La limpieza hecha relato

El relato de la Anunciación es la limpieza convertida en texto. No hay página en toda la Biblia tan limpia como ésta. Porque, en el resto de las Escrituras, contemplamos la confrontación entre santidad y pecado. Incluso los relatos de la resurrección de Cristo tienen, como contrapunto, la incredulidad de los apóstoles. Pero, en la Anunciación, un ángel inmaculado entrega a una Virgen limpísima la embajada más preciosa que jamás ha recibido la tierra. Y, fruto de ese diálogo, el mismo Dios, la santidad en estado puro, se encarna en unas entrañas virginales. Es el Paraíso en la tierra.

Gabriel lo llena todo de luz. Sus palabras son palabras de un Dios enamorado que se postra ante la criatura más preciosa jamás creada por Él.

María es la Purísima, la Bellísima, la bendita entre las mujeres. Ha guardado limpias sus entrañas como santuario dispuesto a recibir la gloria de los cielos. Sus palabras son palabras de amor, de entrega enamorada sin reparos ni condiciones: He aquí la esclava del Señor…

El Espíritu Santo vendrá sobre ti. El propio Amor increado desciende del cielo, y deja en esas entrañas al Cordero sin mancha…

¡Qué delicia para el alma, contemplar tanta luz!

José-Fernando Rey

8 comentarios sobre “La limpieza hecha relato

  1. Pero no era el 25 de marzo?

    Así es, pero como este año celebramos el domingo de Ramos el 25 de marzo, la Iglesia ha trasladado al 9 de abril la fiesta de la Encarnación, la Solemnidad en la que recordamos la Anunciación del Arcángel Gabriel a la Virgen María.

    El Evangelio de hoy es el relato que hace San Lucas del episodio. Siempre me ha impresionado la sencillez y confianza en Dios de la Virgen en este relato. Está en casa, haciendo alguna tarea o rezando, o lo que fuera, y entra un ángel en su presencia. Nos dice el Evangelio que “se turbó”, pero escuchó lo que tenía que decirle aquel visitante:

    «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin»

    Imagínate la escena. De toda esa promesa, hay una cosa que María no entiende, y pregunta con naturalidad:

    ¿Cómo será eso, pues no conozco varón?

    A lo que le responde el mensajero:

    El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.

    Quiero suponer que la respuesta no sacó a María de su duda. Sin embargo, qué lección tan grande de confianza en Dios nos da ya desde sus primeras palabras en el Evangelio, cuando entiende que lo que le toca no es entender lo que Dios le está pidiendo, sino aceptarlo y quererlo:

    He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra

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  2. YO TE LLAMO, MADRE
    “El oír que tantos han sido colmados de favores sólo porque a Ti acudieron con fe, me infunde nuevo aliento y valor para llamarte en mi socorro. Tú prometiste a Santo Domingo que el que deseara gracias las obtendría con tu Rosario; y yo con el Rosario en la mano, te llamo, oh Madre, al cumplimiento de tus maternales promesas.
    Tú, pues, quieres enjugar nuestras lágrimas y aliviar nuestros afanes; y yo con el corazón en los labios, con fe viva te llamo e invoco: ¡Madre mía! ¡Madre querida! ¡Madre bella!… ¡Madre dulcísima, ayúdame! Madre y Reina del Santo Rosario, no tardes más en tender hacía mí tu poderosa mano y salvarme”

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  3. Vuelve a salir el sol
    ayer se acostó triste tu corazón,
    pero hoy te has levantado y eso es lo importante.

    Miedo, temor, fantasmas del pasado y de la razón,
    mi lucha de gigantes, mis historias del arte.

    Mientras me quede voz te seguiré cantando,
    mientras me quede voz, mientras me quede sangre.

    Lo siento si a veces no parezco yo,
    es una deuda que tengo que pagarte,
    que gusto tenerte en mi habitación,
    no dejes nunca de preguntarme
    ¿qué tal estás hoy?, qué bien se ve el mar
    desde la ventana de tu gran ciudad

    Buscando una flor, donde descansar
    aunque no juguemos
    si un día te ahogas te iré a rescatar..

