La existencia de Dios, según el argumento moral

5 comentarios sobre “La existencia de Dios, según el argumento moral

  1. Cuenta Jiménez Lozano que iban a fusilar al sacristán y a varios vecinos del pueblo. Ya los tenían contra la tapia del cementerio, al amanecer, cuando llegó el cura en una burra como un castillo. Dio los buenos días en seco y quiso interceder ante los milicianos. Pero le contestaron de mala manera y le aconsejaron que se largara. Entonces se apeó de la burra y dijo mansamente a los fusiladores: «Que es que no me habéis entendido». Ante sus burlas, el cura se puso nervioso y colorado, se arremangó la solana, frunció las cejas negras como un tizón, aclaró el vozarrón de los grandes sermones y ordenó que soltaran a aquellos desgraciados. «¡En el acto!», tronó. Y entonces se hizo un espeso silencio. Y le hicieron caso. No por la orden tajante, ni por la navaja que abría entre sus manos. Obedecieron porque les miró de frente y esgrimió el argumento: «Que os lo digo yo…, que he sido capador».

    A los pocos días de leer esta historia, lma Sanchís me preguntó en Barcelona por el argumento. Se refería a otra cosa, claro, pero a mí me hizo gracia por asociación. Con la prisa propia de los periodistas, había ojeado Dios y los náufragos y pedía a su autor una especie de silogismo irrefutable para llegar a Dios, un atajo directo y bien señalizado. Era en julio y hacía bochorno, pero en la redacción de La Vanguardia el aire acondicionado venía directamente del Ártico. lma se enfundó mi cazadora y la cerró hasta el cuello para no morir congelada. Después preparó la grabadora y disparó a bocajarro. Su pregunta, más allá de la legítima curiosidad intelectual, sonaba a súplica, a búsqueda sincera. Entonces le hablé de las grandes pruebas cosmológicas y escogí una de sus más bellas formulaciones:

    Pregunta a la hermosura de la tierra, del mar, del aire dilatado y difuso. Pregunta a la magnificencia del cielo, al ritmo acelerado de los astros, al sol —dueño fulgurante del día— y a la luna —señora esplendente y temperante de la noche—. Pregunta a los animales que se mueven en el agua, a los que moran en la tierra y a los que vuelan en el aire. Pregunta a los espíritus que no ves y a los cuerpos cuya evidencia te entra por los ojos. Pregunta al mundo visible, que necesita ser gobernado, y al invisible, que es quien gobierna. Pregúntales a todos, y todos te responderán: «míranos; somos hermosos». Su hermosura es una confesión. ¿Quién hizo, en efecto, estas hermosuras imperfectas sino el que es la hermosura perfecta?

    Es un célebre texto de san Agustín. Y, para que lma no pensara que la argumentación sobre Dios es cosa de santos, leí a continuación el epitafio que don Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa de Asturias, escribió para su propia tumba:

    Enamorado del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, en él desearía vivir, morir y reposar eternamente. Pero esto último en Ordiales, en el reino encantado de los rebecos y las águilas, allí donde conocí la felicidad de los cielos y de la tierra, allí donde pasé horas de admiración, ensueño y transporte inolvidables, allí donde adoré a Dios en sus obras como a Supremo Artífice, allí donde la naturaleza se me apareció verdaderamente como un templo.

    A Ima, inteligente y guapa, el Dios de los filósofos le sabe a poco. Y más cuando son los mismos filósofos los que le niegan y se contradicen entre sí. La periodista es hija de su tiempo, un tiempo de dudas e increencia, heredero al mismo tiempo de Voltaire y Descartes, de Comte y Nietzsche, de Marx y Darwin. Piensa, con razón, que un Dios concebido como Causa o Inteligencia suprema no da razón de la sinrazón humana, del dolor inmenso acumulado durante siglos de esclavitud y guerras, enfermedades e injusticia. «¿Por qué se convierten los conversos famosos? ¿Cómo responde el Dios de los conversos al misterio del mal, al escándalo del sufrimiento humano?».

    La pregunta no se podía formular mejor, y exigía una respuesta a la altura del problema. Ima se quedó sorprendida al escuchar que todos los conversos coinciden en su respuesta, y que no es precisamente un argumento, sino una Persona. La diferencia entre entender un argumento y conocer a una persona es grande: no se conoce bien a nadie en dos minutos ni en dos horas ni en dos meses. Por eso los conversos se toman su tiempo. Mucho más tiempo del que dura una entrevista para la prensa. El tiempo que se tomó Dostoievski, preso en Siberia cinco años, para entender y resumir el argumento definitivo de los conversos, tan diferente al del capador:

