La existencia de Dios: El argumento cosmologico

Voy a ir poniendo algunos vídeos con intención apologética, pues me doy cuenta que los jóvenes a la hora de defender su fe encuentran dificultad a la hora de encontrar argumentos racionales en apoyo. Espero que esta serie de videos les ayude. En principio los iré poniendo cada miércoles. Empezamos:

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12 comentarios sobre “La existencia de Dios: El argumento cosmologico

  1. En el debate actual sobre la existencia de Dios hay una posición frecuente sobre la que es preciso reflexionar. Me refiero a la de quienes afirman que la existencia de Dios es “una cuestión de fe”,queriendo expresar con ello que se trata de una idea que no puede basarse en argumentos racionales ciertos y seguros, sino en otras motivaciones de tipo emocional, cultural, etc. Se trataría de una cuestión de sentimientos y de voluntad, de una opción libre, en el sentido de una apuesta, pero de ninguna manera una verdad racionalmente argumentable.

    Según este planteamiento, unos optarían a favor de la existencia de Dios y de la vida eterna: ya sea porque les parece una idea reconfortante, una especie de analgésico, un consuelo ante las desgracias de la vida; ya sea porque piensan que es un principio eficaz en el que fundamentar el orden social, etc. Otros, en cambio, optarían por lo contrario, pues opinan que si la existencia de Dios no es un dato cierto, que si lo más probable es que no exista, como afirman incluso algunos científicos, no es lógico vivir como si existiese: la sociedad debe buscar otros principios de ordenación, y si alguien necesita un analgésico para las desgracias de la vida, la medicina puede ofrecer remedios eficaces.

    En ambos casos, se da por supuesto que la razón no tiene nada que decir al respecto, por la sencilla razón de que “no puede” decir nada sobre una supuesta realidad que no es evidente. No se confía en la razón como fuente de conocimiento cierto en cuestiones que no son empíricas, experimentables.

    La verdad de la existencia de Dios no es una cuestión de fe en el sentido arriba mencionado. Ni siquiera es una cuestión de fe en el sentido propio de la palabra (aceptar como verdadero algo que alguien nos dice, con garantías de veracidad), porque cuando se sabe que algo es verdadero, no es necesario creerlo.

    ¿Por qué se da por supuesto que la razón no puede conocer con certeza la existencia de Dios? Sin duda pesa demasiado una larga corriente del pensamiento moderno, desde Lutero, que maldecía a la razón, hasta las recientes teorías nihilistas, pasando por Kant, en quien gran parte de la cultura occidental parece haber hecho un verdadero acto de fe.

    Tal vez la mejor manera de saber hasta dónde puede llegar la razón es seguir la famosa exhortación de Horacio, difundida, precisamente, por el filósofo de Königsberg: Sapere aude!, atrévete a saber, decídete a pensar, ten el valor de emplear tu razón y libérate de los prejuicios que la desautorizan para alcanzar la verdad, aunque estén avalados por el prestigio de Kant.

    Ante esa tarea, sin embargo, es necesario tener en cuenta una experiencia frecuente. Cuando se trata de buscar la existencia de Dios, la razón sola no basta para ver con claridad. Necesita la ayuda de la buena voluntad. Si uno no está dispuesto a reconocer a Dios, es muy difícil que lo encuentre. D.H. Kerler, en una carta a Max Scheler, escribía: «Incluso si se pudiese probar matemáticamente la existencia de Dios, no quiero que exista, porque me limitaría en mi grandeza». Es evidente que una persona con tales disposiciones, por muy inteligente que sea, se cierra a sí misma el camino. «Nadie está tan dispuesto a creer que Dios no existe –afirmaba F. Bacon- como aquel a quien le gustaría que no existiese» .

    Si la persona quiere, por encima de todo, la grandeza de su yo o cualquier otro tipo de egocentrismo, su razón tendrá los ojos muy abiertos para obtener lo que desea, pero su voluntad tratará de cerrárselos a fin de que no encuentre a Dios, porque encontrarlo sería –si es coherente- la sentencia de muerte de su egoísmo y de su orgullo.

    En el acceso a la verdad sobre Dios, las disposiciones de la voluntad son especialmente importantes, porque se trata a la vez de una cuestión especulativa y práctica. El camino hacia la sabiduría no es un proceso exclusivamente intelectual, sino sobre todo volitivo, moral. No se busca a Dios solo con la razón (que tiene capacidad para conocer la verdad, pero también cierta dificultad), sino también con el corazón. Y éste puede abrirse al amor del bien o replegarse sobre sí mismo por la soberbia y el egoísmo.

    En la adquisición de la sabiduría, la libertad o la esclavitud de la voluntad respecto a las pasiones, tiene un papel de primer orden. Para que la voluntad mande al entendimiento indagar sobre la Verdad última, es necesario que esté rectamente inclinada al bien. Por eso afirma San Agustín que el principio de la sabiduría es la bona voluntas, la buena voluntad . Y está tanto más inclinada al bien cuanto más arraigadas estén en ella las virtudes. En caso contrario, inclina al entendimiento a que cese en su búsqueda de la Verdad.

    La necesidad de las buenas disposiciones de la voluntad para conocer a Dios, tema frecuente en los Padres de la Iglesia, aparece reflejada de modo muy expresivo en unas palabras de S. Teófilo, obispo de Antioquía, con las que encabezamos este trabajo. Veamos ahora el texto completo: «Si tú me dices: muéstrame a tu Dios; yo te diré a mi vez: muéstrame tú a tu hombre y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven y si oyen los oídos de tu corazón (…). Porque a Dios le ven los que son capaces de mirarle, porque tienen abiertos los ojos del espíritu. Porque aunque todo el mundo tiene ojos, algunos los tienen oscurecidos y no ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismo y a sus propios ojos. De la misma manera tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa
    de tus pecados y malas acciones. El alma del hombre tiene que ser pura, como un espejo brillante. Cuando en el espejo se produce el orín, no se puede ver el rostro de una persona; de la misma
    manera cuando el pecado está en el hombre, el hombre ya no puede contemplar a Dios» .
    (Almudi)

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  2. La demostración de Dios. Robert Spaemann



    La demostración de Dios

    ¿Por qué si Dios no existe no podemos pensar en absoluto?