    Sé que tu corazón
    ha puesto un anuncio en televisión,
    tampoco pides tanto,
    alegría y bienestar
    y que te diga que sí,
    que te acompaño a ver esa exposición
    que hay en tu imaginación
    que quieres disfrutarlo .
    Bueno sería que pusieras tu esperanza en María
    Madre de mi Rey y Señor.

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  4. Regina Coeli del Papa: encomendémonos a la Madre de la Misericordia

    Los Misioneros de la Misericordia, nuestros hermanos de las Iglesias Orientales y el Pueblo Gitano, al centro de la oración del Papa Francisco a María, Madre de la Misericordia en el II Domingo de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia.

    Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

    “El Señor resucitado los llene de luz y de paz, y consuele a las comunidades que viven en situaciones particularmente difíciles”, lo dijo el Papa Francisco antes de rezar la oración mariana del Regina Coeli de este II Domingo de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia en la Plaza de San Pedro.

    Misioneros de la Misericordia: ¡Gracias por vuestro servicio!

    Antes de la Bendición final y de la oración a nuestra Madre celestial, el Santo Padre agradeció a los fieles y peregrinos que participaron en esta celebración, en particular a los Misioneros de la Misericordia, congregados para este encuentro, a quienes agradeció por sus servicios.

    Recordando que, del 8 al 11 de abril de 2018, se realizará el Segundo Encuentro con los Misioneros de la Misericordia con el Papa Francisco, organizado por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización. Se esperan más de 550 Misioneros de la Misericordia, procedentes de los 5 continentes, para este 2º encuentro con el Santo Padre, dos años después de la institución de este Ministerio especial durante el Jubileo de la Misericordia.

    ¡Feliz Pascua! A las Iglesias Orientales

    Asimismo, el Papa Francisco expresó sus cordiales saludos a nuestros hermanos y hermanas de las Iglesias Orientales que hoy, según el calendario juliano, celebran la Solemnidad de Pascua. “El Señor resucitado – dijo el Pontífice – los llene de luz y de paz, y consuele a las comunidades que viven en situaciones particularmente difíciles”.

    Día Internacional del Pueblo Gitano

    Además, el Santo Padre dirigió un saludo especial a los Gitanos y a los Sintis presentes en la Plaza de San Pedro, con ocasión de su Día Internacional, el “Romanò Dives”. “Deseo paz y hermandad a los miembros de estos antiguos pueblos – señaló el Pontífice – y auguro que la jornada hodierna favorezca la cultura del encuentro, con la voluntad de conocerse y respetarse recíprocamente. Es este el camino que lleva a una verdadera integración. Queridos Gitanos y Sintis, oren por mí y oremos juntos por vuestros hermanos refugiados sirios”.

    Antes de concluir su alocución, el Papa Francisco saludó a todos los demás peregrinos presentes en esta celebración, a los grupos parroquiales, a las familias, a las asociaciones; y a todos invitó a ponerse bajo el manto de María, Madre de la Misericordia.

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  5. Liturgia / Celebración del día

    Solemnidad de la Anunciación del Señor. La encarnación del Hijo de Dios

    La Anunciación del Señor es una de las fiestas más antiguas de la Iglesia. El Hijo de Dios, se encarnó en la Virgen María por el Espíritu Santo

    La Anunciación del Señor inaugura el evento en el que el Hijo de Dios hecho carne para consumir su sacrificio redentor en obediencia al Padre y ser el primero de la resucitada. La Iglesia, como María, está asociado a la obediencia a Cristo, viviendo sacramentalmente en la fe el significado de la Anunciación pascual. María es la hija de Sión, que corona la larga espera, da la bienvenida a su “Fiat” y concibe por el Espíritu al Santo Salvador. En ella, la promesa dada a la Virgen Madre y al pueblo, se transforma en el nuevo Israel, la Iglesia de Cristo. Los nueve meses entre la concepción y el nacimiento del Salvador explican la fecha de hoy de la solemnidad del 25 de diciembre.