    Soy hijo de este siglo, hijo de la incredulidad y de las dudas, y lo seguiré siendo hasta el día de mi muerte. Pero mi sed de fe siempre me ha producido una terrible tortura. Alguna vez, Dios me en-vía momentos de calma total, y en esos momentos he formulado mi credo personal: que nadie es más bello, profundo, comprensivo, razonable, viril y perfecto que Cristo. Pero además —y lo digo con un amor entusiasta— no puede haber nada mejor. Más aún: si alguien me probase que Cristo no es la verdad, y si se probase que la verdad está fuera de Cristo, preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad.
    (Almudi)

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  2. La libertad, tarea moral .(A propósito de la homilía La libertad, don de Dios (1) del Beato Josemaría Escrivá) Miquel Massats Roca

    Introducción

    Esta comunicación no pretende ser un estudio exhaustivo acerca de la libertad en los escritos del Beato Josemaría, sino –como se indica en el subtítulo– unas consideraciones sobre la homilía “La libertad, don de Dios”. Podría decirse que es un estudio de esta homilía a la luz de las consideraciones que se hacen acerca de la libertad en algunos documentos del Magisterio eclesiástico, concretamente: la Constitución Apostólica Gaudium et Spes, el Catecismo de la Iglesia Católica y la Encíclica Veritatis splendor.

    Es de todos conocido el amor apasionado del Beato Josemaría a la libertad de cada hombre, como medio necesario para responder a la llamada de nuestro Padre Dios. En el texto de la citada homilía podemos encontrar los elementos fundamentales para comprender el sentido cristiano de la libertad.

    Frente a un concepto de libertad, hoy muy extendido, que la considera como una especie de absoluto [2], concebida como fin en sí misma [3], el autor nos presenta la libertad cristiana, en primer término, como posibilidad de elegir o rechazar a Dios: es la libertad suprema de la criatura.

    “Preguntémonos de nuevo, en la presencia de Dios: Señor, ¿para qué nos has proporcionado este poder?; ¿por qué has depositado en nosotros esa facultad de escogerte o de rechazarte?(…) La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad” [4].

    El Concilio Vaticano II enseña que “la verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión (cf. Ecclo 15,14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz perfección” [5].

    En esta homilía se nos presenta la libertad cristiana como la libertad de los hijos de Dios, con que Cristo nos ha rescatado y nos ha hecho verdaderamente libres; un concepto de libertad con la que Dios nos ama y espera por nuestra parte una respuesta de Amor. Se entiende así la libertad como conquista personal, como tarea moral. De este modo el autor no dudará en decir que: “como ya os he comentado en otros momentos, la religión es la mayor rebeldía del hombre que no tolera vivir como una bestia, que no se conforma –no se aquieta– si no trata y conoce al Creador” [6].

    La libertad, don de Dios al hombre

    Siendo Dios el fin último de todas las criaturas, descubrimos en el hombre un deseo de felicidad que nada de este mundo puede saciar y que no es otra cosa que el deseo de Dios, aunque a veces lo ignore o ni siquiera se lo plantee.

    Como enseña el Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et spes: “constituido por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia, levantándose contra Dios e intentando alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conociendo a Dios, no le glorificaron como a Dios, sino que su necio corazón se oscureció y sirvieron a la criatura en vez de al Creador. Lo que la Revelación divina nos dice coincide con la misma experiencia. Pues el hombre, al examinar su corazón, se descubre también inclinado al mal e inmerso en muchos males que no pueden proceder de su Creador, que es bueno. Negándose con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompió además el orden debido con respecto a su fin último y, al mismo tiempo, toda su ordenación en relación consigo mismo, con todos los otros hombres y con todas las cosas creadas” [7].

    El texto es un poco largo, pero pienso que ha merecido la pena transcribirlo íntegro, pues nos explica lo que podríamos denominar –con palabras del Beato Josemaría– “el claroscuro de la libertad humana” [8], o también el drama de la libertad [9]: es la libertad de la criatura, que no es fin de sí misma. Es el drama de la libertad herida por el pecado, que precisa ser redimida, sanada, por la gracia.

    De ahí que la vida moral del hombre puede decirse que consiste en el camino de retorno a Dios, o también en la respuesta del hombre a la salvación que Dios le ofrece por medio de Jesucristo: salidos de Dios, redimidos por Su Amor manifestado en Cristo, es preciso que cada uno acepte libremente –porque le da la gana, con palabras del Beato Josemaría– este ofrecimiento del Amor de Dios.

    En la homilía que es objeto de nuestro estudio se lee que los hombres nos podemos unir o resistir al designio salvador de Dios mediante el ejercicio de nuestra libertad: “creados por Dios podemos rendir o negar a Dios la gloria que le corresponde” [10].

    Se puede advertir aquí que sólo desde la perspectiva de la fe es posible alcanzar el sentido de la libertad de un modo pleno. A nivel humano, la libertad implica que el hombre es dueño de sus actos y responsable ante los demás en la medida en que su conducta les afecta. Desde la fe, la libertad tiene un sentido más profundo y trascendente al ser cada uno responsable de su propio destino: el hombre puede aceptar o rechazar el Amor de Dios mediante su obrar moral.