    Robert Spaemann

    Publicado en el diario Die Welt, el sábado 26 de marzo del 2005 y traducido del alemán: José María Barrio Maestre.

    La noción de Dios está presente allá donde hay hombres. A veces también de forma desfigurada. Por primera vez esta noción fue planteada de modo conceptual en la filosofía griega y también por primera vez en Israel perdió su índole de noción y se convirtió en una experiencia de fe comunitaria hasta que más tarde en el mismo Israel aparece Jesús de Nazaret y dice: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre”. Sin embargo, la cuestión subsiste hasta nuestros días, retadora: ¿Se corresponde esa noción con algo real? Sabemos lo que pensamos cuando decimos “Dios”. Es verdad que tenemos, como dice Kant, una idea pura de este altísimo ser, un “concepto que contiene y corona toda la experiencia humana”; pero ¿por qué tenemos que creer que esa noción se corresponde con una “realidad objetiva”, como dice también Kant? ¿Qué razón tenemos para creer que Dios es algo más que una idea, y en qué nos fundamos para creer que existe?

    Respuestas se han dado varias, desde la negación atea hasta la postura agnóstica —que niega la posibilidad de dar respuesta a la cuestión de Dios—, pasando por la afirmación de quienes piensan que hasta ahora no se ha encontrado ninguna respuesta suficientemente satisfactoria. Todas estas posturas, aunque erróneas, merecen respeto, pues ante todo responden a convicciones humanas —no porque sean verdaderas sino porque hay personas que con ellas se identifican—.

    Sin embargo, no merece respeto alguno la opinión —hoy extendida, y en gran parte no articulada con claridad— de que la respuesta a esta cuestión no es demasiado importante, sino que, muy al contrario, hay otras inquietudes más relevantes que son las que realmente nos mueven, de manera que no vale la pena dedicar nuestro tiempo a reflexionar sobre Dios. A su tiempo —cuando éste se nos acabe— podremos confirmar si existe Dios y si hay una vida después de la muerte. Que una persona sea decente en ningún caso depende de que crea en Dios o no —continúa esa argumentación—. En definitiva, también los suicidas islámicos creen en Dios, y justamente esa fe les lleva a cometer su atrocidad.

    Pues bien, yo afirmo que este modo de pensar no merece de ningún modo nuestro respeto porque, como decía Sócrates, delata a un hombre miserable. ¿Qué diríamos de alguien que ha sido rescatado de una situación desesperada, a quien se le ha devuelto a la vida, y que recibe multitud de favores, que a la postre se debatiera en la duda de atribuir todo eso a una casualidad o al secreto regalo de una persona llena de amor? Y si ese hombre dijera: “Esa cuestión no me interesa; lo que tengo ya lo tengo; y si detrás de ese don hubiera amor, ahora ya me es indiferente, pues en todo caso no se lo voy a agradecer”. Un hombre digno de nuestro respeto, tendría en esa situación el deseo de dar las gracias, si pudiera encontrar a quien debe recibirlas; y haría todo lo que estuviera en su mano, para descubrirlo.

    De modo similar, querría ese hombre respetable lamentarse si hubiese alguien a quien dirigir sus quejas. Ciertamente hay diversos motivos que pueden inducir a una persona a plantear la cuestión de la existencia de Dios. El más profundo tal vez sea éste: poder dar gracias y poder vivir agradecido. No en balde la palabra “gracias” traduce la voz Eucharistía, según el culto cristiano. La alegría está asociada al agradecimiento. Puede haber satisfacción por algo bueno que nos ocurre, pero sólo hay alegría cuando es posible agradecer a alguien un don. En las cuestiones centrales del hombre, y en las preguntas filosóficas que de manera sistemática se las plantean hay, como pasa en los procesos judiciales, una decisión acerca de quién ha de llevar la “carga de la prueba”, es decir, quién es el que debe justificarse. Ante el persistente rumor sobre Dios, y ante la arrolladora mayoría de gente que lo escucha, parece lógico que soporte la carga de la prueba quien diga que tal rumor es infundado. Sobre todo, si buscamos huellas, siempre es más interesante el testimonio de quien encuentra algo que el de quien no ha hallado nada. El hecho de que haya alguien que nunca ha visto un cuervo blanco no prueba nada en contra de quien ha encontrado uno. Aquél no puede decir: “No hay cuervos blancos”, por el hecho de que todavía no haya visto ninguno. Bien puede decir quien ha visto alguno que existen. “A Dios nadie le ha visto jamás”, escribe el evangelista Juan. La cuestión es: ¿Ha dejado su firma más o menos implícita el director de la película en la que todos actuamos, de manera que si se quiere se la puede encontrar?

    La facultad que se emplea en la búsqueda humana de Dios es la razón. No hablo de la razón instrumental que, como dice Nietzsche, nos hace fieras hábiles, sino de la facultad en virtud de la cual el hombre trasciende su entorno y puede así ocuparse de la realidad; una capacidad que nos permite ver sobre el mar, allá lejos, un barco apenas perceptible en la línea del horizonte: en ese barco hay personas que nada tienen que ver con nosotros, y para quienes a su vez nosotros, siendo vistos por ellas, tampoco jugamos papel alguno. Creer que Dios existe significa creer que Él no es nuestra idea, sino más bien que nosotros somos idea suya. Significa aquello a lo que nos exhorta Jesús: cambio de perspectiva, conversión. Si Dios existe, entonces eso es lo más importante. Más importante que el hecho de que nosotros existamos. Ahora bien, poder reconocer la existencia de Dios es lo más característico de la dignidad humana, y lo que distingue al hombre de todos los otros seres vivientes.