    Fiesta: 25 de marzo (9 de abril)

    Este año, la Solemnidad de la Anunciación del Señor se trasladó al 9 de Abril pues su fecha de celebración habitual coincidió con el Domingo de Ramos

    Martirologio romano: Solemnidad de la Anunciación del Señor, cuando en la ciudad de Nazaret, el ángel del Señor hizo el anuncio a María: “He aquí, concebirás y darás a luz a un hijo, y será llamado Hijo del Altísimo”, y María respondiendo dijo: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra “. Y así, logra la plenitud de los tiempos, el que era antes de los siglos, el unigénito Hijo de Dios, quien por nosotros los hombres y por nuestra salvación, se encarnó en el seno de la Virgen María por el Espíritu Santo, y se hizo hombre.

    Solemnidad de la Anunciación del Señor

    La Fiesta de la Anunciación del Señor, es una de las más antiguas de la Iglesia. En ella se conmemora la Encarnación del Hijo de Dios en el seno de María, nueve meses antes de su nacimiento.

    El relato evangélico dice que el arcángel Gabriel se aparece a María y le anuncia que va a ser la madre del Salvador. María acepta la misión que Dios le confía respondiendo al ángel: “Hágase en mí según tu palabra”.

    Esta fiesta tuvo diversas denominaciones tradicionales: Anunciación de Cristo, Fiesta de la Encarnación, Inicio de la Redención, Anunciación de la Santísima Virgen María. Con esta última fue celebrada desde tiempo inmemorial hasta la reforma de 1970, en que se llama Anunciación del Señor

    La solemnidad de la Anunciación del Señor nos narra el encuentro maravilloso entre Dios y el hombre, representado en María que acepta la voluntad del Señor.

    El Creador, con este acto, nos invita a colaborar en la transformación de la sociedad, pues Él mismo sabe que la derrota inicial del hombre no podía ser duradera.

    La fidelidad de Dios, en el momento de la anunciación del Señor, viene a transformar o reconstruir a la sociedad y lo seguirá realizando cuantas veces sea necesario mediante su amor infinito.

    En el relato de los orígenes, narrado sobre todo en el libro del Génesis, la primera pareja (Adán y Eva) aunque escuchando a Dios, también escuchó con agrado al Tentador, y sin preguntas aclaratorias se dejó engañar.

    Ahora, la generación de María, que corresponde al tiempo del Nuevo Testamento, escucha a Dios y, clarificando sus dudas, evita seguir los pasos de la primera generación.

    Recorrido por la Anunciación

    Para comprender más a fondo el maravilloso momento de la Anunciación del Señor, es necesario tener en consideración el proyecto de Dios: enviar a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a la humanidad.

    Recordemos que en el Antiguo Testamento, el pueblo experimentaba lejana la presencia de Dios, por ello encontramos mediadores como Abraham, Moisés y los Profetas, quienes comunicaban al pueblo la voluntad divina.

    Pero aquella presencia lejana llegará a su culmen cuando la elegida de Dios, la Virgen María, acepte ser la Madre de Aquél que llega a redimir una humanidad sedienta de amor y paz.

    La Anunciación: Fiesta para la humanidad

    Gracias a la respuesta positiva de María, la sociedad, en Jesucristo, conoce el plan de Dios para el hombre.

    Este es un día de fiesta porque recordamos el inicio de la divinización del hombre y la humanización de Dios; es un momento privilegiado porque nos adentramos en el misterio de Dios que quiere expresarse en nuestro lenguaje haciéndose uno de tantos.

    San Lucas nos narra, con un maravilloso género literario, el momento cuando María aceptó la misión que Dios le pedía: “ser la Madre del Salvador” (Lucas 1,30-38)

    Respuesta de María al anuncio del Ángel.

    Después de las aclaraciones oportunas de María con el Ángel aparece el “Sí (fiat)” de la Madre de Dios:

    “Yo soy la esclava del Señor: que se cumpla en mí tu palabra” (Lc 1,38)

    Con el sí de María se cumple aquello que el apóstol Pablo describe en la carta a los Gálatas (4, 4): Al cumplirse el tiempo, mandó Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estábamos bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción de hijos.

