramente diez centímetros de la columna vertebral, era espeluznante la visión del horror. Estábamos tan sobrecogidos que ante semejante visión todos nos apretujamos un poco más unos contra otros. Era literalmente espantoso.
    Sin embargo, lo peor estaba aún por venir. Notamos que Marta tenía como unas marcas largas y ensangrentadas en los pies y en las espinillas. No entendíamos por qué. Todos opinábamos y debatíamos. Pensábamos que quizá le pegaban. Por fin, preguntamos a los familiares y uno de sus hijos – todos dormían con Marta en el mismo camastro – terminó por confesarnos: “mire, padre, lo que pasa es que, de noche, las ratas se comen a mi mamá”. Sí, hermanos, sí. Cuesta creerlo, cuesta incluso escribirlo, pero a Marta terminó de matarla que la casa estaba infectada de ratas y de noche se le subían al camastro y le roían los pies, las piernas, el cuerpo entero. Marta era cuerpo de Cristo devorada por el hambre rabiosa de las ratas. Oramos una vez más y salimos en absoluto silencio. Marta agonizaba y nosotros en nuestro interior agonizábamos también. Pero ¡Dios mío! ¿Es posible que una feligresa mía, una hija mía, una hermana nuestra se la pudieran estar comiendo viva las ratas? Así, sumidos cada uno en nuestros pensamientos y oraciones, volvimos a casa en sepulcral silencio…

    Inmediatamente después de comer volvimos Mónica y yo al batey de Copeyito. Era como una tarde de Gólgota, diluviaba una tremenda tormenta tropical, los truenos eran ensordecedores, los relámpagos iluminaban todo el firmamento. Entramos en la casa. Eran las tres de la tarde, su hora de nona, Marta había muerto. Descansa en paz, hija de Dios y que los ángeles te reciban cantando como cantaron los misioneros el día de tu bautismo.
    Ahí estaba, cubierto el rostro con una sábana. Oramos. No había caja de muerto me dijeron. Marta era tan pobre que ni siquiera eso tenía. Salimos en medio de la lluvia y nos fuimos al inmenso taller mecánico donde se amontonaban incontables tractores, carretas, vagones… el cruel mundo de la caña… cientos de obreros se empeñaban en labores de reparación y soldadura. Allí teníais que vernos de un lado a otro preguntando si tendrían alguna caja que sirviera para caja de muerto. Nos mandaban de un lado a otro. Finalmente nos llevaron a una nave grasienta de cientos de estanterías repletas de piezas de repuestos. Entre bielas, tuercas, ejes, mangueras… apareció una asquerosa caja de muerto. Como poder olvidar la escena, Mónica y yo, dos misioneros llevando la caja de muerto hacia la camioneta mientras el cielo diluviaba y entonaba a muerto. Tan triste como su vida fue su entierro… Descansa en paz, Marta, nuestro Cristo del madero, y que te alegres para siempre porque aunque en esta tierra nadie te quisiera… ahora ves que “también los prietos se van al cielo…..”
    Una vez más, en la capilla de la misión me recogía a orar ante la cruz santa:
    “Señor, por fin, se ha muerto Marta, te la hemos confiado a tu más hermoso cielo. Yo, que tantas y tantas veces me he quejado, esta noche prometo ¡y para siempre! No pedirte nada, no quejarme de nada, no añorar nada. Como esta tarde de Gólgota, junto al cuerpo de Marta, sólo pido estar aquí, junto a tu imagen muerta. Concédeme unos pies cada vez más cansados, un corazón cada vez más rasgado, un pecho siempre más atravesado. Que mi corazón solitario, por tu lanza de amor traspasado, se apasione en más amores, en más ternuras, en más desvelos. Y dame ser contigo, pastor herido, pastor bueno, pastor manso, pastor casto. Dame el ser de corazón indiviso y de pies más cansados. Manos vacías, manos con callos, manos paternas, manos bravías. Dame Jesús, brazos fuertes para cargar a todos, ovejas al hombro y en el entrecruzar de mis brazos todos los corderos del mundo y que junto a mi corazón, descansen en tu regazo…” Amén.

    Oramos cada día ante el Sagrario de la misión por vosotros. Con mi más cariñosa bendición .

    Padre Christopher

    Parroquia de S. Pedro de Macorís, Diócesis de S. José de los Llanos

    NOTA: Os confieso que al terminar esta carta no estoy de ánimo ni para contaros como van los ladrillos de las obras, ni para pediros nada. Si queréis ayudar a la misión, aquí abajo tenéis la información y si queréis ayudar al misionero: rezad, rezad mucho por mí para que llegue a ser un día un sacerdote santo. Que Dios os lo pague.

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