    Estamos ante la gran historia del esfuerzo humano por fundar sólidamente la convicción acerca de la existencia de Dios mediante la búsqueda de indicios racionales. Es raro que alguien llegue a creer en Dios merced a pruebas racionales, si bien esto también sucede a veces. Pero Pascal, con razón, hace decir a Dios: “Tú no me buscarías si no me hubieras encontrado ya”. Los creyentes siempre han tratado de reforzar su intuitiva certidumbre por medio de argumentos racionales. Que las pruebas de la existencia de Dios, todas sin excepción, sean discutibles, no significa mucho. Si una decisión radical acerca de la orientación de nuestra vida dependiese de comprobaciones matemáticas, igualmente tales pruebas resultarían discutibles.

    Con todo, las pruebas de la existencia de Dios son argumentos ad hominem, esto es, presuponen siempre un determinado hombre y unos determinados supuestos dados. Leibniz, que sabía bien lo que es una prueba racional, escribe en una ocasión que todas las demostraciones son pruebas ad hominem. No existe ninguna demostración que no pueda ser referida a un receptor concreto, ni siquiera en Matemática. El hecho de que los argumentos clásicos de la existencia de Dios —desde Aristóteles hasta Descartes, Leibniz y Hegel— aparenten haber perdido su fuerza probatoria tiene que ver con que todos ellos presuponen algo que admiten como sobreentendido, lo cual no resulta admisible, primeramente para Kant, pero sobre todo después para Nietzsche. La cuestión es: ¿Qué podemos y debemos suponer para encontrar razones que ilustren la creencia en la realidad de Dios?

    Volvamos brevemente a las pruebas tradicionales de la existencia de Dios. Las podemos distribuir en dos grupos: por un lado, el denominado argumento ontológico que san Anselmo de Canterbury ideó en el siglo XII y que fue rechazado por Tomás de Aquino y por Kant, si bien convenció a eminentes espíritus como Descartes, Leibniz y Hegel. El argumento anselmiano deduce la realidad de Dios de su mero concepto sin referirse a ningún mundo creado, ya que tal concepto entiende aquel Ser como algo más perfecto que lo cual nada puede pensarse. Con el pensamiento de tal Ser hemos hecho saltar, y sin embargo también trascender, la pura inmanencia de nuestro pensamiento, ya que según argumenta Anselmo, “un Dios verdadero lo sería porque Él es verdadero, y por tanto más grande y perfecto que un mero Dios pensado”. En este sentido, tenemos que pensar a Dios, por así decirlo, como real per definitionem. Por el contrario, Tomás objeta que tampoco deja de ser puro pensamiento el pensar a Dios como algo más allá de nuestro pensar. De manera parecida argumenta Kant cuando escribe que la existencia no es un predicado real, un atributo o nota que pueda añadirse a otra nota. Por su parte, sigue habiendo en el siglo XX filósofos perspicaces que encuentra concluyente el argumento anselmiano y lo respaldan.

    Por otro lado están los argumentos de santo Tomás, las célebres cinco vías, que ahora no puedo presentar en detalle. Todas ellas parten de la existencia de un mundo en que se descubren las huellas del Creador. Traigo aquí solamente dos de esos argumentos. En primer lugar la llamada prueba de la contingencia, que discurre a partir del hecho de que ni las realidades ni los sucesos de este mundo, así como tampoco las leyes de la naturaleza, encierran necesidad intrínseca alguna. En efecto, todo podría ser de otro modo que como de hecho es. Ahora bien, lo casual sólo puede darse sobre el fondo de lo necesario. Por ello, en buena lógica, tiene que haber algo que sea por sí mismo. Y al ser que es por sí mismo intrínsecamente necesario lo denominamos Dios.

    La otra prueba ha sido siempre la más popular. Parte de la indudable existencia de procesos orientados hacia fines precisos, como el crecimiento de las plantas y los animales, o procesos que sólo pueden ser comprensibles por su finalidad. Así podemos comprender el vuelo de las aves migratorias hacia África en invierno sólo si sabemos que allí es donde encuentran su alimento. Pero, tal como afirma Tomás, esos pájaros no lo saben, y mucho menos conocen las plantas el plan que dirige su crecimiento. El fin no está encerrado en la flecha sino en la mente del arquero que la dirige. Para poder entender los procesos de la naturaleza orientados teleológicamente hay que referirlos a la acción providencial de un Creador que dirige las cosas hacia el bien que ha establecido para ellas, toda vez que sólo de manera consciente puede un fin, por así decirlo, operar hacia atrás, así como cabe poner en marcha y coordinar procesos causales cuando la conciencia del fin precede al proceso.

    La primera objeción contra las mencionadas pruebas de la existencia de Dios la formuló Kant con la tesis de que nuestra razón teórica y sus instrumentos constitutivos, las categorías, tan sólo son aptas para organizar los datos de nuestra experiencia sensible. En ese marco, también tiene la idea de Dios una función regulativa, de sistematización. Pero para la razón teórica vale la afirmación de Hume: We never do one step beyond ourselves (“Nunca damos un paso más allá de nosotros mismos”).

    La razón no nos capacita para decir algo sobre la realidad misma, y por tanto, tampoco sobre Dios, pensado como algo más que mero pensamiento. Únicamente la razón práctica, y sólo la experiencia actual de la conciencia nos lleva necesariamente a aceptar la existencia de un ser que reúne y garantiza ambas categorías absolutas, la del ser y la de la buena relación con los demás, lo que hace que el curso del mundo no conduzca ad absurdum a la buena voluntad. “Tuve que limitar la razón para hacer sitio a la fe”, escribe Kant. Hegel había censurado esta autolimitadora concepción de la razón kantiana, que queda ceñida al entorno de las contemporáneas ciencias naturales, para las que Dios no puede ser objeto de estudio, tal como ya intenté mostrar en otra ocasión.