    Desde el momento del “Sí (fiat)” de María, su vida cotidiana cambió: abraza con plena responsabilidad la maternidad divina e inicia una nueva época en que la Iglesia y toda la humanidad se encuentra con Dios mediante la persona de Jesucristo.

    A pesar de que María dio, con plena libertad, su sí total, humanamente siguió un proceso oscuro de fe, ya que muchas cosas no las comprendía, sino que las guardaba en su corazón. (Lc 2,19)

    Hoy, todos debemos preguntarnos cuál es la respuesta que doy al llamado de Dios. ¿Tenemos miedo de lo que el Señor pueda pedirnos? Dejémonos sorprender por Dios, con su entrada sorpresiva en nuestra vida estaríamos afirmando como María ese “Sí” rotundo y ese “Hágase” en plan de Salvación que Jesús tiene para cada uno de nosotros.

    Oración

    Oh amado Señor, como María quiero estar abierto siempre a la acción del Espíritu Santo, configurarme completamente a tu amor y tu misericordia.

    Soy también tu esclavo, tu siervo, atento siempre a escuchar tu Palabra y hacerla una acción de vida.

    Acepto tus mandatos y tu voluntad en la mía. Dame la humildad para reconocerte siempre en la pequeñez de mis actos.

    Quiero permitir que Jesús nazca en mi corazón, que lo transforme y obre según su voluntad.

    Oh Señor, quiero adorarte en Espíritu y verdad, adorar tu gran misterio de encarnación y de salvación.

    Tanto es tu amor que te hiciste como uno de nosotros. Debo responder a ese gran misterio con generosidad y sencillez, como lo hizo María, nuestra madre, quien supo escucharte y obedecerte desde siempre.

    Por Jesucristo, Nuestro Señor.

    Amén

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  6. ZENIT 08 abril 2018).- “¿Reincides en tu pecado? Reincide en la petición de misericordia. Esto es lo que el Papa Francisco lanzó celebrando la Misa dominical de la Octava Pascual, Domingo de la Misericordia, este 8 de abril de 2018, en la Plaza de San Pedro. Rodeado por 550 “Misioneros de la Misericordia”, instituidos en el Jubileo. En su homilía, evocó las barreras internas que se interponen entre el cristiano y la misericordia de Dios: la vergüenza primero, que en realidad es “una invitación secreta del alma que necesita al Señor para vencer al mal”. “El drama, dijo, es cuando ya no te avergüenzas de nada. ¡No tengas miedo de sentir vergüenza!”

    La segunda tentación es la “resignación” de alguien que piensa que él “siempre hace los mismos pecados” y, por lo tanto, renuncia a la misericordia. “Pero el Señor nos desafía”: ¿No crees que mi misericordia es más grande que tu miseria?”

    Después de la vergüenza y la resignación, el Papa habló de “otra puerta cerrada, a veces blindada: nuestro pecado”. Cuando cometo un gran pecado, si, honestamente, no quiero perdonarme a mí mismo, ¿por qué Dios debería hacerlo? Pero esta puerta está cerrada solo por un lado, el nuestro; para Dios ella nunca es intransitable … Él nunca decide separarse de nosotros, somos nosotros quienes lo dejamos afuera”.

    “Podemos estimarnos y decirnos cristianos, y hablar de muchos valores hermosos de fe”, señaló, “pero … tenemos necesidad de ver a Jesús tocando su amor”. Solo entonces vamos al corazón de la fe. Y al Papa para alentar: “¡Convirtámonos, también, en verdaderos amantes del Señor! No tengas miedo de esta palabra: amante del Señor”.

    Homilía del Papa Francisco

    En el Evangelio de hoy aparece varias veces el verbo ver: «Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20,20); luego, dijeron a Tomás: «Hemos visto al Señor» (v. 25). Pero el Evangelio no describe al Resucitado ni cómo lo vieron; solo hace notar un detalle: «Les enseñó las manos y el costado» (v. 20). Es como si quisiera decirnos que los discípulos reconocieron a Jesús de ese modo: a través de sus llagas. Lo mismo sucedió a Tomás; también él quería ver «en sus manos la señal de los clavos» (v. 25) y después de haber visto creyó (v. 27).