    “Somos responsables ante Dios de todas las acciones que realizamos libremente. No caben aquí anonimatos; el hombre se encuentra frente a su Señor, y en su voluntad está resolverse a vivir como amigo o como enemigo. Así empieza el camino de la lucha interior, que es empresa para toda la vida, porque mientras dura nuestro paso por la tierra ninguno ha alcanzado la plenitud de su libertad” [11].

    La libertad es, por tanto, un don que engrandece al hombre, pues le sitúa en el plano de la relación personal con Dios, lo realiza como “persona”, le llama a ser hijo: toda su vida tiene un significado preciso desde esta perspectiva.

    La Encíclica Veritatis Splendor, en los números 86 y 87, nos ofrece un pequeño tratado sobre la libertad humana: en ella se nos muestra cómo esta libertad es real, pero limitada. No es un absoluto –como algunos afirman– sino que es un don de Dios; es la libertad de una criatura capaz de conocer y elegir el Bien, pero no por necesidad.

    He aquí el texto: “La reflexión racional y la experiencia cotidiana demuestran la debilidad que marca la libertad del hombre. Es libertad real, pero limitada. No tiene origen absoluto e incondicionado en sí misma, sino en la existencia en la que se encuentra y que es para ella, al mismo tiempo, un límite y una posibilidad. Es la libertad de un ser creado, o sea, una libertad donada, que se ha de acoger como un germen y hacer madurar con la conciencia del deber. Es parte constitutiva de aquella imagen de la criatura que fundamenta la dignidad de la persona y en la que resuena la vocación originaria con la que el Creador llama al hombre al verdadero Bien, y más aún, por la revelación de Cristo, a entrar en amistad con él, participando de su misma vida divina. Es, a la vez, una inalienable posesión de sí misma y una apertura universal de todos los hombres, por la salida de sí mismo hacia el conocimiento y el amor a los demás [12]. La libertad, pues, tiene sus raíces en la verdad del hombre y tiende a la comunión” [13].

    Se trata, en definitiva, de la libertad de una criatura, que no es libertad absoluta porque no es fin de sí misma y que para alcanzar su perfección debe mediante sus acciones concretas, por el conocimiento de la verdad y el amor al bien, encaminarse a su Fin último.

    2. La verdadera libertad exige un compromiso con la Verdad

    Pasamos ahora a un segundo aspecto: la libertad humana exige un compromiso con la Verdad y necesita ser liberada del error y de la fragilidad. Porque el hombre, por ser criatura, no puede decidir por sí mismo lo que es bueno o malo: eso le viene dado por naturaleza. Y, además, para practicar el bien necesita la ayuda de la gracia de Dios.

    La Encíclica Veritatis splendor lo expresa con estas palabras: “La razón y la experiencia muestran no sólo la debilidad de la libertad humana, sino también su drama. El hombre descubre que su libertad está inclinada misteriosamente a abandonar esta apertura a la Verdad y al Bien, y que demasiado frecuentemente prefiere de hecho, escoger bienes limitados, contingentes y pasajeros. Más aún, en los errores y elecciones malas, el hombre descubre el origen de una rebelión radical que lo empuja a rechazar la Verdad y el Bien para erigirse en principio absoluto de sí mismo: “Seréis como dioses” (Gen 3,5). La libertad, pues, necesita ser liberada, Cristo es su libertador: “Para ser libres nos liberó” él (Gál 5,1)” [14].

    Ese drama de la libertad humana, que necesita ser liberada por Cristo, viene expresado en la homilía en los siguientes términos: “¿por qué me has dejado, Señor, este privilegio, con el que soy capaz de seguir tus pasos, pero también de ofenderte? Llegamos así a calibrar el recto uso de la libertad si se dispone hacia el bien; y su equivocada orientación, cuando con esa facultad el hombre se olvida, se aparta del Amor de los amores. La libertad personal -que defiendo y defenderé siempre con todas mis fuerzas- me lleva a demandar con convencida seguridad, consciente también de mi propia flaqueza: ¿qué esperas de mí, Señor, para que yo voluntariamente lo cumpla?” [15].

    Como enseña Juan Pablo II, en su Encíclica sobre el Espíritu Santo: “la imagen de Dios, consistente en la racionalidad y en la libertad, dice la grandeza y la dignidad del sujeto humano, que es persona. Pero este sujeto personal es siempre todavía una criatura: en su existencia y esencia depende del Creador. Según el Génesis, ‘el árbol de la ciencia del bien y del mal’ debía expresar y recordar constantemente este límite insoslayable para un ser creado (…) Dios Creador es, de hecho, la única y definitiva fuente del orden moral en el mundo. El hombre no puede por sí mismo decidir lo que es bueno y lo que es malo -no puede ‘conocer el bien y el mal’, como Dios” [16].