    Pero la crítica más decisiva la ha expuesto Nietzsche al plantear que el supuesto principal que ha de cuestionarse en todas las pruebas tradicionales de la existencia de Dios es el hecho de que éstas se basan en la inteligibilidad del mundo. Brevemente ha formulado Michel Foucault el pensamiento de Nietzsche: “No podemos creer que el mundo nos presenta una cara legible”. Lo que cuestionó Nietzsche por principio fue la capacidad de la razón para llegar a la verdad, y con ello el pensamiento de algo así como la verdad en general. Precisamente este pensamiento tiene, según él, un condicionamiento teológico: el presupuesto de que Dios existe. Sólo si Dios existe puede haber algo distinto de las cosmovisiones subjetivas, algo así como “cosas en sí mismas”, de las cuales también habló Kant. Se trataría de las cosas tal como Dios las ve. Si no existe la mirada de Dios, no habrá verdad alguna más allá de nuestras perspectivas subjetivas. Nietzsche habla de la fe de Platón, que es también la fe de los cristianos, la que predica que Dios es la verdad y que la verdad tiene carácter divino. Las pruebas de la existencia de Dios padecen, por tanto, todas ellas, del defecto que los lógicos denominan petitio principii, es decir, esas pruebas presuponen exactamente lo que quieren probar: Dios.

    ¿Es cierto esto? Sí y no. Desde el punto de vista teórico, no. A decir verdad, Tomás de Aquino nunca estableció en sus cinco vías ninguna tesis sobre la estructura lógica del mundo ni sobre la capacidad de verdad de la razón. Él las daba por supuesto. Que dicha suposición tiene en último término a Dios como causa, resulta para él algo ontológicamente claro. Por ello no entra aquí en una reflexión gnoseológica. En lo que atañe a la validez formal de los primeros principios de nuestro entendimiento, Tomás de Aquino argumenta sencillamente, como Aristóteles, per reductionem ad absurdum, es decir, mostrando la imposibilidad de la postura contraria. Quien niega la capacidad de la razón para conocer la verdad, quien niega la validez del principio de contradicción, no puede decir nada en absoluto. Ciertamente incluso la tesis de que la verdad no existe supone al menos la verdad de esa tesis. De lo contrario caemos en el absurdo. Aquí Nietzsche plantea la siguiente objeción: ¿Quién puede decir entonces que no vivimos en el absurdo? Es verdad que así nos enredamos en contradicciones, pero es que eso es lo que en efecto ocurre. La desconfianza en la razón como capacidad de conocimiento en sí misma no se puede articular en forma lógica consistente. Así, dice, tenemos que aprender a vivir sin la verdad. Cuando la Ilustración hizo su trabajo se destruyó a sí misma, pues tal como Nietzsche escribe, “también nosotros, los ilustrados, nosotros, espíritus libres del siglo XIX, vivimos aún de la fe cristiana, que igualmente era la fe de Platón: que Dios es la verdad y que la verdad es algo divino”.

    El resultado de la autodestrucción de la razón ilustrada se denomina nihilismo. Sin embargo, según Nietzsche, el nihilismo abre espacio libre para un nuevo mito. Mas esto tampoco puede afirmarse con fundamento, ya que no se puede hablar en absoluto de la verdad. La cuestión es únicamente con qué mentiras se puede vivir mejor.

    Una famosa pintada decía: “Dios ha muerto. Firmado: Nietzsche”. Y debajo de esto alguien había escrito: “Nietzsche ha muerto. Firmado: Dios”. No obstante, algo permanece de Nietzsche: la lucha contra el nihilismo banal de la sociedad de la diversión, la conciencia concreta y sin esperanza que está significada en la representación de que Dios no existe. Y lo que queda teóricamente es la comprensión de una interna conexión entre la fe en la existencia de Dios y el pensamiento de la verdad y de la capacidad humana de verdad. Estas dos convicciones se condicionan mutuamente. Cuando surge por primera vez el pensamiento de vivir en el absurdo, entonces la reductio ad absurdum de la teoría lógica ya no representa refutación alguna. Ya no podemos argumentar para demostrar la existencia de Dios apoyándonos en la capacidad humana de verdad, puesto que ese argumento tan sólo es seguro bajo la hipótesis de la existencia de Dios. Podemos entonces sostener ambas cosas sólo si se dan a la vez. No sabemos quiénes somos, si bien sabemos quién es Dios, pero no podemos saber nada de Dios si no queremos percibir su huella, que somos nosotros mismos, nosotros como personas, como seres finitos, pero también libres y capaces de conocer la verdad. El rastro de Dios en el mundo, por el que hemos de orientarnos, es el hombre, somos nosotros mismos.

    Ahora bien, esa huella tiene la particularidad de que ella misma es idéntica a quien la descubre, esto es, que no existe independientemente de él. Pero si nosotros, cayendo víctimas del cientifismo, ya no nos creemos ni tan sólo a nosotros mismos, ya no sabemos quiénes y qué somos, si nos dejamos persuadir de que únicamente somos máquinas para la perpetuación de nuestros genes, y si consideramos nuestra razón únicamente como un producto ajustado por la evolución —lo que nada tiene que ver con la verdad— y, en fin, si a ninguno nos asusta la propia contradicción de estas afirmaciones, entonces no podemos esperar que haya algo que pueda convencernos de la existencia de Dios. Como se ha dicho, esa huella de Dios que nosotros mismos somos no existe sin que nosotros lo queramos, si bien es cierto que, gracias a Dios, Dios existe, es perfecto e independiente de nosotros, de nuestro reconocimiento y de nuestra gratitud. Únicamente nosotros podemos anularnos a nosotros mismos.