    A pesar de su incredulidad, debemos agradecer a Tomás que no se conformara con escuchar a los demás decir que Jesús estaba vivo, ni tampoco con verlo en carne y hueso, sino que quiso ver en profundidad, tocar sus heridas, los signos de su amor. El Evangelio llama a Tomás «Dídimo» (v. 24), es decir, mellizo, y en su actitud es verdaderamente nuestro hermano mellizo. Porque tampoco para nosotros es suficiente saber que Dios existe; no nos llena la vida un Dios resucitado pero lejano; no nos atrae un Dios distante, por más que sea justo y santo. No, tenemos también la necesidad de “ver a Dios”, de palpar que él ha resucitado por nosotros.

    ¿Cómo podemos verlo? Como los discípulos, a través de sus llagas. Al mirarlas, ellos comprendieron que su amor no era una farsa y que los perdonaba, a pesar de que estuviera entre ellos quien lo renegó y quien lo abandonó. Entrar en sus llagas es contemplar el amor inmenso que brota de su corazón. Es entender que su corazón palpita por mí, por ti, por cada uno de nosotros. Queridos hermanos y hermanas: Podemos considerarnos y llamarnos cristianos, y hablar de los grandes valores de la fe, pero, como los discípulos, necesitamos ver a Jesús tocando su amor. Solo así vamos al corazón de la fe y encontramos, como los discípulos, una paz y una alegría (cf. vv. 19-20) que son más sólidas que cualquier duda.

    Tomás, después de haber visto las llagas del Señor, exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28). Quisiera llamar la atención sobre este adjetivo que Tomás repite: mío. Es un adjetivo posesivo y, si reflexionamos, podría parecer fuera de lugar atribuirlo a Dios: ¿Cómo puede Dios ser mío? ¿Cómo puedo hacer mío al Omnipotente? En realidad, diciendo mío no profanamos a Dios, sino que honramos su misericordia, porque él es el que ha querido “hacerse nuestro”. Y como en una historia de amor, le decimos: “Te hiciste hombre por mí, moriste y resucitaste por mí, y entonces no eres solo Dios; eres mi Dios, eres mi vida. En ti he encontrado el amor que buscaba y mucho más de lo que jamás hubiera imaginado”.

    Dios no se ofende de ser “nuestro”, porque el amor pide intimidad, la misericordia suplica confianza. Cuando Dios comenzó a dar los diez mandamientos ya decía: «Yo soy el Señor, tu Dios» (Ex 20,2) y reiteraba: «Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso» (v. 5). He aquí la propuesta de Dios, amante celoso que se presenta como tu Dios. Y la respuesta brota del corazón conmovido de Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Entrando hoy en el misterio de Dios a través de las llagas, comprendemos que la misericordia no es una entre otras cualidades suyas, sino el latido mismo de su corazón. Y entonces, como Tomás, no vivimos más como discípulos inseguros, devotos pero vacilantes, sino que nos convertimos también en verdaderos enamorados del Señor.

    ¿Cómo saborear este amor, cómo tocar hoy con la mano la misericordia de Jesús? Nos lo sugiere el Evangelio, cuando pone en evidencia que la misma noche de Pascua (cf. v. 19), lo primero que hizo Jesús apenas resucitado fue dar el Espíritu para perdonar los pecados. Para experimentar el amor hay que pasar por allí: dejarse perdonar. Pero ir a confesarse parece difícil, porque nos viene la tentación ante Dios de hacer como los discípulos en el Evangelio: atrincherarnos con las puertas cerradas. Ellos lo hacían por miedo y nosotros también tenemos miedo, vergüenza de abrirnos y decir los pecados. Que el Señor nos conceda la gracia de comprender la vergüenza, de no considerarla como una puerta cerrada, sino como el primer paso del encuentro. Cuando sentimos vergüenza, debemos estar agradecidos: quiere decir que no aceptamos el mal, y esto es bueno. La vergüenza es una invitación secreta del alma que necesita del Señor para vencer el mal. El drama está cuando no nos avergonzamos ya de nada. No tengamos miedo de sentir vergüenza. Pasemos de la vergüenza al perdón.