    Por eso, como señala la encíclica Veritatis Splendor: “Cristo manifiesta, ante todo, que el reconocimiento honesto y abierto de la verdad es condición para la auténtica libertad: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,32). (…) Jesús, pues, es la síntesis viva y personal de la perfecta libertad en la obediencia total a la voluntad de Dios. Su carne crucificada es la plena revelación del vínculo indisoluble entre libertad y verdad, así como su resurrección de la muerte es la exaltación suprema de la fecundidad y de la fuerza salvífica de una libertad vivida en la verdad” [17].

    De ahí que el auténtico sentido de la libertad implica un compromiso con la Verdad: “pues la verdad ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre, que de esta manera es ayudado a conocer y amar al Señor” [18], tal como pone de manifiesto la Encíclica Veritatis Splendor: “La libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de Dios, que nos desata de todas las servidumbres” [19].

    El sentido de la verdad y el sentido del bien forman conjuntamente la pregunta moral original: ¿cuál es el verdadero bien y, por tanto, la verdadera felicidad? ¿Qué es lo verdaderamente bueno, según la pregunta del joven rico (cfr. Mt 19,16 )? La exigencia de verdad en lo que se refiere al bien, lejos de disminuir la libertad, es necesaria para su desarrollo, principalmente para la formación y el crecimiento del amor. Nuestra libertad es, por tanto, una libertad para la verdad, para el bien, para el amor, para la felicidad.

    En el Catecismo de la Iglesia Católica encontramos una buena síntesis de este concepto de libertad: “La libertad es el poder, que radica en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y en la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza…” [20].

    “Nadie puede elegir por nosotros: he aquí el grado supremo de dignidad en los hombres: que por sí mismos, y no por otros, se dirijan hacia el bien” [21].

    Como se advierte en la homilía: si la libertad es un don, sólo permanece como tal, con su verdadero significado, cuando el hombre es capaz de reconocer su propia verdad y la verdad de las cosas. Esta libertad alcanza todo su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata; en cambio, “la elección que prefiere el error no libera: el único que libera es Cristo” [22].

    Este es el sentido de la libertad presentado por Jesucristo: la verdad sobre el hombre consiste en saberse hijo de Dios; y, en consecuencia, obrar como tal: “Qué verdad es ésta, que inicia y consuma en toda nuestra vida el camino de la libertad. Os la resumiré, con la alegría y con la certeza que provienen de la relación entre Dios y sus criaturas: saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de eso, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima…” [23].

    3. La libertad se realiza en el Amor, en la entrega

    Como enseña el Concilio Vaticano II: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador” [24].

    Esta vocación al Amor de Dios, como fruto del buen uso de la libertad por parte del hombre, es expresa en la homilía en estos términos: “la libertad gloriosa de los hijos de Dios”: “El Amor de Dios marca el camino de la verdad, de la justicia, del bien. Cuando nos decidimos a contestar al Señor: mi libertad para ti, nos encontramos liberados de todas las cadenas que nos habían atado a cosas sin importancia, a preocupaciones ridículas, a ambiciones mezquinas. Y la libertad –tesoro incalculable, perla maravillosa que sería triste arrojar a las bestias [Cfr. Mt VII,6]– se emplea entera en aprender a hacer el bien [Cfr. Is I, 17].

    Esta es la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Los cristianos amilanados -cohibidos o envidiosos- en su conducta, ante el libertinaje de los que no han acogido la Palabra de Dios, demostrarían tener un concepto miserable de nuestra fe. Si cumplimos de verdad la Ley de Cristo -si nos esforzamos por cumplirla, porque no siempre lo conseguiremos-, nos descubriremos dotados de esa maravillosa gallardía de espíritu, que no necesita ir a buscar en otro sitio el sentido de la más plena dignidad humana” [25].

    En las páginas del Catecismo de la Iglesia Católica también se puede leer cómo la verdadera libertad es una tarea moral, que precisa ponerse al servicio del bien; la elección del mal, del pecado, por el contrario, supone una esclavitud: “En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a la esclavitud del pecado” [26].

    De ahí que como señala el Beato Josemaría: “Cuando se respira ese ambiente de libertad, se entiende claramente que el obrar mal no es una liberación, sino una esclavitud. El que peca contra Dios conserva el libre albedrío en cuanto a la libertad de coacción, pero lo ha perdido en cuanto a la libertad de culpa [S. Tomás de Aquino, Ibidem.]. Manifestará quizá que se ha comportado conforme a sus preferencias, pero no logrará pronunciar la voz de la verdadera libertad: porque se ha hecho esclavo de aquello por lo que se ha decidido, y se ha decidido por lo peor, por la ausencia de Dios, y allí no hay libertad” [27].