    La noción de imagen de Dios en el hombre, que corrientemente se utiliza tan sólo como metáfora edificante, está ganando hoy un significado inopinadamente más preciso. Imagen de Dios quiere decir capacidad de verdad. Ahí el amor no es otra cosa que la verdad realizada. El amor ciertamente se puede traducir así: hacer real al otro para mí. Ningún concepto tiene un significado tan capital en el mensaje del Nuevo Testamento como el concepto de verdad: “Para eso he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”, responde Cristo a la pregunta de Pilatos sobre si Él era rey. Esa respuesta se sitúa, hasta hoy, junto a la pregunta de Pilatos: “¿Qué es la verdad?”. La personalidad del hombre se mantiene o se derrumba según su capacidad de conocer la verdad. Existen hoy biólogos, teóricos de la evolución y neurocientíficos que ponen en duda esta capacidad. Yo no puedo entrar ahora en este debate, pero sí quisiera decir algo al respecto: cualquier visión puramente espiritualista del hombre es hoy asumida por el naturalismo.

    Pero para el naturalismo, sin embargo, el conocimiento no constituye lo que por él se entiende normalmente. El conocimiento, según el naturalismo, no nos instruye sobre la realidad, sino que consiste en adaptaciones útiles para la supervivencia en el ambiente en que nos desenvolvemos. Pero ¿cómo podemos saber esto si nosotros no podemos saber nada? Que el hombre es única y exclusivamente un ser natural y que procede de una vida infrahumana, constituye una idea letal para la autocomprensión del ser humano a no ser que se admita que su propia naturaleza ha sido creada por Dios, y que su origen se debe a un proyecto divino. Para esto no es necesario entender el proceso evolutivo —que, al igual que Darwin, prefiero entender de manera descendente— como un proceso teleológico, es decir, en forma tal que no acontece en él novedad alguna. Lo que desde la perspectiva de las ciencias de la naturaleza se ve como casualidad puede igualmente ser una intervención divina, que para nosotros es reconocible como un proceso dirigido a un fin. Dios obra igualmente a través de la casualidad o sirviéndose de las leyes de la naturaleza. Los biólogos hablan de “fulguración” y “emergencia” con objeto de conjurar lingüísticamente lo inexplicable. Creer en Dios significa disponer de un nombre para esa irrupción de lo nuevo —toda vez que en el fondo lo nuevo tan sólo se reduce a lo viejo—; ese nombre es “creación”. La capacidad de verdad sólo se entiende como creación.

    Quisiera acudir a un último ejemplo que justamente presupone la propia verdad de Dios, es decir, a una prueba sobre la existencia de Dios que, por así decirlo, es “resistente” a Nietzsche; precisamente a una prueba extraída de la gramática, y más en concreto del llamado futurum exactum.

    El futurum exactum —el futuro segundo— en nuestra mente está ligado necesariamente con el presente. Decir algo de una cosa es decir que se realiza ahora, y tiene el mismo significado que si se hubiera producido en el futuro. En este sentido, cada verdad es eterna. Que en la tarde del 6 de diciembre del 2004 se hubieran reunido numerosas personas en la Escuela Superior de Filosofía de München para una conferencia sobre la racionalidad y la fe en Dios no sólo fue verdad aquella tarde, sino que siempre será verdad. Si hoy estamos aquí, mañana seguiremos habiendo estado aquí. Lo presente permanece siempre real como pasado del futuro presente. Pero, ¿con qué tipo de realidad? Podría decirse: está en las huellas mediante las cuales se produce esa influencia causal. Mas esas huellas se debilitarán progresivamente. Y huellas son solamente aquello que ellas han dejado tras sí mientras él mismo es recordado.

    En la medida en que el pasado sea recordado, no es difícil responder a la cuestión de qué tipo de ser tiene. Precisamente tiene su realidad en su ser recordado. Sin embargo, el recuerdo cesa en algún momento, y en algún momento puede que ya no haya hombres sobre la tierra. También la tierra desaparecerá al fin. Que a un pasado corresponda siempre un presente de ese pasado tendría que obligarnos a decir: con el presente consciente —y el presente sólo es tal en tanto consciente— desaparece también el pasado y el futurum exactum pierde su sentido. Pero eso no lo podemos pensar así exactamente. La frase: “En un futuro lejano ya no será verdad que nosotros estuvimos reunidos esta tarde”, carece de sentido. Esto no puede ser pensado. En efecto, si anteriormente no hubiéramos estado aquí, entonces tampoco podríamos decir que ahora estamos realmente aquí, como consecuentemente afirma también el budismo. Si la realidad presente alguna vez no ha sido, entonces en modo alguno es real. Así pues, quien rechaza el futurum exactum también rechaza el presente.

    ¿De qué tipo es esa realidad del pasado, el eterno ser verdadero de cada verdad? La única respuesta posible se expresa así: Tenemos que pensar una conciencia en la que todo lo que sucede es asumido, una conciencia absoluta. Ninguna palabra habrá dejado de ser pronunciada alguna vez, ningún dolor no sufrido ni ninguna alegría no vivida. Lo contingente podría no haber ocurrido, pero si hay realidad entonces el futurum exactum no se puede obviar, y con él el postulado de un Dios real. “Yo temo —escribía Nietzsche— que no podremos escaparnos de Dios ya que todavía creemos en la gramática”. Así pues, nosotros no podemos menos de creer en la gramática. También Nietzsche pudo escribir lo que escribió solamente porque lo que él quería decir lo confiaba a la gramática.

    (Almudi)

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  3. Conoce tu fe / Aprende sobre tu fe

    21 cosas que hacemos cuando nos realizamos la Señal de la Cruz

    Papa Francisco haciendo señal de la cruz en santa misa:

    Hacernos la Señal de la Cruz es un gesto simple pero a la vez una profunda expresión de fe tanto de los Católicos como de los Cristianos Ortodoxos.

    Como católicos, es algo que hacemos cuando entramos en una iglesia, luego de recibir la comunión, antes de comer y cada vez que oramos. Pero, ¿qué es realmente lo que hacemos cuando nos santiguamos? Aquí hay 21 cosas:

    1.- Orar.