    Existe, en cambio, una puerta cerrada ante el perdón del Señor, la de la resignación. La experimentaron los discípulos, que en la Pascua constataban amargamente que todo había vuelto a ser como antes. Estaban todavía allí, en Jerusalén, desalentados; el “capítulo Jesús” parecía terminado y después de tanto tiempo con él nada había cambiado. También nosotros podemos pensar: “Soy cristiano desde hace mucho tiempo y, sin embargo, no cambia nada, cometo siempre los mismos pecados”.

    Entonces, desalentados, renunciamos a la misericordia. Pero el Señor nos interpela: “¿No crees que mi misericordia es más grande que tu miseria? ¿Eres reincidente en pecar? Sé reincidente en pedir misericordia, y veremos quién gana”. Además —quien conoce el sacramento del perdón lo sabe—, no es cierto que todo sigue como antes. En cada perdón somos renovados, animados, porque nos sentimos cada vez más amados. Y cuando siendo amados caemos, sentimos más dolor que antes. Es un dolor benéfico, que lentamente nos separa del pecado. Descubrimos entonces que la fuerza de la vida es recibir el perdón de Dios y seguir adelante, de perdón en perdón. Así es la vida del cristiano: de vergüenza en vergüenza y de perdón en perdón. Es la vida cristiana.

    Además de la vergüenza y la resignación, hay otra puerta cerrada, a veces blindada: nuestro pecado. Cuando cometo un pecado grande, si yo —con toda honestidad— no quiero perdonarme, ¿por qué debe hacerlo Dios? Esta puerta, sin embargo, está cerrada solo de una parte, la nuestra; que para Dios nunca es infranqueable. A él, como enseña el Evangelio, le gusta entrar precisamente “con las puertas cerradas”, cuando todo acceso parece bloqueado. Allí Dios obra maravillas. Él no decide jamás separarse de nosotros, somos nosotros los que le dejamos fuera. Pero cuando nos confesamos acontece lo inaudito: descubrimos que precisamente ese pecado, que nos mantenía alejados del Señor, se convierte en el lugar del encuentro con él. Allí, el Dios herido de amor sale al encuentro de nuestras heridas. Y hace que nuestras llagas miserables sean similares a sus llagas gloriosas. Porque él es misericordia y obra maravillas en nuestras miserias. Pidamos hoy como Tomás la gracia de reconocer a nuestro Dios, de encontrar en su perdón nuestra alegría, en su misericordia nuestra esperanza.

    © Librería editorial del Vaticano

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  7. Liturgia / Evangelio del día

    Evangelio del día: María, llena de Gracia, tenía su corazón tendido hacia Dios

    Lucas 1,26-38 – Solemnidad de la Anunciación del Señor: Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra

    Evangelio según San Lucas 1,26-38

    El anuncio del nacimiento del Niño Dios: En aquel tiempo, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”. María dijo al Ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?”. El Ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios”. María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y el Ángel se alejó” Palabra del Señor.

    Reflexión del Papa Francisco

    El Evangelio, que narra el episodio de la Anunciación, nos ayuda a comprender lo que celebramos, sobre todo a través del saludo del ángel. Él se dirige a María con una palabra que no es fácil de traducir, que significa colmada de gracia, creada por la gracia, “llena de gracia” (Lucas 1, 28).

    Antes de llamarla María, la llama llena de gracia y así revela el nombre nuevo que Dios le ha dado y que le conviene más que el que le dieron sus padres. También nosotros la llamamos así, en cada Ave María.

    ¿Qué quiere decir llena de gracia? Que María está llena de la presencia de Dios. Y si está completamente habitada por Dios, no hay lugar en Ella para el pecado.