    La vida moral buena es fruto de la libertad verdadera, la de Jesucristo. El nos enseña el sentido auténtico de la libertad humana. Como se lee en la Veritatis Splendor: “Jesús manifiesta, además, con su misma vida, y no sólo con palabras, que la libertad se realiza en el amor, es decir, en la entrega de uno mismo .El que dice: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por su amigos” (Jn 15,13) va libremente al encuentro de la Pasión (cfr. Mt 26,46), y en su obediencia al Padre en la Cruz da la vida por todos los hombres (cfr. Fil 2, 6-11)” [28]. Y añade: “de este modo, la contemplación de Jesús crucificado es la vía maestra por la que la Iglesia debe caminar dada día si quiere comprender el pleno significado de la libertad: la entrega de uno mismo en el servicio a Dios y a los hermanos. La comunión con el Señor crucificado y resucitado es la fuente inagotable de la que la Iglesia se alimenta incesantemente para vivir en la libertad, darse y servir” [29].

    Pero el hombre, como consecuencia del pecado, con sus solas fuerzas no puede obrar ni siquiera todo el bien que le corresponde en el plano natural; su libertad necesita ser liberada por la gracia de Dios.

    Esta idea la señala la constitución Gaudium et Spes, en el n.17: “El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana, herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios”.

    En consecuencia, como se le en la homilía que consideramos: en quien decide usar su libertad en el servicio de Dios, nada más falso que oponer libertad y entrega: “porque la entrega viene como consecuencia de la libertad. Mirad, cuando una madre se sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y, según la medida de ese amor, así se manifestará su libertad. Si ese amor es grande, la libertad aparecerá fecunda, y el bien de los hijos proviene de esa bendita libertad, que supone entrega, y proviene de esa bendita entrega, que es precisamente libertad” [30].

    Por eso, la libertad del que se entrega a Dios se ejercita cada día en el Amor; y, en consecuencia, es siempre joven. “Insisto, querría grabarlo a fuego en cada uno: la libertad y la entrega no se contradicen; se sostienen mutuamente. La libertad sólo puede entregarse por amor; otra clase de desprendimiento no la concibo. No es un juego de palabras, más o menos acertado. En la entrega voluntaria, en cada instante de esa dedicación, la libertad renueva el amor, y renovarse es ser continuamente joven, generoso, capaz de grandes ideales y de grandes sacrificios” [31].

    4. El destino final: fruto de la libertad del hombre

    Si Dios es el fin último del hombre y Dios ha querido dejarnos libres en esta elección fundamental, suprema, el resultado último y definitivo del ejercicio de la libertad humana es la consecución o no de la felicidad eterna en Dios y con Dios.

    Como enseña la Gaudium et Spes, al final del n.17: “cada cual tendrá que dar cuenta de su vida ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya observado”.

    En esta homilía sobre la libertad humana el Beato Josemaría pone de relieve esta verdad fundamental con estas palabras: “Nuestra Madre la Iglesia se ha pronunciado siempre por la libertad, y ha rechazado siempre todos los fatalismos, antiguos y menos antiguos. Ha señalado que cada alma es dueña de su destino, para bien o para mal: y los que no se apartaron del bien irán a la vida eterna; los que cometieron el mal, al fuego eterno [Símbolo Quicumque.]. Siempre nos impresiona esta tremenda capacidad tuya y mía, de todos, que revela a la vez el signo de nuestra nobleza.(…)

    ¡Qué grande es el amor, la misericordia de nuestro Padre! (…) no desea siervos forzados, prefiere hijos libres. Ha metido en el alma de cada uno de nosotros –aunque nacemos proni ad peccatum, inclinados al pecado, por la caída de la primera pareja– una chispa de su inteligencia infinita, la atracción por lo bueno, un ansia de paz perdurable. Y nos lleva a comprender que la verdad, la felicidad y la libertad se consiguen cuando procuramos que germine en nosotros esa semilla de vida eterna” [32].

    Por esto, rechazar el Amor que Dios nos ofrece a lo largo de esta vida terrena es convertirse en esclavos para siempre. “Responder que no a Dios, rechazar ese principio de felicidad nueva y definitiva, ha quedado en manos de la criatura. Pero si obra así, deja de ser hijo para convertirse en esclavo” [33].

    Conclusión

    Es preciso terminar y me viene al pensamiento que una buena conclusión sería que la verdadera libertad nos convierte en “esclavos del Amor de Dios”; y, al revés, el hombre que, bajo pretexto de libertad, rechaza el Amor de Dios, se convierte en esclavo de su amor propio y de las criaturas.

    Esta idea la encontramos en San Agustín, al comentar el versículo del salmo 100/99,2, “servid al Señor con alegría”, dice: “En la casa del Señor hay una esclavitud libre. Libre, ya que el servicio no lo impone la necesidad, sino la caridad… La caridad te convierte en esclavo, así como la verdad te ha hecho libre… Al mismo tiempo, tú eres esclavo y libre: esclavo, porque fuiste creado; libre, porque eres amado por Dios, tu creador… Eres esclavo del Señor y eres liberto del Señor. ¡No busques una manumisión que te lleve lejos de la casa de tu libertador! [34].