    Comenzamos y finalizamos nuestras oraciones con el Signo de la Cruz, tal vez no comprendiendo que el signo de la cruz es en sí mismo una oración.

    Si la oración es en esencia “la elevación de nuestra mente a Dios” como lo dice San Juan Damasceno, entonces el Signo de la Cruz califica perfectamente como tal.

    “No es un gesto vacío, el signo de la cruz es una potente oración que conecta al Espíritu Santo como nuestro Divino Intercesor y generador de una exitosa vida cristiana” (Bert Ghezzi)

    2.- Abrirnos a la gracia

    Como un sacramental, el Signo de la Cruz nos prepara para recibir la bendición de Dios y nos dispone para cooperar con Su gracia, de acuerdo a Ghezzi.

    3.- Santificar el día

    Como un acto que realizamos repetidas veces a lo largo del día, la Señal de la Cruz santifica nuestro día.

    “En todos nuestros viajes y movimientos, en todas nuestras salidas y llegadas, al ponernos nuestros zapatos, al tomar un baño, en la mesa, al prender nuestras velas, al acostarnos, al sentarnos, en cualquiera de las tareas en que nos ocupemos, marcamos nuestras frentes con el signo de la cruz”. (Tertuliano)

    4.- Consagrar todo nuestro ser a Cristo

    En el movimiento de nuestras manos, desde nuestra frente a nuestro pecho y luego hacia ambos hombros, le estamos pidiendo a Dios su bendición para nuestra mente, nuestras pasiones y deseos, nuestros propios cuerpos.

    En otras palabras, la Señal de la Cruz nos consagra en cuerpo y alma, mente y corazón a Cristo.

    “Deja que tome todo tu ser, cuerpo, alma, mente, voluntad, pensamientos, sentimientos, tus acciones y omisiones, y sellándolos con la cruz, fortalécelo y conságralo todo con la fuerza de Cristo, en el nombre de la Divina Trinidad”. (Romano Guardini, teólogo del siglo XX)

    5.- Recordamos la Encarnación

    Nuestro movimiento es hacia abajo, desde nuestra frente a nuestro pecho “porque Cristo descendió de los cielos a la tierra”, escribía el Papa Inocente III en sus instrucciones para hacer la Señal de la Cruz.

    Sosteniendo dos dedos juntos, ya sea el pulgar con el anular o el índice, también representan las dos naturalezas (humana y divina) de Cristo.

    6.- Recordamos la pasión de Nuestro Señor

    Fundamentalmente, al trazar las líneas de la cruz sobre nosotros, estamos recordando la crucifixión de Cristo.

    Esta remembranza se ve profundizada si mantenemos nuestra mano derecha abierta, usando los cinco dedos para hacer la señal- correspondiente a las cinco heridas que sufrió Cristo.

    7.- Afirmar la Trinidad

    Al invocar el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, estamos afirmando nuestra creencia en un Dios Trino.

    Esto también se refuerza si usamos los tres dedos para hacer la señal, de acuerdo al Papa Inocente III.

    8.- Enfocar nuestra oración en Dios

    Una de las tentaciones cuando oramos, es dirigirnos a Dios con nuestra concepción personal de Él- El hombre de arriba, nuestro amigo, una especie de genio cósmico, etc.

    Pero cuando esto sucede, nuestras oraciones se tratan más de nosotros que de un encuentro con el Dios viviente.

    La Señal de la Cruz inmediatamente nos enfoca en el Dios verdadero, de acuerdo a Ghezzi:

    “Cuando invocamos la Santísima Trinidad, ponemos nuestra atención en el Dios que nos creó, no en el Dios que nosotros hemos creado. Dejamos de un lado esas imágenes y dirigimos nuestras oraciones a Dios que se ha revelado a sí mismo como: Padre, Hijo y Espíritu Santo”.

    9.- Afirmar la procedencia del Hijo y El Espíritu

    Al levantar primero nuestra mano a la frente recordamos que El Padre es La Primera Persona de la Trinidad.

    Al bajar nuestra mano nosotros “expresamos que El Hijo procede de El Padre”. Y, al finalizar con El Espíritu Santo, aseguramos que El Espíritu procede del Padre y del Hijo, como lo dice San Francisco de Sales.

    10.- Confesar nuestra fe

    Al afirmar nuestra creencia en la Encarnación, crucifixión y en la Trinidad, estamos haciendo una mini confesión de fe en palabras y gestos, proclamando las verdades fundamentales de nuestro credo.

    11.- Invocar el poder del nombre de Dios

    En la escritura, el nombre de Dios tiene poder. San Pablo nos dice:

    “Ante al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y entre los muertos” (Filipenses 2,10)

    Y Jesús mismo dijo:

    “Todo lo que pidan en mi Nombre lo haré, de manera que el Padre sea glorificado en su Hijo. Y también haré lo que me pidan invocando mi Nombre”. (Juan 14,13-14)

    12.- Crucificarnos personalmente con Cristo

    Todo el que quiera seguir a Jesús debe “negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirlo” (Mateo 16,24). “He sido crucificado con Cristo”, escribIió San Pablo a los Gálatas en el capítulo 2,19.

    “Proclamar la Señal de la Cruz es proclamar nuestro si a la condición de discípulos de Cristo” (Ghezzi)

    13.- Pedir apoyo en nuestro sufrimiento

    Al cruzar sobre nuestros hombros le pedimos a Dios “que nos dé apoyo- nos meta el hombro- en nuestro sufrimiento”, escribe Ghezzi.

    14.- Reafirmar nuestro bautismo

    Al usar las mismas palabras con las que hemos sido bautizados, la Señal de la Cruz es un “resumen y aceptación de nuestro bautismo” de acuerdo al Cardinal Joseph Ratzinger.