    Es una cosa extraordinaria, porque todo en el mundo, desgraciadamente, está contaminado por el mal. Cada uno de nosotros, mirando dentro de sí, ve algunos lados oscuros.

    También los santos más grandes eran pecadores y todas las realidades, incluso las más bellas, están tocadas por el mal: todas, menos María. Ella es el único oasis siempre verde de la humanidad, la única incontaminada, creada inmaculada para acoger plenamente, con su SÍ a Dios que venía al mundo y comenzar así una historia nueva.

    Cada vez que la reconocemos llena de gracia, le hacemos el cumplido más grande, el mismo que le hizo Dios. Un hermoso cumplido para una señora es decirle con amabilidad, que parece joven.

    Cuando le decimos a María llena de gracia, en cierto sentido también le decimos eso, a nivel más alto. En efecto, la reconocemos siempre joven, nunca envejecida por el pecado.

    Sólo hay algo que hace envejecer, envejecer interiormente: no es la edad, sino el pecado. El pecado envejece porque esclerotiza el corazón. Lo cierra, lo vuelve inerte, hace que se marchite. Pero la llena de gracia está vacía de pecado. Entonces es siempre joven más joven que el pecado es la más joven del género humano» (G. Bernanos, Diario de un cura rural, II, 1988, p 175).

    […] María, como muestra el Evangelio de hoy, no sobresale en apariencia: de familia sencilla, vivía humildemente en Nazaret, una aldea casi desconocida. Y no era famosa: incluso cuando el ángel la visitó nadie lo supo, ese día no había allí ningún reportero.

    La Virgen no tuvo tampoco una vida acomodada, sino preocupaciones y temores: se turbó, dice el Evangelio, y, cuando el ángel se fue, los problemas aumentaron.

    Sin embargo, la llena de gracia vivió una vida hermosa. ¿Cuál era su secreto? Nos damos cuenta si miramos otra vez la escena de la Anunciación. En muchos cuadros, María está representada sentada ante el ángel con un librito en sus manos. Este libro es la Escritura.

    María solía escuchar a Dios y transcurrir su tiempo con Él. La Palabra de Dios era su secreto: cercana a su corazón, se hizo carne luego en su seno.

    Permaneciendo con Dios, dialogando con Él en toda circunstancia, María hizo bella su vida. No la apariencia, no lo que pasa, sino el corazón tendido hacia Dios hace bella la vida. (Solemnidad de la Inmaculada Concepción, 08 de diciembre de 2017)

    Oración de Sanación

    Padre, mi corazón salta de gozo por la proximidad de la venida de tu Hijo, nacido de una mujer especial, María, mujer de fe y entregada al servicio.

    Gracias por elegir a María para ser la madre de tu Hijo unigénito, el verbo y el amor vivo revelado al mundo y encarnado bajo la pureza su virgen esencia.

    Como María, quiero aprender la obediencia y la escucha, ser humilde y servicial con los demás. Ella logró cautivar el corazón de Dios con su ternura

    Mi Señor, que María sea mi modelo a seguir y me lleve a creer en tu Palabra sanadora que da la fuerza para realizar todo lo que me proponga.

    Yo sé que tú, oh mi dulce María, te acercas siempre a mí en mis momentos de necesidad, te conviertes en mi guía y protección acercándome más a Jesús.

    Con tu saludo y amor de Madre, haz que mi corazón salte de alegría y exclame como Isabel: “¡Bendita eres entre todas las mujeres!”.

    Mi Dios, ayúdame a ser más como María, a recibir al Niño Dios en mi corazón y poner en práctica tu palabra para hacer fluir tu perdón y consuelo al mundo.

    Permite que la presencia de la Santísima Virgen me ayude en mi proceso de conversión todos los días, mientras camino contigo a Belén para recibirte. Amén

    Propósito para hoy

    Recibamos al Niño Dios con una alegría inmensa en nuestro corazón. Él es una neustra vida, nuestra fe y esperanza.

    Frase de reflexión

    “La única arma invencible es la caridad, porque tiene el poder de desarmar a las fuerzas del mal”. Papa Francisco

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