    El Beato Josemaría la expresa en su homilía con las siguientes palabras: “Esclavitud por esclavitud –si, de todos modos, hemos de servir, pues, admitiéndolo o no, ésa es la condición humana–, nada hay mejor que saberse, por Amor, esclavos de Dios. Porque en ese momento perdemos la situación de esclavos, para convertirnos en amigos, en hijos.

    (…) Me gusta hablar de la aventura de la libertad, porque así se desenvuelve vuestra vida y la mía. Libremente –como hijos, insisto, no como esclavos–, seguimos el sendero que el Señor ha señalado para cada uno de nosotros (…).

    Libremente, sin coacción alguna, porque me da la gana, me decido por Dios. Y me comprometo a servir, a convertir mi existencia en una entrega a los demás, por amor a mi Señor Jesús. Esta libertad me anima a clamar que nada, en la tierra, me separará de la caridad de Cristo [Cfr. Rom VIII, 39]” [35].

    Notas
    [1] El 10-IV-1956 el beato Josemaría pronuncia una homilía. Esta homilía se publicará revisada por el autor con el título “La libertad, don de Dios”, en Folletos Mundo Cristiano. Más tarde se reedita formando parte de un compendio de homilías en Amigos de Dios, Rialp, Madrid, 1977.
    [2] “En algunas corrientes más recientes del pensamiento moderno se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente y el origen de los valores”(Veritatis Splendor, n.32).
    [3] “El hombre sólo libremente puede convertirse al bien, con esa libertad que nuestros contemporáneos tanto estiman y buscan con entusiasmo: y ciertamente con razón. Sin embargo, muchas veces la fomentan de un modo depravado como si fuese una licencia para hacer todo lo que les agrada aunque sea malo” (Gaudium et spes, n.17).
    [4] La libertad, don de Dios, n.27.
    [5] Conc. Vaticano II, Const. Gaudium et spes, n.17.
    [6] La libertad, don de Dios, n.38.
    [7] Gaudium et Spes, n.13.
    [8] La libertad, don de Dios, n.24.
    [9] Cfr. Veritatis Splendor, n.86.
    [10] “…porque percibimos la felicidad a que estamos llamados, hemos aprendido que las criaturas todas han sido sacadas de la nada por Dios y para Dios(…) en medio de esta maravillosa variedad (se refiere a la Creación), sólo nosotros, los hombres -no hablo aquí de los ángeles- nos unimos al Creador por el ejercicio de nuestra libertad: podemos rendir o negar al Señor la gloria que le corresponde como Autor de todo lo que existe” (La Libertad, don de Dios, n.24).
    [11] La libertad, don de Dios, n.36.
    [12] Cfr. Gaudium et Spes , n.24.
    [13] Veritatis Splendor, 86.
    [14] Ibidem.
    [15] La libertad, don de Dios, n.26.
    [16] Juan Pablo II, Enc. Dominum et Vivificantem, n.36.
    [17] Veritatis Splendor, n.87.
    [18] Preámbulo Veritatis Splendor.
    [19] La libertad, don de Dios, n.27.
    [20] Catecismo, n.1731.
    [21] La libertad, don de Dios, n.27.
    [22] La libertad, don de Dios., n.26.
    [23] Ibid.
    [24] Conc. Vaticano II, Cont. pastoral Gaudium et spes, n.19.
    [25] La libertad, don de Dios, n.38.
    [26] Catecismo, n.1733.
    [27] La libertad, don de Dios, n.37.
    [28] Veritatis Splendor, 87.
    [29] Ibid.
    [30] La libertad, don de Dios, n.30.
    [31] Ibid., n. 31
    [32] La libertad, don de Dios, n. 33.
    [33] Ibid, n.34.
    [34] San Agustín, Enarra. In Ps. XCIX, 7: CCL, 39, 1397.
    [35] La libertad don de Dios, n.35.

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  3. 6 abril 2018

    Aunque es el día 22 cuando se celebra la Jornada Mundial por las vocaciones, creo que tiene que ver mucho con Dios. Pidámosle muchos y santos sacerdotes y para ello hay que seguir rezando y mortificarse.
    Os dejo con este interesante artículo…..

    Se celebra la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones, y en España además se celebra la Jornada de Vocaciones Nativas de Obras Misionales Pontificias, una cita que tiene ya 100 años. En este contexto, la Iglesia anima a reflexionar por la falta de vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa en España.

    No parece que sea por falta de oración: muchos rezan mucho para suscitar vocaciones, aunque, por supuesto, siempre puede rezar más gente y más tiempo y con más fervor.

    Sergio Requena, responsable de Pastoral Vocacional en Conferencia Episcopal Española, explica: “En el seminario faltan vocaciones; pero no faltan llamados [de Dios], faltan respuestas [de las personas]; se necesitan momentos para reflexión”.