    15.- Revertir la maldición

    La Señal de la Cruz recuerda el perdón de nuestros pecados y da vuelta a nuestra caída pasando “del lado izquierdo de la maldición al derecho de la bendición” de acuerdo a De Sales.

    El movimiento de izquierda a derecha también significa nuestro futuro paso de la miseria del presente a la gloria futura, como Cristo ha “cruzado de la muerte a la vida y del infierno al Cielo”, escribió el Papa Inocente II.

    16.- Rehacernos a imagen de Cristo

    En Colosenses 3, San Pablo usa la imagen de la vestimenta para describir como nuestra naturaleza pecadora se transforma en Cristo.

    Debemos tomar nuestro ser viejo y ponerlo en el ser “que está siendo renovado… a imagen de su creador”, nos dice Pablo.

    Los Padres de la Iglesia veían una conexión entre este verso y el desnudar a Cristo en la cruz, “nos muestra que debemos despojarnos de nuestra vieja naturaleza en el bautismo y ponernos una nueva como participación de nuestra desnudez con Cristo en Su crucifixión”, escribía Ghezzi.

    Él concluye que podemos ver la Señal de la Cruz como “nuestra forma de participar en la desnudez de Cristo en la Crucifixión y ser vestidos con la gloria de Su resurrección”.

    Así que al hacer la Señal de la Cruz, estamos identificando radicalmente con todo el evento de la crucifixión- no solo con esas partes que podemos aceptar o que podemos procesar sin dañar nuestras sensibilidades.

    17.- Marcarnos a nosotros mismos por Cristo

    En la Antigua Grecia, la palabra para señal era “sphragis”, que también era una señal de propiedad, de acuerdo a Ghezzi. “Por ejemplo, un pastor marcaba sus ovejas como su propiedad con una marca que llamaban sphragis” escribe Ghezzi.

    Al hacer la Señal de la Cruz, nos marcábamos como pertenencia de Cristo, nuestro verdadero Pastor.

    18.- Ser soldados para Cristo

    El “sphragis” era también un término para el nombre de un general que era tatuado en sus soldados de acuerdo a Ghezzi.

    Esto también es una metáfora de la vida cristiana: mientras podemos ser comparados a ovejas en el sentido que seguimos a Cristo como nuestro pastor, no debemos ser tímidos o mansos.

    Más bien somos llamados a ser soldados para Cristo como lo escribe San Pablo en Efesios 6:

    “Por eso pónganse la armadura de Dios, para que en el día malo puedan resistir y mantenerse en la fila valiéndose de todas sus armas. Tomen la verdad como cinturón, la justicia como coraza; tengan buen calzado, estando listos para propagar el Evangelio de la paz. Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, y así podrán atajar las flechas incendiarias del demonio. Por último, usen el casco de la salvación y la espada del Espíritu, o sea, la Palabra de Dios”.

    19.- Poderosa arma contra el demonio

    La Señal de la Cruz es una de las muchas armas que usamos en la batalla con el demonio. Como decía un predicador del medievo llamado Aelfric:

    “Un hombre puede mover sus brazos maravillosamente sin crear ninguna bendición hasta que hace la Señal de la Cruz. Pero, si lo hace, el enemigo pronto sentirá temor a cuenta de la victoria ya reclamada”.

    En otra afirmación, atribuida a San Juan Crisóstomo, se dice que:

    “Los demonios vuelan lejos ante la Señal de la Cruz “temiéndola como un bastón con el que están siendo abatidos”. (Fuente: Enciclopedia Católica)

    20.- Sellarnos con El Espíritu

    En el Nuevo Testamento, la palabra “sphragis”, mencionada antes, es a veces traducida como sello, como en 2 Corintios 1,22, donde San Pablo escribe que:

    “Y Dios es el que nos da fuerza, a nosotros y a ustedes, para Cristo; él nos ha ungido y nos ha marcado con su propio sello al depositar en nosotros los primeros dones del Espíritu”.

    Al hacer la Señal de la Cruz, estamos nuevamente sellándonos en el Espíritu, invocando Su poderosa intervención en nuestras vidas.

    21.- Ser testigos para otros

    Como un gesto que a menudo hacemos en público, la Señal de la Cruz es una simple forma de testificar nuestra fe para otros.

    “No nos sintamos avergonzados de confesar al Crucificado. Que la Cruz sea nuestro sello hecho con valentía por nuestros dedos en nuestra frente, y en todo; sobre el pan que comemos, en las copas que bebemos; en nuestras entradas y salidas; antes de dormir, cuando nos acostamos y cuando nos levantamos; cuando estamos en camino y cuando estamos quietos” (San Cirilo de Jerusalén)

    Nota: Fuentes citadas: La Señal de la Cruz, de Bert Ghezzi y Señales de Vida, de Scott Hahn)

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  4. Diálogo con Jesús

    Señor, despierto hoy con la esperanza depositada en tu amor, quiero escuchar tu voz en cada una de las acciones que realizarás en mi vida y descubrir que me llamas a ser feliz en cada una de ellas, porque Tú eres siempre bueno y misericordioso con todos. Bendito Dios, ven y háblame para guiar mi existencia por senderos seguros que me den tranquilidad y la plena certeza de que me has creado para ser feliz, no quiero vivir en la desgracia. Señor, estoy seguro de que ningún problema o tristeza me la has enviado Tú, son sólo situaciones de la vida que no podemos evitar, pero con tu ayuda vamos a vencer, porque tu amor es eterno y tu misericordia no tiene medida. Amén

    Evangelio del día: Dios triunfa hasta en aquello que parece una derrota

    Mateo 26,14-25 – Miércoles Santo: ¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús? Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata

    Evangelio según San Mateo 26,14-25

    El que moja su pan en mi plato, ése va a entregarme: “En aquel tiempo, uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús? Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo. El primer día de la fiesta de los panes ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua? El respondió: vayan a la ciudad a casa de fulano y díganle: “El Maestro dice: mi hora esta ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa”. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua. Al atardecer se sentó a la mesa con los doce. Mientras comían, dijo: Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: ¿Acaso soy yo, Señor? El respondió: El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del Hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del Hombre va ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: ¡Acaso soy yo, Maestro? Jesús le respondió: «Tú lo has dicho»” Palabra del Señor.