    Si antes muchos novicios, postulantes y seminaristas entraban al seminario o vida religiosa nada más cumplir los 18 años, ahora muchos entran con una carrera ya acabada, a los 22 o 24 años, e incluso más tarde. Muchos han tenido alguna experiencia laboral y han visto que no les llena. A los seminarios diocesanos entran unos 300 nuevos seminaristas al año.

    Quizá por eso la campaña vocacional usa lenguaje empresarial. “Hoy puedes recibir una llamada del Jefe más influyente del mundo”, dice el vídeo. “Si te llama, responde a la llamada”, exhorta el vídeo. Interesados contactar en http://www.tienesunallamada.com

    “Lidera una compañía con oficinas en todos los rincones del planeta”, con un “ambicioso ‘business plan'”, que “ofrece la posibilidad de conocer lugares” nuevos, que “afronta desafíos para cambiar la vida de millones de personas” y que “cuenta con un manual lleno de sabiduría” (que es la Biblia). Es una “alternativa de vida apasionante, que nada tiene que envidiar a la que ofrecen las mejores compañías del mundo”. Eso sí, hay que ser “valiente”.

    Pero, ¿por qué le cuesta tanto a la Iglesia que los jóvenes adultos prueben a entrar en el seminario o en los noviciados religiosos en España? Hay al menos 10 causas, algunas de las cuales hace 35 o 40 años no se daban.

    1- Jamas hubo tan pocos jóvenes en España
    Porcentualmente, España nunca tuvo tan pocos jóvenes. Hace 6 años que España tiene más muertes que nacimientos y hace 35 años que no se alcanzan los 2,1 hijos por mujer necesarios para una demografía sana. En la época de la Transición los jóvenes adultos eran el mayor grupo de población. Los adultos jóvenes (18 a 35 años) que en 1981 eran el mayor grupo social (36% de la población, 9,2 millones de personas), hoy son el grupo más reducido, sólo un 22% (7,5 millones).

    Toda España (no solo la Iglesia) está muy envejecida, después de 35 años sin lograr los 2,1 hijos por mujer necesarios para una buena demografía; ahora ya no hay ni siquiera suficientes mujeres jóvenes para cambiar la natalidad

    Hoy los jóvenes adultos son una minoría pequeña, casi irrelevante, incluso para los políticos. La edad media de los españoles varones es de 42 años; de las mujeres, 45. Hay solo 4,1 millones de españoles de 20 a 30 años. Con pocos jóvenes, habrá pocas vocaciones.

    2- Jamás hubo tan pocos jóvenes católicos practicantes
    Según el detallado estudio de la Fundación Santamaría, sólo un 8,2% de españoles jóvenes se declara “católico practicante”, a lo que podría sumar para algunos efectos un 13,8% de católicos “no muy practicantes”. Los “no muy practicantes” solo van a misa algunas veces al año y quizá participan en alguna cofradía y romería, de ahí es difícil que salga una opción radical de vocación. Por lo tanto, deben surgir de los 336.000 jóvenes practicantes de España que tienen entre 20 y 30 años.

    Puesto que las chicas no aspiran a ser sacerdotes y ya que cada año entran unos 300 seminaristas nuevos, ¡por cada 500 jóvenes adultos varones practicantes hay una vocación al sacerdocio diocesano! No es poco.

    En cualquier caso, la clave para crecer en vocaciones está en lograr más jóvenes que estén cerca de Cristo, enamorados de Cristo. Ese 8% de jóvenes católicos practicantes es un desastre inadmisible.

    3 – Nunca la juventud se planteó tan poco su futuro
    La encuesta Santa María (más datos aquí) preguntó a los jóvenes si pensaban casarse, permanecer solteros, vivir con pareja… En 2005, un 17% decían “no sé lo que haré”. En 2016 eran un 29%, casi uno de cada tres, los del “no sé lo que haré”. Es una generación que no se atreve a hacer planes, que no es ni capaz de imaginar la idea de hacer planes. Uno de cada tres ni piensa ni planea: va tirando. Hablar de opciones radicales como entregar toda la vida a Cristo y los demás es absolutamente ajeno a ellos.

    4- Esta generación se sabe egoísta
    La misma encuesta Santa María preguntaba a los jóvenes cómo se veían a sí mismos como generación.
    En 1994, un 22% decía “egoístas”; en 2016 lo decía un 35%.
    En 1994 un 26% decía “solidarios”; en 2016 solo un 18% dice que son solidarios.
    En 1994 un 17% decía que los jóvenes tienen “poco sentido de sacrificio”; en 2016 lo dicen un 28%.
    Es decir, en apenas 20 años, los mismos jóvenes, al autodefinirse, constatan que son más egoístas y menos solidarios.

    Las carmelitas samaritanas no van mal de vocaciones

    5 – Más individualistas que nunca
    Muchos de ellos se han criado sin hermanos y a veces también sin primos. No es lo mismo que crecer rodeado de 5 o 7 hermanos. Y los jóvenes de hoy tampoco se asocian a nada. ¡Ni al deporte! Si en 1984 un 17% de jóvenes pertenecían a entidades deportivas, hoy esa cantidad se ha dividido por tres: no llega al 6%. De igual forma, si en 1986 un 6% de jóvenes pertenecía a asociaciones religiosas, hoy también se ha dividido por tres: un 2% (y hay muchos menos jóvenes).

    Esta cultura ajena al asociarse, comprometerse, convivir con otros, dificulta dar el paso a la vida consagrada o religioso. Cada uno aspira a su pisito, o al menos a su habitación, llena de cachivaches tecnológicos, videojuegos y teleseries infinitas. El “otro” no es necesario.

    6 – Incluso las familias creyentes no forman en la fe
    Jesús Miguel Zamora, secretario general de la Confer, religioso de La Salle que conoce bien a las nuevas generaciones, lo constata: los chicos de familias “católicas” van a colegios católicos sin saber nada de la fe. En casa ni rezan ni les forman. Los padres creen vagamente y esperan que los religiosos les formen algo. “Se parte de muy abajo, lo que crecen en fe durante el curso lo pierden en el verano, no hay un apoyo en la familia”, explica en diálogo con ReL. Ahí es muy difícil suscitar vocaciones.

    7 – Los religiosos son poco visibles
    Casi todos los expertos coinciden. Excepto en las vocaciones de clausura, poco visibles, la gente se hace cura o religioso porque conoció a otro cura o religioso admirable y cercano y pensó: “yo quiero ser como éste”. Pero hoy, en un colegio religioso, hay pocos religiosos, y los chicos o chicas es más difícil que los conozcan y admiren y traten con ellos. Otros analistas señalan que al usarse menos los hábitos, trajes religiosos y otros distintivos esa invisibilidad aumenta. Va contra la enseñanza de Jesús de ser visibles “como una ciudad en lo alto, que no se puede esconder”.

    8 – La sociedad no valora, o incluso desprecia, la vida religiosa
    En otras culturas y épocas, hacerse religioso implicaba unas renuncias, pero también se ganaba un cierto prestigio y respeto social. En la España actual, en cambio, “la sociedad no valora la vida religiosa, hará que te miren raro y eso influye al joven”, explica Jesús Miguel Zamora. Eso sí, “quien opta convencido por la vida religiosa es que lo ha reflexionado mucho, más que alguien que tomara decisiones con 18 años hace décadas”.

    9 – Es una generación pragmática, nada idealista
    La vida religiosa implica cierto nivel de idealismo, al menos en su fase juvenil. Pero los jóvenes actuales no son idealistas sino pragmáticos. “No estudian lo que les gustaría, sino lo que ofrece más salida laboral y económica, por ejemplo”, explica Sergio Requena, responsable de vocaciones en la Conferencia Episcopal Española. Según la Fundación Santamaría, solo un 16% de jóvenes cree que su generación es “idealista”.

    10 – Cuando ya hay pocas vocaciones, habrá menos
    Es difícil para un joven entrar en un convento donde solo hay ancianos, o hacerse sacerdote de diócesis rural, sabiendo que le espera atender muchos pueblos pequeñitos, que además serán cada vez más a medida que mueren o se retiran sacerdotes ancianos. Aunque, respecto a esto, Jesús Miguel Zamora, desde su atalaya de la Confer, afirma: “Yo creo que suele haber en una comunidad más problemas entre los religiosos jóvenes y los de mediana edad que entre los jóvenes y los ancianos. Por lo general, los jóvenes y los ancianos chocan mucho menos”. Con todo, es evidente que en aquellas congregaciones donde ya haya jóvenes es más fácil que lleguen otros jóvenes.

    ¿Qué se puede hacer?
    Jesús Miguel Zamora cree que muchos jóvenes se animan a hacer experiencias breves, concretas, de vida religiosa o misionera, de algunos meses en verano, por ejemplo, que les hagan experimentar la felicidad de darse. También los voluntariados más estables pueden ser una puerta, De hecho, las únicas entidades sociales que han crecido en afiliación desde los años 90 son las benéfico-sociales, aunque sin mover masas: si entonces un 1% de jóvenes participaban en ellas, ahora son un 4%.

    Por otra parte, el joven actual (o la persona más madura con posible vocación), quiere “afinar mucho”, explica Zamora. No basta con pensar “soy una persona religiosa y me gusta enseñar a niños y me han hablado bien de tal congregación”. “Hoy la persona con vocación examina mucho y se piensa mucho dónde quiere entrar exactamente, y también usa internet para eso”, explica Zamora. Otro ejemplo de la importancia de potenciar los medios católicos en la Red.

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