    Reflexión del Papa Francisco

    Hoy, en medio de la Semana Santa, la liturgia nos presenta aquel episodio triste, la historia de la traición de Judas, que va ante los jefes del Sanedrín para regatear y entregarles a su Maestro. ¿Cuánto me dan si yo se los entrego? Y Jesús, desde aquel momento tiene un precio.

    Este acto dramático marca el inicio de la Pasión de Cristo, un doloroso camino que Él elige con libertad absoluta. Y lo dice claramente Él mismo:

    “Yo doy mi vida …Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de retomarla ” (Jn 10:17-18)

    Y así, comienza ese camino de la humillación, de la expoliación, con esta traición. Jesús, como si estuviera en el mercado: “esto cuesta 30 denarios” y Jesús recorre este camino de humillación y de la expoliación hasta el final.

    Jesús alcanza la humillación completa con la “muerte en cruz”. Se trata de la peor de las muertes, destinada a los esclavos y a los delincuentes. Jesús era considerado un profeta, pero muere como un delincuente.

    Observando a Jesús en su pasión, vemos como en un espejo, también los sufrimientos de toda la humanidad y encontramos la respuesta divina al misterio del mal, del dolor, de la muerte.

    Y muchas veces sentimos horror ante el mal y el dolor que nos rodea y nos preguntamos: “¿Por qué Dios permite esto?”. Es una herida profunda para nosotros ver el sufrimiento y la muerte, ¡sobre todo la de los inocentes!

    Cuando vemos sufrir a los niños es una herida en el corazón, es el misterio del mal y Jesús toma todo este mal, todo este sufrimiento sobre sí mismo.

    Esta semana nos hará bien a todos nosotros mirar el Crucifijo, besar las llagas de Jesús, besarlas en el Crucifijo. Él ha tomado sobre Él todo el sufrimiento humano, se ha “vestido” de ese sufrimiento.

    La pasión y la muerte de Jesús y las frustraciones de tantas esperanzas humanas son el camino real a través del cual Dios obra nuestra salvación. Un camino que no corresponde a los criterios humanos, es más, los abate. En sus heridas somos curados (cf. 1 P 2,24)

    Esta semana, pensemos tanto en el dolor de Jesús, y digámonos a nosotros mismos: “¡y ésto es por mí!” Aunque yo hubiera sido la única persona en el mundo, Él lo habría hecho. ¡Lo ha hecho por mí! Y besemos el Crucifijo y digamos: “por mí, gracias Jesús, por mí”.

    Queridos hermanos y hermanas, esta semana nos hará bien tomar el Crucifijo en la mano y besarlo tantas veces, y decir: “gracias Jesús, gracias Señor”. Así sea (Catequesis Plaza de San Pedro, 16 de Abril de 2014)

    Oración de sanación

    Señor, gracias por estar atento a mis ruegos y darme las bendiciones que me hacen falta para continuar firme en mis luchas por mi camino de vida.

    Ayúdame a no tropezar, a discernir lo que es correcto y lo que no para mi vida. Que tu Palabra me infunda paciencia y consuelo para no desesperarme.

    Dame sabiduría para realizar bien las cosas. No quiero fiarme por lógica del mundo, sino quiero sentirte y encontrarte en cada situación que vivo.

    Quiero desprenderme de ese materialismo que me lleva por caminos de vanagloria, llenos de egoísmo y de soberbia que me distancian de tu felicidad.

    No quiero que mi apego a los bienes y la búsqueda de triunfos pasajeros sean aquellas 30 monedas de plata por las que yo pretenda cambiarte.

    No quiero contarme entre los traidores que han antepuesto sus logros y éxitos personales antes que servirte y amarte por sobre todas las cosas.

    Que seas Tú mi primera prioridad. Confío en la certeza de tu Palabra de que si te elijo como centro de mi vida todo lo demás se me dará por añadidura.

    Toda mi vida te la encomiendo a tu presencia porque a través de ella quedan pulverizadas mis inseguridades. Confío en tu gracia santificante. Amén

    Propósito para hoy

    Rezaré 3 Padrenuestro para que el Santo Espíritu de Dios proteja y llene de gracias a nuestra amada Iglesia y al Papa Francisco.

    Frase de reflexión

    “Vivir la caridad significa no buscar nuestro propio interés, sino llevar los pesos de los más débiles y pobres”. Papa Francisco

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  5. Celebramos hoy el Miércoles Santo, que marca el final de la Cuaresma y el Comienzo de la Pascua. El Miércoles Santo es el día en que se reúne el Sanedrín, el tribunal religioso judío, para condenar a Jesús. En el Evangelio de hoy en este Miércoles Santo se nos presenta la traición de Judas según San Mateo (Mt 26,14-25). El pueblo judío, el elegido por Dios, personificado en Judas, rechaza a su Mesías. La recompensa de la traición es irrisoria: el precio de un esclavo.

    En el Evangelio se va describiendo la progresiva entrada en la Pasión en tres escenas: El pacto comercial de Judas con los sumos sacerdotes para realizar la entrega de Jesús (26,14-16), la preparación de la cena pascual (26,17-19) y el comienzo de la cena, en cuyo contexto Jesús desvela la identidad del traidor (26,20-25).

    Sintámonos en la presencia del Señor y supliquemos que nos perdone nuestras pequeñas y grandes traiciones diarias. Jesús, quiero estar contigo.

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  6. Más bien existe un montón de preguntas que él hombre no es capaz de responder y a esa incógnita le llámanos Dios. Para mí no me supone duda que un Dios haya creado el mundo.. Pero Ese Dios creador toma parte en la vida del hombre existe el Dios protector al cuál le importo.??

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